I Vísperas – Domingo IV de Cuaresma

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: INSIGNE DEFENSOR DE NUESTRA CAUSA.

Insigne defensor de nuestra causa,
Señor y Salvador del pueblo humano,
acoge nuestras súplicas humildes,
perdona nuestras culpas y pecados.

El día con sus gozos y sus penas
pasó dejando huellas en el alma,
igual que nuestros pies en su camino
dejaron en el polvo sus pisadas.

No dejes de mirarnos en la noche,
dormida nuestra vida en su regazo;
vigila el campamento de los hombres,
camino de tu reino ya cercano.

Ahuyenta de tu pueblo la zozobra,
sé nube luminosa en el desierto,
sé fuerza recobrada en el descanso,
mañana y horizonte siempre abierto.

Bendice, Padre santo, la tarea
del pueblo caminante en la promesa;
llegados a Emaús, tu Hijo amado
nos parta el pan y el vino de la cena. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Vamos a la casa del Señor, con alegría.

Salmo 121 LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Vamos a la casa del Señor, con alegría.

Ant 2. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará.

Salmo 129 – DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará.

Ant 3. Dios, por el gran amor con que nos amó, aún cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios, por el gran amor con que nos amó, aún cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo.

LECTURA BREVE   2Co 6, 1-4a

Os exhortamos a que deis pruebas de no haber recibido en vano la gracia de Dios, pues dice él en la Escritura: «En el tiempo propicio te escuché, y te ayudé en el día de salvación.» Ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de salvación. A nadie queremos dar nunca motivo de escándalo, a fin de no hacer caer en descrédito nuestro ministerio, antes al contrario, queremos acreditarnos siempre en todo como verdaderos servidores de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.
R. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.

V. Cristo, oye los ruegos de los que te suplicamos.
R. Porque hemos pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo único; el que cree en él no perece, sino que tiene vida eterna

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo único; el que cree en él no perece, sino que tiene vida eterna

PRECES

Bendigamos al Señor, solícito y providente para con todos los hombres, e invoquémosle, diciendo:

Salva, Señor, a los que has redimido.

Señor, fuente de todo bien y origen de toda verdad, llena con tus dones a todos los obispos
y conserva en la doctrina de los apóstoles a los fieles que les han sido confiados.

Que aquellos que se nutren con el mismo pan de vida vivan unidos en la caridad,
para que todos seamos uno en el cuerpo de tu Hijo.

Que nos despojemos de nuestra vieja condición humana y de sus obras,
y nos renovemos a imagen de Cristo, tu Hijo.

Concede a tu pueblo que por la penitencia obtenga el Perdón de sus pecados
y tenga parte en los méritos de Jesucristo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que nuestros hermanos difuntos puedan alabarte eternamente en el cielo,
y que nosotros esperemos confiadamente unirnos a ellos en tu reino.

Pidamos a nuestro Padre, con las palabras que Cristo nos enseñó, que nos dé la fuerza que necesitamos para no caer en la tentación:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que por tu Palabra hecha carne has reconciliado contigo admirablemente al género humano, haz que el pueblo cristiano se apreste a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y con una entrega generosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 10 de marzo

Lectio: Sábado, 10 Marzo, 2018

Tiempo de Cuaresma

1) ORACIÓN INICIAL

Llenos de alegría, al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los sacramentos pascuales y sentir en nosotros el gozo de su eficacia. Por nuestro Señor.

2) LECTURA DEL EVANGELIO

Del Evangelio según Lucas 18,9-14

A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.’ En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’ Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado.»

3) REFLEXIÓN

• En el Evangelio de hoy, Jesús cuenta la parábola del fariseo y del publicano para enseñarnos a rezar. Jesús tiene una manera distinta de ver las cosas. Ve algo positivo en el publicano, aunque todo el mundo decía de él: “¡No sabe rezar!” Jesús vivía tan unido al Padre por la oración que todo se convertía para él en expresión de oración.

• La manera de presentar la parábola es muy didáctica. Lucas presenta una breve introducción que sirve de clave de lectura. Luego Jesús cuenta la parábola y al final Jesús aplica la parábola a la vida.

