Si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto

Hoy vemos a Jesús muy humano, como tú y como yo. Cuando piensa en su Pasión, siente miedo, se entristece. Y nos da una explicación profunda del sufrimiento interno que Él pasa y lo que siente. Nos metemos tú y yo, como intrusos, en la escena de lo que ocurre hoy y leemos el texto del Evangelio, un texto profundo y un texto fuerte. Lo escuchamos:

Había algunos griegos entre los que subieron a adorar en la Fiesta. Éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, rogándole: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés. Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús, y Jesús les respondió: “Ha llegado la hora en que será glorificado el Hijo del hombre. Os lo aseguro: si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo, pero si muere, produce mucho fruto. Quien ama su vida la pierde, y quien aborrece su vida en este mundo la guardará para la vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde Yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, mi Padre le honrará. Ahora mi alma está turbada, ¿y qué diré? Padre, líbrame de esta hora… Pero si por esto he venido a esta hora. Padre, glorifica tu Nombre”. Entonces vino una voz del cielo: “Lo glorifiqué y de nuevo lo glorificaré”. La gente que estaba allí y la oyó, dijo que había sido un trueno. Otros decían: “Un ángel le ha hablado”. Jesús respondió: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo. Ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí“. Decía esto señalando de qué muerte iba a morir.

Jesús ha salido del templo para ya no volver más hasta que ya lleguen sus horas difíciles de la Pasión. Deja la ciudad para regresar dos días después, donde va a celebrar la Cena de Pascua y donde va a empezar a sufrir su momento difícil de morir. Y cuando estaba ahí en el templo, se acercan —dice el texto— unos gentiles, unos hombres extranjeros y que habían subido para adorar… —como todos, el día de la fiesta de la Pascua—, para adorar a su Dios verdadero, y ofrecerle sus sacrificios especiales que ellos hacían. Y entonces estos hombres llegan y se encuentran con Felipe, que nos dice el texto que era de Betsaida de Galilea, —sería el primero que encontraron— y le piden, le ruegan que quieren ver a Jesús. Felipe sirve de intermediario para presentar a Jesús, y entonces Felipe se lo dice a Andrés, y los dos se lo dicen a Jesús.

Y ahora empieza una de las escenas más bonitas de este encuentro: Jesús, cuando se da cuenta que quieren y que le buscan, suscita en su alma, les suscita un deseo profundo de explicarles lo que es Él, cuál es su fin, cuál es su objetivo de estar en este mundo. Y se lo explica así… —tenemos que aprender las grandes lecciones de estas palabras de Jesús, no nos las perdamos ni un momento—, les dice: “Ha llegado la hora de que el Hijo sea glorificado, el Hijo del hombre. Mirad, ha llegado la hora de la muerte”. Les explica en qué va a consistir su Pasión. “Pero antes de ser glorificado, tiene que pasar por la tortura, por la humillación”. Y como Él ve y comprende que no le van a entender, les pone este ejemplo: “Mirad, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no puede dar fruto”. Ese grano de trigo, que si no se esconde en el seno de la tierra y no se corrompe, no llega a dar esa espiga tan bonita, tan lozana, tan buena. Pero antes tiene que morir. ¿Y quién es ese grano? Ese grano es Jesús y Él mismo lo dice: “Tengo que morir y ser sepultado”. ¡Cuánto nos hace pensar todo esto…!

Pero vamos a seguir viendo lo que ocurre en esta escena. Sigue hablando Jesús: “Mirad, quien ama su alma, su vida, la va a perder; y quien la aborrece, consigue la vida eterna. Y si alguno me sirve, que me siga, y donde estoy Yo, allí también está mi servidor”. No podemos pasar… Escuchamos a Jesús y nos paramos… y nos quedamos con esta sensación tan profunda: si el grano de trigo no muere, no puedo dar fruto. Y le decimos: “Jesús, quiero seguir tus pisadas, pero sé que para ir detrás de ti tengo que morir”. Pero es que no sé morir, me cuesta enterrar mi orgullo, mi reputación, mi voluntad; me cuesta no ser protagonista; me cuesta estar en la sombra; y sé que para dar vida, para que el otro tenga vida, tengo que morir. Y sé que de la muerte brota la vida, y de la cruz nace la salvación, y del sufrimiento bien aceptado nace el perdón; lo sé. Pero me cuesta morir, me cuesta morir… Ayúdame, Señor, a empezar un camino profundo de muerte para que tenga vida y lleve a la luz.

Pero bueno, continuemos escuchando lo que pasa en esta escena: de pronto vemos que Jesús se entristece, se inquieta y piensa que esta muerte, esta Pasión… al recordarla, le da muchísima tristeza, y siente miedo, como tú y como yo. Y se encuentra tan humano Jesús que le pasa que pensando en lo que iba a sufrir en el Getsemaní, en el horror de la Pasión, en los juicios que iba a pasar, en el camino del Calvario, en la coronación de espinas; todo recordándolo, se estremece, tiene miedo. Pero en ese temor —¡qué bueno es Dios!—, oye la voz de su Padre. Y Él mismo le dice: “¡Sálvame, quítame, libérame de esta hora!”. Pero Él oye la voz de su Padre que le dice: “Ya te he glorificado y te glorificaré”. Le consuela, le ayuda, le da fuerza. Bien, pues cuando yo esté con esta inquietud de la muerte, de lo que tengo que sufrir, de lo que tengo que pasar, no tengo que tener miedo. El Señor está conmigo, tengo un Padre que me quiere, ¿por qué voy a estar sufriendo? Nunca me abandona, nunca me deja solo. Tengo que oír esa voz: “Yo estoy contigo, y aunque tengas que pasar así por todo este camino, Yo te ayudaré, Yo te daré fuerza, Yo te daré lo que es”.

