II Vísperas – Domingo IV de Cuaresma

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: OH BONDADOSO CREADOR.

Oh bondadoso Creador, escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.

A ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.

Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.

Haz que, contigo ya reconciliados,
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y, llenos de tu amor y de tu gracia,
no pequen más los corazones nuestros.

Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Él ha sido constituido por Dios Juez de vivos y muertos.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Él ha sido constituido por Dios Juez de vivos y muertos.

Ant 2. Dichoso el que se apiada por amor del Señor: su recuerdo será perpetuo.

Salmo 111- FELICIDAD DEL JUSTO

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichoso el que se apiada por amor del Señor: su recuerdo será perpetuo.

Ant 3. Lo que Dios había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer, lo ha cumplido.

Cántico: PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO, SIERVO DE DIOS 1Pe 2, 21b-24

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

El no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
cuando le insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Lo que Dios había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer, lo ha cumplido.

LECTURA BREVE   1Co 9, 24-25

Los atletas que corren en el estadio corren todos, pero uno sólo consigue el premio. Corred como él, para conseguirlo. Todo atleta se impone moderación en todas sus cosas. Ellos lo hacen para alcanzar una corona que se marchita; nosotros una que no se ha de marchitar jamás.

RESPONSORIO BREVE

V. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.
R. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.

V. Cristo, oye los ruegos de los que te suplicamos.
R. Porque hemos pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Hijo del Hombre será levantado en alto: el que cre en él tendrá vida eterna

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Hijo del Hombre será levantado en alto: el que cre en él tendrá vida eterna

PRECES

Demos siempre gracias a Cristo, nuestra cabeza y nuestro maestro, que vino a servir y a hacer el bien a todos, y digámosle humilde y confiadamente:

Atiende, Señor, a tu Iglesia.

Asiste, Señor, a los obispos y presbíteros de la Iglesia y haz que cumplan bien su misión de ser instrumentos tuyos, cabeza y pastor de la Iglesia,
para que por medio de ti conduzcan a todos los hombres al Padre.

Que tus ángeles sean compañeros de camino de los que están de viaje,
para que se vean libres de todo peligro de cuerpo y de alma.

Enséñanos, Señor, a servir a todos los hombres,
imitándote a ti, que viniste a servir y no a ser servido.

Haz que en toda comunidad humana reine un espíritu fraternal,
para que, estando tú en medio de ella, sea como una plaza fuerte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sé misericordioso, Señor, con todos los difuntos y admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Unidos fraternalmente, dirijamos al Padre nuestra oración común:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que por tu Palabra hecha carne has reconciliado contigo admirablemente al género humano, haz que el pueblo cristiano se apreste a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y con una entrega generosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Profunda acción de amor

Hoy tú y yo somos testigos de una bellísima y profunda lección de amor de Jesús. Y el protagonista es Nicodemo, este hombre que busca a Jesús, tiene dudas y desea que le ayude en su camino de fe. En el Evangelio de Juan, capítulo 3, 14-21 se nos narra el proceso de esta bellísima entrevista. Escuchemos:

Había un fariseo llamado Nicodemo, judío influyente. Este vino a Él de noche y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, enviado como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que Tú haces si no está Dios con Él”. Respondió Jesús y le dijo: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que quien crea tenga en Él vida eterna. Pues tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna, pues no envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Quien cree en Él no es juzgado, pero quien no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Éste es por tanto el juicio: vino la Luz al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, porque sus obras eran malas. Así pues, quien obra mal, aborrece la Luz y no viene a la Luz para que no se reprueben sus obras. Pero quien obra la verdad viene a la Luz, de manera que quede de manifiesto que sus obras han sido hechas según Dios”.

Jn 3, 14-21

Yo me digo y te digo a ti también: ¡qué suerte tuvo Nicodemo! Pero… ¡cuántos Nicodemos hay y cuántas veces somos Nicodemo! Nicodemo —este hombre, un rico consejero de los judíos, maestro, bien informado— duda. Pero es un hombre indeciso, aturdido, dudoso. Ve cómo actúa Jesús y no entiende su forma de ser ni de hablar. Y le busca a Jesús, ¡pero con qué prejuicios! Dice el texto que “vino a Él de noche”. ¿Por qué? Tendría preocupación, no querría que le vieran…

Todo esto nos tiene que ayudar mucho, es un encuentro precioso. Tú y yo estamos presentes, estamos atentos, escuchamos, oímos este diálogo entre un hombre que duda y Jesús que le saca y le quita todas sus dudas. Y en esa conversación se nos manifiesta el gran amor de Dios, el porqué de su venida, el porqué de su sacrificio, el porqué de su resurrección. Pero, no dudes, antes le dijo: “Mira, Nicodemo, para entender todo esto tienes que nacer de nuevo. Tú no puedes estar así, tienes que nacer de nuevo”. ¿Y cómo?, ¿cómo puedo yo nacer de nuevo? Jesús, poquito a poco, con todo amor, con todo cariño, le va diciendo cómo tiene que renunciar a tantas cosas… Nacer de nuevo en tu interior, en mi interior, es volver a nacer, a creer, a renunciar a todo lo que no es la vida; nacer de nuevo a la vida eterna; nacer de nuevo a Jesús.

