Vísperas – Solemnidad de San José

SAN JOSE, ESPOSO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA. SOLEMNIDAD

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: ¡OH QUÉ DICHOSO ESTE DÍA!

¡Oh qué dichoso este día
en que José, dulce suerte,
entre Jesús y María
rinde tributo a la muerte!

Tuvo en la tierra su cielo;
por un favor nunca visto,
con la Virgen, su consuelo
fue vivir sirviendo a Cristo.

Ya con suprema leticia
los justos lo aclamarán,
lleva la buena noticia
hasta el seno de Abraham.

Si fue grande la agonía
que sufrió en la encarnación,
será inmensa la alegría
que tendrá en resurrección.

Quiera Dios que en nuestro trance
no nos falte su favor,
y piadoso nos alcance
ver benigno al Redentor.

Que en Jesús, José y María,
gloria de la humanidad,
resplandezca tu armonía,
¡oh indivisa Trinidad! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Hallaron a Jesús en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

Salmo 14 – ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hallaron a Jesús en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

Ant 2. Su madre le dijo a Jesús: «Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos llenos de angustia.»

Salmo 111- FELICIDAD DEL JUSTO

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Su madre le dijo a Jesús: «Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos llenos de angustia.»

Ant 3. Jesús bajó a Nazaret con sus padres, y vivía sumiso a ellos.

Cántico: CANTO DE LOS VENCEDORES Ap 15, 3-4

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús bajó a Nazaret con sus padres, y vivía sumiso a ellos.

LECTURA BREVE   Col 3, 23-24

Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor y no a los hombres: sabiendo bien que recibiréis del Señor en recompensa la herencia. Servid a Cristo Señor.

RESPONSORIO BREVE

V. El justo florecerá como un lirio.
R. El justo florecerá como un lirio.

V. Y se alegrará eternamente ante el señor.
R. Como un lirio.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El justo florecerá como un lirio.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús tenía unos treinta años y era considerado hijo de José.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús tenía unos treinta años y era considerado hijo de José.

PRECES

Acudamos suplicantes a Dios Padre todopoderoso, de quien procede toda la familia del cielo y de la tierra, y digámosle suplicantes:

Padre nuestro que estás en los cielos, escúchanos.

Padre santo, tú que en la aurora del nuevo Testamento revelaste a José el misterio mantenido en silencio desde el origen de los siglos,
ayúdanos a conocer cada vez mejor a tu Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Padre celestial, tú que alimentas las aves del cielo y vistes la hierba del campo,
concede a todos los hombres el pan de cada día para su cuerpo y el alimento de la eucaristía para su espíritu.

Creador del universo, tú que entregaste al hombre la obra de tus manos,
haz que los trabajadores puedan disfrutar de manera digna del fruto de su trabajo.

Señor, tú que eres la fuente de toda la justicia y deseas que todos seamos justos,
por intercesión de san José, ayúdanos a agradarte en todo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz, Señor, que los moribundos y los que ya han muerto,
obtengan tu misericordia eterna, por medio de tu Hijo, de María y de san José.

Porque somos miembros de la familia de Dios, nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, que, en los albores del nuevo Testamento, encomendaste a san José los misterios de nuestra salvación, haz que ahora tu Iglesia, sostenida por la intercesión del esposo de María, lleve a su pleno cumplimiento la obra de la salvación de los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 19 de marzo

Lectio: Lunes, 19 Marzo, 2018

José, esposo de María, la Madre de Jesús
Mateo 1,16.18-21.24a

1. LECTIO

a) Oración inicial:

Espíritu que aleteas sobre las aguas,
calma en nosotros las disonancias,
los flujos inquietos, el rumor de las palabras,
los torbellinos de vanidad
y haz surgir en el silencio
la Palabra que nos recrea.

Espíritu que en un suspiro susurras
en nuestro espíritu el nombre del Padre,
ven a reunir todos nuestros deseos,
hazlos crecer en un haz de luz
que sea la respuesta a tu luz,
la Palabra del Nuevo Día.

Espíritu de Dios, savia de amor
del árbol inmenso sobre el que nos injertamos,
que todos nuestros hermanos
nos acompañen como un don,
en el gran Cuerpo donde madura
la Palabra de comunión.