Hoy, Jesús… es un encuentro muy fuerte donde yo me tengo que cuestionar a qué tengo que morir, cuáles son las muertes que tengo que hacer para dar gloria al otro, cuáles son, en qué consiste, cuáles son todo esto que tengo que pasar, todo lo que tengo que sufrir, en qué tengo que dejar de amarme a mí mismo, por qué, en qué tengo que saber amar, en qué tengo que aprender a darme para que mi vida no sea estéril y sola, en qué tengo que aborrecer mi vida para que dé fruto. Y ya lo sé, que lo que tengo que hacer es cuidar ese amor y no dejarle que sea infecundo, porque sé que morir es vivir, y perder es ganar. Éste es el camino que Jesús y que Tú me propones hoy. Y cuando en este camino se estremezca mi alma, se oprima de angustia, piense todo…, sienta este Jesús, este Padre que me dice: —aunque yo le diga “Líbrame de este sufrimiento”— “Ya te he glorificado”.

Este amor filial tan precioso que el Señor y que el Dios Padre me lleva a quererle y a tener un ánimo profundo… hoy Jesús te pido fuerza, ánimo para morir a mí, te pido confianza, te pido mucho amor en ti, porque sé que eres mi Padre y que estás conmigo en todos los momentos difíciles que tenga que pasar en mi vida y en todo lo que yo tenga que caminar hacia ti. Pero antes tengo que morir. Resuena en mí profundamente esa frase: “Si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto”. Y aunque sienta pena, y aunque sienta miedo, llena de confianza diré: “Gracias, Señor, porque en este camino me llevas a la vida”.

¡Qué encuentro tan humano, querido amigo, y tan profundo! ¡Qué encuentro! Conviene que muramos para ser glorificados. Y este encuentro es un encuentro consolador, lleno de esperanza y lleno de vida. Y aunque vivamos todo esto, tenemos que estar tranquilos en los brazos de Dios Padre. Bien, hoy Jesús nos pide una reflexión profunda sobre mis muertes para que yo dé vida; me pide una reflexión profunda sobre mis miedos: ¿qué miedos tengo? ¿A qué? ¿Al futuro? ¿A la falta de ilusión? ¿A la falta de fuerzas? ¿A qué? Hoy Jesús me dice: “Mírame a mí, que Yo soy levantado sobre la tierra y todo lo atraeré. No tengas miedo. No tengas miedo. Y aprende a morir, como Yo. Porque si te amas, te perderás, estarás en ti y tu vida será vacía y no tendrá nada. ¿Y qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”.

Bien, terminamos este encuentro, y en estos momentos me viene al recuerdo una canción muy conocida y que a mí me gusta muchas veces repetirla: “Si yo confío en el Señor, ¿a quién temeré? / Si yo confío en ti, nada me va a faltar / Si yo confío en el Señor, nada me falla”. Terminamos esto agarrados a este Jesús para que nos lleve de la mano y nos lleve… y nos haga que nunca perdamos sus pisadas. Y que aprendamos, como Él, a morir, pero para dar fruto, para dar gloria, para ser luz, para ser fuerza, para crecer en Él, para perdernos a nosotros y ser una espiga profunda, bonita, alegre, vital, llena de vida, como es la glorificación, como es la gloria de Dios, como es una vida llena de ilusión, de esperanza y de amor. Repito en mi interior: “Si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto” y “Te he glorificado. No temas, te glorificaré”. En ti espero y nunca jamás seré confundido.

Francisca Sierra Gómez

II Vísperas – Domingo V de Cuaresma

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: OH BONDADOSO CREADOR.

Oh bondadoso Creador, escucha
la voz de nuestras súplicas y el llanto
que, mientras dura el sacrosanto ayuno
de estos cuarenta días, derramamos.

A ti, que escrutas nuestros corazones
y que conoces todas sus flaquezas,
nos dirigimos para suplicarte
la gracia celestial de tu indulgencia.

Mucho ha sido, en verdad, lo que pecamos,
pero estamos, al fin, arrepentidos,
y te pedimos, por tu excelso nombre,
que nos cures los males que sufrimos.

Haz que, contigo ya reconciliados,
podamos dominar a nuestros cuerpos,
y, llenos de tu amor y de tu gracia,
no pequen más los corazones nuestros.

Oh Trinidad Santísima, concédenos,
oh simplicísima Unidad, otórganos
que los efectos de la penitencia
de estos días nos sean provechosos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Así como fue levantada en alto la serpiente en el desierto, así deberá ser levantado en alto el Hijo del hombre.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Así como fue levantada en alto la serpiente en el desierto, así deberá ser levantado en alto el Hijo del hombre.

Ant 2. El Señor de los ejércitos es protección liberadora, rescate salvador.

Salmo 113 A – ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO; LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor de los ejércitos es protección liberadora, rescate salvador.

Ant 3. Él fue herido por nuestras rebeldías, triturado por nuestros crímenes, por sus llagas hemos sido curados.

Cántico: PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO, SIERVO DE DIOS 1Pe 2, 21b-24

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

El no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
cuando le insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Él fue herido por nuestras rebeldías, triturado por nuestros crímenes, por sus llagas hemos sido curados.

LECTURA BREVE   Hch 13, 26-30a

Hermanos, a vosotros envía Dios este mensaje de salvación. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, pero, al condenarlo a muerte, dieron cumplimiento a las palabras de los profetas que se leen cada sábado. Y, a pesar de que no encontraron en él causa alguna digna de muerte, pidieron a Pilato que lo hiciera morir. Una vez que cumplieron todo lo que de él estaba escrito, lo bajaron de la cruz y lo depositaron en un sepulcro. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos.

RESPONSORIO BREVE

V. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.
R. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.

V. Cristo, oye los ruegos de los que te suplicamos.
R. Porque hemos pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cuando sea yo levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando sea yo levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí

PRECES

Demos gloria y alabanza a Dios Padre que, por medio de su Hijo, la Palabra encarnada, nos hace renacer de un germen incorruptible y eterno, y supliquémosle, diciendo:

Señor, ten piedad de tu pueblo.

Escucha, Dios de misericordia, la oración que te presentamos en favor de tu pueblo
y concede a tus fieles desear tu palabra más que el alimento del cuerpo.

Enséñanos a amar de verdad y sin discriminación a nuestros hermanos y a los hombres de todas las razas,
y a trabajar por su bien y por la concordia mutua.

Pon tus ojos en los catecúmenos que se preparan para el bautismo
y haz de ellos piedras vivas y templo espiritual en tu honor.