• Lucas 18,9: La introducción. La parábola es presentada por la siguiente frase: «A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola.” La frase es de Lucas. Se refiere al tiempo de Jesús, pero se refiere también a nuestro tiempo. Hay siempre personas y grupos de personas que se consideran justas y fieles y que desprecian a los demás, considerándolos ignorantes e infieles.

• Lucas 18,10-13: La parábola. Dos hombres van al templo a rezar: un fariseo y un publicano. Según la opinión de la gente de entonces, los publicanos no eran considerados para nada y no podían dirigirse a Dios, porque eran personas impuras. En la parábola, el fariseo agradece a Dios el ser mejor que los demás. Su oración no es que un elogio de sí mismo, una exaltación de sus buenas cualidades y un desprecio para los demás y para el publicano. El publicano ni siquiera levanta los ojos, pero se golpea el pecho diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de mí que soy un pecador!» Se pone en su lugar ante Dios.

• Lucas 18,14: La aplicación. Si Jesús hubiera dejado opinar a la gente y decir quién de los dos volvió justificado a su casa, todos hubieran contestado: «¡El fariseo!» Ya que era ésta la opinión común en aquel tiempo. Jesús piensa de manera distinta. Según él, aquel que vuelve a casa justificado, en buenas relaciones con Dios, no es el fariseo, sino el publicano. Jesús da la vuelta al revés. A las autoridades religiosas de la época ciertamente no les gustó la aplicación que él hace de esta parábola.

• Jesús reza. Sobretodo Lucas nos informa de la vida de oración de Jesús. Presenta a Jesús en constante oración. He aquí una lista de textos del evangelio de Lucas, en los que Jesús aparece en oración: Lc 2,46-50; 3,21: 4,1-12; 4,16; 5,16; 6,12; 9,16.18.28; 10,21; 11,1; 22,32; 22,7-14; 22,40-46; 23,34; 23,46; 24,30. Leyendo el evangelio de Lucas, es posible encontrar otros textos que hablan de la oración de Jesús. Jesús vivía en contacto con el Padre. La respiración de su vida era hacer la voluntad del Padre (Jn 5,19). Jesús rezaba mucho e insistía, para que la gente y sus discípulos hiciesen lo mismo, ya que en el contacto con Dios nace la verdad y la persona se encuentra consigo misma, en toda su realidad y humildad. En Jesús, la oración está íntimamente enlazada con los hechos concretos de la vida y con las decisiones que tenía que tomar. Para poder ser fiel al proyecto del Padre, trataba de permanecer a solas con El para escucharle. Jesús rezaba los Salmos. Como cualquier otro judío piadoso, los conocía de memoria. Jesús compuso su propio salmo. Es el Padre Nuestro. Su vida era una oración permanente: «¡Yo no puedo hacer nada por mi cuenta!» (Jn 5,19.30). Se aplica a él lo que dice el Salmo: «¡Me acusan, mientras yo rezo!» (Sal 109,4).

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Mirando de cerca esta parábola, ¿yo soy como el fariseo o como el publicano?

• Hay personas que dicen que no saben rezar, pero hablan todo el tiempo con Dios. ¿Conoces a personas así?

5) ORACIÓN FINAL

Piedad de mí, oh Dios, por tu bondad,
por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa,
purifícame de mi pecado. (Sal 51)

Domingo IV de Cuaresma

1. Situación

Si la Palabra va iluminando tu vida, notarás que te abre a horizontes insospechados. Antes creías saber en qué consiste vivir como persona, o qué es la fe, o qué quiere decir pecado. Ahora, a la luz del Amor Absoluto revelado en Jesús muerto y resucitado, estás descubriendo que no sabes nada. Tienes ideas y algunas experiencias superficiales, nada más.

En consecuencia, está cambiando la percepción de Dios, del prójimo, de la vida y de ti mismo.

Si llevas años en este proceso, miras hacia atrás y, efectivamente, te maravilla el don de la fe. Si estás comenzando a intuir, sientes miedo y atracción, simultáneamente, ante el Misterio Cristiano.