Cuántas veces Él me quiere explicar, me quiere dar luz y yo, dudosa, con mis juicios, con mis razonamientos, no me fío de Él. Y yo me pregunto y te pregunto: ¿aceptamos humildemente cuando no entendemos las cosas de fe? ¿No nos pasa lo que a Nicodemo, que quería entender todo y su orgullo le hacía no entender nada? Jesús tiene una experiencia viva de su Padre. Habla lo que conoce y lo que ha visto. Y ver con los ojos de la fe… Ver es fe, es nacer de nuevo, es dejarse introducir por Él en el dominio de Él, es querer comenzar a vivir la Palabra. ¡Pero qué lección tan profunda le dio Jesús a Nicodemo! Me encanta saborear este texto y me encanta encontrarme y oír a Nicodemo y a Jesús hablando. Cómo le explica, con qué amor: “Tanto amó Dios al mundo, mira, tanto… que le entregó a su Hijo unigénito”. Una gran lección: “Mira, Nicodemo —mira, me dice a ti y a mí—, si quieres saber lo que es la vida eterna, la vida eterna es amor; y nadie que no entrega su vida, no puede decir que ama. Tanto amó Dios al mundo, que le entregó para que ninguno perezca de los que creen”. Nicodemo le reclama a Jesús la fe. No entiende. “No puedo”.

Yo también hoy a Jesús le reclamo la fe. No entiendo… no entiendo…, pero ayuda mi falta de fe. Y oiré la voz de Jesús: “Tienes que nacer de nuevo, tienes que cambiar, tienes que ser otra persona, tienes que ser de otra manera”. Tú eres el Maestro pero, Jesús, tienes que tener paciencia. “Tienes que nacer de nuevo”. “Y tanto amo, tanto amor tengo a la humanidad —le dice Jesús—, que vengo para condenar a nadie, sino para que todo el mundo se salve. Y el que cree en mí, nunca será condenado; y el que no cree, sí es condenado. Y ésta es la causa: que la Luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la Luz”.

¡Qué lección tan grande nos da Jesús en esta entrevista de Nicodemo! A Nicodemo le cuesta, pero a nosotros también nos cuesta entender. ¡Cómo nos cuesta entender esta vida tan diferente y cómo, cuando estamos de cara a Jesús, notamos nuestra incredulidad, nuestras reacciones, nuestros prejuicios, nuestros dramas interiores! Queremos comprender todo. No… Y es aceptar la Palabra, aceptar la salvación, aceptar que Él nos salva, nos quiere, nos ama. Nicodemo recibió la mejor lección del amor de Jesús. Y cuántas veces en temas difíciles —el mal del mundo, el sufrimiento del inocente, la injusticia, la falta de paz, etcétera—, no sabemos ni cómo explicarlo humanamente… Pero es que humanamente tampoco sabemos explicar la Pasión y muerte de Jesús.

Sin embargo hoy Jesús a Nicodemo le ofrece una explicación, una explicación a su fe: “¿Por qué no entiendes, Nicodemo? Tienes que entender que por el gran amor que tengo a la humanidad, vengo a salvar y no a condenar. Y por el gran amor sufro la Pasión. Y yo no vengo a castigar. Y lo hago por medio de la cruz. Y esa cruz es luz, es vida, es —como dice el texto, ese texto de Moisés que miraban a la serpiente y se sentían curados—, esa serpiente en el desierto que elevada, curaba. Así es Jesús. Cuando le miramos, cuando estamos con Él, cuando vemos su luz, su camino… nacemos de nuevo.

Por eso hoy, después de escuchar esa entrevista, ese diálogo tan profundo, le pregunto a Jesús y le digo que por qué no tiene paciencia, que me ayude en mis faltas de fe, en mis dudas y que todos estos interrogantes los meta y los centre en creer que Dios es amor y que me salva. ¡Cuántas veces soy Nicodemo! Pero qué suerte tengo que siempre que voy a ti, Jesús, aunque sea de noche, aunque esté a oscuras, aunque no entienda… siempre estás Tú para explicarme, para consolarme, para ayudarme. Gracias, Jesús, por decirme y por manifestarme el gran amor que nos tienes y gracias, Jesús, también por tener este encuentro y este diálogo contigo. ¡Ayuda mi falta de fe! ¡Ayuda! Tengo que oír muchas veces de ti: “Tienes que nacer de nuevo”. Un nacer a la vida, a la fuente, a la luz, a tu brillo, a tu torrente de gracia. Así es como podré después entender el gran amor que Dios me tiene. ¡Qué suerte ser hijo de Dios! ¡Qué suerte! Y qué grande es sentirse querido por ti.