Tú que por la predicación de Jonás exhortaste a los ninivitas a la penitencia,
haz que tu palabra llame a los pecadores a la conversión.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los moribundos esperen confiadamente el encuentro con Cristo, su juez,
y gocen eternamente de tu presencia.

Unidos fraternalmente, dirijamos al Padre nuestra oración común:

Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que enciendas nuestros corazones en aquel mismo amor con que tu Hijo ama al mundo y que lo impulsó a entregarse a la muerte por salvarlo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Domingo V de Cuaresma

El texto de Jeremías que acabamos de escuchar en la primera lectura de la Misa es sin duda alguna uno de los textos más bellos de la Biblia sobre la conversión. En primer lugar nos describe a ésta, no como un simple cambio de comportamiento, o como la substitución de un ”ego” por otro “ego”, sino como un cambio profundo del corazón Y por este cambio de corazón es preciso entender no tan sólo un corazón más puro, un corazón que desee cosas más bellas., sino más bien un corazón que de tal manera se halla impregnado del Espíritu de Dios que desee espontáneamente cuanto desea Dios mismo. “Pondré mi Ley en lo más profundo de ellos, la inscribiré en su corazón…Ya no será preciso que se vean mutuamente instruidos…Todos, en efecto, me conocerán, desde los más pequeños hasta los mayores”.

Se trata de una obediencia “radical” a Dios. Radical, toda vez que es la obediencia a partir de la raíz (radix) misma de nuestro ser.

Ahora bien ¿cómo realiza Dios este cambio? ¿Cómo nos enseña su Ley? ¿Cómo llegamos nosotros a aprender la obediencia? – No hay otro camino que el que nos ha enseñado Cristo, el camino que Él mismo ha utilizado.

La Carta a los Hebreos nos habla de sus oraciones “con un gran grito y entre lágrimas”, a lo que añade que”…ha aprendido la obediencia por los sufrimientos de su pasión”. ¿No hemos nosotros mismos la experiencia de que las cosas más importantes de la vida se aprenden por el sufrimiento más bien que por toda una vida de estudio? El texto añade asimismo que Cristo se ha convertido en fuente de salvación para cuantos le obedecen. Nos vemos, pues, llamados a obedecerle, de la misma manera que ha obedecido Él al Padre, de la misma manera tan radical, es decir por una puesta radical de todo nuestro ser en sus manos. Y ¿cómo vamos a aprender nosotros la obediencia si no es como lo ha hecho él mismo, es decir a través del sufrimiento?
De ahí que nos diga en el Evangelio: “Si el grano de trigo caído sobre la tierra no muere, queda sólo, pero si muere, da mucho fruto. Quien ama su vida, la pierde, y quien la pierde en este mundo la guarda para la vida eterna”.

¿Cuál es el sentido de esta pequeña frase enigmática que volvemos a encontrar en determinados lugares del Evangelio (bajo formas ligeramente diferentes): “Quien ama su vida, la pierde; quien pierde su vida en este mundo la salva para la vida eterna”? Salvar su vida quiere decir mantenerse, agarrarse a la vida por miedo a la muerte. Perder la vida significa: ceder, soltarse, aceptar la muerte. Lo paradójico en todo esto es que quien teme la muerte está ya muerto. Y en ese caso, quien no tiene miedo alguno a la muerte, ha comenzado ya a vivir en plenitud. Entonces, ¿por qué puede ser necesario que esté alguien dispuesto a sufrir y a morir? ¿Tiene todo esto algún sentido? La palabra clave en todo esto “compasión” (sufrir con). Lo que quería destruir totalmente Jesús era el sufrimiento y la muerte: el sufrimiento del pobre y del oprimido, el sufrimiento de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte de todas las víctimas de la injusticia. La única manera de destruir el sufrimiento es el renunciar a todos los valores de este siglo…y cargar con sus consecuencias. Sólo la aceptación del sufrimiento puede vencer el sufrimiento en este mundo. La compasión puede destruir el sufrimiento sufriendo con quienes sufren y en nombre suyo. Una simpatía para con el pobre que no estuviera dispuesta a tomar parte en sus sufrimientos no pasaría de ser una emoción estéril. No se puede tomar parte en las bendiciones de los pobres si no se está dispuesto a tomar parte en sus sufrimientos. Y lo mismo puede decirse de la muerte.

He ahí precisamente lo que ha hecho Jesús por nosotros. Es lo que recordaremos en las semanas próximas. Hagamos nuestra en la Eucaristía la fuerza de seguir sus pasos.

A. Veilleux

Gozosa paradoja

Jesús está ya «en capilla». En el plazo de muy pocos días, u horas, será entregado, juzgado, condenado, flagelado, denostado… para terminar cosido con clavos a una cruz, el castigo más ignominioso, reservado tan sólo para ladrones y delincuentes comunes. Por ello, quiere hoy hacer confidentes de su pena a los suyos, necesitado de compresión y compañía. Y les dice: «Me encuentro ahora profundamente turbado… Os aseguro que, si un grano de trigo no cae en tierra y muere, seguirá siendo un único grano. Pero, si muere, producirá fruto abundante. Si alguien quiere servirme, que me siga. Correrá la misma suerte que yo. Y todo el que me sirva será honrado por mi Padre».

El aparente contrasentido que nos propone hoy el Maestro consiste en advertirnos que a la vida, a la plenitud, a la felicidad total, solamente se llega superando la prueba de la muerte, de las adversidades, del anonimato, del dolor. Como el grano de trigo que, «si no cae en tierra y muere, seguirá siendo un único grano; pero, si muere, producirá fruto abundante». Jesús, a lo largo de sus tres años de predicación, insiste repetidas veces en la exigencia de que demos fruto; no se contenta con sentimentalismos efusivos ni con suspiros espirituales emitidos en el sofá de nuestra tranquilidad inerte. Como reza el refranero popular, «obras son amores, que no buenas razones».

Si paseamos nuestros ojos por el amplio panorama de la sociedad, observaremos que, en el escenario de la vida, encontramos muchos ejemplos de que a la alegría le precede la pena; o dicho de otro modo, que, como resultado de un proceso doloroso, se obtienen maravillas de valor inestimable. Por ejemplo, el nacimiento de una criatura viene precedido por los dolores de parto; afrontar con éxito una carrera universitaria requiere muchas horas de estudio y la situación desagradable de los exámenes; el ganar trofeos en cualquier competición, los deportistas lo atribuyen exclusivamente al esfuerzo y la constancia… En definitiva, que casi siempre, la alegría merece la pena.

