Heb 5, 7-9 (2ª lectura Domingo V Cuaresma)

La Carta a los Hebreos es un escrito (un sermón) de autor anónimo y cuyos destinatarios, en concreto, desconocemos (el título “a los hebreos” proviene de las múltiples referencias al Antiguo Testamento y al ritual de los “sacrificios” que la obra presenta).

Es posible que se dirija a una comunidad cristiana constituida mayoritariamente por cristianos venidos del judaísmo; pero eso no es totalmente seguro, una vez que el Antiguo Testamento era un patrimonio común, asumido por todos los cristianos, ya sea por los venidos del judaísmo que por los venidos del paganismo. Se trata, en cualquier caso, de cristianos en situación difícil, expuestos a persecuciones y que viven en un ambiente hostil a la fe.

Son, también, cristianos que se dejaron vencer fácilmente por el desaliento, que perdieron el fervor inicial y que cedieron a las seducciones de doctrinas no muy coherentes con la fe recibida de los apóstoles.

El objetivo del autor es estimular la vivencia del compromiso cristiana y llevar a los creyentes a crecer en la fe. Para eso, expone el misterio de Cristo (presentándolo, sobre todo, como “el sacerdote” de la Nueva Alianza) y recordando la fe tradicional de la Iglesia.

El texto que se nos propone hoy, forma parte de una larga reflexión (cf. Heb 3,1-9,28) sobre el sacerdocio de Cristo. En concreto, la perícopa de Heb 5,1-10 desarrolla el tema del sacerdocio de Cristo en comparación con el sumo sacerdote del Antiguo Testamento, presentando una serie de aspectos semejantes y opuestos.

En la perspectiva del autor de este sermón, el sumo sacerdote debe ser un hombre, que por su humanidad y fragilidad sea capaz de entender los pecados de sus hermanos (“puede compadecerse de los ignorantes y de los que yerran, pues él también está revestido de flaqueza”, Heb 5,2); ofrece sacrificios, “tanto por sus pecados, como por los del pueblo”, a fin de reconstruir la comunión entre Dios y el hombre (cf. Heb 5,3); y es llamado por Dios a desempeñar esta misión, tal como sucedió con el sacerdote Aarón (cf. Heb5,4).

Estos tres elementos están bien patentes en Cristo, el sumo sacerdote de la nueva Alianza.

Cristo, a pesar de ser el Hijo de Dios, fue un hombre que vivió entre los hombres y que experimentó la fragilidad y la debilidad de los hombres. Sufrió, lloró, sintió la angustia y el miedo ante la muerte, como cualquier hombre (el autor alude, probablemente, a la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, poco antes de ser hecho prisionero, cf. Mc 14,36). Por eso Jesús es el sumo sacerdote, capaz de comprender las flaquezas y la fragilidad de los hombres. A partir de esa comprensión, él será también capaz de darles remedio.

El sacerdocio de Jesús se realizó en un permanente diálogo con el Padre. Él procuró siempre, a través de una oración intensa, discernir y cumplir la voluntad del Padre. Incluso en los momentos más duros y difíciles de su existencia terrera, él escuchó al Padre, mantuvo su adhesión incondicional al Padre, manifestó su total disponibilidad para cumplir el proyecto de salvación que el Padre tenía para, a través de él, ofrecerlo a los hombres. De esta forma Jesús, en la oración y por la oración, que acompaña su vida entera (y especialmente los momentos dramáticos de la pasión y muerte), convirtió toda su existencia en una ofrenda al Padre, en un “sacrificio” de donación al Padre.

Al hacer de su vida un don, una entrega total, un “sacrificio”, realizó el proyecto de reconstruir la comunión entre Dios y los hombres. Con su obediencia, enseñó a los hombres a vivir en comunión total con Dios, a cumplir sus planes y a amar a los hermanos hasta la donación total de la vida; con su obediencia, eliminó el egoísmo y el pecado que apartaba a los hombres de Dios. Siendo, por su comunión con el Padre y con los hombres, el modelo del Hombre Nuevo que se convirtió, para todos aquellos que escuchen su mensaje y que le sigan, en “fuente de salvación eterna” (v. 9).

Jesucristo es, por tanto, el sumo sacerdote de la nueva Alianza. Él conoce y entiende la fragilidad de los hombres y está preparado para ofrecerles la ayuda necesaria para que puedan alcanzar la salvación. Cumpliendo íntegramente el proyecto del Padre, Jesús muestra a los hombres que el camino de la salvación está en la comunión con Dios, en la obediencia radical a sus planes y en la donación de la vida a los hermanos. Jesús es, así, un sumo sacerdote que proporciona a los hombres, eficazmente, la salvación, llevándoles al encuentro de Dios y de la vida plena.

Antes de nada, nuestro texto nos recuerda la solidaridad de Jesús con los hombres. Él vino a nuestro encuentro, asumió nuestra humanidad, conoció nuestra fragilidad, compartió nuestros dolores, miedos e inseguridades. Él comprendió a los hombres y sus flaquezas, sin acusarles ni condenarles, sin dimitir de su condición de hermano de los hombres. De esta forma, se hizo capaz de compadecerse de nuestra miseria y de ayudarnos para que pudiéramos superar nuestra situación de debilidad.

La Palabra de Dios que hoy se nos propone nos garantiza la solidaridad de Cristo en todos los instantes de nuestra existencia. No estamos solos frente a nuestra fragilidad y debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar. Sobre todo, Cristo, el hermano que vino a nuestro encuentro y que camina con nosotros, nos muestra el camino hacia esa vida plena y definitiva que Dios nos quiere ofrecer.

Toda la vida de Cristo se cumplió en un intenso diálogo y en una comunión total con el Padre. A través de ese diálogo, él puede discernir la voluntad del Padre y conocer cuáles son sus proyectos. Por la oración encontró fuerzas para obedecer, para decir “sí” y para hacer realidad los planes del Padre, incluso en los momentos más dramáticos de su existencia terrena. El camino de la donación total al Padre, no es un camino imposible para los hombres (Jesús, hecho hombre como nosotros, lo demostró); sino que es un camino que los hombres pueden recorrer, a pesar de su fragilidad. Es ese camino el que Jesús, el hombre como nosotros, nos muestra.

¿Dejamos espacio en nuestra vida para dialogar con el Padre, para percibir los proyectos que tiene para nosotros y para el mundo, para escuchar los retos que nos plantea? ¿Vivimos nuestra vida en la indiferencia para con Dios y para con sus proyectos, o en una búsqueda sincera de su voluntad?

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