Bien, terminamos este encuentro, y nos quedaríamos ahí escuchando y saboreando cada palabra. No nos la perdamos. Guardemos silencio y escuchemos a Jesús que se dirige a Nicodemo, se dirige a ti y a mí: “Tenéis que nacer de nuevo, para que el Espíritu de amor, de gozo, de paz, de paciencia, de fe, este Espíritu de vida y de libertad, sea el motivo de vuestra vida”. Pero ¿cuándo será ese nacimiento? Cuando sintamos y cuando nos sintamos queridos por Dios. Gracias, Señor, por esta entrevista, y gracias, Nicodemo, que a través de ti se nos manifiesta este torrente de amor que es Dios, que nos quiere tanto. Pidamos, con la Virgen, que nos ayude, —la Mujer de fe—, nos ayude a creer y nos ayude también a recibir ese espíritu, ese agua, para que bañados en su amor, podamos también comprender lo mucho que nos quiere, y lo podamos comunicar a quien esté a nuestro lado. Que así sea. Permanezcamos profundamente centrados en este encuentro y saboreemos la experiencia y el amor que Dios nos quiere. Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

 

Domingo IV de Cuaresma

En las lecturas del Evangelio de los últimos Domingos, guiados en primer término por Marcos, hemos podido seguir a Jesús en el curso de los primeros meses de su vida pública. Hemos podido ser testigos del acontecimiento intenso que supuso su Bautismo, y posteriormente su tentación en el desierto. Le hemos visto cómo escogía a sus discípulos y cambiaba el agua en vino en Caná. Y hemos visto asimismo cómo expulsaba del templo a los cambistas.

A todo lo largo de este tiempo hubo muchos que creyeron en él, debido a los milagros que realizaba. Unos creían en él sin dudar un solo momento y con una fe profunda. Otros no querían en manera alguna creer y lo rechazaban de manera violenta. Pero la gran mayoría quedaba a medio camino, movidos de una fe ambigua – una mezcla de religiosidad natural y de atractivo para con cuanto es extraordinario y milagroso – una fe sin compromiso alguno.

Uno de esos creyentes ambiguos era Nicodemo. Me gusta Nicodemo, porque es en verdad uno de entre nosotros. Cree, sí, pero no tiene el valor de cargar con todas las consecuencias de su fe, lo que no obsta para que Jesús lo tome en serio. Siendo un doctor en Israel conoce las Escrituras. De ahí que pueda observar que Dios está en verdad con ese Jesús de Nazaret, pero no va hasta reconocer que Dios está en Jesús. Se dirige a Jesús para aprender de él, pero se viene de noche. Busca, pero busca en la oscuridad. Su fe va a ir creciendo, pero él se mantendrá siempre un tanto ambiguo. Se siente cercano a Jesús, pero queda lejos de él. En el momento de la sepultura de Jesús se hallará en el Huerto de los Olivos, pero sin acercarse demasiado.

El Evangelio que hoy hemos escuchado tomado del diálogo entre Jesús y Nicodemo, que nos es narrado, al comienzo del Evangelio de Juan, comienza allí donde se halla en su camino, y lo conduce más adelante. Lo mismo que hace con nosotros cuando también nosotros nos dirigimos hacia Él en medio de nuestras tinieblas. Nicodemo se había llegado a Jesús buscando la luz en medio de las tinieblas. Ahora bien, luz y tinieblas no pueden conjugarse. De ahí que le presione Jesús para que escoja entre luz y tinieblas.

La verdadera luz es la de la Transfiguración. Implica la muerte, pero exige asimismo el que se actúe en verdad. La salvación no es no es de quienes se mueven por vagas creencias, sino de quienes actúan en verdad, o mejor aún, traduciendo literalmente el texto griego original, de quienes “hacen la verdad”.

La novedad del mensaje de Jesús aparece en toda su luz. El mensaje consiste en que Dios no es el principio primero eterno e inmóvil como el dios de los filósofos. Dios tiene un futuro, y ese su futuro se halla en manos de los hombres. La salvación no se halla al final de la historia, sino en el corazón de la misma. La cruz se halla levantada en el corazón de la historia humana, en el corazón de un mundo devorado por los conflictos y la miseria. El mundo de los poderosos, en el que los pequeños son aplastados y pisoteados, era el mundo que conocía Jesús; es el mundo que lo ha condenado a muerte, el mundo al que ha venido a redimir.

Al asumir la miseria humana, ha hecho posible Jesús que quedemos liberados de la misma. No por medio de milagros – esos signos que reclaman los Fariseos como prueba de su medianidad – sino por la transfiguración de los ojos y de los corazones de los hombres. En nuestros días la Cruz de Cristo se halla levantada en el corazón de Kosovo, del Oriente Medio, del Congo y de tantas otras partes del mundo, en este tercer milenio cuyo alumbramiento se ve acompañado de tantos dolores y de tantos gemidos. El futuro de estos países y de sus pueblos, es nuestro futuro; es ante todo el futuro de Dios. Y este futuro se halla en nuestras manos. Este futuro depende de que nuestros ojos se hallen o no, lo suficientemente transfigurados para poder ver el signo de la cruz plantado en el corazón de esta humanidad sufriente y ensangrentada.

