Jueves IV de Cuaresma

Hoy es 15 de marzo, jueves IV Semana de Cuaresma.

Prosigue este tiempo de Cuaresma. Estamos cada vez más cerca de Dios en su pasión. Y es este un doble camino. Hacia dentro, moviéndome como en espiral. Hacia mi yo profundo que desea encontrar la paz con Dios. Y hacia fuera, en la contemplación del Señor, sintiéndome cada vez más capaz de mirar su rostro sin apartar la mirada.

La lectura de hoy es del libro del Éxodo (Ex 32, 7-14):

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: «Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.»»

Y el Señor añadió a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.»

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Tendrán que decir los egipcios: «Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra»? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.»»

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Escucho hoy en la escritura la voz de un padre herido, dolido, enfadado con un pueblo, que una y otra vez no cumple lo que promete. Dios ha hecho todo lo posible para que sus hijos descubran la sabiduría que les dará vida. Pero el pueblo se engaña y abandona su proyecto. Pienso en la contradicción entre lo prometido y lo vivido. Que forma parte también de mi fragilidad.

Moisés aparece como el mediador que intercede por los hombres, recordándole a Dios las promesas hechas desde Abrahám. También yo a veces, puedo pedir a Dios por el mundo, por otros hombres y mujeres en sus distintas circunstancias, con una mirada misericordiosa, compasiva, que desea el bien del prójimo.

Descubro además, como en pocas ocasiones, a un Dios que se arrepiente de la amenaza y aplaca su ira. Y es que la última palabra de Dios, no es una palabra de condena o de castigo. Sino una invitación al encuentro, a la reconciliación, al abrazo. Porque Dios quiere encontrarse conmigo.

Deja que el texto resuene en ti. Escucha el sufrimiento de Dios que expresa su enfado. Escucha su eterno deseo de tener un gran pueblo. Dios pide fidelidad, pide memoria y coherencia. Que el pueblo pierde cuando encuentra otros ídolos a los que entregar sus ilusiones y sus deseos.

Deja que tus brazos nos sostengan a través de la noche oscura y que tus ángeles nos conduzcan hasta que venga la luz. Una oración en la que se mezcla la confianza con la necesidad. Que sea ahora un eco de la plegaria de Moisés cuando suplica a Dios que se compadezca del pueblo extraviado.

Hoy, sabiendo que mi vida no siempre sigue el camino que él me señala, le pido a Dios tiempo para frenar, luz para ver lo que hay en mi vida de engaño y fuerza para retomar el camino. Lo bueno es que, así como Moisés intercedió por el pueblo, nosotros encontramos mediadores en María, en Jesús, en los santos de la Iglesia y en los fieles difuntos, que delante de Dios, destacan lo bueno que hay en cada uno de nosotros. Con ellos termino hoy mi oración.

Alma de Cristo, santifícame,
Cuerpo de Cristo, sálvame,
Sangre de Cristo, embriágame,
Agua del costado de Cristo, lávame,
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme,
no permitas que me aparte de ti,
del maligno enemigo, defiéndeme.
y en la hora de mi muerte, llámame,
y mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos.
Amén.

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Liturgia 15 de marzo

JUEVES DE LA IV SEMANA DE CUARESMA

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio de Cuaresma

Leccionario: Vol. II

  • Éx 32, 7-14. Arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo.
  • Sal 105. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.
  • Jn 5, 31-47. Hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza.

Antífona de entrada          Sal 104, 3-4
Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro.

Oración colecta
IMPLORAMOS deseosos, Señor, tu perdón,

para que tus siervos, corregidos por la penitencia
y educados por las buenas obras,
nos mantengamos fieles a tus mandamientos,
para llegar, bien dispuestos, a las fiestas de Pascua.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
CONCÉDENOS, Dios todopoderoso,

que la ofrenda de este sacrificio
libre siempre de todo mal nuestra debilidad
y nos llene de fortaleza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Cuaresma.