2. Contemplación

Hay domingos en que la Palabra tiene una densidad especial; éste por ejemplo.

La primera lectura es una síntesis impresionante del momento más crucial del Antiguo Testamento: la destrucción de Jerusalén y la vuelta del destierro. Pero la interpretación que hace el cronista de esos acontecimientos no puede ser más estremecedora: el contraste entre la infidelidad de Israel y la fidelidad de Dios. Cuando lo leemos nos sentimos implicados todos. Abismo de la historia humana en su relación con el Dios vivo.

La segunda lectura nos sumerge en la eternidad de Dios y en el abismo de la gloria de su Amor, capaz de transformar el pecado en gracia. Se ha dicho de este texto que es el resumen de la carta a los Romanos por su proclamación de la soberanía de la Gracia en la redención y en la existencia cristiana.

El Evangelio reafirma el amor fiel de Dios ante el pecado del mundo. Cada una de sus frases nos lleva a la profundidad del corazón humano (sus fondos tenebrosos) y del corazón de Dios (¿cómo es posible que Dios sea así? ¡No podíamos ni soñarlo!).

No es extraño que, escuchando esta Palabra, la Iglesia se desate en la acción de gracias y en la confesión del pecado.

3. Reflexión

Hay temas tan esenciales que siempre hay que estar volviendo a ellos. Uno es el pecado iluminado por la Gracia.

— No somos conscientes de lo pecadores que somos hasta que nos encontramos con el amor de Dios; más concretamente, con que Jesús, el Hijo, ha muerto por mis pecados.

— Necesitamos que la vida nos lleve a situaciones críticas para darnos cuenta de nuestros «fondos tenebrosos», por ejemplo, de lo egocéntricos que somos, cómo nos resistimos al amor, cómo defendemos nuestra imagen (¡nuestra mentira!), cómo estamos cerrados a la iniciativa de Dios, hasta qué punto nos apropiamos de Dios y de los seres más queridos, utilizándolos en provecho propio, cómo estamos aferrados a nuestras cosas, costumbres, ideas…

— El amor de Dios nos desenmascara. Hemos hecho esto y aquello por Dios, tomamos en serio el compromiso cristiano, intentamos ser cada vez más coherentes…; pero, si Dios quiere hacer inútiles nuestras «buenas obras», dándonos su vida y su Espíritu sólo por gracia, entonces brota de lo más íntimo de nuestro corazón no sé qué pretensiones y rebeldías.

4. Praxis

Esa experiencia de nuestros fondos oscuros no se lleva a la práctica como algo que puedo programar. Pero la necesito, es vital, si he de llegar a mi verdad y he de conocer la Redención realizada en Cristo.

Aceptar que el poder del pecado está en mí, más fuerte que mi buena voluntad, ya es luz de Dios sobre mis tinieblas.

Pedir luz para que el Señor me revele su Gracia y mi pecado.

Estar abierto a las situaciones críticas, en que la vida me obliga a ver más allá de la superficie. Por ejemplo, si alguien me ha hecho una faena, mi pecado no se manifiesta primordialmente en la agresividad que me produce esa persona, sino en la tendencia a cerrar el corazón, buscando innumerables razones para ello, o en la actitud a no fiarme en adelante de nadie.

Quizá estoy viviendo ahora mismo un sentimiento difuso de insatisfacción y culpabilidad, porque no realizo mis ideales cristianos o mis exigencias interiores. Mi pecado está ahí: en que todavía espero de mí y uso el sentimiento de culpa para centrarme en mí mismo y no me creo, de verdad, que Dios me ama y me justifica por gracia.

Javier Garrido

Domingo IV de Cuaresma

El primer texto nos habla del comportamiento de Dios con los hombres y mujeres del Antiguo Testamento (2º Cron. 36, 14-16, 19-23)

Los judíos pecan reiteradamente. Dios los castiga con la dominación de Nabucodonosor, quien los lleva cautivos a Babilonia. Al final siente pena y los salva a través de Ciro, rey de Persia.

