Vísperas – Lunes IV de Cuaresma

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: ÉSTA ES LA HORA PARA EL BUEN AMIGO.

Ésta es la hora para el buen amigo,
llena de intimidad y confidencia,
y en la que, al examinar nuestra conciencia,
igual que siente el rey, siente el mendigo.

Hora en que el corazón encuentra abrigo
para lograr alivio a su dolencia
y, al evocar la edad de la inocencia,
logra en el llanto bálsamo y castigo.

Hora en que arrullas, Cristo, nuestra vida
con tu amor y caricia inmensamente
y que a humildad y a llanto nos convida.

Hora en que un ángel roza nuestra frente
y en que el alma, como cierva herida,
sacia su sed en la escondida fuente. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Salmo 135 I – HIMNO A DIOS POR LAS MARAVILLAS DE LA CREACIÓN Y DEL ÉXODO.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

El afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Ant 2. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Salmo 135 II

El hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel, su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   Rm 12, 1-2

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.

RESPONSORIO BREVE

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Señor, ten misericordia.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Comprobó el padre que en aquella misma hora le había dicho Jesús: «Tu hijo se encuentra bien»; y creyó él y toda su casa.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Comprobó el padre que en aquella misma hora le había dicho Jesús: «Tu hijo se encuentra bien»; y creyó él y toda su casa.

PRECES

Bendigamos a Dios, nuestro Padre, que por la palabra de su Hijo prometió escuchar la oración de los que se reúnen en su nombre, y, confiados en esta promesa, supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Señor, tú que en la montaña del Sinaí diste a conocer tu ley por medio de Moisés y la perfeccionaste luego por Cristo,
haz que todos los hombres descubran que tienen esta ley inscrita en el corazón y que la deben guardar para hacer efectiva la alianza que has hecho con ellos.

Concede a los superiores fraternal solicitud hacia los que les han sido confiados,
y a los súbditos espíritu de obediente colaboración.

Fortalece el espíritu y el corazón de los misioneros
y suscita en todas partes colaboradores de su obra.

Que los niños crezcan en gracia y en edad,
y que los jóvenes se abran con sinceridad a tu amor.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acuérdate de nuestros hermanos que ya duermen el sueño de la paz
y dales parte en la vida eterna.

Digamos a nuestro Padre, juntamente con Jesús, la oración que él nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que renuevas el mundo por medio de sacramentos divinos, haz que tu Iglesia progrese por la celebración de estos sacramentos de vida eterna y no permitas que le falten nunca los auxilios necesarios para su vida terrena. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 12 de marzo

Lectio:  Lunes, 12 Marzo, 2018

Tiempo de Cuaresma

1) ORACIÓN INICIAL

¡Oh Dios!, que renuevas el mundo por medio de sacramentos divinos: concede a tu Iglesia la ayuda de estos auxilios del cielo sin que le falten los necesarios de la tierra. Por nuestro Señor.

2) LECTURA DEL EVANGELIO

Del Evangelio según Juan 4,43-54

Pasados los dos días, partió de allí para Galilea. Pues Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque estaba a punto de morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis.» Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo.» Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive.» Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. Él les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.» El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Tal fue, de nuevo, el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

3) REFLEXIÓN

• Jesús salió de Galilea y pasó por la región de Judea, hasta Jerusalén en ocasión de la fiesta (Jn 4,45) y luego, por Samaría, volvió a Galilea (Jn 4,3-4). Los judíos observantes tenían prohibido pasar por Samaría, y no tenían costumbre de conversar con los samaritanos (Jn 4,9). A Jesús no le importan estas normas que impiden la amistad y el diálogo. Se queda diversos días en Samaría y mucha gente se convierte (Jn 4,40). Después de esto determina volver a Galilea.

• Juan 4,43-46ª: La vuelta a Galilea. Sabiendo que la gente de Galilea le miraba con una cierta reserva, Jesús quiso volver a su tierra. Probablemente, Juan se refiere a la fea acogida que Jesús recibió en Nazaret de Galilea. Jesús mismo había dicho: “Un profeta no es acogido en su patria” (Lc 4,24). Pero ahora, ante la evidencia de las señales de Jesús en Jerusalén, los galileos cambiaron de opinión y le brindaron una buena acogida. Jesús volvió a Caná, donde había hecho la primera “señal” (Jn 2,11).

• Juan 4,46b-47: La petición de un funcionario del rey. Se trata de un pagano. Poco antes, en Samaría, Jesús había conversado con una samaritana, persona hereje para los judíos, a quien Jesús revela su condición de mesías (Jn 4,26). Y ahora, en Galilea, recibe a un pagano, funcionario del Rey, quien buscaba ayuda para su hijo enfermo. Jesús no se encierra en su raza, ni en su religión. Es ecuménico y acoge a todos.

• Juan 4,48: La respuesta de Jesús al funcionario. El funcionario quería que Jesús fuera con él hasta la casa para curar al hijo. Jesús contesta: “Si no veis signos y prodigios, no creéis”. Respuesta dura y extraña. ¿Por qué Jesús contesta de este modo? ¿Qué error comete el funcionario a la hora de presentar su petición? ¿Qué quiere enseñar Jesús con esta respuesta? Quiere enseñar como debe ser la fe. El funcionario del rey creería sólo si Jesús fuera con él, a su casa. El quiere ver a Jesús que cura. En el fondo, es la actitud normal de todos nosotros. No nos damos cuenta de que nos falta fe.

• Juan 4,49-50: El funcionario vuelve a pedir de nuevo y Jesús repite la respuesta. A pesar de la respuesta dura de Jesús, el hombre no se rinde y repite lo mismo. “Baja antes que se muera mi hijo”. Jesús sigue firme en su propósito. No responde a la petición y no va con el hombre hasta su casa; repite la misma respuesta, pero formulada de otra forma: “Vete, que tu hijo vive.” Tanto en la primera como en la segunda respuesta, Jesús pide fe, mucha fe. Es posible que el funcionario crea que su hijo está curado ya. ¡Y el verdadero milagro se cumple! Sin ver ninguna señal, sin ver ningún prodigio, el hombre cree en la palabra de Jesús y vuelve a casa. No debe haber sido fácil. Este es el verdadero milagro de la fe: creer sin otra garantía que no sea la Palabra de Jesús. El ideal es creer en la Palabra de Jesús, aún sin ver (Cf. Jn 20,29).

• Juan 4,51-53: El resultado de la fe en la palabra de Jesús. Cuando el hombre se iba hacia su casa, los empleados fueron a su encuentro para decirle que el hijo estaba curado. El pregunta la hora y descubre que aconteció exactamente en la hora en que Jesús había dicho: “Tu hijo vive.” Así que tuvo la confirmación de su fe.

• Juan 4,54: Un resumen de parte de Juan, el evangelista. Juan termina diciendo: “Tal fue el segundo signo que hizo Jesús”. Juan prefiere hablar de signo y no de milagro. La palabra señal evoca algo que yo veo con mis ojos, pero cuyo sentido profundo me lo hace descubrir sólo la fe. La fe es como los rayos X: hace descubrir lo que el ojo no ve.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• ¿Cómo vives tu fe? ¿Confías en la palabra de Jesús o solamente crees en los milagros y en las experiencias sensibles?

• Jesús acoge a herejes y forasteros. Yo, ¿cómo me relaciono con las personas?

5) ORACIÓN FINAL

Cantad para Yahvé los que lo amáis,
recordad su santidad con alabanzas.
Un instante dura su ira,
su favor toda una vida;
por la tarde visita de lágrimas,
por la mañana gritos de júbilo. (Sal 30)

Tentación del hombre pagano, del cristiano y de la Iglesia

MAERTENS-FRISQUE

Al comenzar la Cuaresma, la Iglesia invita a los cristianos reunidos en asamblea a discernir mejor la intención fundamental que les anima. El camino de la salvación por el que Jesucristo ha orientado a cada uno le exige un reajuste permanente. El pecado, que sigue haciendo acto de presencia aquí abajo, amenaza continuamente con poner en tela de juicio la rectitud de la fe. 

