La gramática de la vida en el cristianismo

Ivone Gebara

Si consultamos todas las gramáticas del mundo podremos constatar que las palabras tienen género, número y grado. Unas son femeninas, otras masculinas, otras neutras. Algunas son definidas por el artículo, otras son sustantivos y otras adjetivos. Unas singulares y otras plurales. Unas de grado mayor y otras de grado menor. Están los verbos, que en general son palabras que sirven a todas las demás en diferentes tiempos. Y están las preposiciones y las conjunciones. Y los dobles y triples sentidos de las mismas palabras, y las muchas tonalidades de su pronunciación, marcada por la emoción, capaz incluso de cambiar su sentido. Hay reglas de concordancia, y excepciones a las mismas. En fin, ¡una gramática es algo muy complicado!

Todas las gramáticas obedecen hasta cierto punto a las reglas sociales vividas por los gramáticos que las escribieron. Así, el género masculino siempre prima en las reglas de concordancia de género, y el femenino es tomado como género secundario. Hay muchos otros artificios del lenguaje y de la gramática humana para que nos comuniquemos y precisemos los sentidos que damos a las cosas y a nosotros mismos. Estos artificios dependen de los mutables usos y costumbres de nuestras culturas en los diferentes momentos de la historia.

Por otra parte sabemos bien que las palabras habladas y escritas son apenas medios de expresión. Son pálidas aproximaciones de lo que vivimos cada día. Las palabras dicen algo de la realidad, mas no son la realidad. La realidad está ahí, pero al mismo tiempo se nos escapa, por su movilidad continua, por su desconcertante misterio. Por eso se hace necesaria la interpretación, y por eso la gramática histórica se impuso como para decirnos que también está la evolución de los sentidos, de la ortografía de las palabras y la adición de nuevas palabras. Detrás de cada palabra hay realidades múltiples, vivencias singulares y plurales que no sólo son diferentes de persona a persona, sino que en la misma persona se transforman y son resignificadas por su propia historia. Cada persona puede ser reglada, pero también escapa de las reglas. Puede decirse y desdecirse según uno u otro canon. A veces puede caber en un género, y otras veces en otro.

En esa perspectiva, cuando hablamos de género tenemos que entender que el femenino y el masculino, esa dualidad limitada, son sólo palabras para expresar realidades humanas que tienen un sentido inagotable, o sea, son mayores que aquello que se dice de ellas. En algunas culturas el rosa y el azul significan lo femenino y lo masculino, y en otras no.

Pero, ¿qué hay detrás de los géneros atribuidos a las personas? ¿Qué hay detrás de las gramáticas establecidas? ¿Qué hay detrás de las reglas que construimos, de las que llegamos incluso a olvidar que fuimos nosotros quienes las construimos?

¿Y qué ocurre cuando las convertimos en normas eternas y fundamos en ellas nuestro bien y nuestro mal? ¿Y cuando juzgamos a las personas y las condenamos a partir de esas reglas?

En el fondo intentamos fijar algo de nuestras experiencias de vida, ser dueños de ellas, para detenerlas un instante, asegurarlas en su fluyente y movediza existencia, para clasificarlas, ordenarlas, explicarlas de alguna forma y decir que las conocemos. Experimentamos entonces poder sobre ellas. Conseguimos fijarlas, detenerlas, sujetarlas y asegurarnos de que las dominamos y, sobre todo, de que conocemos su naturaleza. Este poder nos da seguridad, y al mismo tiempo limita la diversidad de la vida, porque entonces sólo conseguimos ver la vida a partir de ese orden o de la ley que hemos establecido.

Y después, para reforzar todavía más nuestro poder, decimos que ésta es la ‘naturaleza misma de la vida’, que conseguimos dominar por el cono- cimiento, estableciendo así leyes y ordenamientos verdaderos. O también, decimos que Dios todopoderoso, de rostro masculino, las estableció así y así quiere conservarlas para siempre. Ni nos damos cuenta de las aberraciones que afirmamos e imponemos a los otros, como creencias divinas… Ni siquiera percibimos nuestro atrevimiento y nuestra ambición por dominar el conocimiento, como si ‘haber comido del árbol del conocimiento’ nos diese poder sobre la complejidad de la vida.