A. Veilleux

Abrid las ventanas

En cualquier hogar, al comenzar el día, el ama de casa abre de par en par las ventanas para que se oreen las habitaciones, cansadas de oscuridad, dando la bienvenida a la mañana recién estrenada. Entra el aire, se respira alegría, el piar de los pajarillos nos informa de que ha nacido una nueva jornada, y la vida comienza a ponerse en funcionamiento. Cuando el sol va tomando fuerza y luminosidad, y se cuela por alguna rendija, sus rayos delatan menudencias de polvo flotando en el aire como nómadas desorientados y temblones buscando acomodo. Se trata de esa suciedad que solamente se percibe cuando la luz es potente.

Hoy, el evangelio de Juan afirma categóricamente que Jesús es la Luz y que, «habiendo venido al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz; porque su conducta era mala». Y da una explicación: «Todos los que se comportan mal, detestan y rehúyen la luz, por miedo a que su conducta inmoral quede al descubierto… En cambio, los que actúan conforme a la verdad, buscan la luz, para que aparezca con toda claridad que es Dios quien inspira todas su acciones». Efectivamente, la luz nos delata poniendo al descubierto todas nuestras miserias, de la misma manera que destaca palpablemente nuestras buenas acciones.

Finalizando ya la Cuaresma, para que nuestra conversión sea sincera y eficaz se me ocurre proponer tres pautas que deben darse cita en la «hoja de ruta» de cualquier cristiano:

En primer lugar, seguir el camino de la luz. Es decir, la vida y enseñanzas de Jesús. Él mismo lo aseguró: «Yo soy el camino». Para comprender cabalmente el contenido de esta expresión resulta útil conocer que, para quienes le escuchaban, tenía un significado especial ya que el auditorio sabía perfectamente lo que era el desierto, un lugar inhóspito de desorbitadas dimensiones, sin ningún indicador, ninguna señalización que los orientara; por lo cual resultaba facilísimo perderse, y hambreaban conocer el verdadero camino.

En segundo término, tener fidelidad a la verdad. También dijo Jesús: «Yo soy la verdad». Hemos indicado antes que la luz, cuando se cuela por alguna rendija de la casa, pone en evidencia la suciedad que acompaña a sus moradores. Y la luz de Jesús no constituye ninguna excepción. Nos lleva indefectiblemente a la verdad, a la limpieza de corazón. Y la verdad no entiende de marrullerías, de trapicheos, de dobles contabilidades…

Y por último, saborear la alegría de vivir. Jesús también añadió: «Yo soy la vida». Existen personas que parece que hubieran nacido con gafas de sol para librarse de la luz, y lo ven todo negro. Esas personas no conocen la alegría, estén incapacitadas para acoger «en su casa» a la felicidad.

Para posibilitar la realidad de estas pautas, es de todo punto necesario abrir de par en par las ventanas de nuestro egoísmo para que se oreen las habitaciones de nuestra mediocridad, dando paso a la luz, al frescor, al embrujo de la mañana, que nos rejuvenece y nos colma de satisfacción… Y a todo ello hemos de añadir el regalo inestimable que nos reporta la jornada cuando permanecemos con las ventanas abiertas: podemos contemplar la calle y ver el trasiego interminable de prójimos con sus inquietudes, sus sueños, sus problemas… Que la fe no es algo etéreo que no se puede tocar, sino realidad pura, y a veces dura, que siempre interpela y nos invita, e incita a la colaboración. Nos pone en bandeja la oportunidad de convertirnos.

Pedro Mari Zalbide

Spe Salvi – Benedicto XVI

39. Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo. Pero una vez más surge la pregunta: ¿somos capaces de ello? ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre? ¿Es tan importante para mí la verdad como para compensar el sufrimiento? ¿Es tan grande la promesa del amor que justifique el don de mí mismo? En la historia de la humanidad, la fe cristiana tiene precisamente el mérito de haber suscitado en el hombre, de manera nueva y más profunda, la capacidad de estos modos de sufrir que son decisivos para su humanidad. La fe cristiana nos ha enseñado que verdad, justicia y amor no son simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad. En efecto, nos ha enseñado que Dios –la Verdad y el Amor en persona– ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis[29], Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza. Ciertamente, en nuestras penas y pruebas menores siempre necesitamos también nuestras grandes o pequeñas esperanzas: una visita afable, la cura de las heridas internas y externas, la solución positiva de una crisis, etc. También estos tipos de esperanza pueden ser suficientes en las pruebas más o menos pequeñas. Pero en las pruebas verdaderamente graves, en las cuales tengo que tomar mi decisión definitiva de anteponer la verdad al bienestar, a la carrera, a la posesión, es necesaria la verdadera certeza, la gran esperanza de la que hemos hablado. Por eso necesitamos también testigos, mártires, que se han entregado totalmente, para que nos lo demuestren día tras día. Los necesitamos en las pequeñas alternativas de la vida cotidiana, para preferir el bien a la comodidad, sabiendo que precisamente así vivimos realmente la vida. Digámoslo una vez más: la capacidad de sufrir por amor de la verdad es un criterio de humanidad. No obstante, esta capacidad de sufrir depende del tipo y de la grandeza de la esperanza que llevamos dentro y sobre la que nos basamos. Los santos pudieron recorrer el gran camino del ser hombre del mismo modo en que Cristo lo recorrió antes de nosotros, porque estaban repletos de la gran esperanza.