Ya en el Salmo 125 el autor sagrado, al referir la alegría que el pueblo experimentó al ser liberado por Dios de un doloroso cautiverio, afirmaba: «Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares». Y añadía luego: «Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas»… Y en la escena evangélica de hoy, el constatar que la fuerza de un grano, muerto y enterrado, es capaz de dar fruto abundante, me sugiere el efecto multiplicador que una sola obra buena posee en favor de los demás.

Me atrevo a deducir que Dios nos quiere sencillos y humildes y, a la vez, valientes y tenaces, preparados para cualquier evento que requiera nuestro esfuerzo, nuestra colaboración y nuestro sacrificio. Dios desea vernos ligeros de equipaje, dóciles a su mensaje y sacrificados, dispuestos a gastarnos y desgastarnos por la implantación del Reino en nuestras vidas y en nuestra sociedad. Me da la impresión de que pretende lograr en nosotros una especie de metamorfosis, de suerte que nos convirtamos en diminutos granos de trigo buceando bajo tierra a fin de que produzcamos fruto abundante. Es la forma más elegante que tenemos de agradar a Dios.

Quisiera dar fin a esta sencilla reflexión de hoy reproduciendo las palabras con que un gran amigo mío concluía su articulo periodístico dedicado a «la donación de órganos». Terminaba así: «La vida se merece dándola».

Pedro Mari Zalbide

Domingo V de Cuaresma

Nunca insistiremos bastante en que el Padre no quiere que sus hijos sufran. Hay que insistir en esto porque se ha insistido demasiado en la imagen horrenda del «dios vampiro», que necesita sangre dolor y muerte para perdonar a sus hijos. «Con frecuencia decimos de Dios cosas que no diríamos de ninguna persona decente» (T. De Mello).

El grano de trigo tiene que morir porque solo así puede dar fruto. Dios no quiere la muerte, sino el fruto, es decir, la vida.Pero, en este mundo, todo el que se pone de parte de la vida, y de los derechos de la vida, si es que hace eso en serio, tendrá que pasar por situaciones que se parecen mucho a la muerte o que incluso terminan en la muerte.

Es humano sentir miedo ante la muerte. Jesús pasó por esa experiencia. Por eso se comprende su oración: Padre, líbrame de esta hora. Así lo pidió a gritos y con lágrimas (Hb 5, 7). Pero superó tal angustia por la fuerza que le daba el Padre y porque sabía que así, con esa libertad y esa fortaleza, se expulsa del mundo al «Príncipe» del «orden» presente, que es el asombroso «desorden» que genera tanta violencia.

José María Castillo

Spe Salvi – Benedicto XVI

46. No obstante, según nuestra experiencia, ni lo uno ni lo otro son el caso normal de la existencia humana. En gran parte de los hombres –eso podemos suponer– queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed y que, a pesar de todo, rebrota una vez más desde el fondo de la inmundicia y está presente en el alma. ¿Qué sucede con estas personas cuando comparecen ante el Juez? Toda la suciedad que ha acumulado en su vida, ¿se hará de repente irrelevante? O, ¿qué otra cosa podría ocurrir? San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, nos da una idea del efecto diverso del juicio de Dios sobre el hombre, según sus condiciones. Lo hace con imágenes que quieren expresar de algún modo lo invisible, sin que podamos traducir estas imágenes en conceptos, simplemente porque no podemos asomarnos a lo que hay más allá de la muerte ni tenemos experiencia alguna de ello. Pablo dice sobre la existencia cristiana, ante todo, que ésta está construida sobre un fundamento común: Jesucristo. Éste es un fundamento que resiste. Si hemos permanecido firmes sobre este fundamento y hemos construido sobre él nuestra vida, sabemos que este fundamento no se nos puede quitar ni siquiera en la muerte. Y continúa: « Encima de este cimiento edifican con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno o paja. Lo que ha hecho cada uno saldrá a la luz; el día del juicio lo manifestará, porque ese día despuntará con fuego y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada construcción. Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa, mientras que aquel cuya obra quede abrasada sufrirá el daño. No obstante, él quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego » (3,12-15). En todo caso, en este texto se muestra con nitidez que la salvación de los hombres puede tener diversas formas; que algunas de las cosas construidas pueden consumirse totalmente; que para salvarse es necesario atravesar el « fuego » en primera persona para llegar a ser definitivamente capaces de Dios y poder tomar parte en la mesa del banquete nupcial eterno.

Lectio Divina – 18 de marzo

Lectio: Domingo, 18 Marzo, 2018

Queremos ver a Jesús
Juan 12, 20-33

1. Oración inicial

Escucha, ¡oh Padre! nuestra súplica: te pedimos que envíes tu Espíritu con abundancia, para que sepamos escuchar tu voz que proclama la gloria de tu Hijo que se ofrece para nuestra salvación. Haz que de esta escucha atenta y comprometida, sepamos hacer germinar en nosotros una nueva esperanza para seguir a nuestro Maestro y Redentor con total disponibilidad, aún en los momentos difíciles y obscuros. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

2. Lectura

a) El contexto:

Estamos al final del «libro de los signos», que es la clave interpretativa que usa Juan en su Evangelio y ya se está perfilando el encuentro mortal entre la clase dirigente y Jesús. Este pasaje es como un broche entre lo que hasta ahora Juan ha contado y se concluye con esta aparición de las «gentes» (señalados por estos «griegos») y lo que está por suceder. Los próximos sucesos Juan los subdivide en dos ámbitos. El primer ámbito es el diálogo con sólo los discípulos, en el contexto de la cena pascual (cc 13-17); el otro ámbito será la escena pública de la pasión y después la aparición del resucitado (cc 18-21).
Este episodio, quizás no es del todo real: quiere señalar que la apertura a las gentes ha comenzado ya con Jesús mismo. No se trata tanto de andar a convencer a los otros de cualquier cosa, sino de acoger ante todo su búsqueda y llevarla a la madurez. Y esta madurez no llega sino con la colaboración de los otros y con un diálogo con Jesús. No se dice si Jesús ha hablado a estos griegos: el texto parece abreviar la narración, haciendo llevar pronto a la evidencia a qué «tipo» de Jesús se deben acercar aquéllos que lo buscan. Se trata del Jesús que ofrece la vida, que da frutos a través de la muerte. No, por tato, un Jesús «filósofo», «sabio»; sino ante todo aquél que no está atado a la propia vida, sino que la ha dado y se ha puesto al servicio de la vida de todos.
Los versículos 27-33, que manifiestan la angustia y la turbación de Jesús frente a la muerte inminente, se llaman también «el Getsemaní del IV Evangelio» en paralelo con la narración de los Sinópticos sobre la vigilia dolorosa de Jesús en el Getsemaní: Como sucede con el trigo: sólo quebrantádose y muriendo puede liberar toda su vitalidad; así muriendo Jesús mostrará todo su amor que da vida. La historia de la semilla es la historia de Jesús, y de todo discípulo que quiere servirlo y tener vida en Él.

b) El texto

20 Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. 21 Éstos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús.» 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. 23 Jesús les respondió: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre. 24 En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. 25 El que ama Juan 12, 20-33su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. 26 Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. 27 Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! 28 Padre, glorifica tu Nombre». Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré».
29 La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.» 30 Jesús respondió: «No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. 31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será derribado. 32 Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.» 33 Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.

3. Un momento de silencio orante

para releer el texto con el corazón y reconocer a través de las frases y de la estructura la presencia del misterio del Dios viviente.

4. Algunas preguntas

para recoger del texto los núcleos importantes y comenzar a asimilarlos.

a) Felipe y Andrés ¿por qué han sido interpelados precisamente ellos?
b) ¿Qué buscaban verdaderamente estos «griegos»?
c) ¿Recibimos también nosotros a veces preguntas semejantes sobre la fe, la Iglesia, la vida cristiana?
d) No parece que Jesús se haya encontrado con estos «griegos»; pero ha confirmado su próxima «hora»: ¿por qué ha hablado de esta manera?
e) ¿Quería Jesús que respondiesen con fórmulas? ¿O más bien con testimonios?

5. Algunos profundizaciones en la lectura

«Señor, queremos ver a Jesús»

Se trata de una pregunta que hacen algunos «griegos» a Felipe. De ellos se dice que » subían a adorar en la fiesta». Probablemente son aquellos «timoratos de Dios» de los que se habla con frecuencia en los textos neotestamentarios; simpatizantes de la religión hebrea, aunque sin ser verdaderos judíos. Pudieran también ser de origen sólo siro fenicio, como indica con la misma palabra Marcos (7,26), cuando habla de la mujer que pedía la curación de su hija. En la petición de ellos podemos encontrar solo curiosidad por acercarse a un personaje famoso y discutido. Pero el contexto en el que nos lo presenta Juan, esta búsqueda señala por el contrario que buscaban de verdad, con corazón abierto. Tanto es así que ellos son presentados tan pronto como se ha dicho: «Ya véis que todo el mundo se va en pos de Él» (Jn 12,19)
Y luego la noticia es comentada por Jesús como el «llegar la hora del Hijo del hombre». El hecho de que se hayan dirigido a Felipe, y éste los envíe a Andrés, es debido al hecho de que los dos eran de Betsaida, una ciudad donde la gente estaba mezclada, y se necesitaba entenderse en varios idiomas. Los dos personajes representan de todos modos dos sensibilidades: Felipe es más tradicionalista (como se ve por su frase después de haber conocido a Jesús (Jn 1, 45): mientras que Andrés, que ya había participado en el movimiento de Juan Bautista, era de carácter más abierto a lo nuevo (cfr Jn 1, 41). Para indicar que la comunidad que se abre a los paganos, que acoge la solicitud de quien busca con corazón curioso, es acogida por una comunidad que vive en su variedad de sensibilidades.

«Si el grano de trigo no cae en tierra…»

La respuesta de Jesús parece menos interesada a los griegos, que deseaban verlo, y más orientada hacia todos, discípulos y griegos. Él ve abrirse las fronteras, siente la tumultuosa adhesión de las gentes; pero quiere llamar la atención que esta fama que le rodea, esta «gloria» que quisieran conocer de cerca, es de otro género de aquélla que ellos quizás se esperaban. Se trata de una vida que está por ser destruida, de una «palabra» que viene silenciada, quebrantada hasta la muerte, sepultada en las entrañas del odio y de la tierra, para hacerla desaparecer. Y en vez de ver una gloria al estilo humano, están delante de una «gloria» que se desvela a través del sufrimiento y la muerte.
Vale para ellos, pero vale también para toda comunidad cristiana que quiere abrirse a «los griegos»: debe «consultar» con el Señor, o sea, debe estar en contacto con este rostro, con esta muerte por la vida, debe dar la propia contemplación del misterio y no sólo aportar nociones. Debe vivir el verdadero despojo de las seguridades y de las gratificaciones humanas, para poder servir al Señor y recibir, también él, honor del Padre. El apego a la propia vida y a la sabiduría humana – y en el mundo griego éstos eran valores fuertes – es el verdadero obstáculo al verdadero «conocimiento de Jesús». Servir al nombre del Señor, acoger la solicitud de quien «lo busca», llevar a Jesús a estos buscadores, pero sin vivir el estilo del Señor, sin dar sobre todo testimonio de compartir la misma elección de vida, el mismo don de la vida, no sirve para nada.

«Ahora mi alma está turbada»

Esta «agitación» de Jesús es un elemento muy interesante. No es fácil sufrir, la carne se rebela, la inclinación natural te hace huir del sufrimiento. También Jesús ha sentido esta repugnancia, ha sentido horror, delante de una muerte que se perfilaba dolorosa y humillante. En su pregunta «¿qué voy a decir?», podemos sentir este escalofrío, este miedo, esta tentación de sustraerse a una muerte semejante. Juan coloca este momento difícil antes de la última cena; los sinópticos, por el contrario, lo colocan en la oración del Getsemaní, antes de la captura (Mc 14, 32-42; Mt 26, 36-46; Lc 22, 39-46). En todo caso, todos está concordes en subrayar en Jesús este temblor y fatiga, que lo asemeja a nosotros, frágil, lleno de miedo.
Pero Él afronta esta angustia «confiándose» al Padre, reclamando para sí mismo que este es su proyecto, que toda su vida tiende precisamente a esta hora, que se revela y se asume. El tema de la hora – lo sabemos bien – es muy importante para Juan: véase la primera afirmación en las bodas de Caná (Jn 2,4) y luego más frecuentemente (Jn 4, 21; 7,6.8.30; 8,20; 11,9; 13,1; 17;1). Se trata, no sólo de un tiempo puntual, cuanto de una circunstancia decisiva, hacia la cuál todo se orienta.

