La hora de Jesús

La hora es un tema bíblico reiteradamente mencionado por el evangelio de Juan. Es el tiempo de la nueva alianza (cf. Jer 31, 31-34).

Ver a Jesús

«Algunos gentiles» que habían subido «a celebrar la fiesta» quieren ver a Jesús. A esa demanda el Señor responde con una larga y profunda meditación sobre «la hora». El evangelio de Juan está escrito como un drama, en él todo se orienta hacia el desenlace final. Es decir, el encuentro de la fuerza de Jesús basada en el amor con el poder injusto que lo rechaza; esa intersección termina en la cruz y, finalmente, en el vencimiento de la cruz y la muerte: la resurrección.

La «hora» es el momento en que el amor gratuito y universal de Dios, que fundamenta su preferencia por los pobres, se encuentra con una dinámica social y religiosa que lo rechaza; es decir, con el pecado. Ese conflicto se expresa en la cruz. Ella deberá por eso ser levantada (cf. Jn 12, 32) como denuncia de aquello que lleva a Jesús a la muerte y como testimonio de su entrega de amor. Jesús revela al Dios de la vida con su muerte. A este Jesús es al que verán los gentiles que se dirigen a Felipe (cf. v. 21).

Una decisión libre

La muerte en la cruz no es una fatalidad. Es el resultado de una opción. «Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente», dice el Señor (Jn 10, 18). Jesús se encamina hacia esa «hora» con la coherencia de su vida, hablando como actúa y actuando como habla. Eso lo hizo peligroso para los poderes de este mundo.

Su muerte sella la nueva alianza anunciada por el profeta Jeremías en nuestra primera lectura. Ese pacto significa una doble pertenencia del pueblo a Dios y de Dios al pueblo. Su finalidad es el conocimiento de Dios; sabemos que conocimiento en la Biblia quiere decir amor. Se trata entonces de una alianza de amor; eso es lo que representa la cruz: la entrega libre y total por amor, la «hora» en que ese mensaje nos es revelado, el grano de trigo que muere pero que da «mucho fruto» (Jn 12, 24).

Hay «horas» también en las vidas de las personas y de las naciones. En ellas se juega nuestra condición de discípulos en el aquí y ahora de nuestros pueblos. Esas horas las forjamos con nuestra propia coherencia, si ésta se afirma, la «hora» avanzará. En la encrucijada precisa que afrontamos, debemos ser granos de trigo que den fruto. Ante la lucha de los pobres por sobrevivir, tenemos que encontrar los caminos para comportarnos con la coherencia de Jesús. Se trata de responder a su llamada en esta hora; aunque como a él el momento nos resulte doloroso (Heb 5, 7-9), dando testimonio de la vida para todos en medio de una situación que margina y asfixia al pobre.

Gustavo Gutiérrez

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