Las tentaciones del desierto siguen teniendo actualidad. Tienen que ver con los cristianos conscientes de sus responsabilidades en el pueblo de Dios y con los que ceden ante las distintas formas del materialismo contemporáneo. La labor del Tentador es a veces discreta, pero no hay terreno alguno que quede fuera de su alcance. En el momento en que la Iglesia se reforma a sí misma-no sin esfuerzo, por otra parte-para responder con más fuerza y lucidez a los desafíos del paganismo moderno, es urgente que los cristianos revisen su percepción del designio de Dios y conozcan mejor los peligros de degradación a que puede llevarlos la acción del Tentador.

– LA TENTACIÓN DEL HOMBRE PAGANO

En su búsqueda de la felicidad, el hombre sigue espontáneamente las sendas seguras. Busca lo sólido, lo estable, lo inmutable y lo previsible. Rechaza el tiempo, la movilidad de la historia, porque le acarrean el sufrimiento, el fracaso, la insensatez. Todo lo que hay de constante y de cíclico en la naturaleza, fuera del hombre y en sí mismo, representa aparentemente un acceso muy fácil a la felicidad a la que aspira. 

En la medida en que precede al hombre, el «orden» natural puede ser captado teóricamente como el signo de la benevolencia del Dios trascendente y constituir, por consiguiente, el punto de apoyo de una auténtica acción de gracias. Pero ese signo es ambiguo por cuanto no distingue claramente al Creador de la creación. Cuando Dios es concebido como el principio de un orden de naturalezas, muy bien puede parecer estar a la altura y al alcance de las posibilidades del hombre. 

Por ahí es por donde se infiltra la tentación… ¿Por qué no habría de actuar el hombre como un dios? Darse a sí mismo la salvación es mucho más confortante que esperarla de la iniciativa providente de Dios. Por eso mismo el hombre, tentado siempre de confundir al Creador con la creación, ha caído con tanta frecuencia en todas las formas de la idolatría y de la magia.

Para el hombre moderno, esta tentación de independencia respecto a Dios adquiere un aspecto nuevo. Su cada vez más amplio dominio de la naturaleza hace al hombre cada vez más insensible al hecho de que la naturaleza precede al hombre. La naturaleza ya no tiene interés para él sino en cuanto sujeta a su poder para transformarla y humanizarla. No tiene siquiera necesidad de rechazar el tiempo o la movilidad de la historia, puesto que es capaz de dominarlas y de ponerlas al servicio de sus proyectos. Por eso la tentación específica del hombre moderno es el ateísmo. Ya no es necesario tender la mano hacia Dios. Dios ha muerto… No necesita existir para que la humanidad siga su proceso de perfeccionamiento.

– LA TENTACIÓN DEL HOMBRE JUDÍO. 

Con Abraham y el pueblo que constituye su hombre judío descendencia se produce un giro decisivo. Israel no trata ya de anular el tiempo, no prescinde ya de la historia. Para él, el acontecimiento, la historia humana, en su carácter imprevisible, único e irreversible, acondiciona el lugar privilegiado en donde se elabora la salvación a la que aspira desde lo más profundo de sí mismo. 

El acontecimiento de la fe supera de forma radical la tentación del hombre pagano. En efecto, ya no es posible Confundir al Creador y a su creación cuando se reconoce la iniciativa providente de Dios, ante todo en la historia más concreta y los acontecimientos que van señalando su camino. El Dios de Israel es el señor absoluto de una historia que se sustrae al poder del hombre; es el Ser trascendente, eminentemente personal, que interviene con toda libertad en la vida cotidiana de su pueblo. Entre el Creador y su creación se descubre una sima que ya es infranqueable. 

En el régimen de la fe, el hombre judío no trata ya de divinizarse o de atentar contra Dios. La tentación que experimenta presenta dos caras. Es más sutil y surge dentro del marco concreto de la Alianza y de la elección de Israel. Primera cara de esa tentación: si Dios elige para Sí un pueblo entre todos los demás, ¿no es normal que le garantice seguridades y bienes abundantes? Y si no colma de bienes a su pueblo ya desde ahora, por razón de la infidelidad, al menos lo hará en los últimos tiempos de la salvación. Por otro lado, para asegurar su seguridad en: el tiempo presente, muchos judíos continúan haciéndose acreedores a los favores de las divinidades paganas… La segunda cara de la tentación de Israel es específica de la actitud del hombre judío: al pactar la alianza con Israel, Yahvé espera del hombre judío la fidelidad de un contratante. Pero ¿cómo dar cuerpo a la fidelidad requerida? ¿Utilizando sus propios recursos o esperando también de Dios esa fidelidad, como un. don esperable? Extraviado frecuentemente por el primer camino, Israel ha montado una fidelidad de estructura humana y, por consiguiente, inadecuada, una fidelidad que, además, separaba del resto y otorgaba unos derechos. 

Israel hubiera podido vencer esta tentación suya característica viviendo profundamente la realidad de una religión de la Espera, una religión que podía hacer presentir la superación que experimenta, dentro del orden de la fe, toda estructura de forma humana. La Virgen, porque no tiene pecado, fue sin duda la única creyente de la antigua Alianza que encajó perfectamente en una religión de la Espera. Abierta, a la Alianza definitiva, pudo traer a la vida al Salvador esperado.

– LA VICTORIA DE JESÚS SOBRE LAS TENTACIONES DEL DESIERTO.

Para los autores neotestamentarios, las tentaciones de Jesús en el desierto están estrechamente relacionadas con las tentaciones que experimentó el pueblo elegido en el desierto y que se consideran típicas de toda su historia. Pero ahora, por primera vez, la victoria no es ya del Maligno. En Jesús se ha cumplido perfectamente el régimen de la fe y ha quedado definitivamente descartado todo peligro de corrupción.

Al cabo de un ayuno de cuarenta días, Jesús tiene hambre, pero se niega a servirse de sus poderes mesiánicos en su propio beneficio, por legítimo que fuese. Y Jesús se niega, además, a inaugurar el anuncio de la Buena Nueva mediante una demostración de poder: no se lanzará desde el pináculo del Templo. El Reino no se fundamenta sobre una acción deslumbradora. Jesús, finalmente, podría garantizar al pueblo elegido la dominación sobre el universo; pero lo que establece es el Reino de Dios, y este Reino no necesita ninguna movilización de poderes humanos.

En una palabra, Jesús vence la tentación más radical que pueda presentarse dentro del régimen de la fe: la de recurrir a los recursos humanos para establecer la fidelidad exigida por la Alianza, la de ligar la realización del destino del hombre con una realización humana, cualquiera que esta sea. Una victoria paradójica, puesto que, humanamente hablando, presentará todos los síntomas del fracaso.

En el momento de comenzar su ministerio público se le invita a Jesús a reiterar la elección decisiva de su vida de hombre, la que anima y domina la rectitud de todos sus actos particulares: «Padre, hágase tu voluntad». Esta pobreza radical nos ofrece el verdadero rostro del régimen de la fe inaugurado en Abraham. Jesús de Nazaret salva al hombre porque en su misma humanidad puede vincular válidamente al hombre con Dios; pero esa posibilidad no le viene de que haya acudido a los recursos puramente humanos, le viene exclusivamente de que es el Hijo de Dios. Su situación eterna de Hijo respecto al Padre tiene resonancias inevitables al nivel de su humanidad.

– LA VICTORIA DE LA IGLESIA SOBRE LAS TENTACIONES DEL DESIERTO. 

Una vez vencidas, ¿las tentaciones del desierto han quedado definitivamente abrogadas o siguen acosando a la Iglesia? ¿La victoria de Cristo no es automáticamente la de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en toda la dimensión de su identidad con El? 

La realidad ya la conocemos: estas mismas tentaciones no dejarán de comprometer a la iglesia. Y eso porque están ligadas, en Jesús, a una experiencia humana, cuya última faceta quedó desvelada con la muerte en la cruz. Si bien en Jesús no hay connivencia alguna subjetiva con el mal, su misión encierra, sin embargo, la experiencia humana de la ineficacia y del fracaso.

Pues bien: desde este punto de vista no ha cambiado nada para la Iglesia. Segura de la victoria de Cristo, la Iglesia prosigue aquí abajo una misión que es la exacta prolongación de la de Cristo. La experiencia humana de la Iglesia presenta continuamente una aparente ineficacia.

