Domingo V de Cuaresma

Hoy domingo V del tiempo de cuaresma, último de este ciclo y ante las puertas de la Semana Santa, la liturgia nos ofrece una animosa reflexión: El profeta Jeremías 1ª lectura, (31, 31-34) habla de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres. En esa alianza está contenida el germen de nuestra plenitud a la manera de un grano de trigo que culmina en una espiga llena de fruto, [3ª lectura (Jn. 12, 20-33] con tal de que sigamos el ejemplo de Jesús en su fidelidad al Padre. Seamos obedientes. [2ª lectura (Heb. 5, 7-9)]

Está perfectamente situada la liturgia de hoy porque nos abrimos a la Semana Santa en la que contemplaremos la muerte de ese grano de trigo que fue Jesús y la grandiosidad del fruto que consiguió con ella: recapitular todas las cosas entregándoselas al Padre en una especie de nueva creación, que diremos en el prefacio. La muerte de Jesús, superada en la Resurrección, abre la puerta a todos nosotros para la gran transformación aquí y ahora y luego, allá, en la casa del Padre.

Jesús se refiere al momento de la gran trasformación con la expresión: si el grano de trigo no muere no da fruto.

¿A qué muerte se refiere Jesús? ¿Qué quiere decir Jesús con esas palabras?

A la muerte en el sentido de que, solo muriendo a nosotros, es decir, disolviendo nuestra voluntad en los planes de Dios, podemos alcanzar toda la plenitud.

No se trata de una obediencia servil, propia de los vasallos sino de una actitud de fidelidad a un Dios que está empeñado en que cada uno de nosotros alcance la perfección en lo humano, en lo espiritual y para la eternidad.

Es una muerte, un arrinconarnos exclusivamente estratégico, para que sea Jesús quien nos gobierne a la manera en la que el capitán de un barco “muere”, deja de estar al mando del barco, en favor del práctico del puerto precisamente para que el capitán pueda conseguir su deseo de atracar felizmente en el puerto elegido, para que logre su empeño, su propósito, su bien.

Bien analizadas las cosas, y desde un punto de vista puramente biológico, la muerte del grano de trigo hemos de entenderla precisamente como todo lo contrario: la explosión de toda su grandeza encerrada en su información genética y generada a lo largo de los 13.700 millones de años que se calcula la edad del universo a partir del Big Bang.

El universo ha ido dando respuestas a las distintas circunstancias por las que ha pasado hasta conseguir el mundo que ahora es. También los vivientes fueron enriqueciéndose en ese proceso evolutivo hasta conseguir lo que actualmente somos camino de lo que seremos en el futuro, según prosigue la evolución.

Lo que tiene el grano de trigo dentro de él es lo que ha conseguido a lo largo de su evolución. Cuando se le pone en condiciones oportunas “todo eso” se despliega dando lugar a una hermosa y granada espiga.

A ese fenómeno no se le puede llamar “muerte” del grano sino todo lo contrario “eclosión grandiosa de todo cuanto contenía en su interioridad”

Algo así podrían entenderse las palabras de Jesús. El grano cuando deja de ser algo aislado, algo cerrado sobre sí mismo, cuando se abre a las influencias benéficas del mundo ambiente es capaz de desarrollar todo lo que lleva dentro, de dar fruto abundante.

El ser humano, cerrado sobre sí mismo, enclaustrado en su yo, defendiendo su posición alcanzada vive, pero vive en la ruindad, en la inoperatividad, en un egocentrismo que le mantiene, pero sin cooperar al desarrollo, sin fructificar, como un miembro ensimismado consigo mismo, a la manera de Narciso expuesto a ahogarse en su propia autoexaltación.

Jesús nos invita a morir no para destruirnos sino para que demos de sí todas nuestras posibilidades como personas, ciudadanos y creyentes.

Hay una obra de Álvaro de la Iglesia que hizo furor años atrás titulada “En el cielo no hay almejas”. No se refería al molusco que todos pensamos ahora, y del que tanto presumen los gallegos, sobre todo los de Carril, sino a la degeneración de almas convertidas en “almejas” al estilo de como decimos despectivamente que hay “trapajos”, refiriéndonos a su condición de viejos, rotos y sucios.

La correcta interpretación sería: en el cielo no hay “almejas”, almas mediocres, vulgares, grises; solo hay almas grandes, plenas, perfectas. Almas que se forjaron acá en la tierra con el esfuerzo personal y la gracia de Dios.

Las “almejas” son propias de personalejos que vivieron a medias y promovieron solo mediocridades.

Jesús nos llama a una vida plena. He venido para que tengan vida y vida abundante, decía en una ocasión. Nos convoca a morir a la mediocridad para llevar una vida llena, plena de buenas obras.

Entendamos así las palabras de Jesús y convirtámoslas en nuestro gran acicate para vivir un cristianismo que llene nuestra vida y esparza en nuestro derredor el buen olor a Cristo, que decía San Pablo o, como dice ahora el Papa, el buen olor del evangelio. AMÉN

Pedro Sáez

Anuncio publicitario