Antífona de comunión           Cf. Jer 31, 33
Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo, dice el Señor.

Oración después de la comunión
TE pedimos, Señor,

que nos purifiquen los sacramentos que hemos recibido
y que concedas a tus siervos liberarse de todas sus culpas,
para que se gloríen en la plenitud de la ayuda del cielo
los que se ven agobiados por el peso de su conciencia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
OH, Dios, protector de los que en ti esperan,
bendice a tu pueblo,
sálvalo, defiéndelo, prepáralo con tu gracia,
para que, libre de pecado y protegido contra sus enemigos,
persevere siempre en tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Raimundo

SAN RAIMUNDO, ABAD DE FITERO

(† 1163)

«Fue así que, impelido y forzado de divino impulso, se levantó como en sueños, y, despavorido, se fue al aposento de Raimundo, que estaba contiguo al suyo, y con voces desmedidas y alteradas, que no parecían de su ordinaria modestia, se despertó diciendo: «Santo, Padre, vamos a la guerra contra lo moros.» El santo viejo, admirado de lo que miraba, como quien conocía la religión, quietud y discreción de fray Diego, le despidió con amor y con blandura. Mandóle se volviese a su aposento, diciéndole: Que la verdadera guerra del monje había de ser la quietud y soledad, hacer penitencia y llorar sus culpas y las del pueblo.»

Esto ocurría en Toledo, en una noche de enero de 1158. Y es que la tarde anterior, fray Diego Velázquez, hombre de ilustre linaje, burgalés de Bureba, amado del rey emperador, muerto poco ha, había escuchado del rey don Sancho III, su amigo de infancia, el gran peligro que corría la plaza de Calatrava, llave estratégica de Toledo y, por tanto, en aquel entonces, de la cristiandad de la península Ibérica. Sentía en sus venas el fuego del caballero de antaño, hoy escondido tras los pliegues del hábito monacal, y la pesadilla durante el sueño era la congoja del antiguo soldado. Raimundo Abad lo había llevado consigo a Toledo, desde el monasterio de Santa María de Fitero, entonces tierra de Castilla, para tener más fácil acceso ante el rey, quien había convocado Cortes en dicha ciudad imperial, al heredar de su padre Alfonso VII el reino y la corona, Era necesario confirmar los privilegios y concesiones que Raimundo en sus años de abad había conseguido para su monasterio en tiempos del emperador.

Raimundo, cuya cuna se disputan, aun hoy día, y ya quizá hasta el fin de los tiempos, San Gaudencio de Francia, Tarazona de Aragón, así como Tarragona y Barcelona, fue, desde sus más tiernos años, «en las costumbres compuesto, en el hablar parco, en las palabras grave, en las acciones modesto. Con los mayores reverente, con los iguales benévolo, con los inferiores apacible. Y en suma, por aquellas pueriles disciplinas, abrió bien a prisa camino a una gran perfección, y en aquel primer bosquejo dio bien claro indicio de la belleza de la imagen que había de representar por el tiempo adelante». Sujeto de tales prendas, era natural que su destino fuera para el santuario.

Bien pudiera ser que fuese hijo de alguno de los gloriosos conquistadores de Tarazona, ganada a los moros en 1120. Y así lo vemos canónigo de aquella iglesia, como lo atestiguará más tarde su primer obispo, don Miguel, monje benedictino, quien en escritura de donación, fechada en 1148, decía: «Hago esta donación a ti, Raimundo, venerable y religioso varón, antiguamente hijo de Nuestra Iglesia, mas ahora mudado para mejor orden y mejor hábito, abad de Nienzabas». El trato con su obispo, monje benedictino, y la fama de santidad de la Orden del Cister, ¿influyeron en la vocación monacal de Raimundo? Bien pudiera ser. Lo cierto es que de canónigo de Tarazona pasa a monje del monasterio de Nuestra Señora de Scala Dei, fundado en la provincia de Gascuña.