Satanás, el gran vencido de la Resurrección, sigue conservando la posibilidad de tentar a la Iglesia. Es fácil para él intentar sacar partido, aquí abajo, del vínculo que existe entre una misión de salvación universal y la experiencia que la Iglesia obtiene humanamente. Satanás invita constantemente a la Iglesia a invertir su misión y a no contar más que con medios humanos. pero, al igual que su Maestro, la Iglesia puede salir siempre victoriosa de esta tentación.

La victoria de la Iglesia sobre las tentaciones del desierto está constantemente garantizada por el renacimiento en ella de la Palabra. En la medida misma en que se deja imbuir por la Palabra, el cristiano participa por su parte de esa victoria; por el contrario, en la medida en que el cristiano permanece en pecado, cede por su parte a esas tentaciones. Nunca puede el cristiano rendir a Jesucristo un testimonio perfectamente conforme con el Evangelio que vive en el corazón de la Iglesia. La victoria sobre las tentaciones sigue siendo, para cada uno, una victoria que hay que estar ganando siempre. Pero el cristiano tiene confianza: esa victoria «escatológica’ que le precede será suya si se apoya en la Palabra para ajustarse cada vez más a ella. El poder de Satanás ha quedado definitivamente quebrantado.

Esta tensión caracteriza no solo la vida de cada cristiano, sino también la vida de la Institución eclesial, puesto que, por una parte, su rostro y su desarrollo dependen de los hombres pecadores que la componen. La Iglesia no se reduce a la suma de los bautizados, sino que es también esa suma. Los cristianos pueden cometer faltas colectivas muy graves; ahí está la Historia para enseñárnoslo. La división entre los cristianos es una de ellas.

Sin embargo, ningún pecado colectivo cometido en la Iglesia empaña la santidad victoriosa de la Iglesia, que es la de su Señor. Al contrario, esa santidad victoriosa, sigue siendo en ella la fuente viva de una «reforma» permanente, tanto para la Institución como para los individuos. Bebiendo en esa fuente es como la Iglesia y sus miembros adaptarán cada vez más su voluntad a la de Jesucristo.

 

– LAS TENTACIONES DEL APOSTOLADO.

El apostolado es por excelencia la labor colectiva de los cristianos. ¿Cuales son, pues, las tentaciones que acechan a la vida apostólica? El Evangelio del día las específica bien claramente.

Nada puede obligar a Jesús a cerrarse en su propio interés. Su ejemplo sitúa necesariamente a todo apostolado auténtico bajo el signo del desinterés total. ¡Que nunca pueda ser confundido el Reino con las realidades de este mundo, por respetables que sean! En este terreno, la tentación es a veces muy sutil: cuando la Institución eclesial tiende a presentarse a sí misma como una obra asistencial, un instrumento de revolución social, un organismo de sanos esparcimientos, el peligro de confusionismos no tiene nada de ilusorio.

Jesús se niega a plegarse a los prestigios fáciles de la propaganda y del ascendiente sobre las multitudes. Hay que liberar, no seducir o conquistar. El testimonio de la fe que salva no puede ser al mismo tiempo una violación de las libertades. El apóstol debe marginar, por consiguiente, la búsqueda del éxito. 

Satanás provoca en Jesús la ambición, que es la suprema tentación. Y ceder a la ambición es aceptar una verdadera corrupción del mensaje, puesto que la religión queda absorbida por el deseo de poder. Con su valiente resistencia a este último asalto, Jesús condena por anticipado el clericalismo en todas sus formas. La promoción de lo espiritual está más asegurada mediante una liberación de lo temporal que mediante una tutela desconsiderada. El Reino no es de este mundo. A condición de reconocerlo así, puede ser en el seno mismo de este mundo la fuente de un dinamismo siempre nuevo, en una incesante postura crítica frente a todo orden establecido.

Este apostolado evangélico, puro de toda aleación, exige del apóstol un continuo reajuste, Situar a la Iglesia en estado de misión, al comienzo de la Cuaresma, significa empujar a todos los cristianos a descubrir en sí mismos los peligros de una alienación de los valores espirituales. Su esfuerzo colectivo para superar esos peligros contribuirá a dar cuerpo al gran signo de gracias que el mundo, llegado ya a edad adulta, espera de la Iglesia.

– LA ACOGIDA DE LA PALABRA Y LA VICTORIA SOBRE LAS TENTACIONES.

Este primer domingo de Cuaresma hace un llamamiento al cristiano para que considere la importancia de una confrontación permanente de su vida con la Palabra. Quien desea incorporarse al orden de la fe, establecerse en él y comulgar con la victoria de Cristo sobre el Tentador, no debe dejar de estar nunca en actitud receptiva de una Palabra que le precede, le rodea, le da fuerza y un impulso profundo.

La preparación de una comunidad creyente en el misterio de Pascua implica una iniciación cada vez más profunda en la historia de la salvación. La proclamación de la Palabra es la que constituye el núcleo de esa iniciación, a condición, naturalmente, de que esa proclamación esté sólidamente vinculada al testimonio vivo que los cristianos tienen que dar de su fe en el terreno de obrar diario.

Déjate sembrar

Sentido de esta etapa

Esta es la última etapa de nuestra peregrinación. Han sido muchas vivencias durante estas semanas, muchos pensamientos, muchos propósitos. Ahora es el momento de la opción. ¿Estamos dispuestos a seguir a Jesús con autenticidad? ¿Estamos dispuestos a vivir en serio la vida que nos propone? ¿Estamos dispuestos a cogernos de su mano y caminar con Él? La respuesta parece sencilla, seguro que pronto nos sale el Sí, pero no perdamos de vista la cruz como el horizonte de nuestro seguimiento, pues solamente desde ella podremos arraigar nuestro corazón en el corazón de Cristo. No huyamos del proceso de la siembra en nosotros, pues solamente así lograremos dar el fruto que Él desea.

Guía de la Palabra de Dios

Jr 31, 31-34: “… escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”

Hb 5, 7-9: “Y aun siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer”

Evangelio: Jn 12, 20-33

Entre los que habían venido a celebrar la esta había algunos griegos; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glori cado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en erra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?:

«Padre, líbrame de esta hora». Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glori ca tu nombre».

Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Comienza a dar fruto de esperanza

Estamos llegando al final de esta peregrinación. Durante todo este tiempo hemos hecho un viaje, sobre todo, al interior de nosotros mismos. Hemos descubierto ataduras que nos impiden caminar con libertad, tentaciones que nos invitaban a la comodidad de pensar en nuestro bienestar, algunas cosas con las que llenábamos nuestro corazón y ocupaban el lugar que solamente corresponde a Jesús, Luz verdadera que nos ayuda a caminar. En esta última etapa debemos recorrerla con la mirada puesta en la meta: Cristo Resucitado, pero siendo conscientes de la cruz, camino que conduce a la Vida.

Jesús ha de morir si quiere “dar fruto”. Su muerte es la muerte de la que procede todo “fruto”. Una muerte salvadora, de la que brota la vida eterna. Para poder comprender esto, Jesús nos presenta una sencilla parábola pero con un gran significado, la rutina de una semilla. Más que grandes discursos utiliza una sencilla imagen, la del trigo que da mucho más fruto después que muere. La semilla se pudre y muere en los recovecos del suelo, pero con gran asombro, aparece viva sobre los surcos y de convierte en una dorada espiga con muchos granos nuevos.

Jesús nos invita a seguirle en esa entrega total. No se trata con conformarnos en vivir una vida a medias, sino en tener una actitud de confianza plena y sin reservas a la salvación. Y para aprender esta actitud fundamental en el camino del seguimiento Jesús nos la enseña no sólo con palabras sino con su misma vida, muerte y resurrección. “Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por los que ama”. El que entrega su vida por los demás ama de verás, se olvida de su propio interés y de su propia seguridad y lucha por una vida digna y libre para todos.

El grano que quiera seguir como grano, que le tenga miedo a la humedad, que no esté dispuesto a desaparecer como grano, ¿cómo ha de dar fruto? Si el grano muere, nacerá una nueva planta, dará abundante fruto. Todos nosotros tenemos semillas de vida que pueden germinar solo cuando se enfrentan a la posibilidad de ser enterradas, para que en el proceso de muerte y descomposición la semilla se convierta en una mul plicación de vida. Pero este proceso solo será posible si lo fundamentamos en la confianza en la vida eterna prometida.