En el Evangelio (Jn. 3, 14-21) sigue primando la misma idea, lo cual es lógico, puesto que los protagonistas, Dios es el de siempre: el IDENTICO y los hombres y mujeres de todos los tiempos, poco más o menos. Las mismas situaciones, los mismos comportamientos.

El amor que impulso a Dios a enviar a Ciro para salvación de las gentes en aquel tiempo es el que le impulso a enviarnos a Jesús para los nuevos tiempos.

San Pablo (Ef. 2, 4-10) ha conocido los dos Testamentos y ofrece a sus contemporáneos lo que Él ya ha vivido: “estábamos muertos por el pecado (Antiguo Testamento) y Jesús, (Nuevo Testamento) en razón al amor que Dios nos tiene, -por pura gracia- nos Resucitó destinándonos a hacer obras buenas”.

El mensaje de los tres textos es evidente: abrirnos a todos nosotros a LA ESPERANZA.

A los que nunca abandonaron la Luz y siempre se dejaron guiar por ella y a los que, tras periodos de oscuridad, mediante un sincero arrepentimiento, hemos querido retornar a Ella.

Con razón la liturgia llama a este domingo el “Domingo de Laetare”, de alegría, de gozosa esperanza para todos.

Esperanza nacida y fundamentada en que: “Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”

Naturalmente que la idea originaria de Dios, hablando en lenguaje humano, con el riesgo que esto comporta siempre al aplicarlo a Dios, es manifestarnos su amor como expresión de su inicial actitud hacia nosotros. Él es el Padre de toda la creación. Como obra suya que somos nos constituimos en algo “precioso” para Él: en sus hijos.

Por ese amor es por el que nos envía a su hijo para ayudarnos, para que ilumine nuestra vida, para que nos la oriente con su doctrina y ejemplo y así podamos retornar a Él, convirtiendo a Dios de esa forma, no solo en nuestro origen sino también en nuestro definitivo destino. Un ciclo perfecto de amor por parte de Dios, que nos crea, perdona y espera y de esperanza respecto de nosotros que nos permite sentirnos creados, perdonados y esperados por Dios.

No es menos cierto que en la Sagrada Escritura también se afirma que Jesús, Dios, juzgará al mundo. Incluso los Apóstoles están citados como miembros de ese supremo tribunal. Se lo dijo Jesús: “Os aseguro que vosotros, los que me habéis seguido, en la nueva creación, cuando el hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt. 19,28)

¿Es contradictorio esto?

Parece que no, puesto que el juicio sobre nosotros, más bien que Jesús, lo hacemos cada uno de nosotros con nuestra decisión de vivir iluminados con su Luz o al margen de ella.

Es responsabilidad nuestra aceptar o rechazar la luz que Él nos ofrece.

San Juan lo expresa muy acertadamente en el comienzo de su Evangelio:

“Existía la luz verdadera, que con su venida a este mundo ilumina a todo hombre. Estaba en el mundo; el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció. VINO A LOS SUYOS, Y LOS SUYOS NO LO RECIBIERON.

A todos los que lo reciben, a los que creen en su nombre, les da el ser hijos de Dios” (1, 9-12)

La responsabilidad de vivir en la luz o las tinieblas es de cada uno de nosotros. Somos nosotros los que elegimos aprovecharnos de los planes de Dios, beneficiándonos con la luz que proyectan sobre nuestra vida y salvarnos, o rechazarla y condenarnos a vivir en la oscuridad.

Es importante distinguir entre no conocer la luz y rechazarla.

El ateo, el que no conoce a Dios, en principio, no es un ser deshonesto: Puede ser, y muchos lo son de hecho, personas virtuosísimas en todos los campos, pero que viven sin conocer la luz sobrenatural. Algo así como quien desconoce la luz eléctrica. No es ningún pecado no conocerla, es, en buena lógica, solamente una pena, una carencia que sufre esa persona: no poderse aprovechar de todas sus posibilidades de luminosidad y calor.

Otra cosa es, quien positivamente rechaza la luz y hace todo lo posible por apagarla en los demás. Ese no es condenado por Dios; él se ha condenado a no ser persona iluminada por los valores fundamentales, con todo lo que eso comporta, desde el punto de vista de la realización personal y social de cada individuo. Quien rechaza la luz no puede quejarse de haberse quedado en tinieblas. Ha sido su elección quien le ha puesto en esa situación. No puede quejarse a nadie.