Su virtud, con la consecuente reputación, le traicionaba, y a pesar de su humildad, los ojos de los monjes, y más los de los superiores, se clavaban en él. Por eso, cuando el abad de Scala Dei, que se llamaba don Bernardo, quiso fundar en España, eligió como abad del nuevo monasterio al piadoso Durando, y como prior del mismo al santo Raimundo.

Con los brazos abiertos los recibió el rey emperador, quien los envió a llamar, aunque no pudo despacharse a su gusto, porque andaba en guerras con el de Navarra. Por orden del rey Alfonso VII, hicieron primer asiento en un monte llamado Yerga, donde, ya de tiempos antiguos, existía una ermita dedicada a la Santísima Virgen. Pero al año siguiente, que era el de 1140, les donó el rey una villa arruinada por los moros, y que se llamaba Nienzabas. A los cuatro años, y muerto el abad Durando, fue elegido Raimundo, cuya fama de santo y taumaturgo se extendía por todos los alrededores. Abad de Nienzabas, aparece ya en la escritura de 1146 en que el rey emperador donaba al monasterio la Serna de Cervera y los Baños de Tudesón, los actuales Balnearios de Fitero.

Como tal abad, asistió Raimundo, con los otros abades de la Orden, al capítulo general del Cister. Allí se encontraba el Sumo Pontífice, monje de igual hábito, Eugenio III. A música suave sonaría en los oídos de Raimundo, y dulce miel gustarían sus labios, el oír y leer el gran privilegio de amparo que el Pontífice concedió en esta ocasión para el monasterio de Nienzabas: «Eugenio, obispo siervo de los Siervos de Dios, a los amados hijos Raimundo, abad de Santa María de Nienzabas, y a sus monjes, así presentes como futuros… Le recibimos debajo de la potestad del bienaventurado San Pedro y nuestra… A los quince de las Kalendas de octubre, año de la Encarnación del Señor, de mil y ciento y cuarenta y ocho, de nuestro Pontificado en el tercero.»

En este mismo año, y mejorando notablemente, trasladó el monasterio a Castejón, lugar más acomodado que todos los anteriores. Como abad de Santa María de Castejón, aparece en la donación que, aún en vida de su padre el emperador, hizo el futuro rey Sancho III, del castillo de Tulungen y asimismo, con igual título, en la concesión de otras mercedes, hechas por el rey don Sancho el Sabio, de Navarra. Pero Castejón tampoco fue el sitio definitivo.

Ignorado el lugar del nacimiento de nuestro santo abad, daría, empero, Raimundo existencia y vida, renombre y gloria, a una heredad, llamada Fitero (por el nombre de un montículo denominado Hitero —hito o mojón— que hoy conserva su nombre Piedrahitero) donada en 1150 por don Pedro Tizón y su mujer doña Toda, de Tudela, abuelos del gran arzobispo, navarro de nacimiento, don Rodrigo Jiménez de Rada. Allí se fundó el monasterio de Santa María de Fitero, cuyo grandioso templo de piedra, con sus tres amplias naves, sería más tarde construido, casi en su totalidad, por el antedicho arzobispo don Rodrigo. De este monasterio de Santa María de Fitero, fue primer abad San Raimundo, que, con Durando, primer fundador en España, llegarán a setenta y seis, hasta fray Bartolomé Oteyza, bajo cuyo gobierno fue suprimido en 1834. Así podrá afirmarse siempre que la mayor gloria de Fitero es su abad San Raimundo. Al que dejaron perplejo las voces de su fidelísimo monje, fray Diego, en aquella noche de enero de 1158.

¡Calatrava! También quedaría inmortalizado este nombre, más que por el santo monje Raimundo, eso lo fue Fitero, por el guerrero valiente, invicto soldado, fundador de la orden militar. ¿Mitad monje, mitad soldado? ¡Monje de cuerpo entero, soldado de pelo en pecho!