Género es también una palabra que esconde una diversidad de expresiones de vidas plurales. Femenino, masculino, mujer, hombre, animales, vegetales… palabras que dicen algo y al mismo tiempo esconden mucho de lo que somos, de lo que cada uno y cada una son para sí mismos. Palabras que organizan la vida, las relaciones humanas, las ciencias humanas, y al mismo tiempo las desorganizan, cuando nos apropiamos de ellas como si fuesen leyes rígidas y absolutas dictadas por Dios o por nuestros jefes políticos o religiosos. Palabras que crean intransigencias, exclusiones, lapidaciones, muertes… Palabras y convenciones producidas para controlar el enigma de la existencia plural y de las relaciones humanas. Palabras necesarias sin duda, pero limitadas como cualquier otra, pues no dan cuenta de la creatividad y complejidad que nos habita.

Dentro de lo masculino hay una infinidad de realidades diferentes que yacen en la profundidad de cada ser. Dentro de lo femenino hay mundos, volcanes y huertos desconocidos, diferentes unos de otros. Y dentro de cada uno hay mezclas de lo que se convino en llamar masculino y femenino. Género es sólo la superficie. Género es sólo una gramática organizativa de las relaciones y de la convivencia humanas. Género no es regla fija. Es siempre excepción a cualquier regla. Es el niño/a que llora en el pecho de un varón sin pechos. Es la floresta defendida por mujeres sin armas. Es la mujer viviendo en el cuerpo de un varón. Es un varón viviendo en el cuerpo de una mujer. Son dos identidades en un mismo cuerpo… Son tantas vidas de muchas identidades en sólo una vida precaria… Es el cuerpo siempre diferente, en el encuentro con los diferentes, respondiendo a necesidades diferentes.

Pero, ¿y qué es realmente un varón y qué una mujer? Ninguna explicación da cuenta de nuestra realidad. Hacemos aproximaciones de nosotros mismos a partir de los procesos de socialización, intentando adueñarnos de una realidad que siempre es más que lo que aprendemos de ella.

Género es superficie, y la apariencia es el sello, una forma de ser, la marca reconocida para entrar en las cajas de la organización social. Género es orden, ley biológica, ley social, ley religiosa. Género es el límite de la razón, pero que explota ante los avances del corazón, de la atracción, de la conjunción, de la pasión, del encanto, del sentimiento, de la canción de amor. Género de las identidades y de las ‘rasgaduras’ incontenidas en una identidad única. Y al aprender en un instante la complejidad de la vida ya no vemos el género fijo. Los muchos clasificados se desclasifican en el orden establecido y nos abren a otras visiones, audiciones, tactos, experiencias. Pasamos a ver la persona, amada, herida, sufrida… Vemos su luz y sus tinieblas a imagen y semejanza de nosotros mismos. Vemos toda carne, con la misma sustancia, más allá de la apariencia y de las clasificaciones. Nos vemos en el otro/a y el otro/a se ve en nosotros… Nos vemos entonces, más allá de los géneros, aunque en un género precario…

¿Es un sueño imposible? ¿Utopía? ¿Deseo de que el amor se dé en las relaciones humanas? ¿Deseo de una flor en un suelo imposible? No sé… Algo ocurre en nosotros…

Y miraba los lirios del campo, que no siembran ni tejen… Y miraba a los niños… Y a los paralíticos… Y a las prostitutas… Y a los cobradores de impuestos… Y a los ciegos… Y a los sordomudos… Y a los soldados… Y a los sumos sacerdotes… Y a los gobernadores… Y a los hambrientos… Y a los sedientos… Y a los leprosos… Y a los niños…