«Jesús ha llevado al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho como la semilla: se ha hecho pequeño pequeño, como un grano de trigo; ha dejado su gloria celeste para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto Jesús ha vivido el amor hasta el fondo, dejándose romper por la muerte como una semilla se deja romper bajo tierra. Precisamente allí, en el punto extremo de su abajamiento —que es también el punto más alto del amor— ha germinado la esperanza. Si alguno de vosotros pregunta: “¿Cómo nace la esperanza?”. “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de allí te llegará la esperanza que ya no desaparece, esa que dura hasta la vida eterna”. Y esta esperanza ha germinado precisamente por la fuerza del amor: porque es el amor que «todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Corin os 13, 7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo sobre sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchad bien cómo es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto porque allí, en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús cada oscuridad nuestra puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida plena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que la forma de vivir vencedora es la de la semilla, la del amor humilde. No hay otro camino para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero vosotros podéis decirme: “¡No, es una lógica perdedora!”. Parecería así, que sea una lógica perdedora, porque quien ama pierde poder. ¿Habéis pensando en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es el camino de Dios, y solo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer empuja siempre a querer otra cosa. He obtenido una cosa para mí y enseguida quiero una más grande, y así sucesivamente, y no estoy nunca satisfecho. ¡Esa es una sed fea! Cuando más enes, más quieres. Quien es voraz no está nunca saciado. Y Jesús lo dice de forma clara: «El que ama su vida, la pierde» (Juan 12, 25). Tú eres voraz, buscas tener muchas cosas pero… perderás todo, también tu vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha solo de sí mismo y pierde. Quien acepta, sin embargo, está disponible y sirve, vive a la forma de Dios: entonces es vencedor, se salva a sí mismo y a los otros: se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bonito ayudar a los otros, servir a los otros… ¡Quizá nos cansaremos! Pero la vida es así y el corazón se llena de alegría y de esperanza. Esto es amor y esperanza juntos: servir y dar.» (Papa Francisco, Audiencia del 12-04-2017)

Diario del peregrino

Ver

• Sin duda la esperanza va muy asociada a la felicidad. La mayor esperanza de alguien es tener una vida feliz.

¿En qué basas tu esperanza? ¿cómo nace en ti?

• En nuestra sociedad hay valores y contravalores que ayudan a vivir la Esperanza. Si tuvieras que abrir un debate sobre dónde cada uno fundamenta su anhelo de esperanza cuáles piensas que serían sus respuestas.

Juzgar

• «Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible». (Spe Salvi, 3)

• Solo puede ser una buena semilla aquel que espera convertirse en espiga.

• Busca un momento de oración personal con el Evangelio de este Domingo y descubre las llamadas que Jesús te hace:

El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.

Actuar

• La Esperanza en Cristo supone un estilo de vida concreta. ¿Qué puedo cambiar para vivirla con mayor profundidad y autenticidad?

• Y a nivel comunitario, ¿cómo podemos hacer que nuestras parroquias sean transmisoras de esta Esperanza, sobre todo a las personas que no se acercan a ella?

Recursos para el camino

Canto: Bienaventuranzas (Kairoi)

Felices somos en la pobreza,
si en nuestras manos hay amor de Dios,
si nos abrimos a la esperanza,
si trabajamos en hacer el bien.
Felices somos en la humildad si,
como niños, sabemos vivir,
será nuestra heredad la erra, la tierra.

SI EL GRANO DE TRIGO
NO MUERE EN LA TIERRA
ES IMPOSIBLE QUE NAZCA FRUTO.
AQUEL QUE DA

SU VIDA PARA LOS DEMAS
TENDRÁ SIEMPRE AL SEÑOR

Felices somos si compar mos,
si nuestro tiempo es para los demás:
para quien vive en la tristeza
y para quien camina en soledad.
Felices somos si damos amor,
si en nuestras manos hay sinceridad,
podremos siempre mira
y ver a Dios, y ver a Dios.

 

Película: Cartas al Padre Jacob

Año: 2009.
Duración: 74 min.
Género: Drama.
Interpretación: Kaarina Hazard (Leila), Heikki Nousiainen (padre Jacob), Jukka Keinonen (cartero), Esko Roine (Vankilan).
Guión: Klaus Härö y Jaana Makkonen.
Producción: Lasse Saarinen y Ristro Salomaaa.
Música: Dani Strömback.

Sinopsis

Leila es una mujer que, después de haber sido condenada a cadena perpetua, es indultada, y le ofrecen trabajo como ayudante de Jacob, un anciano cura rural ciego. Su trabajo consiste básicamente en responder a las cartas que los eles le escriben al sacerdote pidiéndole ayuda y consejo. Esta labor que para el cura es vital, a Leila, en cambio, le parece una tarea estéril; en consecuencia, la relación entre ambos personajes es bastante tensa. Pero llega un momento en que Jacob deja de recibir cartas y, entonces, siente que su vida ha perdido todo sen do, un hecho que no pasará indiferente para el desenlace de la película.

• Será un camino par cularmente difícil para Leila, una persona endurecida por la vida. ¿Hay cambios?

• La oración ene una fuerza insospechada, y no deja de cuestionar el alcance que puede tener la plegaria de un corazón lleno del amor de Dios.

• Resulta impactante observar cómo el egoísmo y la desconfianza le cierran a una persona sicamente sana cualquier posibilidad de encuentro, mientras que, ciego y limitado por la vejez, el Padre Jacob no deja de abrir las puertas a las almas que reclaman su consejo y oración.

• El final de la vida del sacerdote ¿una noche o oscura o más bien un resituarse en su carta más importante, la misma Leila?

Para reflexionar y compartir en grupo

• ¿Cuál es el sentido de la vida para ambos personajes?

• ¿Qué significa para la oración? ¿Rezas? ¿Cómo lo haces? ¿Rezas por los demás?

• ¿En qué momentos de tu vida has sentido la mano protectora de Dios?

• ¿Qué recuerdos de tu historia personal te hacen sufrir? ¿Cómo podrías curar estas heridas?

• ¿Qué buscas cuando llevas a cabo alguna acción servicial o carita va? ¿Por qué lo haces?

Spe Salvi – Benedicto XVI

40. Quisiera añadir aún una pequeña observación sobre los acontecimientos de cada día que no es del todo insignificante. La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, era parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada. En esta devoción había sin duda cosas exageradas y quizás hasta malsanas, pero conviene preguntarse si acaso no comportaba de algún modo algo esencial que pudiera sernos de ayuda. ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros.

Homilía (Domingo V de Cuaresma)

LA NUEVA ALIANZA

La Alianza es el nombre que resume la riqueza de la preocupación de Dios por los hombres y su deseo de entrar en una relación salvadora con ellos. Ella ha sido el eje de toda la espiritualidad de Israel y de su mano han ido profundizando en la experiencia de Dios, que se les mostraba come amor. A fin de dar cumplimiento a esta Alianza ha enviado Dios a su Hijo, para sellarla eternamente en su Sangre. Pero contemplemos cómo describe el profeta Jeremías esta Alianza futura que Dios se propone instaurar (Jer 31, 31-34).

  1. Una Alianza impresionante

El profeta llevado de la exaltación, describe una Alianza que, aun a pesar de estar nosotros bajo su régimen en el actual período de la historia de la salvación, nos es difícil reconocer. De todas las maneras, su anuncio tiene unos valores fundamentales, entre los que destaca el plan que Dios tiene intención de cumplir en la consumación de los tiempos.

La Alianza que el profeta anuncia es nueva, por comparación con la Alianza que Dios hizo con los israelitas al salir de Egipto. La novedad consiste en que el pueblo no volverá a quebrantarla (Jer 31, 32). La experiencia del pueblo, como la nuestra, es dura. Nuestra historia está jalonada de infidelidades al plan de Dios.

En contraposición a la antigua Alianza, Dios se comprometerá de un modo definitivo para que el hombre no se malogre, no falle. Para ello se describe toda una acción divina, mediante la cual, la Palabra de Dios, para que no se olvide, se esculpirá en los corazones, para que sea vida de nuestra vida.

