Tentación del hombre pagano, del cristiano y de la Iglesia

MAERTENS-FRISQUE

Al comenzar la Cuaresma, la Iglesia invita a los cristianos reunidos en asamblea a discernir mejor la intención fundamental que les anima. El camino de la salvación por el que Jesucristo ha orientado a cada uno le exige un reajuste permanente. El pecado, que sigue haciendo acto de presencia aquí abajo, amenaza continuamente con poner en tela de juicio la rectitud de la fe. 

Las tentaciones del desierto siguen teniendo actualidad. Tienen que ver con los cristianos conscientes de sus responsabilidades en el pueblo de Dios y con los que ceden ante las distintas formas del materialismo contemporáneo. La labor del Tentador es a veces discreta, pero no hay terreno alguno que quede fuera de su alcance. En el momento en que la Iglesia se reforma a sí misma-no sin esfuerzo, por otra parte-para responder con más fuerza y lucidez a los desafíos del paganismo moderno, es urgente que los cristianos revisen su percepción del designio de Dios y conozcan mejor los peligros de degradación a que puede llevarlos la acción del Tentador.

– LA TENTACIÓN DEL HOMBRE PAGANO

En su búsqueda de la felicidad, el hombre sigue espontáneamente las sendas seguras. Busca lo sólido, lo estable, lo inmutable y lo previsible. Rechaza el tiempo, la movilidad de la historia, porque le acarrean el sufrimiento, el fracaso, la insensatez. Todo lo que hay de constante y de cíclico en la naturaleza, fuera del hombre y en sí mismo, representa aparentemente un acceso muy fácil a la felicidad a la que aspira. 

En la medida en que precede al hombre, el «orden» natural puede ser captado teóricamente como el signo de la benevolencia del Dios trascendente y constituir, por consiguiente, el punto de apoyo de una auténtica acción de gracias. Pero ese signo es ambiguo por cuanto no distingue claramente al Creador de la creación. Cuando Dios es concebido como el principio de un orden de naturalezas, muy bien puede parecer estar a la altura y al alcance de las posibilidades del hombre. 

Por ahí es por donde se infiltra la tentación… ¿Por qué no habría de actuar el hombre como un dios? Darse a sí mismo la salvación es mucho más confortante que esperarla de la iniciativa providente de Dios. Por eso mismo el hombre, tentado siempre de confundir al Creador con la creación, ha caído con tanta frecuencia en todas las formas de la idolatría y de la magia.

Para el hombre moderno, esta tentación de independencia respecto a Dios adquiere un aspecto nuevo. Su cada vez más amplio dominio de la naturaleza hace al hombre cada vez más insensible al hecho de que la naturaleza precede al hombre. La naturaleza ya no tiene interés para él sino en cuanto sujeta a su poder para transformarla y humanizarla. No tiene siquiera necesidad de rechazar el tiempo o la movilidad de la historia, puesto que es capaz de dominarlas y de ponerlas al servicio de sus proyectos. Por eso la tentación específica del hombre moderno es el ateísmo. Ya no es necesario tender la mano hacia Dios. Dios ha muerto… No necesita existir para que la humanidad siga su proceso de perfeccionamiento.

– LA TENTACIÓN DEL HOMBRE JUDÍO. 

Con Abraham y el pueblo que constituye su hombre judío descendencia se produce un giro decisivo. Israel no trata ya de anular el tiempo, no prescinde ya de la historia. Para él, el acontecimiento, la historia humana, en su carácter imprevisible, único e irreversible, acondiciona el lugar privilegiado en donde se elabora la salvación a la que aspira desde lo más profundo de sí mismo. 

El acontecimiento de la fe supera de forma radical la tentación del hombre pagano. En efecto, ya no es posible Confundir al Creador y a su creación cuando se reconoce la iniciativa providente de Dios, ante todo en la historia más concreta y los acontecimientos que van señalando su camino. El Dios de Israel es el señor absoluto de una historia que se sustrae al poder del hombre; es el Ser trascendente, eminentemente personal, que interviene con toda libertad en la vida cotidiana de su pueblo. Entre el Creador y su creación se descubre una sima que ya es infranqueable. 