Partía el pan… Compartía los vestidos… Daba vino en abundancia… Consolaba a los afligidos… Lloraba con los que lloraban… Tocaba cuerpos… Defendía a la prostituta, a la adúltera, a la endemoniada, porque sabía bien que el orden del amor no era el orden de las clasificaciones sociales, de los géneros, de los números ni del grado. Iba más allá de la gramática establecida, de las convenciones sociales, de las ideologías inventadas. Las confundía diciendo que los últimos serían los primeros, que quien tuviera el corazón limpio podía comer sin lavarse las manos, que quien compartiese su pan no necesitaba rótulos para ser reconocido. A todo eso lo llamó ‘Reino de los cielos’. Simplemente una convención más allá de los imperios establecidos, más allá de las reglas del Templo, más allá de las expectativas de las familias, más allá de las leyes de la religión… ‘Reino de los cielos’ no era un lugar geográfico, no tenía límites establecidos, no tenía soldados, ni armas de guerra para defenderlo… Era una creencia más en una humanidad diferente, una humanidad del buen deseo, de aquello que no existe por causa de nuestras ambiciones, de nuestra ganancia incomensurable, de nuestras vanas sabidurías, de nuestras pretensiones de ser siempre más y mejores que los otros.

‘Reino de los cielos’ era cosa de bajezas exaltadas, acogidas en su desorden, en su confusión social, en su exuberante existencia capaz de desordenar el orden injusto dominante, descontrolar lo establecido para revelar las pretensiones de los superpoderes. Desnudaba reyes, príncipes, imperios, sacerdotes y los que se consideran hombres de la ley y del bien… Aturdía a los gramáticos y sus gramáticas…

‘Reino de los cielos’ era una expresión que confundía la política de los poderosos, la economía de los cobradores de impuestos, la corrupción convertida en hábito de robar la vida de muchos incluso sobre un grano de mostaza.

A primera vista esta palabra no amedrentaba porque era sólo cosa ‘de los cielos’, cosa inexistente, inventada por los muchos locos y locas como Jesús de Nazaret, sus amigas y amigos. Pero ese soplo de libertad hacia más allá de toda gramática y de todas las convenciones que definen reglas de conducta perfecta, fue perdiéndose, asimilándose a la ordenada ley única del mundo, al límite impuesto por las palabras establecidas como ley. Y fue imponiendo exigencias a los cuerpos, a los amores, creando doctrinas y castigando a los que no las seguían. Fue creando ejércitos de controladores y manuales de castigo…

Y los que defendían ese ‘orden’, para imponer- se, usaban palabras como amor, como misericordia, justicia, equidad… Confundían con palabras bonitas, pero gastadas, porque de ellas sólo quedaba el bello sonido que llevan a los oídos. Palabras sin efecto sobre la vida, porque están lejos de las vidas. Palabras que no tienen ya la fuerza de la fe en el ‘Reino de los cielos’ de un tal Jesús.

¿Cuál es el género de su amor? ¿Cuál es el sexo fiel? ¿Cuál el color de su fe? ¿Cuál la gramática de su política? ¿Cuál su ideología?

Y entonces el soplo divino confundió todo y restableció la felicidad de la diversidad, la convivencia de la Babel en la que los diferentes se entendían no ya a través de rótulos, sino por medio de gestos de ternura que intercambiaban unos y otras en la Tierra donde todos podían caber.

El Movimento de Jesús, con su diversidad de participantes, continúa todavía hoy conciliando corazones para más allá de las instituciones del bien, más allá de los órdenes establecidos, más allá de las iglesias estructuradas, más allá de los dogmas… Esto puede parecer simplemente un happy end para un texto breve… pero no lo es.

Aunque no nos gusten ya los happy end o los poemas de amor, sirven como parábolas que incitan nuestro deseo de relaciones humanas más allá de los fundamentalismos que establecemos, más allá de los rótulos, de las convenciones y de un orden pretendidamente preexistente. Nos invitan a pensar más allá de lo pensado y a osar amar más allá de los límites establecidos, y finalmente a descubrir y a cantar que yo sin ti soy sólo desamor (…) y sin ti, amor mío, yo no soy nadie…