Si tranquilo quedó fray Diego con el mandato del abad, preocupado quedó Raimundo, quien, puesto en oración, comprendió que Dios le pedía el hacerse cargo de la defensa de Calatrava. Y el abad Raimundo y fray Diego Velázquez, se presentaron al rey, caballeros andantes de páginas de leyenda, pidiéndole la defensa de la plaza de Calatrava, entregada al soberano por los caballeros templarios, defensores de la misma desde la conquista por Alfonso VII en 1147, pero temerosos ahora, 1158, ante los formidables preparativos que hacían los enemigos del nombre cristiano. La santidad del abad y el recuerdo del valor guerrero de fray Diego, movieron a Sancho III a escribir lo siguiente en Almazán: «Yo, el rey Don Sancho, por la gracia de Dios, hijo del ilustre emperador de las Españas de buena memoria, por inspiración divina, hago carta de donación y texto de escritura para siempre, valedero a Dios, y a la bienaventurada Virgen María, y a la Santa Congregación del Cister, y a vos dom Raimundo, abad de Santa María de Fitero, y a todos vuestros frailes, así presentes como futuros, de la villa que se llama Calatrava, para que la tengáis y poseáis, libre y pacífica, por juro de heredad, de ahora para siempre, y la defendáis de los paganos enemigos de la Cruz de Cristo, con su favor y nuestro… Fecha la carta en Almazán en la era de mil y ciento y noventa y seis (año 1158), en el mes de enero del año en que murió el famosísimo señor don Alfonso emperador de las Españas. Yo, el rey Don Sancho, rubrico y confirmo con mi propio sello esta carta, que yo mandé escribir.»

Asegurada la defensa de Calatrava, Raimundo volvió a Fitero, y con su «Dios lo quiere» enardecido, regresó a la plaza al frente de veinte mil hombres —monjes, labradores y artesanos— a Ios cuales estableció en sus nuevos dominios entre campos y aldeas, alrededor de la fortaleza, convirtiendo en posición inexpugnable, lo que hasta entonces, había sido temor y angustia insuperables.

Con esto quedó de hecho trasladada la abadía de Fitero a Calatrava, aunque no quedó la primera vacía y abandonada, ya que el abad de Scala Dei, que llevó muy a mal la obra de Raimundo por haberse hecho sin tomar su parecer, envió monjes en número suficiente Para continuar la vida monacal, como hasta entonces, ejemplar y edificante.

Una tradición secular afirma que el santo abad aprovechó esta oportunidad para pedir y obtener del rey el regalo de una preciosa imagen de la Santísima Virgen, que, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios, se veneraba en Toledo y a la que San Raimundo profesaba especial devoción. Enviada al monasterio de Fitero, es desde tiempo inmemorial la patrona del pueblo con el poético título de la Virgen de la Barda (barda o zarza sin espinas), y cuya fiesta se celebra el domingo inmediato posterior al 8 de septiembre. Así lo cree, así lo reza y así lo canta Fitero en su estrofa y estribillo: En Toledo venerada—fuiste algún tiempo Señora—y en Fitero sois ahora—de todos Madre aclamada. Pues sois imán verdadero—que roba los corazones—colmadnos de bendiciones—¡oh Patrona de Fitero!

Raimundo creyó llegado el momento de organizar aquella muchedumbre, que le seguía entusiasmada, al estilo de las órdenes militares, que tantos laureles obtuvieron peleando en distintos lugares de la cristiandad, y fundó en ese mismo año 1158 la orden militar religiosa de Calatrava, la más antigua de las españolas, cuya constitución fue aprobada por Alejandro III en bula de 25 de septiembre de 1164, y que tanta gloria daría a España en el transcurso de los siglos. Monjes y caballeros, bajo el manto del santo abad, según la regla de San Benito y constituciones del Cister.