(Fr. Pierre-Yves de Taizé)

b) Lectura del Evangelio: Mateo 1,16-24

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abrahán hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros». Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.

c) Un momento de silencio:

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

El pasaje del evangelio de hoy se toma del primer capítulo de Mateo que forma parte de la sección referente a la concepción, nacimiento e infancia de Jesús. El centro de todo el relato es la persona de Jesús a la que se suman todos los sucesos y las personas mencionadas en la narración.. Se debe tener presente que el Evangelio revela una teología de la historia de Jesús, por eso, al acercarnos a la Palabra de Dios debemos recoger el mensaje escondido bajo los velos de la historia sin perdernos, como sabiamente nos avisa San Pablo, “en las cuestiones tontas”, guardándonos “de las genealogías, de las cuestiones y de las discusiones en torno a la ley, porque son cosas inútiles y vanas”. (Tm 3:9)

Efectivamente, este texto se conecta a la genealogía de Jesús, que Mateo compone con el intento de subrayar la sucesión dinástica de Jesús, el salvador de su pueblo (Mt 1:21). A Jesús le son otorgados todos los derechos hereditarios de la estirpe davídica, de “José, hijo de David” (Mt 1:20; Lc 2:4-5) su padre legal. Para el mundo bíblico y hebraico la paternidad legal bastaba para conferir todos los derechos de la estirpe en cuestión (cf.: la ley del levirato y de la adopción Dt 25:5 ss) Por esto, después del comienzo de la genealogía, a Jesús se le designa como “Cristo hijo de David” (Mt 1:1), esto es, el ungido del Señor hijo de David, con el cual se cumplirán todas las promesas de Dios a David su siervo (2Sam 7:1-16; 2Cr 7:18; 2 Cr 21:7; S 89:30). Por esto Mateo añade al relato de la genealogía y de la concepción de Jesús la profecía de Isaías: “Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había sido dicho por el Señor por medio del profeta: He aquí, que la virgen concebirá y parirá un hijo que será llamado Emmanuel, que significa Dios con nosotros” (Mt 1:21-23 + Is 7:14).

Deteniéndonos, por decirlo así, en la realidad espiritual de la adopción, podemos referirnos al hecho de que el pueblo elegido posee “la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas” porque “ellos son Israelitas y poseen la adopción de hijos” (Rm 9:4). Pero también nosotros, el nuevo pueblo de Dios en Cristo, recibimos la adopción de hijos porque “cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a aquéllos que estaban bajo la ley, para que recibiésemos la adopción de hijos” (Mt 1.21), porque Él es el “Dios con nosotros” (Mt 1:23) que nos hace hijos adoptivos de Dios.

Jesús nace de “María desposada con José” Mt 1:18a) que “se halló en cinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1:18b). Mateo no nos cuenta el relato de la anunciación como lo hace Lucas (Lc 1, 26-38), pero estructura la narración desde el punto de vista de la experiencia de José el hombre justo. La Biblia nos revela que Dios ama a sus justos. Pensamos en Noé “hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos” (Gén 6:9). O en Joás que “hizo lo que era recto a los ojos del Señor” (2Re 12:3).

Una idea constante en la Biblia es el “sueño” como lugar privilegiado donde Dios da a conocer sus proyectos y planes, y algunas veces revela el futuro. Bien conocido son los sueños de Jacob en Betel (Gén 28: 10ss) y los de José su hijo, como también los del coopero y repostero prisioneros en Egipto con él, (Gén 37:5ss; Gén 40:5ss) y los sueños del Faraón que revelaron los futuros años de prosperidad y carestía (Gén 41:1ss).

A José se le aparece “en sueños un ángel del Señor” (Mt 1.20) para revelarle el plan de Dios. En los evangelios de la infancia aparece a menudo el ángel del Señor como mensajero celestial (Mt 1:20.24; 2:13.19; Lc 1:11; 2:9) y también en otras ocasiones esta figura aparece para tranquilizar, revelar el proyecto de Dios, curar, liberar de la esclavitud (cf.: Mt 28:2; Jn 5:4; Act 5:19; 8:26; 12: 7.23). Muchas son las referencias al ángel del Señor también en el Antiguo Testamento, donde originariamente representaba al mismo Señor que cuida y protege a su pueblo siempre acompañándolo de cerca (cf.: Gén 16:7–16; 22:12; 24:7; Éx 3:2; Tb 5:4).

b) Preguntas para orientar la meditación y actualización:

• ¿Qué cosa te ha llamado más la atención en este pasaje evangélico?