En el régimen de la fe, el hombre judío no trata ya de divinizarse o de atentar contra Dios. La tentación que experimenta presenta dos caras. Es más sutil y surge dentro del marco concreto de la Alianza y de la elección de Israel. Primera cara de esa tentación: si Dios elige para Sí un pueblo entre todos los demás, ¿no es normal que le garantice seguridades y bienes abundantes? Y si no colma de bienes a su pueblo ya desde ahora, por razón de la infidelidad, al menos lo hará en los últimos tiempos de la salvación. Por otro lado, para asegurar su seguridad en: el tiempo presente, muchos judíos continúan haciéndose acreedores a los favores de las divinidades paganas… La segunda cara de la tentación de Israel es específica de la actitud del hombre judío: al pactar la alianza con Israel, Yahvé espera del hombre judío la fidelidad de un contratante. Pero ¿cómo dar cuerpo a la fidelidad requerida? ¿Utilizando sus propios recursos o esperando también de Dios esa fidelidad, como un. don esperable? Extraviado frecuentemente por el primer camino, Israel ha montado una fidelidad de estructura humana y, por consiguiente, inadecuada, una fidelidad que, además, separaba del resto y otorgaba unos derechos. 

Israel hubiera podido vencer esta tentación suya característica viviendo profundamente la realidad de una religión de la Espera, una religión que podía hacer presentir la superación que experimenta, dentro del orden de la fe, toda estructura de forma humana. La Virgen, porque no tiene pecado, fue sin duda la única creyente de la antigua Alianza que encajó perfectamente en una religión de la Espera. Abierta, a la Alianza definitiva, pudo traer a la vida al Salvador esperado.

– LA VICTORIA DE JESÚS SOBRE LAS TENTACIONES DEL DESIERTO.

Para los autores neotestamentarios, las tentaciones de Jesús en el desierto están estrechamente relacionadas con las tentaciones que experimentó el pueblo elegido en el desierto y que se consideran típicas de toda su historia. Pero ahora, por primera vez, la victoria no es ya del Maligno. En Jesús se ha cumplido perfectamente el régimen de la fe y ha quedado definitivamente descartado todo peligro de corrupción.

Al cabo de un ayuno de cuarenta días, Jesús tiene hambre, pero se niega a servirse de sus poderes mesiánicos en su propio beneficio, por legítimo que fuese. Y Jesús se niega, además, a inaugurar el anuncio de la Buena Nueva mediante una demostración de poder: no se lanzará desde el pináculo del Templo. El Reino no se fundamenta sobre una acción deslumbradora. Jesús, finalmente, podría garantizar al pueblo elegido la dominación sobre el universo; pero lo que establece es el Reino de Dios, y este Reino no necesita ninguna movilización de poderes humanos.

En una palabra, Jesús vence la tentación más radical que pueda presentarse dentro del régimen de la fe: la de recurrir a los recursos humanos para establecer la fidelidad exigida por la Alianza, la de ligar la realización del destino del hombre con una realización humana, cualquiera que esta sea. Una victoria paradójica, puesto que, humanamente hablando, presentará todos los síntomas del fracaso.

En el momento de comenzar su ministerio público se le invita a Jesús a reiterar la elección decisiva de su vida de hombre, la que anima y domina la rectitud de todos sus actos particulares: «Padre, hágase tu voluntad». Esta pobreza radical nos ofrece el verdadero rostro del régimen de la fe inaugurado en Abraham. Jesús de Nazaret salva al hombre porque en su misma humanidad puede vincular válidamente al hombre con Dios; pero esa posibilidad no le viene de que haya acudido a los recursos puramente humanos, le viene exclusivamente de que es el Hijo de Dios. Su situación eterna de Hijo respecto al Padre tiene resonancias inevitables al nivel de su humanidad.

– LA VICTORIA DE LA IGLESIA SOBRE LAS TENTACIONES DEL DESIERTO. 

Una vez vencidas, ¿las tentaciones del desierto han quedado definitivamente abrogadas o siguen acosando a la Iglesia? ¿La victoria de Cristo no es automáticamente la de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en toda la dimensión de su identidad con El? 

La realidad ya la conocemos: estas mismas tentaciones no dejarán de comprometer a la iglesia. Y eso porque están ligadas, en Jesús, a una experiencia humana, cuya última faceta quedó desvelada con la muerte en la cruz. Si bien en Jesús no hay connivencia alguna subjetiva con el mal, su misión encierra, sin embargo, la experiencia humana de la ineficacia y del fracaso.

Pues bien: desde este punto de vista no ha cambiado nada para la Iglesia. Segura de la victoria de Cristo, la Iglesia prosigue aquí abajo una misión que es la exacta prolongación de la de Cristo. La experiencia humana de la Iglesia presenta continuamente una aparente ineficacia.

Satanás, el gran vencido de la Resurrección, sigue conservando la posibilidad de tentar a la Iglesia. Es fácil para él intentar sacar partido, aquí abajo, del vínculo que existe entre una misión de salvación universal y la experiencia que la Iglesia obtiene humanamente. Satanás invita constantemente a la Iglesia a invertir su misión y a no contar más que con medios humanos. pero, al igual que su Maestro, la Iglesia puede salir siempre victoriosa de esta tentación.