El rey don Sancho fue testigo de la vida de aquellos monjes-soldados, de aquellos soldados-monjes. «Hallóse en Calatrava un día que se ofreció rebato de moros. Vio la prisa y ánimo con que los monjes y caballeros salían al enemigo, y vio a los mismos, después de recogidos, en el coro a completas, las manos cruzadas, los ojos en tierra, cantando las divinas alabanzas con notable espíritu. Admirado de tal mudanza, dijo al abad: Paréceme, padre, que el son de las trompetas hace a vuestros súbditos lobos, y el de las campanas corderos. Será, respondió el santo abad, porque aquéllas los llaman para resistir a los enemigos de Cristo y vuestros, y éstas para alabarle y rogar por vos.»

Pero quien mejor refleja lo que era la vida de aquellos calatravos es el mismo arzobispo don Rodrigo, cuando años más tarde escribía: «Su multiplicación es la corona del príncipe. Los que alaban al Señor con salmos se ciñeron espada, y orando gemían para la defensa de la patria. Su pasto es una comida tenue y ligera: su vestido la aspereza de la lana. La continua disciplina los prueba, la guarda del silencio los acompaña, el frecuente arrodillarse los humilla, la vigilia de noche los quebranta, la oración devota los enseña, y el continuo trabajo los ejercita.»

Esta era la obra del santo abad, porque Raimundo era así. Podía entonar el Nunc dimittis, y exclamar con San Pablo: Cursum consummavi. En efecto, pasados cinco años de abad de Calatrava, «haciendo igual guerra a los enemigos de la cruz, a los demonios cantando en el coro, y a los infieles peleando en el campo», lo encontramos en Ciruelos, donde, adornado de múltiples laureles, obtuvo en 1163 la victoria definitiva, corona de santo monje, palma de caballero militar fundador, que el justo juez colocó sobre su cabeza y puso en sus manos.

En Ciruelos fue enterrado su cuerpo, hasta que en 1471 fue trasladado al monasterio de Monte Sión de Toledo, quedando definitivamente en sepulcro rico y curioso, mandado construir en 1570 por el abad de Fitero, venerable fray Marcos de Villalba. En él se lee esta inscripción: «Aquí yace el bienaventurado fray Raimundo, monje de esta orden, primer abad de Fitero, por quien Dios ha hecho muchos milagros; el cual, de licencia del rey Sancho el Deseado, defendió a Calatrava de los moros, e instituyó en ella el orden militar de Calatrava. Murió año de mil y ciento y sesenta y tres: trasladóse aquí, año de mil y quinientos y noventa». Hoy día, y desde el siglo pasado con motivo de la exclaustración, las reliquias del santo abad de Fitero se encuentran en la catedral de Toledo, encerradas en preciosa urna, sobre la que campea victoriosa la cruz de Calatrava. La fiesta de San Raimundo se celebra el 15 de marzo.

¿Anacrónica esta vida? ¿Trasnochada esta historia? ¿Fuera de lugar en páginas de actual «Año Cristiano? Hermano lector, nuestra vida es lucha, combate y pelea, como dice el Espíritu Santo. Nuestra alma tiene sus tres grandes enemigos. También ella constituye para nosotros el gran castillo interior, la Calatrava de nuestro espíritu. Hay que defenderla sin tregua ni cuartel. Se nos dice que debemos ser mitad monjes, mitad soldados. Está bien. Pero, en este combate espiritual, donde la oración es el arma principal y donde la cooperación a la gracia debe ser generosa, mejor será imitar a San Raimundo, modelo para todas las épocas, siendo como él: «Monjes de cuerpo entero, soldados de pelo en pecho». Que él así nos lo alcance.

JOSÉ M.ª GARCÍA LAHIGUERA

Laudes – Jueves IV de Cuaresma

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Himno: PASTOR QUE CON TUS SILBOS AMOROSOS.

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño:
tú, que hiciste cayado de ese leño
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño
y la palabra de seguir te empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados.
Pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás, para esperar, los pies clavados? Amén.

SALMODIA

Ant 1. En la mañana, Señor, hazme escuchar tu gracia.