El creyente tendrá la oportunidad de conocer al Señor no de oídas, ni por escritos, sino por experiencia propia. La Alianza con Dios no es algo que se heredará por la tradición del pueblo o de la Iglesia, sino que Dios mismo se hará inmediato a cada creyente, para que podamos entrar en una relación personal. En el régimen de nuestra Alianza, Dios perdonará el pecado y ya no lo recordará más. De esta manera se podrá entrar en una verdadera comunión, en la que «yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31, 33).

  1. Pero no sin esfuerzo humano

Esta Alianza es un don gratuito de Dios, pero no llueve del cielo ni produce su efecto sin la colaboración del hombre. Jesús, que es el Primero de esta nueva Alianza, nos da buena muestra de ello.

— La nueva Alianza nos ofrece la garantía de que podemos ser fieles, pero es necesario hacer el esfuerzo suficiente para aprender la fidelidad. El Apocalipsis llama a Jesús el Fiel, el Amén, pero esto no fue sólo algo que Dios le dio, sino que El mismo, ayudado por la gracia, consiguió también. «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte…, a pesar de ser Hijo aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5, 7-8).

— Para que esta nueva Alianza se selle en nosotros es necesario nacer de nuevo. Cambiar el corazón de piedra, por un corazón dócil en el que se pueda grabar la Palabra de Dios (Ezeq 36, 26). «El que no nazca del Espíritu no puede entrar en el Reino» (Jo 3, 5). Este nuevo nacimiento no se produce si el hombre no tiene la docilidad de dejarse guiar por Dios y si no acepta en su vida la dialéctica del grano de trigo: «os aseguro, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto» (Jo 12, 24). La nueva Alianza es como la levadura, que tiende a fermentar toda la masa (Mt 13, 33).

Hay aquí toda una trama de muerte y de vida, que no se puede juzgar si no es contando con nuestra colaboración. El conocimiento verdadero de Dios, supone un descubrimiento tal de la verdad de la vida, que uno es capaz de aborrecer lo que amaba y de desprenderse de lo que creía fuente de vida. «El que se ama a sí mismo se pierde; y, el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se ama para la vida eterna» (Jo 12, 25).

  1. Con la garantía del compromiso de Dios

Vivir inmerso en el clima de la nueva Alianza, no es recorrer un camino de rosas. «Sufrimiento», «lágrimas y clamor» (Hech 5, 7-8), «muerte» (Jo 12, 24), son situaciones que van decantando la fidelidad y que nos ayudan a alcanzar el perdón de los pecados que Dios nos ofrece. Cuando llegan las horas de la prueba de la fidelidad, el hombre, hasta el mismo Cristo, siente la tentación de decir: «Padre, líbrame de esta hora» (Jo 12, 27). Este pasaje es una resonancia profunda de la oración del Huerto de los Olivos (Lc 22, 39-44).

En este trance Dios no abandona al hombre. «El es nuestro Dios», está junto a nosotros, silenciosamente. Pero, está dándonos la garantía del éxito, confortándonos (Lc 22, 43). Entonces vino una voz del cielo: «lo he glorificado y volveré a glorificarlo» (Jo 12, 28). Esta voz, no sólo se oyó por Jesús, sino también por nosotros (Jo 12, 30).

Este drama de la fidelidad de Cristo a Dios, hasta derramar su Sangre, constituye el misterio de nuestra celebración. En su Sangre tenemos la garantía del compromiso indefectible de Dios con nosotros; en su Sangre se ha sellado la nueva Alianza. Solamente con nuestra sangre podremos echar la rúbrica de unas relaciones profundas con Dios. ¿Somos nosotros de los fieles que viven bajo la salvación de la nueva Alianza?

Jesús Burgaleta

Jn 12, 20-33 (Evangelio Domingo V Cuaresma)

El Evangelio que la liturgia del 5º Domingo de Cuaresma nos propone nos sitúa en Jerusalén, aparentemente en el mismo día de la entrada solemne de Jesús en la ciudad santa (cf. Jn 12,12-19).

La multitud “que había venido para la Fiesta” había aclamado a Jesús como el rey / mesías, escenificando un rito de entronización y aclamando a Jesús como “el que viene en el nombre del Señor, el rey de Israel“ (Jn 12,12-13).

De acuerdo con Juan, las personas cogieron ramas de palmera y salieron al encuentro de Jesús en un gesto que está ligado, en el folclore religioso judío, a la Fiesta de la Tiendas, la fiesta que celebraba el tiempo en el que los israelitas vivían en tiendas, a lo largo de la marcha por el desierto, tras la liberación de Egipto. El autor del Cuarto Evangelio sugiere, así, una clave de lectura para entender la muerte próxima de Jesús.

En escena entran “algunos gentiles” “que habían venido a celebrar la Fiesta” y que querían ver a Jesús. Aquí, “gentil” significaba, probablemente, “no judío”. Pueden ser prosélitos (extranjeros convertidos al judaísmo) o simples simpatizantes del judaísmo.

Los “gentiles” se dirigen a Felipe, natural de Betsaida, una ciudad situada en la tetrarquía de Herodes Filipos, ya fuera del territorio judío propiamente dicho. Curiosamente, “Betsaida” significa “lugar de pesca” (lo que puede aludir a la misión de los discípulos, ser “pescadores de hombres”, Mc 1,17). Felipe va a hablar con Andrés a propósito de esta petición y, los dos, presentan el caso a Jesús.

La historia de los “gentiles” que quieren “ver a Jesús” va a servir de pretexto a Juan para realizar una bellísima catequesis sobre lo que significa “ver a Jesús”.

Los “gentiles” vinieron a Jerusalén a adorar a Dios en el Templo; pero quisieron encontrarse con Jesús, conocer a Jesús y su proyecto, tomar contacto con la salvación que él vine a ofrecer (querían “ver a Jesús”, v. 21). Con esto, el autor del Cuarto Evangelio sugiere que el Templo y el culto antiguo ya no son los lugares donde el hombre encuentra a Dios y su salvación; ahora, quien esté interesado en encontrar la verdadera liberación, debe dirigirse al mismo Jesús. Por otro lado, la salvación / liberación que Jesús ha venido a traer, tiene un alcance universal y se destina a todos los hombres, incluso a aquellos que viven fuera de las fronteras físicas de Israel (“gentiles”).

Estos “gentiles” no se dirigen directamente a Jesús, sino a los discípulos. Habría aquí, tal vez, un signo de la responsabilidad misionera de la comunidad de Jesús, encargada de la misión de llevar a Jesús a todos los pueblos de la tierra. El hecho de que Felipe hable primero con Andrés y sólo después los dos van a contar lo que pasa a Jesús refleja la dificultad con la que las primeras comunidades cristianas dieron el paso para la evangelización de los paganos. Juan quiere sugerir, probablemente, que la decisión de integrar a los paganos en la comunidad de Jesús no es una decisión individual, sino una decisión que la comunidad tomó después de haber consultado al Señor.

Quien va al encuentro de Jesús, ¿qué es lo que encuentra? ¿Un mesías aclamado por las multitudes, preocupado por conducir bien su carrera y por mantener a toda costa su club de fans, que hace prodigios de equilibrio para no desairar a las autoridades constituidas y no arruinar así sus planes de éxito?

En el horizonte próximo de Jesús, está solamente la cruz (la “hora”). Él es consciente de que va a sufrir una muerte violenta y maldita, y que todos le van a abandonar como a un fracasado. Paradójicamente, él es consciente, también, que en esa cruz se manifestará la “gloria” del Hijo del Hombre.

La muerte de Jesús no es un momento aislado, sino la cúspide de un proceso de donación total de sí mismo, que se inició cuando “el Verbo se hizo carne y puso su tienda en medio de los hombres” (Jn 1,14); es el último acto de una vida de entrega total a los proyectos de Dios, hecha amor hasta el extremo.

Durante toda su existencia terrera, Jesús intentó, en cada palabra y en cada gesto, hacer al hombre libre de todas las opresiones, dotarlo de dignidad, darle vida en plenitud. De esa forma, desactivó el odio del sistema opresor, interesado en mantener al hombre esclavo. Sin asustarse con la perspectiva de la muerte, cumpliendo hasta el final el proyecto liberador de Dios en favor del hombre, Jesús llevó adelante su lucha por la liberación de la humanidad. Su muerte es la consecuencia de su enfrentamiento con las fuerzas de muerte que dominaban el mundo.