«Atraeré a todos hacia mi»

Puesto fuera de la violencia homicida de la que se sentía amenazado, esta suspensión de la cruz se convierte en una verdadera entronización, o sea, una colocación buena en vista de aquél que es para todos salvación y bendición. De la violencia que lo quería marginar y quitar del medio, se pasa a la fuerza centrípeta ejercida por aquella imagen del entronizado. Se trata de «un atraer» que se engendra no por curiosidad, sino por amor; será suscitador de discipulado, de adhesión en todos aquéllos que sabrán andar más allá del hecho físico, y verán en Él la gratuidad hecha totalidad. No será la muerte ignominiosa la que alejará, sino que se convertirá en fuente de atracción misteriosa, gramática que abre nuevos sentidos por la vida. Una vida entregada que genera vida; una vida sacrificada que genera esperanza y nueva solidaridad, nueva comunión, nueva libertad.

6. Salmo 125

Cuando Yahvé repatrió a los cautivos de Sión,
nos parecía estar soñando;
entonces se llenó de risas nuestra boca,
nuestros labios de gritos de alegría.
Los paganos decían: ¡Grandes cosas
ha hecho Yahvé en su favor!
¡Sí, grandes cosas ha hecho por nosotros
Yahvé, y estamos alegres!

¡Recoge, Yahvé, a nuestros cautivos,
sean como torrentes del Negueb!
Los que van sembrando con lágrimas
cosechan entre gritos de júbilo.

Al ir, van llorando,
llevando la semilla;
y vuelven cantando,
trayendo sus gavillas.

7. Oración final

¡Señor Dios nuestro!, aparta a los discípulos de tu Hijo de los caminos fáciles de la popularidad, de la gloria a poco precio, y llévalos sobre los caminos de los pobres y de los afligidos de la tierra, para que sepan reconocer en sus rostros el rostro del Maestro y Redentor. Da ojos para ver los senderos posibles a la justicia y a la solidaridad; oídos para escuchar las peticiones de salvación y salud de tantos que buscan como a tientas; enriquece sus corazones de fidelidad generosa y de delicadeza y comprensión para que se hagan compañeros de camino y testimonios verdaderos y sinceros de la gloria que resplandece en el crucificado, resucitado y victorioso. Él vive y reina glorioso contigo, oh Padre, por los siglos de los siglos.

¡Mira, quién se ve!

Agradable retorno

No he podido por menos de lanzar un ¡oh! de satisfacción. ¡Finalmente ha vuelto! Se palpaba su falta, y lo esperaba desde hacía tanto tiempo… Estaba seguro de que, más tarde o más temprano, sería llamado a servicio.

El párroco, el domingo, lo ha acogido con todos los honores y nos lo ha presentado haciéndole un montón de elogios. La ocasión fue propiciada por esa frase de la Carta a los hebreos en la que se dice que «Cristo aprendió, sufriendo, a obedecer». Pero también por la imagen evangélica del grano de trigo que tiene que morir bajo tierra si quiere producir «mucho fruto».

Después de estos preámbulos, el cura no ha dudado en desempolvar una palabra que parecía desaparecida del vocabulario religioso: sacrificio. Por muy paradójico que pueda parecer, ha sido una sorpresa verdaderamente alegre y una escucha -al menos por lo que a mí se refiere- agradabilísima. Si la señorita Margarita todavía estuviese entre nosotros, habría salido con una expresión suya característica: «Una verdadera gozada».

No me gustan los aplausos en la iglesia, es más, no los soporto, y mucho menos con ocasión de un funeral. Pero el domingo me hubiera gustado aplaudir porque había que festejar la resurrección de una palabra que parecía definitivamente sepultada, sin muchas lamentaciones, pero que había sido llamada de nuevo a la vida, o mejor al servicio, con la convicción de que aún pueda dar «mucho fruto».

Intento reproducir lo sustancial de la homilía de nuestro párroco, mezclando también mis consideraciones personales (no creo que le siente mal; en el fondo él ha sido quien ha estimulado estos pensamientos míos).

Existía una vez…

Sí, existía una vez el sacrificio… No, había algo mejor: el adiestramiento al sacrificio, la familiaridad con el sacrificio, la frecuentación habitual con el sacrificio.

Al sacrificio no se le consideraba un intruso, un importuno fastidioso, un odioso recaudador de tributos que se llaman cansancio, sudor, renuncias, seriedad, tiempo, soledad, sueño, dificultades, obstáculos, contrariedades, durezas, incomodidades, incomprensiones.

Al contrario, se aceptaba el sacrificio como un precioso, necesario, fiable aliado para conseguir determinados objetivos en la vida. No era posible «llegar» sin sacrificio. Diría que no gustaba obtener resultados si faltaba este ingrediente fundamental.

Hoy todavía el sacrificio se presenta, a lo largo de todas las carreteras, para cobrar sus peajes ineludibles, para ofrecer su compañía insustituible. Pero se prefiere ignorarlo, esquivarlo, como si fuese un apestado. Con tal de evitarlo, se embocan precipitadamente peligrosos atajos de facilidad.

Más que recurrir a sus servicios, muchos individuos prefieren confiarse a miserables astucias, trucos, enredos, engaños; prefieren las amistades, recomendaciones y conocimientos; se dirigen a quien está dispuesto a «facilitar» el camino. Mientras que él, el sacrificio, no ofrece facilidades, no concede descuentos. Lo que quiere lo quiere. Hasta el último céntimo. Es más, se empeña en subir el precio, añade siempre algún gasto suplementario, imprevisto.