Sin luz se perderá pero no como castigo de nadie sino como consecuencia de su equivocada decisión. Es él quien ha decidido perderse.

Dios, por su parte, ha hecho todo cuanto podía, supuesto que respeta nuestra libertad, para darnos a conocer el sentido de nuestra existencia: de dónde venimos, a dónde vamos y qué hacemos mientas estamos.

Hay un pasaje en la novela “La Mancha Humana” de Philip Roth, en el que se recoge la angustia de una vida desconocedora del verdadero sentido del existir.

“Dejamos un rastro, dejamos nuestra huella. Impureza, crueldad, abuso, error, excremento… no hay otra manera de estar aquí. No tiene nada que ver con la indulgencia, la salvación o la redención. La mancha está en todo. Por ese motivo toda purificación es una broma, y una broma bárbara, por cierto. La fantasía de la pureza es detestable. Es demencial. ¿Qué es el empeño en purificar sino más impureza? La mancha es ineludible… las criaturas inevitablemente manchadas que somos…” (Pág.294)

Jesús ha venido a quitar esa tragedia humana de la oscuridad, de la desesperanza, de vivir como una “mancha” como pensaba la pobre Faunia de la novela.

Jesús ha venido a ofrecernos la vida en toda su grandiosidad. Lo dijo Él: yo he venido para que tengan vida y vida abundante. (Jn. 10,10) sin dudas ni aflicciones estériles.

No desaprovechemos esa luz y vivamos iluminados por ella como hijos de la luz, alegres, como nos invita la liturgia de hoy, como hombres y mujeres con esperanza . AMÉN

Pedro Sáez

Spe Salvi – Benedicto XVI

38. La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana. A su vez, la sociedad no puede aceptar a los que sufren y sostenerlos en su dolencia si los individuos mismos no son capaces de hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza. En efecto, aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento, de modo que éste llegue a ser también mío. Pero precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la luz del amor. La palabra latina consolatio, consolación, lo expresa de manera muy bella, sugiriendo un « ser-con » en la soledad, que entonces ya no es soledad. Pero también la capacidad de aceptar el sufrimiento por amor del bien, de la verdad y de la justicia, es constitutiva de la grandeza de la humanidad porque, en definitiva, cuando mi bienestar, mi incolumidad, es más importante que la verdad y la justicia, entonces prevalece el dominio del más fuerte; entonces reinan la violencia y la mentira. La verdad y la justicia han de estar por encima de mi comodidad e incolumidad física, de otro modo mi propia vida se convierte en mentira. Y también el « sí » al amor es fuente de sufrimiento, porque el amor exige siempre nuevas renuncias de mi yo, en las cuales me dejo modelar y herir. En efecto, no puede existir el amor sin esta renuncia también dolorosa para mí, de otro modo se convierte en puro egoísmo y, con ello, se anula a sí mismo como amor.

La salvación del mundo

1. En la tradición catequética anterior al concilio Vaticano u, se consideraban enemigos del alma el demonio, la carne y el mundo. Este último no era sólo un valle de lágrimas, sino un lugar de perversión, debido a su carácter profano. Para salvarse había que huir del mundo, bien al recinto sagrado sacramental o devocional (los fieles), bien al convento o monasterio
(los consagrados).

2. En el evangelio de Juan, el mundo tiene varias acepciones: como cosmos, es decir, el universo con la humanidad entera, objeto del amor de Dios; como sociedad, o lugar políticamente estructurado en el que vivimos; como sistema, o desorden social injusto, dominado por los poderes; y como nueva tierra, que, en definitiva, equivale al reino de Dios.

3. Como le ocurrió a Jesús, los cristianos chocan con la ideología del «mundo» como sistema, cuando éste es oscuridad (no luz), muerte (no vida), mentira (no verdad), odio (no amor), injusticia (no justicia) y opresión (no liberación). Jesús no propone la destrucción del mundo ni su conquista por sus discípulos, sino una alternativa: la del mensaje fraterno (todos somos hermanos) y la de la filiación divina (todos somos hijos de Dios). Ni el mundo es pura perversión ni debe tampoco ser idolatrado.