Por otro lado, al dar la vida por amor, Jesús deja a sus discípulos la última y suprema lección, la lección final que ellos deben aprender. Con la muerte de Jesús en la cruz, los discípulos aprenden el amor hasta el extremo, el don total de la vida, la entrega radical a los planes de Dios y a la liberación de los hermanos.

¿Qué nace de este “don” de Jesús? Nace una nueva humanidad. Una humanidad a la que Jesús liberó de la opresión, de la injusticia, de los mecanismos que generan sufrimiento y miedo. Y es una humanidad que venció al egoísmo y que aprendió que la vida es para darla, sin límites, por amor. No hay duda de que la donación de la vida produce abundantes frutos de vida. En la cruz de Jesús se manifiesta, por tanto, el proyecto libertador de Dios para los hombres.

Quien quiera “conocer” a Jesús debe mirar hacia ese Hombre que pone totalmente su vida al servicio de los planes de Dios y que muere en la cruz para enseñar a los hombres el amor sin límites. Debe aprender esa verdad que, para Jesús, es evidente: no se puede generar vida (para sí mismo o para otros), sin entregar la propia vida. La vida nace del amor, del amor total, del amor que se da hasta las últimas consecuencias. Sólo el amor como don total y fecundo es generador de vida (“Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”, v. 24). Quien se ama a sí mismo y se cierra en un egoísmo estéril, quien se preocupa solamente por defender sus intereses, pierde la oportunidad de llegar a la vida verdadera, a la salvación. El apego egoísta a la propia vida, la llenará de miedo a actuar, de dificultades para comprometerse, de silencio ante la injusticia, en suma, la convertirá en una vida de miedo y de opresión, que la hace infecunda y no vale la pena ser vivida. Al contrario, quien está totalmente libre del miedo, quien se olvida de sus propios intereses y seguridades y se compromete con la lucha por la justicia, por los derechos, por la dignidad y la libertad del hombre, quien ama tanto a los otros que entrega su vida por ellos, ese dará frutos de vida y vivirá una vida plena, que ni la muerte callará. Esta es la vida que tiene sentido y que lleva al hombre a la realización plena.

Jesús vivió esta dinámica de la vida dada por amor, sin miedo a enfrentarse al “mundo”, esto es, sin miedo a enfrentarse a ese sistema de opresión y de injusticia que pensaba poder mantener a los hombres esclavos a través del miedo a la muerte. Jesús está libre de ese miedo y, por tanto, está libre para amar totalmente. A aquellos que quieran “ver a Jesús” y conocer su proyecto, él les propone el mismo camino, el camino del amor y de la entrega total.

Ser discípulo es colaborar con Jesús en la liberación de los hombres que aún son esclavos, y también significa enfrentarse a las fuerzas de la opresión del “mundo” y enfrentarse a la propia muerte (“si alguien me quiere servir, que me siga”, v. 26a).

Quien acepta esta propuesta, permanece unido a Jesús, entra en la comunidad de Dios (v. 26b). Podrá ser despreciado por el “mundo”; pero será honrado por Dios y acogido como su hijo (v. 26c).

Nuestro texto termina con la “voz del cielo” que glorifica a Jesús (vv. 28-32). Es una forma de mostrar que el camino de Jesús tiene el sello de garantía de Dios. La “voz del cielo” asegura que la forma de vivir propuesta por Jesús es verdadera y que Dios garantiza su autenticidad. Se confirma de esta forma a los discípulos que ofrecer la vida por amor no es un camino de fracaso y de muerte, sino un camino de glorificación y de vida.

La primera lectura nos mostraba la preocupación de Dios por ofrecer a los hombres una Alianza, capaz de generar un Hombre Nuevo. ¿Cómo llegamos a esa realidad del Hombre nuevo de corazón transformado (esto es, con un corazón que piensa, decide y actúa según los esquemas de Dios)? El Evangelio responde: mirando a Jesús, aprendiendo de él, siguiéndole por el camino del amor, acogiendo la vida que nos propone. Jesús tiene que ser el modelo, la referencia, el ejemplo de quien quiera aceptar el desafío de Dios y vivir en la comunidad de la nueva Alianza.

En verdad, ¿qué representa Jesús para nosotros? ¿Es un idealista con buenas intenciones que fracasó en su sueño de un mundo mejor? ¿Es un pensador original, pero cuyas ideas y perspectivas parecen desfasadas para las nuevas realidades del mundo? ¿O es el Dios que vino al encuentro de los hombres con un proyecto de vida nueva, capaz de dar un nuevo sentido a nuestra vida y de encaminarnos hacia la vida plena, hacia la felicidad sin fin?

El camino que Jesús señala a los hombres, es el camino del amor radical, de la donación de la vida, de la entrega total a Dios y a los hermanos. Este camino puede parecer, a veces, un camino de fracaso, de cruz; puede ser un camino que nos sitúa al margen de los grandes valores que el mundo admira y consagra; puede parecer un camino de perdedores y de débiles, reservado a quien no tiene el coraje de imponerse, de vencer a toda costa, de conquistar el mundo. Sin embargo, Jesús nos garantiza que la vida plena y definitiva nace de la donación de uno mismo, del servicio sencillo y humilde prestado a los hermanos (sobre todo a los pequeños y a los pobres), de la disponibilidad para que renunciemos a nosotros mismos y para que vayamos al encuentro de las necesidades de los otros, de la capacidad para solidarizarnos con los hermanos que sufren, del coraje con que nos enfrentamos a todo aquello que genera sufrimiento y muerte. ¿Estamos dispuestos a seguir la propuesta de Jesús?

Jesús rechaza absolutamente el camino de la autosuficiencia, del encerrarse en sí mismo, del egoísmo estéril, de los valores efímeros. En la lógica de Dios, se trata de un camino de perdedores, que produce vidas vacías y sin sentido, sufrimiento y frustración, miedo y desilusión. Quien vive exclusivamente para sí mismo, quien se preocupa nada más que de defender sus intereses y perspectivas, quien se apega excesivamente a una realización personal realizada en circuitos cerrados, “compra” una existencia infecunda y que no vale la pena ser vivida. Pierde la oportunidad de llegar al Hombre Nuevo, a la realización plena, a la vida verdadera, a la salvación. Tal vez en esta Cuaresma Jesús nos pida que renunciemos a nuestro egoísmo y que nos convirtamos al amor.

A través de la comunidad de los discípulos los hombres “ven a Jesús”, descubren su proyecto, encuentran ese camino de amor y de donación que conduce a la vida nueva del Hombre Nuevo, a la salvación. Esto nos recuerda nuestra responsabilidad de testigos de Jesús y de su salvación en medio de los hombres de nuestro tiempo.

Aquellos hermanos que se cruzan con nosotros, ¿descubren en nuestro testimonio el rostro de Jesús? Todos aquellos que vienen al encuentro de Jesús buscando vida plena, ¿encuentran en la forma como nos damos, como servimos y como amamos la propuesta liberadora que, a través de nosotros, Jesús quiere hacer llegar a todos los hombres?

Heb 5, 7-9 (2ª lectura Domingo V Cuaresma)

La Carta a los Hebreos es un escrito (un sermón) de autor anónimo y cuyos destinatarios, en concreto, desconocemos (el título “a los hebreos” proviene de las múltiples referencias al Antiguo Testamento y al ritual de los “sacrificios” que la obra presenta).

Es posible que se dirija a una comunidad cristiana constituida mayoritariamente por cristianos venidos del judaísmo; pero eso no es totalmente seguro, una vez que el Antiguo Testamento era un patrimonio común, asumido por todos los cristianos, ya sea por los venidos del judaísmo que por los venidos del paganismo. Se trata, en cualquier caso, de cristianos en situación difícil, expuestos a persecuciones y que viven en un ambiente hostil a la fe.

Son, también, cristianos que se dejaron vencer fácilmente por el desaliento, que perdieron el fervor inicial y que cedieron a las seducciones de doctrinas no muy coherentes con la fe recibida de los apóstoles.