[29] Sermones in Cant. Serm. 26,5: PL 183, 906.

Lectio Divina – 11 de marzo

Lectio: Domingo, 11 Marzo, 2018

Jesús, luz del mundo
Juan 3,14,21

Oración inicial

Shadai, Dios de la montaña,
que haces de nuestra frágil vida
la roca de tu morada,
conduce nuestra mente
a golpear la roca del desierto,
para que brote el agua para nuestra sed.
La pobreza de nuestro sentir
nos cubra como un manto en la oscuridad de la noche
y abra el corazón, para acoger el eco del Silencio
y así el alba,
envolviéndonos en la nueva luz matutina,
nos lleve
con las cenizas consumadas por el fuego
de los pastores del Absoluto,
que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro,
al sabor de la santa memoria. 

1. LECTIO

a) Texto:

Juan 3,14,2114 Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, 15 para que todo el que crea tenga en él la vida eterna. 16Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18 El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. 19 Y el juicio está en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. 21 Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.»

b) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros. 

2. MEDITATIO 

a) algunas preguntas: 

– Dios ha amado tanto al mundo…: cuántos juicios y prejuicios sobre un Dios lejano e insensible.¿No será quizás que le atribuimos a Él lo que son por el contrario nuestras responsabilidades?
– La luz ha venido al mundo, pero los hombres han preferido las tinieblas: quien se ilusiona pensando que no es hombre y vive por Dios, no puede escoger la luz porque la ilusión desaparecería. ¿Cuantas tinieblas rodean mis jornadas?
– Quien obra la verdad viene a la luz. No tiene temor de mostrarse quien obra por aquello que es. No se le pide al hombre ser infalible. Sencillamente que sea hombre. ¿Somos capaces de vivir nuestra debilidad como lugar de encuentro y de apertura a Dios y a los otros, deseosos como yo de trabajar fielmente en su espacio y en su tempo?

b) Clave de lectura:

vv. 14-15. Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que crea tenga en Él la vida eterna. Para los hijos de Israel, mordidos por serpientes venenosas en el desierto, Moisés ofreció una posibilidad de salvarse fijando la vista en una serpiente de bronce. Si el hombre consigue levantar la cabeza y mirar en alto, Dios prepara para él una alternativa. No obliga, está allí, a disposición. El misterio de la libertad humana es de los más digno de amor que Dios ha podido inventar. Escogiendo una mirada, un encontrarse, una nueva oportunidad… el Hijo del hombre en el desierto del mundo será levantado sobre la cruz como signo de salvación para todos aquéllos que sientan la necesidad de continuar viviendo y no se abandonen a mordidas venenosas de preferencias erróneas. Cristo está allí: maldito para el que no tiene fe, bendito para el que cree. Un fruto que escoger, colgado del leño de la vida. También nosotros como los israelitas en el desierto hemos sido “mordidos” por la serpiente en el Edén y tenemos necesidad de mirar a la serpiente de bronce levantada sobre el madero para no morir: “Quien cree en Él tiene vida eterna”.

v.16. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. El amor con que Dios nos ama es un amor de predilección, un amor tangible, un amor que habla… ¿Podía venir directamente el Padre? Sí, ¿pero no es más grande el amor de un padre que da a su hijo? Toda madre pudiendo escoger, prefiere morir ella antes que ver morir a un hijo. ¡Dios nos ha amado hasta tal punto de ver morir a su Hijo!

v. 17. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Un Dios capaz de juicio perfecto manda al Hijo, no para juzgar, sino para ser lugar de salvación. Verdaderamente es necesario suspender todo pensamiento y sentirse anonadado frente a tanto amor. Sólo quien ama puede “juzgar” , esto es, “salvar”. Él conoce la debilidad del corazón humano y sabe que su imagen ennegrecida tiene la posibilidad de volver a ser nítida, no hay necesidad de rehacerla. La lógica de la vida no conoce la muerte: Dios que es vida no puede destruir lo que Él mismo ha querido crear, se destruiría en algún modo a sí mismo.

v.18. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. La fe es la discriminante de toda existencia. No creer en el nombre del unigénito: ésta es ya una condena, porque se excluye del amor quien no acoge al amor.

vv. 19-20. Y el juicio está en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. El único juicio que abarca a toda la humanidad es la llamada a vivir en la luz. Cuando el sol sale, nadie puede substraerse a sus rayos…y así también los hombres. Cuando Cristo nace, ninguno puede substraerse a esta luz que todo lo inunda. Pero los hombres se han construidos casas para poder escapar de la luz del Amor que se expande por doquier, casas de egoísmo, casas de oportunidad. Han perforado túneles y escondrijos para continuar libremente haciendo sus obras. ¿Puede una obra falta de luz dar la vida? La luz de la existencia tiene una sola fuente: Dios. Quien se aparta de la luz, muere.