• En la clave de lectura hemos ofrecido bastante espacio para algunos términos: adopción, ángel, sueño, justo). ¿Qué sentimientos y pensamientos suscitan en tu corazón? ¿Qué importancia puede tener para tu camino de madurez espiritual?

• ¿Qué piensa que pudiera ser el mensaje central del pasaje evangélico?

3. ORATIO

a) Salmo 92

Es bueno dar gracias a Yahvé,
cantar en tu honor, Altísimo,
publicar tu amor por la mañana
y tu fidelidad por las noches,
con el arpa de diez cuerdas y la lira,
acompañadas del rasgueo de la cítara.
Pues con tus hechos, Yahvé, me alegras,
ante las obras de tus manos grito:
«¡Qué grandes son tus obras, Yahvé,
y qué hondos tus pensamientos!»

El hombre estúpido no entiende,
el insensato no lo comprende.
Aunque broten como hierba los malvados
o florezcan todos los malhechores,
acabarán destruidos para siempre;
¡pero tú eres eternamente excelso!

Mira cómo perecen tus enemigos,
se dispersan todos los malhechores.
Pero me dotas de la fuerza del búfalo,
aceite nuevo derramas sobre mí;
veré la derrota del que me acecha,
escucharé la caída de los malvados.

El justo florece como la palma,
crece como un cedro del Líbano.
Plantados en la Casa de Yahvé,
florecen en los atrios de nuestro Dios.
Todavía en la vejez producen fruto,
siguen llenos de frescura y lozanía,
para anunciar lo recto que es Yahvé:
«Roca mía, en quien no hay falsedad».

b) Momentos dedicados al silencio orante

4. CONTEMPLATIO

La contemplación cristiana del sueño de Dios, del plan que Dios realiza para la historia de la humanidad no produce alienación sino que nos tiene vigilantes y activas las conciencias y nos estimula para afrontar con valor y abnegación las responsabilidades que la vida nos depara.

Te revistes de humildad

En pollino, pequeño y renqueante,
irrumpes en la ciudad de la paz
pasas por delante de los muros que verán  impasibles
cómo se mata al Profeta entre los profetas
TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR

Preámbulo de victoria y, a la vez Señor,
aparente derrota o contradicción:
¿Es así como arrolla el Hijo de Dios?
¿Es así como vence el amor?
TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR

Y, con laureles en las manos,
los que somos menos humildes
cantamos, pregonamos y proclamamos:
¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Paz al mundo! ¡Paz! ¡Paz!
TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR

Y, en nosotros como en los que te aclamaban entonces,
se cumple todo lo que esperábamos de Ti.
Hoy, Señor, bien lo sabes
se mezcla en esta fiesta de la alegría
la vida, y la peregrinación hacia la muerte
el júbilo, y la cruz que se levanta invisible en el monte
nuestro deseo de seguirte
y la cobardía de los que huiremos en la tarde del Jueves
Déjanos acompañarte, Señor
Déjanos subir contigo a la ciudad santa
Déjanos servir como Tú lo haces
TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR

Y, por encima de la multitud de ramos y palmas,
se divisan las horas con más pasión y amor
por ningún hombre, jamás vividas.
Vamos contigo, Señor, hasta el final
Vamos contigo, Jesús, hasta el Calvario
Nos arrancarás de la muerte, con tu muerte
Con tu cruz, nos redimirás
Nos resucitarás, con tu resurrección
TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR
y….te decimos: ¡HOSANNA! ¡HOSANNA!

Domingo de Ramos: identificado con las víctimas

Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.

No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del imperio y con los olvidados por la religión del templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.
En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.
Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.
Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Nos hemos de rebelar contra esa cultura del olvido, que nos permite aislarnos de los crucificados desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una “lejanía” donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.
No nos podemos encerrar en nuestra “sociedad del bienestar”, ignorando a esa otra “sociedad del malestar” en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido muerte. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.
Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si lo miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.
José Antonio Pagola

Spe Salvi – Benedicto XVI

47. Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, « como a través del fuego ». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios. Así se entiende también con toda claridad la compenetración entre justicia y gracia: nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría. Está claro que no podemos calcular con las medidas cronométricas de este mundo la « duración » de este arder que transforma. El « momento » transformador de este encuentro está fuera del alcance del cronometraje terrenal. Es tiempo del corazón, tiempo del « paso » a la comunión con Dios en el Cuerpo de Cristo[39]. El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva para nosotros ante la historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con otra –juicio y gracia– de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación « con temor y temblor » (Fil 2,12). No obstante, la gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro « abogado », parakletos (cf. 1 Jn 2,1).

