Jer 31, 31-34 (1ª lectura Domingo V de Cuaresma)

Jeremías, el profeta nacido en Anatot alrededor del 650 antes de Cristo, ejerció su misión profética desde 627/626 hasta después de la destrucción de Jerusalén por los babilonios (586 antes de Cristo). El escenario de la actividad del profeta es, en general, el reino de Judá (y, sobre todo, la ciudad de Jerusalén).

La primera fase de la predicación de Jeremías, abarca parte del reinado de Josías. Este rey, preocupado en defender la identidad política y religiosa del Pueblo de Dios, lleva a cabo una impresionante reforma religiosa, destinada a desterrar del país los cultos a los dioses extranjeros. El mensaje de Jeremías, en este período, se traduce en una constante llamada a la conversión, a la fidelidad a Yahvé y a la alianza.

Mientras tanto, en el 609 antes de Cristo, Josías murió, en combate contra los egipcios. Joaquín le sucede en el trono. La segunda fase de la actividad profética de Jeremías, abarca el tiempo del reinado de Joaquín (609-597 antes de Cristo).

El reinado de Joaquín es un tiempo de desgracia y de pecado para el Pueblo, y de incomprensión y sufrimiento para Jeremías. En esta fase, el profeta aparece criticando las injusticias sociales (a veces fomentadas por el mismo rey) y la infidelidad religiosa (traducida, sobre todo, en la búsqueda de alianzas políticas: búsqueda de la ayuda de los egipcios, que significaba no confiar en Dios y, en contrapartida, poner la esperanza del Pueblo en los ejércitos extranjeros). Jeremías está convencido de que Judá ya ha sobrepasado todos los límites y que es inminente una invasión babilónica que castigará los pecados del Pueblo de Dios. Es sobretodo eso lo que él dice a los habitantes de Jerusalén. Las previsiones funestas de Jeremías se hicieron realidad: en el año 597, Nabucodonosor invade Judá, y deporta a Babilonia a una parte de la población de Jerusalén.

En el trono de Judá queda, entonces, Sedecías (597-586). La tercera fase de la misión profética de Jeremías se desarrolla, precisamente, durante este reinado.

Tras algunos años de calma y sumisión a Babilonia, Sedecías vuelva a llevar a cabo la vieja política de alianzas con Egipto. Jeremías no está de acuerdo conque se confíe en los ejércitos extranjeros más que en Yahvé. Pero, ni el rey ni los notables prestan ninguna atención a la opinión del profeta.

En el 587, Nabucodonosor pone cerco a Jerusalén; mientras tanto, un ejército egipcio viene en socorro de Judá y los babilonios se retiran. En ese momento de euforia nacional, Jeremías aparece anunciando la vuelta del cerco y la destrucción de Jerusalén (cf. Jer 32,2-5). Acusado de traición, el profeta es encarcelado (cf. Jer 37,11-16) e, incluso, su vida corre peligro (cf. Jer 38,11-13). Mientras Jeremías continúa predicando la rendición, Nabucodonosor se apodera de Jerusalén, destruye la ciudad y deporta a su población a Babilonia (586 antes de Cristo).

Es imposible decir con seguridad el contexto en el que apareció ese mensaje que presenta el texto que hoy se nos propone.

Para algunos comentaristas, se trata de un oráculo que podría situarse en la primera parte de la actividad profética de Jeremías (reinado de Josías) y se dirigiría a los israelitas del Reino del Norte. Sería un mensaje de esperanza, destinado a animar a ese pueblo que hace cerca de cien años que había perdido la independencia y estaba bajo el dominio asirio.

Para otros, este texto sería de la época de Sedecías, en algún momento situado entre la primera y la segunda deportación del Pueblo a Babilonia (597-586). Es la época en la que Jeremías descubre las perspectivas teológicas nuevas y comienza a reflexionar sobre un templo nuevo que Dios va a ofrecer a su Pueblo: después de la catástrofe, será posible reconstruirlo todo, pues Dios tiene en mente hacer una nueva Alianza con Judá.

Dios está dispuesto a firmar una nueva Alianza con su Pueblo. Esa Alianza será, con todo, diferente a la Alianza del Sinaí.