Salmo 142, 1-11 – LAMENTACIÓN Y SÚPLICA ANTE LA ANGUSTIA

Señor, escucha mi oración;
tú que eres fiel, atiende a mi súplica;
tú que eres justo, escúchame.
No llames a juicio a tu siervo,
pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.

El enemigo me persigue a muerte,
empuja mi vida al sepulcro,
me confina a las tinieblas
como a los muertos ya olvidados.
mi aliento desfallece,
mi corazón dentro de mí está yerto.

Recuerdo los tiempos antiguos,
medito todas tus acciones,
considero las obras de tus manos
y extiendo mis brazos hacia ti:
tengo sed de ti como tierra reseca.

Escúchame en seguida, Señor,
que me falta el aliento.
No me escondas tu rostro,
igual que a los que bajan a la fosa.

En la mañana hazme escuchar tu gracia,
ya que confío en ti;
indícame el camino que he de seguir,
pues levanto mi alma a ti.

Líbrame del enemigo, Señor,
que me refugio en ti.
Enséñame a cumplir tu voluntad,
ya que tú eres mi Dios.
Tu espíritu, que es bueno,
me guíe por tierra llana.

Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;
por tu clemencia, sácame de la angustia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En la mañana, Señor, hazme escuchar tu gracia.

Ant 2. El Señor hará derivar hacia Jerusalén como un río la paz.

Cántico: CONSUELO Y GOZO PARA LA CIUDAD SANTA. Is 66, 10-14a

Festejad a Jerusalén, gozad con ella,
todos los que la amáis,
alegraos de su alegría,
los que por ella llevasteis luto;
a su pecho seréis alimentados
y os saciaréis de sus consuelos
y apuraréis las delicias
de sus pechos abundantes.

Porque así dice el Señor:
«Yo haré derivar hacia ella
como un río la paz,
como un torrente en crecida,
las riquezas de las naciones.

Llevarán en brazos a sus criaturas
y sobre las rodillas las acariciarán;
como a un niño a quien su madre consuela,
así os consolaré yo
y en Jerusalén seréis consolados.

Al verlo se alegrará vuestro corazón
y vuestros huesos florecerán como un prado.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor hará derivar hacia Jerusalén como un río la paz.

Ant 3. Nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

Salmo 146 – PODER Y BONDAD DEL SEÑOR

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel;
él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.

Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.

Entonad la acción de gracias al Señor,
tocad la cítara para nuestro Dios,
que cubre el cielo de nubes,
preparando la lluvia para la tierra;

que hace brotar hierba en los montes,
para los que sirven al hombre;
que da su alimento al ganado,
y a las crías de cuervo que graznan.

No aprecia el vigor de los caballos,
no estima los músculos del hombre:
el Señor aprecia a sus fieles,
que confían en su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

LECTURA BREVE   Cf. 1R 8, 51a. 52-53a

Nosotros, Señor, somos tu pueblo y tu heredad; que tus ojos estén abiertos a las súplicas de tu siervo y a la súplica de tu pueblo Israel, para escuchar todos sus clamores hacia ti. Porque tú nos separaste para ti como herencia tuya de entre todos los pueblos de la tierra.

RESPONSORIO BREVE

V. Él me librará de la red del cazador.
R. Él me librará de la red del cazador.

V. Me cubrirá con su plumaje.
R. Él me librará de la red del cazador.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Él me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «No es que yo quiera invocar a mi favor declaración alguna, prestada por los hombres; si aduzco ésta, es mirando por vuestra salvación», dice el Señor.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «No es que yo quiera invocar a mi favor declaración alguna, prestada por los hombres; si aduzco ésta, es mirando por vuestra salvación», dice el Señor.

PRECES

Celebremos la bondad de Dios, que por Cristo se reveló como Padre nuestro, y digámosle de todo corazón:

Acuérdate, Señor, de que somos hijos tuyos.

Concédenos vivir con toda plenitud el misterio de la Iglesia,
a fin de que nosotros y todos los hombres encontremos en ella un sacramento eficaz de salvación.