Homilía (Domingo de Ramos)

ENTREGAR LA VIDA

El relato de la Pasión de Jesús es para escucharlo en silencio y de rodillas; sin palabras humanas que estorben la contemplación y la interpelación de la Cruz. Ella es el juicio de Dios sobre el mundo; divide a los hombres en dos: los de la derecha y los de la izquierda (Mt 25, 33), los que dan la vida por los otros y los que quitan la vida a sus hermanos, los que están clavados en la Cruz y los que crucifican y se mofan de los crucificados. Para ayudar a pronunciar sobre nuestra vida el Juicio salvador de la Cruz de Cristo, vamos a analizar las actitudes de los que arrebatan la vida a los demás y de los que la entregan por sus semejantes.

  1. Descripción de los que quitan la vida a los hombres

En todos nosotros hay un hombre oculto, sanguinario, lleno de egoísmo, que pretende vivir sólo para sí y hace lo posible a fin de que los demás vivan para él. De esta pasión inicua nacen todos los desastres que se producen en las relaciones humanas: «¿Codiciáis y no poseéis? Matáis. ¿Envidiáis y no podéis conseguir? Combatís y hacéis la guerra»

(Sant 4, 2). Hay un modo de matar al otro, ignorándolo, pasando indiferente a su lado, no enterándose tan siquiera de que existe. «No me diste de comer, ni de beber, ni me acogiste, ni me vestiste, ni me visitaste» (Mt 25, 42-43). La necesidad del otro es una llamada que no podemos desoír sin matarlo: «el que tiene bienes de la tierra y no los comparte con el que no los tiene, no ama» (I Jn 3, 17). «Quien ve que su hermano está desnudo y no tiene qué comer y le dice: vete en paz, sin darle nada, no tiene fe» (Sant 2, 15-17).

Nos encontramos realizando a diario acciones negativas agresivas contra los hombres que nos rodean. «El que no ama permanece en la muerte» (I Jn 3, 14). Y la muerte es un poder activo (Rom 5, 12) que se propaga; el que está muerto, siembra la muerte. Por eso, todo el que no ama positivamente, «el que aborrece a su hermano», «es un asesino» (I Jn 3, 15). La sombra de Caín pesa como una maldición sobre las espaldas de la humanidad (I Jn 3, 12).

Esta agresión fratricida se concreta en la Biblia en el «menosprecio del pobre», «el rico os oprime y os arrastra a los tribunales» (Sant 2, 6). Las voces de toaos los profetas se han alzado contra los hombres que viven bien a costa del sudor, la fatiga, la miseria y la sangre de un gran número de personas: «Vuestras manos están llenas de sangre» (Is 1,5; 59, 2-3). El salario no pagado a los obreros (Sant 5, 4), el aplastar las justas reivindicaciones de ¡os débiles (Am 4, 1), el comprar los jueces y gobernantes de la sociedad y aborrecer a los que dicen la verdad (Am 4, 1), el que construye casas preciosas atropellando el derecho de los trabajadores que viven en chabolas (Am 5, 11-12), llevar una vida de despilfarro a costa del hambre y el sueldo de miseria de tantos proletarios (Am 6, 4 ss.), es matar a los hombres.

Matanza humana que se refleja no sólo en las guerras, sino en hechos tan corrientes como la imposibilidad de acercarse con igualdad de oportunidades a la cultura, la negación del derecho de representación y asociación libre, el poder expresar con objetividad y responsabilidad los propios criterios en orden a la edificación del bien común…

El Juicio de la Cruz de Cristo sobre todos los que matan es bien claro: «Apartaros de mí, malditos… Conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25, 41, 45). «Jamás he de olvidar todas sus obras» (Am 8, 7). «Vosotros, ricos, llorad… por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida… el salario que no habéis pagado a los obreros está gritando» (Sant 5, 1-4). «Dios librará al pobre suplicante… de la opresión, d e la violencia; su sangre será preciosa ante sus ojos» (Sal 72, 12-14).