La Alianza del Sinaí fue una Alianza externa, grabada en tablas de piedra y que el Pueblo nunca interiorizó debidamente. Presentaba leyes que el Pueblo debía cumplir; pero esas leyes eran siempre leyes externas, que no afectaban al corazón del Pueblo ni cambiaban substancialmente su manera de ser. Por eso, el Pueblo de Dios continúa andando por caminos de infidelidad a Dios, de injusticia, de autosuficiencia, de pecado.

El Pueblo de Dios se adhirió a la alianza del Sinaí, pero más con la boca que con el corazón. Pero, sin una adhesión efectiva, una adhesión del corazón, era imposible mantener la fidelidad a los mandamientos y exigencias de esa Alianza.

Constatada la quiebra de la antigua Alianza, Dios va a seguir otro camino y proponer una nueva Alianza que se fundamente en otras bases. En concreto, Dios va a intervenir en el sentido de gravar sus leyes y preceptos en el corazón, en lo íntimo de cada miembro del Pueblo.

En la antropología semita, el corazón es, además de la sede de los sentimientos, la sede de los pensamientos, de los proyectos, de las decisiones y de las acciones del hombre; es el centro del ser, donde el hombre dialoga consigo mismo, toma sus decisiones, asume sus responsabilidades. Por tanto, la iniciativa de Dios va a posibilitar que las exigencias de la Alianza sean interiorizadas por cada miembro del Pueblo de Dios y que estén presentes en ese lugar donde nacen los pensamientos, donde se definen los valores, donde se deciden las acciones.

Con un “corazón” así transformado (esto es, que piensa, que decide y que actúa según los esquemas y la lógica de Dios), cada creyente podrá vivir en fidelidad a la Alianza, en obediencia a los mandamientos, en el respeto por las leyes, en el amor a Yahvé. Entonces, Yahvé será, efectivamente, el Dios de Israel; Israel será, verdaderamente, el Pueblo que vive de acuerdo con las propuestas de Dios y que testimonia a Dios en medio del mundo.

Con ese nuevo tipo de relación, Yahvé no será más un “desconocido” para su Pueblo. Entre Dios e Israel será posible el establecimiento de una relación personal de proximidad, de intimidad, de familiaridad. La comunión con Yahvé no será una lección mal aprendida, sino algo innato y natural, que brota de un corazón en permanente diálogo con Dios.

En la última fase de nuestro texto, Dios anuncia el perdón para las faltas de su Pueblo: un perdón total y sin reservas es el primer resultado de esta nueva relación que se va a establecer entre Dios y su Pueblo. También en esto se manifiesta el “amor eterno” de Dios.

La primera lectura del 5o domingo de Cuaresma, nos da cuenta de la eterna preocupación de Dios por la realización plena del hombre. En esta línea, Yahvé se propone intervenir en el sentido de cambiar el corazón del hombre, haciéndolo apto para atender mejor sus propuestas. Sólo con un corazón transformado el hombre será capaz de acoger las propuestas de Dios y de conducir su vida de acuerdo con esos valores que le aseguran la armonía, la paz, la verdadera felicidad. Al hombre se le pide, naturalmente, que acoja el don de Dios, que se deje transformar por Dios, que acepte el desafío de Dios para formar parte de la comunidad de la nueva Alianza. Formar parte de ella implica, por tanto, renunciar al egoísmo, a la autosuficiencia, a la indiferencia, al rechazo de los retos y propuestas de Dios.

¿Estamos dispuestos, en este tiempo de Cuaresma, a acoger el don de Dios y a dejarnos transformar por Él?

Formar parte de la comunidad de la nueva Alianza no tiene que ver con el cumplimiento de ritos o de obligaciones externas; sino que tiene que ver con una adhesión incondicional del corazón a las propuestas de Dios. Lo que nos hace miembros efectivos de la comunidad de la nueva Alianza no es el tener el nombre inscrito en el libro de bautismos de nuestra parroquia, o el haber celebrado la boda en la iglesia, o el ir a misa los Domingos. Sino que es el estar atento a los proyectos de Dios, interiorizar sus propuestas, conducir nuestra vida de acuerdo con sus valores, testimoniar la vida de Dios en los gestos sencillos de cada día, vivir en comunión con Dios.

El proyecto de una nueva Alianza entre Dios y su Pueblo se concreta en Jesús: él vino al mundo para renovar los corazones de los hombres, ofreciéndoles la vida de Dios.

Las otras dos lecturas que se nos proponen en este domingo, van a decirnos cómo Jesús hace realidad este proyecto.

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