La victoria de la Iglesia sobre las tentaciones del desierto está constantemente garantizada por el renacimiento en ella de la Palabra. En la medida misma en que se deja imbuir por la Palabra, el cristiano participa por su parte de esa victoria; por el contrario, en la medida en que el cristiano permanece en pecado, cede por su parte a esas tentaciones. Nunca puede el cristiano rendir a Jesucristo un testimonio perfectamente conforme con el Evangelio que vive en el corazón de la Iglesia. La victoria sobre las tentaciones sigue siendo, para cada uno, una victoria que hay que estar ganando siempre. Pero el cristiano tiene confianza: esa victoria «escatológica’ que le precede será suya si se apoya en la Palabra para ajustarse cada vez más a ella. El poder de Satanás ha quedado definitivamente quebrantado.

Esta tensión caracteriza no solo la vida de cada cristiano, sino también la vida de la Institución eclesial, puesto que, por una parte, su rostro y su desarrollo dependen de los hombres pecadores que la componen. La Iglesia no se reduce a la suma de los bautizados, sino que es también esa suma. Los cristianos pueden cometer faltas colectivas muy graves; ahí está la Historia para enseñárnoslo. La división entre los cristianos es una de ellas.

Sin embargo, ningún pecado colectivo cometido en la Iglesia empaña la santidad victoriosa de la Iglesia, que es la de su Señor. Al contrario, esa santidad victoriosa, sigue siendo en ella la fuente viva de una «reforma» permanente, tanto para la Institución como para los individuos. Bebiendo en esa fuente es como la Iglesia y sus miembros adaptarán cada vez más su voluntad a la de Jesucristo.

 

– LAS TENTACIONES DEL APOSTOLADO.

El apostolado es por excelencia la labor colectiva de los cristianos. ¿Cuales son, pues, las tentaciones que acechan a la vida apostólica? El Evangelio del día las específica bien claramente.

Nada puede obligar a Jesús a cerrarse en su propio interés. Su ejemplo sitúa necesariamente a todo apostolado auténtico bajo el signo del desinterés total. ¡Que nunca pueda ser confundido el Reino con las realidades de este mundo, por respetables que sean! En este terreno, la tentación es a veces muy sutil: cuando la Institución eclesial tiende a presentarse a sí misma como una obra asistencial, un instrumento de revolución social, un organismo de sanos esparcimientos, el peligro de confusionismos no tiene nada de ilusorio.

Jesús se niega a plegarse a los prestigios fáciles de la propaganda y del ascendiente sobre las multitudes. Hay que liberar, no seducir o conquistar. El testimonio de la fe que salva no puede ser al mismo tiempo una violación de las libertades. El apóstol debe marginar, por consiguiente, la búsqueda del éxito. 

Satanás provoca en Jesús la ambición, que es la suprema tentación. Y ceder a la ambición es aceptar una verdadera corrupción del mensaje, puesto que la religión queda absorbida por el deseo de poder. Con su valiente resistencia a este último asalto, Jesús condena por anticipado el clericalismo en todas sus formas. La promoción de lo espiritual está más asegurada mediante una liberación de lo temporal que mediante una tutela desconsiderada. El Reino no es de este mundo. A condición de reconocerlo así, puede ser en el seno mismo de este mundo la fuente de un dinamismo siempre nuevo, en una incesante postura crítica frente a todo orden establecido.

Este apostolado evangélico, puro de toda aleación, exige del apóstol un continuo reajuste, Situar a la Iglesia en estado de misión, al comienzo de la Cuaresma, significa empujar a todos los cristianos a descubrir en sí mismos los peligros de una alienación de los valores espirituales. Su esfuerzo colectivo para superar esos peligros contribuirá a dar cuerpo al gran signo de gracias que el mundo, llegado ya a edad adulta, espera de la Iglesia.

– LA ACOGIDA DE LA PALABRA Y LA VICTORIA SOBRE LAS TENTACIONES.

Este primer domingo de Cuaresma hace un llamamiento al cristiano para que considere la importancia de una confrontación permanente de su vida con la Palabra. Quien desea incorporarse al orden de la fe, establecerse en él y comulgar con la victoria de Cristo sobre el Tentador, no debe dejar de estar nunca en actitud receptiva de una Palabra que le precede, le rodea, le da fuerza y un impulso profundo.

La preparación de una comunidad creyente en el misterio de Pascua implica una iniciación cada vez más profunda en la historia de la salvación. La proclamación de la Palabra es la que constituye el núcleo de esa iniciación, a condición, naturalmente, de que esa proclamación esté sólidamente vinculada al testimonio vivo que los cristianos tienen que dar de su fe en el terreno de obrar diario.

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