v. 21. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios. Todo lo que cae bajo los rayos del amor eterno, se viste de luz, como sucede en la naturaleza. Parece que todo sonríe cuando sale el sol. Y las cosas que durante el día son familiares y bellas, de noche toman formas que infunden temor por el solo hecho de no ser visibles. El sol no cambia la forma, pero la exalta en su belleza, Quien vive la verdad de sí mismo y acoge su fragilidad como parámetros de su ser hombre, no tiene temor de la luz, porque no tiene nada que esconder. Sabe que como criatura trabaja con la lógica del límite, pero esto no disminuye la grandeza de su obrar, porque su vida es un todo con la verdad eterna.

c) Reflexión:

El jardín se convierte en desierto para el hombre que se aleja de Dios. Y en el desierto de su libertad sin límites el hombre encuentra una vez más las mordidas venenosas de la serpiente. Dios sin embargo no abandona a sus hijos, y cuando se alejan de Él los sigue, pronto para acudir en sus necesidades. Una serpiente símbolo de curación se eleva cada vez que el veneno infesta la vida en el hombre, Cristo Señor. Si el hombre prefiere mirar a tierra y estar en el desierto de su “me basto solo”, Dios de todos modos se ofrece a su mirada en el solo modo en el que el hombre lo reconoce: como una serpiente. Cristo se ha hecho pecado, maldito, para salvar su imagen, con tal de no apagar la vida humana. La condena no pertenece a Dios, sino la escoge el hombre. Puedo no vivir junto al calor, libérrimo de hacerlo. Pero esto conlleva el tener que procurarme otra clase de calor, si me quiero calentar. Con el riesgo de pasar frío, enfermedad, fatiga…. la libertad por Dios tiene un precio de condena. Es de personas poco inteligentes, no aprovecharse de un bien regalado, es sencillamente de tontos no acoger lo que mejor sea para no sentirse deudores. En el ámbito del amor, la palabra “deuda” no existe porque la gratuidad es el único vocabulario consultable. Y con la palabra gratuidad explota la luz: todo se convierte en posibilidad y ocasión. Obras hechas en las tinieblas o más bien obras hechas en Dios: los simulacros de fango del débil resplandor de piedras falsas son juguetes peligrosos para todos; mejor frecuentar las aulas plenas de sol de un discipulado nunca terminado. Al menos la vida se acrecienta y el gozo cubre de belleza toda cosa…

3. ORATIO

Salmo 35

El pecado es un oráculo para el impío
que le habla en el fondo de su corazón;
no tiene temor de Dios
ni aun estando en su presencia.

Se halaga tanto a sí mismo
que no descubre y detesta su culpa;
sólo dice maldades y engaños,
renunció a ser sensato, a hacer el bien.
-Tu amor, Yahvé, llega al cielo,
tu fidelidad alcanza las nubes;
tu justicia, como las altas montañas,
tus sentencias, profundas como el océano.

Tú proteges a hombres y animales,
¡qué admirable es tu amor, oh Dios!
Por eso los seres humanos
se cobijan a la sombra de tus alas;
se sacian con las provisiones de tu casa,
en el torrente de tus delicias los abrevas;
pues en ti está la fuente de la vida,
y en tu luz vemos la luz.

No dejes de amar a los que te conocen,
de ser fiel con los hombres sinceros.
¡Que el pie del orgulloso no me pise,
ni me avente la mano del impío!
Ved cómo caen los malhechores,
abatidos, no pueden levantarse.

4. CONTEMPLACIÓN

Cuando el santo temor me abandona, Señor, siento en mi corazón el pecado que habla. Son los momentos de la ilusión, momentos en los que voy a buscar mis culpas y todo esto inútilmente, porque no he comprendido, que sólo cumpliendo el bien, las falaces e inicuas palabras del mal se extinguen. Es una atracción la obstinación en el mal, como si me diese más brillo, honor, más valor. Cuando caigo en la cuenta que es inmenso lo que Tú me das para vivir, entonces percibo los abismos de tu fidelidad y veo como tu salvación no conoce confín; todo lo inunda y porta consigo; a mí criatura hecha a tu imagen y todo lo que para mí has creado y a quien yo he dado nombre. En verdad tu gracia es preciosa. En tu casa manda la abundancia de la protección y discurre como el agua la delicia. Si me pongo tus ojos entonces todo es luz, Señor, Y nada es ya difícil porque mi corazón, purificado de la tentación de ser Dios en tu lugar, me dice que lo seré conmigo. Rivalidad, competición hostilidad… desaparecen de frente a tu propuesta de participar en tu vida divina. Dios contigo . Tu amor como linfa que camina por las entrañas de mi humanidad hasta que encuentre mis orígenes: en tu Nombre.

Domingo IV de Cuaresma

Antiguamente, la serpiente era un símbolo que representaba a los dioses curanderos. En la Biblia se habla de la serpiente de bronce que curaba a los hebreos mordidos por serpientes en el desierto (Nm 21, 8; Sb 16, 5. 7). Se trata de un símbolo de salud y de vida, como lo es Jesús para cuantos lo miran con fe. El nuevo símbolo de la vida no es un rito mágico, sino Jesús, víctima de su generosidad extrema.