La Iglesia no es el mundo, pero tampoco el no-mundo. Hay que amar al mundo, encarnarse en él y servirlo. Jesús envía a sus discípulos al mundo (como humanidad) para ser testigos, sin que se identifiquen con el mundo (corno sistema).

4. «Elevar» o «levantar» significa, en el Antiguo Testamento, «engrandecer». Frente al abajamiento de Jesús, la elevación. Pero «ser levantado» significa, en Juan, «ser crucificado». De este modo, Jesús es entronizado como Señor del mundo.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Estamos presentes como cristianos en nuestro mundo?

Casiano Floristán

Gracia y exigencia

Los textos de este domingo nos recuerdan que no podemos separar: fe y obras, gracia y exigencia.


Obrar la verdad

El amor de Dios se expresa fundamentalmente en el envío de su Hijo en medio de nosotros. Esa presencia es la medida de su amor por «el mundo» (cf. Jn 3, 16). Cada gesto, cada palabra de Jesús manifiesta la amistad de Dios. La fe significa acoger ese amor que nos salva, que nos da —desde hoy— la vida eterna (cf. v. 16). La voluntad salvífica de Dios no excluye a nadie, ella alcanza a toda la humanidad (cf. v. 17). Pero ese designio debe ser aceptado libremente; rechazarlo es, en cierto modo, juzgarse a sí mismo (cf. v. 18), es preferir las tinieblas a la luz (cf. v. 19). Esta es una de las imágenes más frecuentes de Juan para hablar de Cristo. El es la luz, la oscuridad es el mundo del rechazo al amor de Dios.

Juan precisa: recusan la luz «porque sus obras son malas» (v. 19). El terreno de las obras es definitivo en materia de fe. Allí se juega, en última instancia, la aceptación o el rechazo a Cristo. Aborrecer la luz y obrar mal son sinónimos (cf. v. 20). Es más, hay quienes se niegan a ir a la luz para que sus obras no aparezcan lo que son (cf. v. 20). El texto termina con una afirmación decisiva: «El que realiza la verdad se acerca a la luz» (v. 21). La verdad no sólo se piensa y se acepta, se obra. Ella debe traducirse en gesto concreto, en compromiso, en solidaridad.

Rico en misericordia

Esto es así porque la fe cristiana significa creer en aquel que hizo un gesto: envió a su propio Hijo. Se estableció de este modo una solidaridad que da sentido a toda la historia humana. Siendo así ¿cómo expresar nuestra fe en un Dios que manifiesta su amor a través de obras, si no es por medio de obras también?

San Pablo expresa este compromiso de Dios con una bella fórmula: Dios es «rico en misericordia» (Ef 2, 4). Por eso nos salva. El don de vida es el resultado de su amor gratuito. La salvación, es decir, la comunión, la amistad con Dios y entre nosotros, no es un logro humano (cf. v. 8), es gracia. Nadie debe gloriarse en sus obras (cf. v. 2). Este es un tema medular en Pablo. Pero el amor de Dios es también exigencia. Lo acabamos de ver en Juan; nuestras obras revelan nuestro amor por la luz, nuestra fe en Cristo. Obrar la verdad significa mirar nuestra realidad cara a cara, sin mentiras, ni subterfugios. Significa descubrir en ella al hermano que nos necesita y comunicarle a través de nuestra solidaridad al Dios rico en misericordia, a aquel que experimenta compasión por su pueblo y que por eso le envía mensajeros (cf. 2 Crón 36, 15).