El objetivo del autor es estimular la vivencia del compromiso cristiana y llevar a los creyentes a crecer en la fe. Para eso, expone el misterio de Cristo (presentándolo, sobre todo, como “el sacerdote” de la Nueva Alianza) y recordando la fe tradicional de la Iglesia.

El texto que se nos propone hoy, forma parte de una larga reflexión (cf. Heb 3,1-9,28) sobre el sacerdocio de Cristo. En concreto, la perícopa de Heb 5,1-10 desarrolla el tema del sacerdocio de Cristo en comparación con el sumo sacerdote del Antiguo Testamento, presentando una serie de aspectos semejantes y opuestos.

En la perspectiva del autor de este sermón, el sumo sacerdote debe ser un hombre, que por su humanidad y fragilidad sea capaz de entender los pecados de sus hermanos (“puede compadecerse de los ignorantes y de los que yerran, pues él también está revestido de flaqueza”, Heb 5,2); ofrece sacrificios, “tanto por sus pecados, como por los del pueblo”, a fin de reconstruir la comunión entre Dios y el hombre (cf. Heb 5,3); y es llamado por Dios a desempeñar esta misión, tal como sucedió con el sacerdote Aarón (cf. Heb5,4).

Estos tres elementos están bien patentes en Cristo, el sumo sacerdote de la nueva Alianza.

Cristo, a pesar de ser el Hijo de Dios, fue un hombre que vivió entre los hombres y que experimentó la fragilidad y la debilidad de los hombres. Sufrió, lloró, sintió la angustia y el miedo ante la muerte, como cualquier hombre (el autor alude, probablemente, a la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, poco antes de ser hecho prisionero, cf. Mc 14,36). Por eso Jesús es el sumo sacerdote, capaz de comprender las flaquezas y la fragilidad de los hombres. A partir de esa comprensión, él será también capaz de darles remedio.

El sacerdocio de Jesús se realizó en un permanente diálogo con el Padre. Él procuró siempre, a través de una oración intensa, discernir y cumplir la voluntad del Padre. Incluso en los momentos más duros y difíciles de su existencia terrera, él escuchó al Padre, mantuvo su adhesión incondicional al Padre, manifestó su total disponibilidad para cumplir el proyecto de salvación que el Padre tenía para, a través de él, ofrecerlo a los hombres. De esta forma Jesús, en la oración y por la oración, que acompaña su vida entera (y especialmente los momentos dramáticos de la pasión y muerte), convirtió toda su existencia en una ofrenda al Padre, en un “sacrificio” de donación al Padre.

Al hacer de su vida un don, una entrega total, un “sacrificio”, realizó el proyecto de reconstruir la comunión entre Dios y los hombres. Con su obediencia, enseñó a los hombres a vivir en comunión total con Dios, a cumplir sus planes y a amar a los hermanos hasta la donación total de la vida; con su obediencia, eliminó el egoísmo y el pecado que apartaba a los hombres de Dios. Siendo, por su comunión con el Padre y con los hombres, el modelo del Hombre Nuevo que se convirtió, para todos aquellos que escuchen su mensaje y que le sigan, en “fuente de salvación eterna” (v. 9).

Jesucristo es, por tanto, el sumo sacerdote de la nueva Alianza. Él conoce y entiende la fragilidad de los hombres y está preparado para ofrecerles la ayuda necesaria para que puedan alcanzar la salvación. Cumpliendo íntegramente el proyecto del Padre, Jesús muestra a los hombres que el camino de la salvación está en la comunión con Dios, en la obediencia radical a sus planes y en la donación de la vida a los hermanos. Jesús es, así, un sumo sacerdote que proporciona a los hombres, eficazmente, la salvación, llevándoles al encuentro de Dios y de la vida plena.

Antes de nada, nuestro texto nos recuerda la solidaridad de Jesús con los hombres. Él vino a nuestro encuentro, asumió nuestra humanidad, conoció nuestra fragilidad, compartió nuestros dolores, miedos e inseguridades. Él comprendió a los hombres y sus flaquezas, sin acusarles ni condenarles, sin dimitir de su condición de hermano de los hombres. De esta forma, se hizo capaz de compadecerse de nuestra miseria y de ayudarnos para que pudiéramos superar nuestra situación de debilidad.

La Palabra de Dios que hoy se nos propone nos garantiza la solidaridad de Cristo en todos los instantes de nuestra existencia. No estamos solos frente a nuestra fragilidad y debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar. Sobre todo, Cristo, el hermano que vino a nuestro encuentro y que camina con nosotros, nos muestra el camino hacia esa vida plena y definitiva que Dios nos quiere ofrecer.

Toda la vida de Cristo se cumplió en un intenso diálogo y en una comunión total con el Padre. A través de ese diálogo, él puede discernir la voluntad del Padre y conocer cuáles son sus proyectos. Por la oración encontró fuerzas para obedecer, para decir “sí” y para hacer realidad los planes del Padre, incluso en los momentos más dramáticos de su existencia terrena. El camino de la donación total al Padre, no es un camino imposible para los hombres (Jesús, hecho hombre como nosotros, lo demostró); sino que es un camino que los hombres pueden recorrer, a pesar de su fragilidad. Es ese camino el que Jesús, el hombre como nosotros, nos muestra.

¿Dejamos espacio en nuestra vida para dialogar con el Padre, para percibir los proyectos que tiene para nosotros y para el mundo, para escuchar los retos que nos plantea? ¿Vivimos nuestra vida en la indiferencia para con Dios y para con sus proyectos, o en una búsqueda sincera de su voluntad?

Jer 31, 31-34 (1ª lectura Domingo V de Cuaresma)

Jeremías, el profeta nacido en Anatot alrededor del 650 antes de Cristo, ejerció su misión profética desde 627/626 hasta después de la destrucción de Jerusalén por los babilonios (586 antes de Cristo). El escenario de la actividad del profeta es, en general, el reino de Judá (y, sobre todo, la ciudad de Jerusalén).

La primera fase de la predicación de Jeremías, abarca parte del reinado de Josías. Este rey, preocupado en defender la identidad política y religiosa del Pueblo de Dios, lleva a cabo una impresionante reforma religiosa, destinada a desterrar del país los cultos a los dioses extranjeros. El mensaje de Jeremías, en este período, se traduce en una constante llamada a la conversión, a la fidelidad a Yahvé y a la alianza.

Mientras tanto, en el 609 antes de Cristo, Josías murió, en combate contra los egipcios. Joaquín le sucede en el trono. La segunda fase de la actividad profética de Jeremías, abarca el tiempo del reinado de Joaquín (609-597 antes de Cristo).

El reinado de Joaquín es un tiempo de desgracia y de pecado para el Pueblo, y de incomprensión y sufrimiento para Jeremías. En esta fase, el profeta aparece criticando las injusticias sociales (a veces fomentadas por el mismo rey) y la infidelidad religiosa (traducida, sobre todo, en la búsqueda de alianzas políticas: búsqueda de la ayuda de los egipcios, que significaba no confiar en Dios y, en contrapartida, poner la esperanza del Pueblo en los ejércitos extranjeros). Jeremías está convencido de que Judá ya ha sobrepasado todos los límites y que es inminente una invasión babilónica que castigará los pecados del Pueblo de Dios. Es sobretodo eso lo que él dice a los habitantes de Jerusalén. Las previsiones funestas de Jeremías se hicieron realidad: en el año 597, Nabucodonosor invade Judá, y deporta a Babilonia a una parte de la población de Jerusalén.

En el trono de Judá queda, entonces, Sedecías (597-586). La tercera fase de la misión profética de Jeremías se desarrolla, precisamente, durante este reinado.

Tras algunos años de calma y sumisión a Babilonia, Sedecías vuelva a llevar a cabo la vieja política de alianzas con Egipto. Jeremías no está de acuerdo conque se confíe en los ejércitos extranjeros más que en Yahvé. Pero, ni el rey ni los notables prestan ninguna atención a la opinión del profeta.

En el 587, Nabucodonosor pone cerco a Jerusalén; mientras tanto, un ejército egipcio viene en socorro de Judá y los babilonios se retiran. En ese momento de euforia nacional, Jeremías aparece anunciando la vuelta del cerco y la destrucción de Jerusalén (cf. Jer 32,2-5). Acusado de traición, el profeta es encarcelado (cf. Jer 37,11-16) e, incluso, su vida corre peligro (cf. Jer 38,11-13). Mientras Jeremías continúa predicando la rendición, Nabucodonosor se apodera de Jerusalén, destruye la ciudad y deporta a su población a Babilonia (586 antes de Cristo).