Padre, que amas a todos los hombres, haz que cooperemos al progreso de la comunidad humana
y que en todo busquemos tu reino con nuestros esfuerzos.

Haz que tengamos hambre y sed de justicia
y acudamos a nuestra fuente, que es Cristo, el cual entregó su vida para que fuéramos saciados.

Perdona, Señor, todos nuestros pecados
y dirige nuestra vida por el camino de la sencillez y de la santidad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Porque sabemos que somos hijos de Dios, llenos de confianza nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Padre lleno de amor, concédenos que, purificados por la penitencia y santificados por la práctica de buenas obras, sepamos mantenernos siempre fieles a tus mandamientos y lleguemos libres de culpa a las fiestas de la Pascua. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – Jueves IV de Cuaresma

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: SI ME DESECHAS TÚ, PADRE AMOROSO

Si me desechas tú, Padre amoroso,
¿a quién acudiré que me reciba?
Tú al pecador dijiste generoso
que no quieres su muerte, ¡oh Dios piadoso!,
sino que llore y se convierta y viva.

Cumple en mí la palabra que me has dado
y escucha el ansia de mi afán profundo,
no te acuerdes, Señor, de mi pecado;
piensa tan sólo que en la cruz clavado
eres, Dios mío, el Redentor del mundo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

Salmo 43 I ORACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS QUE SUFRE ENTREGADO A SUS ENEMIGOS

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria;
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

Ant 2. No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Salmo 43 II

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Ant 3. Levántate, Señor, no nos rechaces más.

Salmo 43 III

Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Levántate, Señor, no nos rechaces más.

V. El que medita la ley del Señor.
R. Da fruto a su tiempo.

PRIMERA LECTURA

Del libro de los Números 3, 1-13; 8, 5-11

LEGISLACIÓN SOBRE LOS LEVITAS

Ésta es la historia de Aarón y Moisés cuando el Señor habló a Moisés en el monte Sinaí. y éstos son los nombres de los hijos de Aarón: Nadab, el primogénito, Abihú, Eleazar e Itamar. Éstos son los nombres de los aaronitas ungidos como sacerdotes, a quienes consagró sacerdotes. Nadab y Abihú murieron sin hijos, en presencia del Señor, cuando ofrecieron al Señor fuego profano en el desierto del Sinaí. Eleazar e Itamar oficiaron como sacerdotes en vida de su padre, Aarón.

El Señor dijo a Moisés:

«Haz que se acerque la tribu de Leví y ponla al servicio del sacerdote Aarón. Harán la guardia tuya y de toda la asamblea delante de la Tienda de Reunión y desempeñarán las tareas del santuario. Guardarán todo el ajuar de la Tienda de Reunión y harán la guardia en lugar de los israelitas y desempeñarán las tareas del santuario. Aparta a los levitas de los demás israelitas y dáselos a Aarón y a sus hijos como donados. Encarga a Aarón y a sus hijos que ejerzan las funciones del sacerdocio. Al extraño que se acerque se le dará muerte.»

El Señor dijo a Moisés:

«Yo he elegido a los levitas de entre los israelitas en sustitución de los primogénitos o primeros partos de los israelitas. Los levitas me pertenecen, porque me pertenecen los primogénitos. Cuando di muerte a los primogénitos en Egipto, me consagré todos los primogénitos de Israel, de hombres y de animales. Me pertenecen. Yo soy el Señor.»

El Señor dijo a Moisés:

«Escoge entre los israelitas a los levitas y purifícalos con el siguiente rito: Los rociarás con agua expiatoria. Luego se pasarán la navaja por todo el cuerpo, se lavarán los vestidos y se purificarán. Después cogerán un novillo con la ofrenda correspondiente de flor de harina amasada con aceite. Y tu cogerás otro novillo para el sacrificio expiatorio. Harás que se acerquen los levitas a la Tienda de Reunión y convocarás toda la asamblea de Israel.
Puestos los levitas en presencia del Señor, los demás israelitas les impondrán las manos. Aarón, en nombre de los israelitas, se los presentará al Señor con el rito de la agitación, para desempeñar las tareas del Señor.»