  1. Cristo entrega su vida

En el comienzo de la narración de la Pasión hay un gesto, que la Iglesia ha heredado sobre el sacramento de la Pasión del Señor, lleno de significado. El sentido de la Cruz se nos explica con el signo profético de la institución de la Eucaristía. Cristo en la Cruz es como un «pan partido», como «un Cuerpo entregado» por amor a los demás. Un pan partido para ser compartido por todos; un cuerpo muerto para que los demás encontremos el acceso a la vida (Mt 26, 26). El mismo significado está expresado con la imagen de su «Sangre derramada en el cáliz» de los demás para llenarnos de vida, para remisión de los pecados (Mt 26, 27). Cristo derrama su Sangre frente a aquellos que intentan chupar la sangre de otros; en la Cruz se busca nuestro beneficio desinteresadamente, en contra de aquellos que buscan apoderarse del beneficio ajeno en interés propio.

La Pasión nos muestra bien claro esta tensión de nuestra convivencia en el mundo: Cristo el Justo, es entregado, matado injustamente «por manos de los impíos» (Act 2, 23). El, sin embargo, perdona y muere entregándose libremente (Jn 10, 18). El azotado ofrece su espalda a la tortura a fin de dar la vida, aun por aquellos que le odian (Is 50, 4-7). En la misma muerte de Cristo aparece el juicio de Dios: exaltando al que entrega su vida por los demás (Fil 2, 9) pone en evidencia a los que pretenden barrer de la existencia a los que les estorban. El juicio de la Cruz no es un juicio de condenación, sino un esclarecimiento de la situación y de las actitudes verdaderas del hambre. «Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar, sino para salvar» (Jn 3, 17).

¿Es esta la actitud que nos rige en nuestras relaciones con los demás? ¿Trabajamos y luchamos hasta entregar la vida, para hacer que desaparezcan las situaciones que nos hacen imposible entablar relaciones fraternales?

Ante la Cruz de Jesús hagamos un sincero examen de nuestra vida.

Jesús Burgaleta

Mc 14, 1 – 15, 47 (Evangelio Domingo de Ramos)

Marcos en su Evangelio presenta la figura de Jesús de acuerdo con dos grandes coordenadas.

Una, desarrollada en la primera parte del Evangelio, presenta a Jesús como el Mesías, enviado por Dios a los hombres para anunciarles el Reino (cf. Mc 1,14-8,30); otra, tratada en la segunda parte del Evangelio, presenta a Jesús como el Hijo de Dios que, para cumplir la misión que el Padre le confió, tiene que pasar por la muerte, pero a quien Dios resucitará (cf. Mc 8,31-16,8).

La lectura que hoy se nos propone no es un simple reportaje periodístico de la condena a muerte de un inocente; sino que es, sobre todo, una catequesis destinada a presentar a Jesús como el Hijo de Dios que acepta cumplir el proyecto del Padre, incluso cuando ese proyecto pasa por un destino de cruz.

Marcos pretende que los creyentes, a quienes la catequesis se destina, saquen la conclusión, como el centurión romano que es testigo de la pasión y muerte de Jesús, de que “realmente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Queda así demostrada la tesis de Marcos, que desde el inicio del Evangelio (cf. Mc 1,1) se había propuesto presentar que Jesús, el Mesías, es el Hijo de Dios.

Betania, el cenáculo, Getsemaní, el palacio del sumo sacerdote, el pretorio romano, el Gólgota y el sepulcro son los escenarios donde se desarrolla la acción y donde se va demostrándose la filiación divina de Jesús.

La muerte de Jesús ha de ser entendida en el contexto de lo que fue su vida. Desde muy pronto, Jesús se dio cuenta de que el Padre le llamaba a una misión: anunciar ese mundo nuevo, de justicia, de paz y de amor para todos los hombres.

Para concretizar este proyecto, Jesús pasó por los caminos de Palestina “haciendo el bien” y anunciando la proximidad de un mundo nuevo, de vida, de libertad, de paz y de amor para todos.