Su escuela es severa, exigente. Allí se practican ejercicios bastante duros que ayudan a robustecer la espina dorsal de las personas.

Gran parte de la publicidad ofrece alternativas atractivas respecto al sacrificio y a sus lecciones indigestas. El mercado, al mismo tiempo que presenta productos para eliminar los malos olores, las arrugas, las hormigas, los mosquitos, exhibe también no sólo ventajosos sucedáneos del sacrificio, a precios irrisorios, sino hasta armas milagrosas que lo echan fuera silenciosamente, de una manera elegante, indolora.

La convivencia con el sacrificio se considera escasamente atrayente, de mal gusto, o incluso imposible. El sacrificio, además de ser poco apetecible, es visto como enemigo de la alegría, impedimento, obstáculo en el camino del éxito.

El progreso ofrece una vasta gama de comodidades. Y, cuanto más avanza el progreso, cuanto más se difunde el bienestar, menos espacio queda para el espíritu de sacrificio. «Abusivismo»

Hoy arrecia lo abusivo. Muchas construcciones se levantan de prisa, sin ni siquiera hacerlo con excesiva clandestinidad, es más, hasta lo hacen con ostentación, sin respetar el regular papeleo del esfuerzo, del trabajo diligente, de la entrega apasionada, del compromiso personal.

Estas construcciones, además de resultar abusivas, aparecen postizas, sin cimientos, frágiles, inconsistentes. La brillantez no puede sustituir a la solidez. El barniz no esconde las grietas, mejor dicho, las hace más visibles. A mi parecer, hay que reencontrar la normalidad del sacrificio. Sí, porque el sacrificio no es algo excepcional. Es la regla, la ley para todo lo que de hermoso, de bueno, de verdadero, de válido, se pretende realizar en la vida. Y no es posible ni siquiera hacer algo útil en favor de los demás si uno no pasa por el banco del sacrificio para pagar el correspondiente peaje.

Yo tengo la suerte de poder acercarme a un centenar de ancianos en una confortable casa que los hospeda. Cada día tengo ocasión de escuchar sus relatos, con un sentimiento de estupor y casi de turbación. Historias de sacrificios inauditos, fatigas inenarrables, trabajo duro. Ningún regalo, y no hablemos de favoritismos. Cada cosa conseguida gota a gota, trozo a trozo, día tras día (comprendida alguna hora robada a la noche). Sueños modestos, pequeñas metas conseguidas después de decenios de privaciones y ahorros. Todo limpio, transparente, simple.
Pues bien, si hay un sufrimiento que estos viejos advierten de una manera aguda es la de ver a sus hijos y nietos que tienen unos «éxitos» fulminantes en la vida (concedido que se puedan definir como éxitos la posibilidad de cambiar de coche cada diez meses, pasar las vacaciones en lugares exóticos, dar a los hijos regalos costosos incluso por el más modesto resultado en el colegio). Uno de ellos se me confiaba así el otro día:

«Tendría que estar contento por ellos, casi orgulloso, pero no lo consigo de ninguna manera, es más, me entra una pesadumbre que ni decir tiene. Tengo miedo a esta felicidad que brota de improviso como una seta, sin raíces, sin una maduración lenta en el terreno de la espera y del sufrimiento. No, no digo que ese dinero fácil haya sido robado, por favor, ni siquiera quiero pensarlo. Pero lo que me hace sospechar es esa alegría, porque da la impresión de ser una alegría no merecida, no pagada, y que por tanto no puede ser saboreada hasta el fondo porque es postiza, artificial.

Mire que yo no me quejo del alto precio -sudor y lágrimas- que personalmente, a diferencia de ellos, he tenido que pagar. Y ni siquiera les envidio.

Nuestro camino era largo, interminable, parecía que nunca se iba a acabar, y quién sabe por qué siempre cuesta arriba. El de ellos es rápido y además de bajada. Pero tienen el peligro de romperse el cuello, mientras que nosotros hemos reforzado la espalda».

Saco yo las conclusiones de este desahogo: la verdadera felicidad nunca está al alcance de la mano. La felicidad «está al alcance del sacrificio».

Todavía tengo que precisar una cosa, a propósito de costes. El precio del sacrificio es lo único que indica el valor real de una cosa y, por tanto, lo que permite apreciarla, gozarla de verdad, hacerla propia. En efecto, el dinero no es lo que garantiza la propiedad; una cosa poseída exclusivamente gracias al dinero, no es mía; el único título de posesión válido es el representado por el sacrificio.

El sacrificio es el precio que paga la persona, y de ninguna manera puede delegarse en la cartera.

Esas consideraciones mías, desarrolladas sólo desde un plano humano, me parece que son también válidas por lo que se refiere a la dimensión de la fe. Un cristianismo sin sacrificio es un contrasentido.

¿Funcionamiento o vida?

Lástima que no haya habido tiempo para desarrollar el tema de la «alianza nueva» de que habla Jeremías. Y para decir que sacrificio e interioridad son dos temas que van a la par, se armonizan perfectamente.

«Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones… Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo…».

¡Cuántos pensamientos molestos bullían en mi cabeza! Tengo la impresión de que algunos pastores nuestros se han quedado atascados en la alianza anterior, y no han entrado aún en el espíritu de la nueva. ¿Cuándo se decidirán a construir al creyente desde dentro? ¿cuándo caerán en la cuenta de que hay que partir de dentro y no de la fachada? ¿cuándo tomarán conciencia de que los comportamientos prácticos vienen después y son la consecuencia de convicciones profundas?

¿Cuándo se preocuparán de verdad de formar las conciencias y de solicitar opciones personales? ¿cuándo entenderán que más que dar instrucciones para el funcionamiento, es oportuno responsabilizar a las personas?

Pero me doy cuenta de que son pensamientos que llevarían muy lejos.

De todos modos, hay que dar las gracias al predicador por haber traído de nuevo a la iglesia esa palabra de la que casi se había perdido el rastro. Ha sido un bonito regalo cuaresmal. Y hay que esperar que nadie lo deje olvidado en los bancos, sino que se lo lleve a casa, donde puede volver a hacer óptimos servicios.

A. Pronzato

¿Dónde le veremos mejor?