Dios no se hizo presente en este mundo, en la persona y vida de Jesús, porque se sintiera ofendido, indignado, irritado. Dios se hizo presente en el mundo, en el hombre Jesús de Nazaret, porque quiere tanto al mundo, que no soportaba más estar lejano, distante, desconocido. Por eso Dios se humanizó en Jesús.

Humanizándonos, encontramos la luz y amamos la luz. Endiosándonos, encontramos las tinieblas y toda nuestra vida proyecta oscuridad. No hay cosa más turbia y oscura que una persona que solo aspira a subir, trepar, instalarse. Como no hay luz más poderosa que la luz del que es tan humano que no tiene nada que ocultar, de forma que su vida y sus obras contagian bondad y humanidad.

José María Castillo

Tanto como nos ama

La mayoría de las personas han tenido la experiencia de ser o haber sido amadas. Cada uno tendrá sus propias vivencias, sus propios recuerdos, de personas que están o han estado a su lado y le han hecho sentirse amado. Y no hay que pensar solamente en un amor romántico; el amor adopta diferentes formas, diferentes expresiones: palabras, gestos, acciones, presencias… Y también el amor se manifiesta en silencios, correcciones, incluso ausencias… Por eso no siempre percibimos el amor, y a veces necesitamos que pase el tiempo para darnos cuenta de cómo hemos sido amados, de tanto que nos han amado. Por desgracia, no todas las personas se han sentido amadas, y esa carencia se manifiesta de forma negativa en su vida.

Este cuarto domingo de Cuaresma es conocido litúrgicamente como “Domingo Laetare”, por la primera palabra de la Antífona de entrada (“Alégrate, Jerusalén…”). El clima penitencial de la cuaresma se ve interrumpido en este domingo, porque se aproxima la gran manifestación de Amor que es la Pasión de Cristo, y se nos invita a acogerlo.

De hecho, en el Evangelio hemos escuchado: Tan- to amó Dios al mundo… Estas palabras deberían ayudarnos hoy a reconocer, a ser más conscientes de tanto como nos ama Dios, y de cuántas formas nos manifiesta ese Amor, para que nadie se sienta privado de Él.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. ¿Somos conscientes de lo que esto significa? Un amor entregado hasta el extremo, para que ya desde ahora no nos sintamos “muertos”, sin esperanza.

Tanto amó Dios al mundo que respeta siempre nuestra libertad para acogerle o rechazarle: El que cree en Él no será condenado; el que no cree ya está condenado porque no ha creído… ¿Nos damos cuenta de lo que significa que Dios, porque nos ama, no se nos impone?

Tanto amó Dios al mundo que, como hemos escuchado en la 1ª lectura, a pesar de las continuas infidelidades de su pueblo (mancharon la Casa del Señor, se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas) no lo abandonó a su suerte, sino que movió el espíritu de Ciro, rey de Persia, para que lo liberase. ¿En cuántas ocasiones hemos sido infieles a Dios? ¿En cuántas ocasiones no nos ha dejado por perdidos, sino que nos ha ofrecido una nueva oportunidad?

En la 2ª lectura también hemos escuchado: Dios, rico en misericordia por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados… Como indicaba el Papa Francisco en la convocatoria del Jubileo de la Misericordia: Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción (…) la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor (6). Por eso afirmaba Jesús en el Evangelio: Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El. ¿Qué imagen de Dios prevalece en nosotros: una imagen severa y temible, o la de un Padre misericordioso que no quiere que nadie se pierda, se condene?

Y continúa diciendo San Pablo: nos ha hecho vivir con Cristo, nos ha resucitado con Cristo Jesús… Como indica el Papa Francisco: Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre (1) Por eso, con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud (8). ¿La Cuaresma me está ayudando a unirme más a Cristo, a sentirme amado por Él? ¿Me ayuda a vivir el día a día con esperanza, aun en medio de las dificultades?

Esta Cuaresma nos hemos propuesto celebrarla “un año más”, pero que no sea “lo de todos los años”. Demos gracias a Dios con todo nuestro corazón por su Amor hacia nosotros, y alegrémonos por ello, como indica la antífona de entrada de este domingo. Pidamos que este tiempo suponga para nosotros una mayor conciencia de tanto como nos ha amado y nos ama Dios, para que aunque en nuestra vida ordinaria nos falten experiencias de amor humano, siempre tengamos presente su Amor manifestado en Cristo Jesús, entregado por nuestra salvación.

Acercarnos a la luz

Puede parecer una observación excesivamente pesimista, pero lo cierto es que las personas somos capaces de vivir largos años sin tener apenas idea de lo que está sucediendo en nosotros. Podemos seguir viviendo día tras día sin querer ver qué es lo que en verdad mueve nuestra vida y quién es el que dentro de nosotros toma realmente las decisiones.