Gustavo Gutiérrez

Conversaciones en la noche

El evangelio de hoy (por cierto de difícil comprensión) presenta algunos párrafos entresacados de las conversaciones mantenidas entre Jesús y Nicodemo. Una autoridad judía a quién el mensaje y la persona de Jesús le habían llamado poderosamente la atención. Nicodemo le visita a Jesús de noche. La expresión “de noche” puede tener varios sentidos. Puede significar que prefería la hora nocturna porque le venía bien esa hora para charlar cómodamente, sin prisas. Puede significar que Nicodemo estaba atravesando una etapa de dudas. O porque tenía miedo de que sus compañeros se enterasen de que simpatizaba con Jesús y le podía acarrear problemas. De cualquier forma me parece que se trata de un hombre que se deja querer. Da la sensación de ser una persona honesta, honrada, que busca la verdad, inquieta religiosamente. A Nicodemo son aplicables los versos del poeta Luis Rosales: “De noche iremos, de noche; sin luna iremos, sin luna; que para encontrar la fuente solo la sed nos alumbra”. Entonces como hoy, solamente es válida para encontrar a Dios la sed de Él.

El texto evangélico de este domingo recoge fragmentos del profundo dialogo que mantuvieron largas y nocturnas conversaciones. “Si uno no nace de nuevo no podrá gozar del reinado de Dios.”. Ese” nacer de nuevo” se refiere a la conversión. Cuando alguien se convierte es como si hubiera nacido de nuevo. Es “otro” hombre,” otra” mujer. Es lo que pretende el creyente cristiano en la Cuaresma-Pascua: abandonar el “hombre viejo” y crear” el hombre nuevo”. Es lo que nos deseamos al felicitarnos con el saludo “Felices Pascuas” (Feliz paso) hacia la bondad. El prototipo del hombre nuevo es Jesús, en esa estampa espectacular de la cumbre del Calvario. Estampa que se convierte en punto de referencia de nuestra entrega, de nuestros valores, de nuestras acciones.

Una aparente contradicción: “Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve por Él.” Y unas líneas más abajo afirma: ”esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombre prefirieron la tiniebla a la luz. ¿Cómo está este mundo? Caben varias valoraciones. No hay coincidencia de opiniones. Ni siquiera entre los expertos. Despuntan distintos juicios, que a su vez se apoyan en datos convincentes. No son valoraciones caprichosas: para unos, el vivir en un mundo en el que una mitad muere de hambre y la otra mitad de colesterol, sobran los comentarios. Otros creen que a la sociedad mundial esperan algunos desafíos:el respeto a los Derechos Humanos, la erradicación de la pobreza, la promoción de la paz, el cuidado de la creación, superar el estado de decepción, que supera en algunos sectores de la comunidad al optimismo y a la esperanza, aspectos o capítulos en los cuales se han dado interesantes avances pero claramente insuficientes. Un buen testimonio nos ofrece Nicodemo, que busca “de noche”. Busca encontrarse con Jesús quien le pide nos sólo cambiar, sino un renacer del agua y del Espíritu. “El agua que limpia y el Espíritu, fuego que hace arder por dentro”, dejando al hombre que ha sido. Esto es una utopía.

Pero la utopía es inalcanzable ¿Entonces para qué sirve la utopía? Pregunta a la que el escritor Paraguayo Eduardo Galeano, responde: ”Para eso sirve, para caminar”.

Faltan 8 días. El día 19 de marzo festividad de San José celebramos la Jornada de Misiones Diocesanas vascas. Ésta celebración tiene como objetivo refrescar, avivar, desempolvar la rutina de la que nos vamos cargando al correr del tiempo. Llevamos ya 70 años evangelizando en territorios de América Latina y de África. Comparando la respuesta de ahora con la de hace 70 años, comprobamos que la de ahora es más apagada. Nuestras misiones son como las extremidades de nuestras Iglesias Diocesanas. Es en las manos y en los pies donde antes se nota el frío. Si nuestro espíritu misionero se ha enfriado, eso demuestra que nuestras diócesis han perdido vitalidad, que estamos como sesteando. Toca, por tanto, renovar reactivar, estimular, vigorizar nuestro espíritu.

En la Iglesia y en la sociedad crecerán brotes verdes, si somos capaces de cultivar con bondad y con entrega en el mundo que hemos heredado.

Josetxu Canibe

Quedarse ciego

Hay muchas maneras de quedarse ciego en la vida, sin verdad interior que ilumine nuestros pasos. Hay muchas formas de caminar en tinieblas sin saber exactamente qué queremos o hacia dónde vamos. No es superfluo señalar algunas.