Cuando vamos a comprar entradas para un espectáculo, o queremos ver una cabalgata, un desfile, unos fuegos artificiales… procuramos averiguar desde dónde lo veremos mejor, para situarnos, si podemos, en el lugar más adecuado para no perdernos ningún detalle. Desde otras posiciones también se podría ver lo que queremos, pero no tan bien. Por eso, si podemos elegir, nos quedamos con el mejor lugar. En estos días cercanos a la Semana Santa, muchas personas también piensan desde dónde verán mejor las procesiones, y procuran ir con antelación para ocupar el sitio, o incluso alquilan sillas o balcones para tener una buena visión de los tronos y cofradías.

En el Evangelio hemos escuchado que algunos griegos, acercándose a Felipe, le rogaban: Señor, queremos ver a Jesús. Este quinto domingo de Cuaresma nos sitúa ya a las puertas de la Semana Santa, y nosotros deberíamos hacer nuestra esa petición: “Queremos ver a Jesús”. No queremos simplemente ver las procesiones, las imágenes… lo que queremos es verle a Él, a Quien esas imágenes representan.
Y la Palabra de Dios en este Domingo nos da algunas pistas para que encontremos el mejor lugar para ver a Jesús sin perdernos detalle. Porque la Semana Santa podemos verla desde diferentes perspectivas (turismo, tradición, folclore, sentimiento…) pero la perspectiva adecuada es la de la fe, porque sólo desde la fe tiene sentido la Pasión de Jesús y toda la Semana Santa.

Así, la 1ª lectura nos invita a ver la Semana Santa como el cumplimiento de la promesa hecha por Dios y que anunció Jeremías: Mirad que llegan días en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva. La alianza es el término bíblico para expresar la acción de Dios con toda la humanidad, representada en su pueblo: yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Aunque la alianza incluye unas estipulaciones que comprometen a las partes, no debemos verla sólo como un simple contrato con unas cláusulas, sino como una expresión del amor de Dios hacia su pueblo. Pues bien, sólo desde la fe veremos mejor a Jesús como la rúbrica de Dios en esa alianza nueva y eterna, que establece con nosotros por medio de Su sangre derramada por nuestra salvación.

Sólo desde la fe veremos mejor a Jesús tal como lo hemos escuchado en la 2ª lectura: a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Jesús, verdadero hombre, quiso solidarizarse con el sufrimiento humano, y aprenderemos a verle en tantos que hoy, a gritos y con lágrimas, presentan oraciones y súplicas al Padre. Sólo desde la fe veremos mejor que, aunque nos pueda parecer lo contrario, al igual que ocurrió con Jesús, esas oraciones y súplicas no caen en el vacío, sino que también en su angustia son escuchados, porque Él se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Sólo desde la fe veremos mejor la Pasión de Jesús como la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre, la expresión máxima del amor hasta el extremo de Dios hacia el ser humano. Veremos mejor a Jesús como el grano de trigo que si muere da mucho fruto. Veremos mejor que su muerte en cruz no fue un fracaso, sino la siembra de la esperanza y de la vida eterna; veremos mejor que todo lo que se hace por el Reino de Dios, aunque nos cueste la vida, no se pierde ni cae en el vacío. 

¿Cómo me sitúo ante la Semana Santa? ¿Quiero de verdad “ver a Jesús”, o me conformo con estar en algunas celebraciones, mientras disfruto de unos días de descanso y vacaciones? ¿Dónde creo que voy a verle mejor? ¿Tengo presente la Alianza que Dios ha hecho con nosotros, la cumplo? ¿Veo a Cristo en quienes, a gritos y con lágrimas, presentan oraciones y súplicas? ¿Entiendo la Pasión del Señor como su glorificación, como la máxima expresión del amor de Dios?

No desperdiciemos la oportunidad de situarnos en el mejor lugar si de verdad queremos “ver” a Jesús. Y el mejor lugar es ante su Cruz. Ahí veremos que Dios no puede dejar de amarnos, y eso es lo que llena de sentido a nuestra vida. Como el discípulo amado, situémonos junto a la cruz de Jesús para “verle” de verdad, para experimentar su amor, para experimentar la misericordia de Dios, manifestada en la Pasión de su Hijo, que desde la Cruz atrae a todos hacia Él.

Confianza absoluta

Nuestra vida discurre, por lo general, de manera bastante superficial. Pocas veces nos atrevemos a adentrarnos en nosotros mismos. Nos produce una especie de vértigo asomarnos a nuestra interioridad. ¿Quién es ese ser extraño que descubro dentro de mí, lleno de miedos e interrogantes, hambriento de felicidad y harto de problemas, siempre en búsqueda y siempre insatisfecho?

¿Qué postura adoptar al contemplar en nosotros esa mezcla extraña de nobleza y miseria, de grandeza y pequeñez, de finitud e infinitud? Entendemos el desconcierto de san Agustín, que, cuestionado por la muerte de su mejor amigo, se detiene a reflexionar sobre su vida: «Me he convertido en un gran enigma para mí mismo».

Hay una primera postura posible. Se llama resignación, y consiste en contentarnos con lo que somos. Instalarnos en nuestra pequeña vida de cada día y aceptar nuestra finitud. Naturalmente, para ello hemos de acallar cualquier rumor de trascendencia. Cerrar los ojos a toda señal que nos invite a mirar hacia el infinito. Permanecer sordos a toda llamada proveniente del Misterio.

Hay otra actitud posible ante la encrucijada de la vida. La confianza absoluta. Aceptar en nuestra vida la presencia salvadora del Misterio. Abrirnos a ella desde lo más hondo de nuestro ser. Acoger a Dios como raíz y destino de nuestro ser. Creer en la salvación que se nos ofrece.

Solo desde esa confianza plena en Dios Salvador se entienden esas desconcertantes palabras de Jesús: «Quien vive preocupado por su vida la perderá; en cambio, quien no se aferre excesivamente a ella la conservará para la vida eterna». Lo decisivo es abrirnos confiadamente al Misterio de un Dios que es Amor y Bondad insondables. Reconocer y aceptar que somos seres «gravitando en torno a Dios, nuestro Padre. Como decía Paul Tillich, «aceptar ser aceptados por él».

José Antonio Pagola