RESPONSORIO    Sal 15, 6. 5; Nm 18, 20

R. Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad. * El Señor es mi heredad y mi copa.
V. El Señor dijo a Aarón: «Tú no recibirás heredad en su tierra ni tendrás una parte en medio de los israelitas; yo soy tu parte y tu heredad.»
R. El Señor es mi heredad y mi copa.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san León Magno, papa
(Sermón 15 Sobre la pasión del Señor, 3-4: PL 54, 366-367)

MEDITACIÓN SOBRE LA PASIÓN DEL SEÑOR

El que quiera venerar de verdad la pasión del Señor debe contemplar de tal manera, con los ojos de su corazón, a Jesús crucificado, que reconozca su propia carne en la carne de Jesús.

Que tiemble la tierra por el suplicio de su Redentor, que se hiendan las rocas que son los corazones de los infieles y que salgan fuera, venciendo la mole que los abruma, los que se hallaban bajo el peso mortal del sepulcro. Que se aparezcan ahora también en la ciudad santa, es decir, en la Iglesia de Dios, como anuncio de la resurrección futura, y que lo que ha de tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones.

No hay enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz, ni hay nadie a quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta fue de provecho para los que tanto se ensañaban con él, ¿cuánto más no lo será para los que se convierten a él?

La ignorancia ha sido eliminada, la dificultad atemperada, y la sangre sagrada de Cristo ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las fronteras de la vida. La oscuridad de la antigua noche ha cedido el lugar a la luz verdadera.

El pueblo cristiano es invitado a gozar de las riquezas del paraíso, y a todos los regenerados les ha quedado abierto el regreso a la patria perdida, a no ser que ellos mismos se cierren aquel camino que pudo ser abierto por la fe de un ladrón.

Procuremos ahora que la ansiedad y la soberbia de las cosas de esta vida presente no nos sean obstáculo para conformarnos de todo corazón a nuestro Redentor, siguiendo sus ejemplos. Nada hizo él ni padeció que no fuera por nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea también el cuerpo.

En primer lugar, aquella asunción de nuestra substancia en la Divinidad, por la cual la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, ¿a quién dejó excluido de su misericordia sino al que se resista a creer? ¿Y quién hay que no tenga una naturaleza común con la de Cristo, con tal de que reciba al que asumió la suya? ¿Y quién hay que no sea regenerado por el mismo Espíritu por el que él fue engendrado? Finalmente, ¿quién no reconoce en él su propia debilidad? ¿Quién no se da cuenta de que el hecho de tomar alimento, de entregarse al descanso del sueño, de haber experimentado la angustia y la tristeza, de haber derramado lágrimas de piedad es todo ello consecuencia de haber tomado la condición de siervo?

Es que esta condición tenía que ser curada de sus antiguas heridas, purificada de la inmundicia del pecado; por eso el Hijo único de Dios se hizo también hijo del hombre, de modo que poseyó la condición humana en toda su realidad y la condición divina en toda su plenitud.

Es, por tanto, algo nuestro aquel que yació exánime en el sepulcro, que resucitó al tercer día y que subió a la derecha del Padre en lo más alto de los cielos; de manera que, si avanzamos por el camino de sus mandamientos, si no nos avergonzamos de confesar todo lo que hizo por nuestra salvación en la humildad de su cuerpo, también nosotros tendremos parte en su gloria, ya que no puede dejar de cumplirse lo que prometió: A todo aquel que me reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre que está en los cielos.

RESPONSORIO    1Co 1, 18. 23

R. El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; * pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios.
V. Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles.
R. Pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios.

ORACIÓN.

OREMOS,
Padre lleno de amor, concédenos que, purificados por la penitencia y santificados por la práctica de buenas obras, sepamos mantenernos siempre fieles a tus mandamientos y lleguemos libres de culpa a las fiestas de la Pascua. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.