Es muy fácil pasarse la vida entera ocupado sólo por las cuestiones más inmediatas y, aparentemente, más urgentes y prácticas, sin preguntarme nunca «qué voy a hacer de mí». Nos instalamos en la vida y vamos viviendo aunque no sepamos ni por qué ni para qué.

Es también corriente vivir programado desde fuera. La sociedad de consumo, la publicidad y las modas van a ir decidiendo qué me ha de interesar, hacia dónde he de dirigir mis gustos, cómo tengo que pensar o cómo voy a vivir. Son otros los que deciden y fabrican mi vida. Yo me dejo llevar ciegamente. Hay otra manera muy posmoderna de caminar en tinieblas: vivir haciendo «lo que me apetece», sin adentrarme nunca en la propia conciencia. Al contrario, eludiendo siempre esa voz interior que me recuerda mi dignidad de persona responsable.

Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentirnos a nosotros mismos. Construirnos una «mentira-raíz», fabricarnos una personalidad falsa, instalarnos en ella y vivir el resto de nuestra vida al margen de la verdad.

Es también tentador ignorar aquello que nos obligaría a cambiar. Cerrar los ojos y «auto-cegarnos» para no ver lo que nos interpelaría. Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a otros y para juzgarnos a nosotros mismos, no enfrentarnos a la luz.

Todos deberíamos escuchar desde dentro las palabras de Jesús que nos invitan a salir de nuestra ceguera: «Todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad, se acerca a la luz».

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio (10 de marzo)

Jesús tiene predilección por los alejados y por los que no cuentan para la religión judía. Se abren con más sencillez a la novedad del Reino, donde cada persona es más importante que la Ley. Jesús dijo la parábola del fariseo y del publicano para contraponer dos actitudes: la del fariseo que piensa obtener la salvación con su propio esfuerzo, y la del publicano que reconoce su condición de pecador y pide la conversión.

El primer paso para la conversión es acusarse a sí mismo: «sabes que si no fuera por la gracia de Dios podrías estar en la cárcel. Acusarse a sí mismo es no esconderse de las raíces del pecado que esta en nosotros. Que el Señor en esta Cuaresma nos de la gracia de poder acusarnos» (Papa Francisco).

Señor no me considero justo, no quiero juzgar a los demás, quiero volver a casa justificado, como el publicano humilde. Toma mis faltas de amor, mis eternas desilusiones, mis horas de amarguras…transfórmalo todo, como la abeja en dulce miel. Hazme nuevo en la donación, alegre en la entrega, dame gozo desbordante al dar la vida y gastarme en tu servicio.

Nosotros, cristianos de toda la vida, podemos tener adormecida la novedad del Reino, Jesús propone el Reino a los pobres, a los pecadores, a los alejados… Estos acogen las señales y el Anuncio con más entusiasmo; se acerca el momento de su liberación. Recordemos aquella afirmación escandalosa del Maestro: «os aseguro, que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de Dios» (Mt. 21, 31). A Jesús le insultan por comer y relacionarse con ellos: «es un comilón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (Mt. 11, 19).

El Reino anunciado por Jesús es la mejor noticia que pueden recibir los pobres. El que no tiene nada, puede reconocer que el Dios de Jesús es su último asidero; «Señor ten misericordia de mí que soy un pecador».

El hombre nuevo, justificado no tiene corazón de piedra, sino de carne, no quiere acaparar, sino compartir; no quiere ser servido, sino servir, no anhela prevalecer, sino unir; no siembre discordia, sino que pacifica, no vive para sí, sino para los demás, no se fía de sí, sino de DIOS. El que ha sido perdonado por Dios se parece a Jesús en sus actitudes nuevas; no olvida que todo es gracia. Su nuevo nacimiento se expresa en la letra de esta canción tan conocida: Yo quiero ser, Señor amado, como el barro en manos del alfarero. Toma mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo». Con el agua, oh Cristo misericordioso, lavas nuestros pecados y con la sangre firmas nuestro: perdón (Himno armenio).

Jaime Aceña Cuadrado cmf