Enseñó que Dios era amor y que no excluía a nadie, ni siquiera a los pecadores; enseñó que los leprosos, los paralíticos, los ciegos, no debían ser marginados pues no eran malditos de Dios; enseñó que los pobres y los excluidos eran los preferidos de Dios y aquellos que tenían un corazón más disponible para acoger el “Reino”; y avisó a los “ricos” (los poderosos, los instalados), de que el egoísmo, el orgullo, la autosuficiencia, el individualismo sólo podían conducir a la muerte.

El proyecto liberador de Jesús entró en conflicto, como era previsible, con el ambiente de egoísmo, de deseo, de opresión que dominaba el mundo.

Las autoridades políticas y religiosas se sentían incómodas con la denuncia de Jesús: no estaban dispuestas a renunciar a esos mecanismos que les aseguraban poder, influencia, dominio, privilegios; no estaban dispuestas a arriesgar, a desinstalarse y a aceptar la conversión propuesta por Jesús. Por eso, prenderán a Jesús, le juzgarán, le condenarán y le clavarán en una cruz.

La muerte de Jesús es la consecuencia lógica del anuncio del “Reino”: resultado de las tensiones y resistencias que la propuesta del “Reino” provocó entre los que dominaban el mundo.

Podemos, también, decir que la muerte de Jesús es la culminación de su vida; es la afirmación última, y por tanto más radical y más auténtica (porque fue escrita con sangre) de aquello que Jesús predicó con palabras y con gestos: el amor, la donación total, el servicio.

En la cruz, vemos aparecer al Hombre Nuevo, el prototipo de hombre que ama radicalmente y que hace de su vida un don para todos. Porque ama, este Hombre Nuevo va a asumir como misión la lucha contra el pecado, esto es, contra todas las causas objetivas que generan miedo, injusticia, sufrimiento, explotación y muerte. Así la cruz mantiene el dinamismo de un mundo nuevo, el dinamismo del “Reino”.

El relato de la Pasión, en la versión de Marcos, no difiere substancialmente de las versiones de Mateo y de Lucas; sin embargo, hay algunas coordenadas que Marcos subraya especialmente. De entre ellas destacamos:

1. A lo largo de todo el proceso, Jesús muestra una gran serenidad, una gran dignidad, y una total conformidad con aquello que le está sucediendo.

No se trata de pasividad o de inconsciencia, sino de aceptación serena de un camino que él sabe que pasa por la cruz. Marcos sugiere, de esta forma, que Jesús está perfectamente conforme con el proyecto del Padre y que su voluntad es cumplir fiel e íntegramente el plan de Dios, sin objeciones o resistencias de ningún tipo. Esta “dignidad” de Jesús ante el proceso que las autoridades religiosas y políticas le aplican, es testimoniada en varias escenas:.

Mateo y Lucas ponen a Jesús interpelando directamente a Judas, cuando este le traiciona en el monte de los Olivos (cf. Mt 26,50; Lc 22,48); pero en la narración de Marcos, Jesús se mantiene silencioso y lleno de dignidad ante la traición del discípulo (cf. Mc 14,45-46), sin observaciones o recriminaciones.

Mateo pone a Jesús desautorizando a Pedro cuando este hiere a un siervo del sumo sacerdote cortándole una oreja (cf. Mt 26,52) y, en la narración de Lucas, Jesús pide a los discípulos que dejen actuar a sus secuestradores (cf. Lc 22,51); pero Marcos no ofrece, en el mismo episodio, ninguna reacción de Jesús (cf. Mc 14,47). Marcos solamente indica que la prisión de Jesús acontece para que se cumplan las Escrituras (cf. Mc 14,49).

En el tribunal judío, cuando interrogado por el sumo sacerdote acerca de las acusaciones que le imputaban, Jesús mantiene un silencio solemne y digno (cf. Mc 14,61a), rehusando defenderse de las acusaciones de sus detractores.

2. Una de las tesis fundamentales del Evangelio de Marcos es que Jesús es el Hijo de Dios (cf. Mc1,1). Esta idea también está muy presente, subrayada y desarrollada en el relato de la Pasión:

En el huerto de los Olivos, poco antes de ser apresado, Jesús se dirige a Dios (cf. Mc 14,36) y le llama “Abba” (“papá”). Esta palabra no era usada en las oraciones hebreas como invocación a Dios, sino que era utilizada en la intimidad familiar y expresaba la gran proximidad entre un hijo y su padre. Para la sicología judía hubiera sido una señal de irreverencia usar una palabra tan familiar para dirigirse a Dios. El hecho de que Jesús utilizara esta palabra, revela la comunión que había entre él y el Padre y revela una relación marcada por la sencillez, por la intimidad y por la total confianza.