No es torpeza o falta de inteligencia. Lo que sucede es que, de manera más o menos consciente, intuimos que vernos con más luz nos obligaría a cambiar. Una y otra vez parecen cumplirse en nosotros aquellas palabras de Jesús: «El que obra el mal detesta la luz y la rehúye, porque tiene miedo a que su conducta quede al descubierto». Nos asusta vernos tal como somos. Nos sentimos mal cuando la luz penetra en nuestra vida. Preferimos seguir ciegos, alimentando día a día nuevos engaños e ilusiones.

Lo más grave es que puede llegar un momento en el que, estando ciegos, creamos verlo todo con claridad y realismo. Qué fácil es entonces vivir sin conocerse a sí mismo ni preguntarse nunca: «¿Quién soy yo?». Creer ingenuamente que yo soy esa imagen superficial que tengo de mí mismo, fabricada de recuerdos, experiencias, miedos y deseos.

Qué fácil también creer que la realidad es justamente tal como yo la veo, sin ser consciente de que el mundo exterior que yo veo es, en buena parte, reflejo del mundo interior que vivo y de los deseos e intereses que alimento. Qué fácil también acostumbrarnos a tratar no con personas reales, sino con la imagen o etiqueta que de ellas me he fabricado yo mismo.

Aquel gran escritor que fue Hermann Hesse, en su pequeño libro Mi credo, lleno de sabiduría, escribía: «El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es solo un turbio reflejo de mi voluntad».

Probablemente, a la hora de querer transformar nuestra vida orientando nuestros pasos por caminos más nobles, lo más decisivo no es el esfuerzo por cambiar. Lo primero es abrir los ojos. Preguntarme qué ando buscando en la vida. Ser más consciente de los intereses que mueven mi existencia. Descubrir el motivo último de mi vivir diario.

Podemos tomarnos un tiempo para responder a esta pregunta: ¿por qué huyo tanto de mí mismo y de Dios? ¿Por qué, en definitiva, prefiero vivir engañado sin buscar la luz? Hemos de escuchar las palabras de Jesús: «Aquel que actúa conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que todo lo que hace está inspirado por Dios».

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio (11 de marzo)

Dios nos ama sin medida

      La Cuaresma avanza y es tiempo de irse centrando en lo que es más importante y fundamental. ¿En nuestros pecados? No. Más bien en el amor de Dios. Ahí está la clave del asunto, el centro de la vida cristiana. Y, por supuesto, la energía que dinamiza los domingos de Cuaresma según nos acercamos a la celebración de la Pascua. 

      Tanto la segunda lectura como el Evangelio centran el punto con claridad. En el Evangelio, Jesús habla con Nicodemo –cualquiera de nosotros, un discípulo atento– y le dice una frase que todos nos deberíamos guardar anotada en un papel en la cartera o en el bolso y, más importante, en el corazón: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único”. El de Dios es un amor loco, sin medida. Si nos pidiera consejo, cualquiera de nosotros le invitaría a ser más prudente en su forma de amar. Y le recordaríamos aquello de que “en el medio está la virtud”. Posiblemente Dios nos contestaría que no hemos entendido lo que es el amor. Y nos invitaría a leer el famoso capítulo 13 de la primera carta de san Pablo a los Corintios –que no estaría de más que leyésemos de nuevo, por supuesto–. 

      La segunda lectura es de Pablo, su carta a los Efesios y comienza de una forma que no deja en sus oyentes ninguna duda sobre la forma de ser Dios y su relación con nosotros: “Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor…” Con eso ya bastaría para hacernos repensar un poco la forma tan miserable que tenemos a veces de vivir nuestra fe y nuestra relación con Dios. Pero es que Pablo afirma además que “aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo”. 

      La primera lectura cuenta la vuelta a casa de los deportados en Babilonia. Aquel destierro fue consecuencia del pecado del pueblo. Pero su liberación no fue causada porque los deportados se hubiesen convertido sino por puro amor de Dios que inspira a Ciro para que ejecute la liberación. 

      No hay mucho más que decir. Simplemente rumiar muchas veces esas frases, acogerlas en nuestro corazón y dejar que ellas nos vayan quitando de la cabeza las muchas ideas preconcebidas que tenemos sobre un Dios castigador, que está atento a nuestros más pequeños fallos para castigarnos, que nos mira con desconfianza, que no cree en nosotros, etc. En nuestras manos está rechazar el amor y la vida que Dios nos regala en Jesús. Lo podemos hacer pero seríamos tontos si lo hiciéramos. Porque Dios no nos pide nada a cambio. Nos regala el amor para que lo vivamos y lo compartamos sin medida. ¿Qué más se puede pedir? Cuaresma es levantar la mirada, reconocer el amor con que Dios nos ama y darnos cuenta de que seguirle a él es lo mejor que podemos hacer con nuestra vida.

Para la reflexión

¿Le doy las gracias a Dios por el amor inmenso con que me ama y la misericordia que derrocha sobre nosotros? ¿Cómo comparto ese amor y esa misericordia? Trata de ser concreto y expresar alguna forma concreta de compartir ese amor con los demás. 

Fernando Torres, cmf