Es imposible decir con seguridad el contexto en el que apareció ese mensaje que presenta el texto que hoy se nos propone.

Para algunos comentaristas, se trata de un oráculo que podría situarse en la primera parte de la actividad profética de Jeremías (reinado de Josías) y se dirigiría a los israelitas del Reino del Norte. Sería un mensaje de esperanza, destinado a animar a ese pueblo que hace cerca de cien años que había perdido la independencia y estaba bajo el dominio asirio.

Para otros, este texto sería de la época de Sedecías, en algún momento situado entre la primera y la segunda deportación del Pueblo a Babilonia (597-586). Es la época en la que Jeremías descubre las perspectivas teológicas nuevas y comienza a reflexionar sobre un templo nuevo que Dios va a ofrecer a su Pueblo: después de la catástrofe, será posible reconstruirlo todo, pues Dios tiene en mente hacer una nueva Alianza con Judá.

Dios está dispuesto a firmar una nueva Alianza con su Pueblo. Esa Alianza será, con todo, diferente a la Alianza del Sinaí.

La Alianza del Sinaí fue una Alianza externa, grabada en tablas de piedra y que el Pueblo nunca interiorizó debidamente. Presentaba leyes que el Pueblo debía cumplir; pero esas leyes eran siempre leyes externas, que no afectaban al corazón del Pueblo ni cambiaban substancialmente su manera de ser. Por eso, el Pueblo de Dios continúa andando por caminos de infidelidad a Dios, de injusticia, de autosuficiencia, de pecado.

El Pueblo de Dios se adhirió a la alianza del Sinaí, pero más con la boca que con el corazón. Pero, sin una adhesión efectiva, una adhesión del corazón, era imposible mantener la fidelidad a los mandamientos y exigencias de esa Alianza.

Constatada la quiebra de la antigua Alianza, Dios va a seguir otro camino y proponer una nueva Alianza que se fundamente en otras bases. En concreto, Dios va a intervenir en el sentido de gravar sus leyes y preceptos en el corazón, en lo íntimo de cada miembro del Pueblo.

En la antropología semita, el corazón es, además de la sede de los sentimientos, la sede de los pensamientos, de los proyectos, de las decisiones y de las acciones del hombre; es el centro del ser, donde el hombre dialoga consigo mismo, toma sus decisiones, asume sus responsabilidades. Por tanto, la iniciativa de Dios va a posibilitar que las exigencias de la Alianza sean interiorizadas por cada miembro del Pueblo de Dios y que estén presentes en ese lugar donde nacen los pensamientos, donde se definen los valores, donde se deciden las acciones.

Con un “corazón” así transformado (esto es, que piensa, que decide y que actúa según los esquemas y la lógica de Dios), cada creyente podrá vivir en fidelidad a la Alianza, en obediencia a los mandamientos, en el respeto por las leyes, en el amor a Yahvé. Entonces, Yahvé será, efectivamente, el Dios de Israel; Israel será, verdaderamente, el Pueblo que vive de acuerdo con las propuestas de Dios y que testimonia a Dios en medio del mundo.

Con ese nuevo tipo de relación, Yahvé no será más un “desconocido” para su Pueblo. Entre Dios e Israel será posible el establecimiento de una relación personal de proximidad, de intimidad, de familiaridad. La comunión con Yahvé no será una lección mal aprendida, sino algo innato y natural, que brota de un corazón en permanente diálogo con Dios.

En la última fase de nuestro texto, Dios anuncia el perdón para las faltas de su Pueblo: un perdón total y sin reservas es el primer resultado de esta nueva relación que se va a establecer entre Dios y su Pueblo. También en esto se manifiesta el “amor eterno” de Dios.

La primera lectura del 5o domingo de Cuaresma, nos da cuenta de la eterna preocupación de Dios por la realización plena del hombre. En esta línea, Yahvé se propone intervenir en el sentido de cambiar el corazón del hombre, haciéndolo apto para atender mejor sus propuestas. Sólo con un corazón transformado el hombre será capaz de acoger las propuestas de Dios y de conducir su vida de acuerdo con esos valores que le aseguran la armonía, la paz, la verdadera felicidad. Al hombre se le pide, naturalmente, que acoja el don de Dios, que se deje transformar por Dios, que acepte el desafío de Dios para formar parte de la comunidad de la nueva Alianza. Formar parte de ella implica, por tanto, renunciar al egoísmo, a la autosuficiencia, a la indiferencia, al rechazo de los retos y propuestas de Dios.

¿Estamos dispuestos, en este tiempo de Cuaresma, a acoger el don de Dios y a dejarnos transformar por Él?

Formar parte de la comunidad de la nueva Alianza no tiene que ver con el cumplimiento de ritos o de obligaciones externas; sino que tiene que ver con una adhesión incondicional del corazón a las propuestas de Dios. Lo que nos hace miembros efectivos de la comunidad de la nueva Alianza no es el tener el nombre inscrito en el libro de bautismos de nuestra parroquia, o el haber celebrado la boda en la iglesia, o el ir a misa los Domingos. Sino que es el estar atento a los proyectos de Dios, interiorizar sus propuestas, conducir nuestra vida de acuerdo con sus valores, testimoniar la vida de Dios en los gestos sencillos de cada día, vivir en comunión con Dios.

El proyecto de una nueva Alianza entre Dios y su Pueblo se concreta en Jesús: él vino al mundo para renovar los corazones de los hombres, ofreciéndoles la vida de Dios.

Las otras dos lecturas que se nos proponen en este domingo, van a decirnos cómo Jesús hace realidad este proyecto.

Comentario al evangelio – 12 de marzo

“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29)

En el salmo que rezamos en la liturgia de hoy, vida y muerte, llanto y gozo, estabilidad y caída se reiteran. Sabemos, por doquier, que nuestra vida es campo de batalla entre estas antípodas, entre la muerte y la vida, entre la felicidad y la tristeza, entre el bien y el mal. En un instante nuestra existencia puede pasar del llanto a la risa, de la oscuridad a la luz, del descenso al ascenso, sin que tengamos el control de ella. Es en esta encrucijada donde la confianza del creyente emerge con fuerza, pues si “por la tarde” nos visitan las lágrimas, podemos esperar gritos de júbilo “por la mañana”. A los ojos de la fe ningún mal es invencible, ninguna enfermedad es incurable, ninguna noche es eterna.

La experiencia del poeta le permite afirmar que Dios es capaz de cambiar en danza el lamento, en vestido de fiesta el sayal. ¿No es esta también nuestra experiencia? La vida de dolor, de sufrimiento, incluso de muerte, es capaz de encontrar en Dios la fuerza necesaria para seguir adelante.

Esta fue también la experiencia del Evangelio de hoy, de aquel funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo. En medio de su impotencia ante la enfermedad “se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a él y le rogaba que bajase”. Hay dos movimientos: Jesús viene al encuentro de su pueblo en la figura de aquel padre, el padre va al encuentro de Jesús. En su encuentro con Jesús un acto de fe suena con toda fuerza: la súplica para que Jesús bajase a curar a su hijo. Sin embargo, Jesús no baja al lugar del enfermo; simplemente le comunica al padre que su hijo vive. El padre no necesitó signos extraordinarios. Le bastó la palabra y la fe. Se fio de la palabra de Jesús, se dejó guiar por su fe y, al regresar a su casa, encontró a su hijo vivo.

Podemos decir que fue la experiencia de dolor que le permitió a aquel padre hacer una verdadera experiencia de salvación/sanación. Encontró al Salvador en el sufrimiento. También nosotros, cuando la vida parece llevarnos “a la fosa” (Sl 19,4), miramos al Señor que baja a nuestro encuentro y le decimos “¡Escucha, Yahvé, ten piedad de mí! ¡Sé tú, Yahvé, mi auxilio!”. Con eso, hacemos nuestra la experiencia del salmista y actualizamos aquel encuentro entre la palabra suplicante y la Palabra que da la vida.

Eguione Nogueira, cmf