A pesar del silencio digno de Jesús durante el interrogatorio en el palacio del sumo sacerdote, hay un momento en el que Jesús no vacila en aclarar las cosas y en dejar clara su divinidad. Cuando el sumo sacerdote le pregunta directamente si él era “el Mesías, el Hijo de Dios bendito” (Mc 14,61b), Jesús responde, sin subterfugios: “Sí lo soy. Y veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo” (Mc 14,62). La expresión “soy” (“egô eimi”) nos traslada al nombre de Dios utilizado en el Antiguo Testamento (“yo soy el que soy”, Ex 3,14)… Y, en la perspectiva de nuestro evangelista, la afirmación inequívoca de la dignidad divina de Jesús. La referencia a estar “sentado a la derecha del Todopoderoso” y a “que viene entre las nubes” subraya, también, la dignidad divina de Jesús, que un día aparecerá en el lugar de Dios, como juez soberano de toda la humanidad. El sumo sacerdote comprende perfectamente el alcance de esta afirmación de Jesús (que se está arrogando la condición de Hijo de Dios y la prerrogativa divina por excelencia, la del juicio universal); por eso, manifiesta su indignación rasgando sus vestiduras y condenando a Jesús por blasfemo.

Marcos pone en escena a un centurión romano para decir, junto a la cruz de Jesús: “verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Más que una afirmación histórica, esta frase debe ser vista como una “profesión de fe” que Marcos invita a realizar a todos los creyentes… Después de todo lo que ha sido testimoniado a lo largo del Evangelio, en general, y en el relato de la pasión, en particular, la conclusión es clara: Jesús es el Hijo de Dios que vino al encuentro de los hombres para presentarles una oferta de salvación.

3. A pesar de ser Hijo de Dios, el Jesús de Marcos es también un hombre, que comparte la debilidad y la fragilidad de la naturaleza humana:

En el huerto de los Olivos, poco antes de ser apresado, el Jesús de Marcos sintió “terror” y “angustia” (cf. Mc 14,33), como sucedería a cualquier hombre que se enfrenta a una muerte violenta (Martos es un poco más moderado y habla de la “tristeza” y de la “angustia” de Jesús, cf. Mt 26,37; y Lucas evita hacer ninguna referencia a estos sentimientos que, subrayando la dimensión humana de Jesús, podrían introducir dudas sobre su divinidad).

En el momento de la muerte, Jesús reza: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mc 15,34). La “oración” de Jesús es la “oración” de un hombre que, como cualquier otro ser humano, experimenta la soledad, el abandono, el sentimiento de impotencia, la sensación de destrucción… y metido en su drama, no comprende la ausencia y la indiferencia de Dios.

No hay duda: el Jesús presentado por Marcos es, también, el hombre/Jesús que se solidariza con los hombres, que les acompaña en sus sufrimientos, que experimenta sus dramas, fragilidades y debilidades.

4. En todos los relatos de la pasión, Jesús aparece enfrentándose sólo (abandonado por las multitudes y por los mismos discípulos) a su destino de muerte; pero Marcos subraya especialmente la soledad de Jesús en esos momentos dramáticos:

Lucas pone un ángel para confortar a Jesús, en el huerto de los Olivos (cf. Lc 22,43); Marcos no hace ninguna referencia a ese momento de “consolación”.

Mateo cuenta que la mujer de Pilatos intercedió por Jesús, pidiendo a su marido que no se entrometiese “en la causa de ese justo” (cf. Mt 27,19); Marcos no refiere ninguna interferencia de ese tipo en el proceso a Jesús.

Juan, además de Pedro, refiere la presencia de “otro discípulo conocido del sumo sacerdote” en el palacio de Anás (Jn 18,15); Marcos, además de Pedro (que negó a Jesús tres veces) no menciona la presencia de ningún otro de los discípulos.

Lucas habla de la presencia de mujeres, a lo largo del camino del calvario, que “se golpeaban el pecho y se lamentaban por él” (Lc 23,27-31); Marcos tampoco habla de nadie que se lamentase durante el camino recorrido por Jesús en dirección al lugar de la ejecución (solamente después de la muerte de Jesús, Marcos observa que, algunas mujeres que lo seguían y le servían cuando estaba en Galilea, estaban allí y “que miraban desde lejos”, Mc 15,40-41).

Abandonado por los discípulos, escarnecido por la multitud, condenado por los líderes, torturado por los soldados, Jesús recorre en solitario, abandonado, con la indiferencia de todos, su camino de muerte. El grito final de Jesús, en la cruz (“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, Mc 15,34) puede ser el inicio del Salmo 22 (cf. Sal 22,2), pero es, también, expresión dramática de esa soledad que Jesús siente a su alrededor.

5. Sólo Marcos relata el episodio del joven no identificado que seguía a Jesús envuelto solamente con una sábana y que huyó desnudo cuando los guardias le intentaron agarrar (cf. Mc 14,51-52). Para algunos comentaristas del Evangelio según Marcos, el joven en cuestión podría ser el propio evangelista… Se trata, por otro lado, de una simple conjetura.

Es más probable que el episodio halla sido introducido por Marcos para representar plásticamente la actitud de los discípulos que, desilusionados y amedrentados ante el fracaso del proyecto en el que creían, dejaron todo cuando vieron a su líder ser apresado y huyeron sin mirar para atrás.

La reflexión puede partir de los siguientes datos:

Celebrar la pasión y la muerte de Jesús es introducirse en la contemplación de un Dios a quien el amor volvió frágil. Por amor, vino a nuestro encuentro, asumió nuestras limitaciones y fragilidades, experimentó el hambre, el sueño, el cansancio, conoció la picadura de las tentaciones, temió delante de la muerte, sudó sangre antes de aceptar la voluntad del Padre; es, echado en tierra, aplastado contra la tierra, traicionado, abandonado, incomprendido. De ese amor surgió vida plena, que quiso compartir con nosotros “hasta el fin de los tiempos”: esta es la más espantosa historia de amor que es posible contar; es la buena noticia que llena de alegría los corazones de los creyentes.

Contemplar la cruz, donde se manifiesta el amor y la entrega de Jesús, significa asumir la misma actitud y solidarizarse con aquellos que son crucificados en este mundo: los que sufren violencia, los que son explotados, los que son excluidos, los que son privados de derechos y de dignidad. Mirar la cruz de Jesús significa denunciar todo lo que genera odio, división, miedo, en términos de estructuras, valores, prácticas, ideologías; significa evitar que los hombres continúen crucificando a otros hombres; significa aprender con Jesús a entregar la vida por amor. Vivir de esta manera puede conducir a la muerte; pero el cristiano sabe que amar como Jesús es vivir a partir de una dinámica en la que la muerte no puede vencer: el amor genera vida nueva e introduce en nuestra carne los dinamismos de la resurrección.

Uno de los elementos más destacados del relato que Marcos hace de la pasión, es la forma como Jesús se comporta a lo largo de todo el proceso que conduce a su muerte… Nunca pierde el control, nunca se echa para atrás, nunca se resiste, sino que se mantiene siempre sereno y digno, enfrentándose a su destino de cruz. Tal actitud no significa que Jesús es un héroe inconsciente a quien el sufrimiento y la muerte no le asustan, o que se ponga en la piel de un cobarde que desistió de luchar y que acepta pasivamente aquello que los otros le imponen… La actitud de Jesús es la actitud de quien sabe que el Padre le confió una misión y está decidido a cumplirla, cueste lo que cueste. ¿Tenemos la misma disponibilidad de Jesús para escrutar los retos que Dios nos hace y la misma determinación de Jesús para llevar adelante esos retos en el mundo?

La “angustia” y el “terror” de Jesús ante la muerte, su lamento por la soledad y por el abandono, le hacen muy “humano”, muy próximo a nuestras debilidades y fragilidades. De esa forma, es más fácil identificarnos con él, confiar en él, seguirle en su camino de amor y de entrega. La humanidad de Jesús nos muestra, también, que el camino de la obediencia al Padre no es un camino imposible, reservado a súper héroes o a dioses, sino que es un camino de hombres frágiles, llamados por Dios a recorrer, con esfuerzo, el camino que conduce a la vida definitiva.

La soledad de Jesús ante el sufrimiento y ante la muerte anuncia ya la soledad del discípulo que recorre el camino de la cruz. Cuando el discípulo intenta cumplir el proyecto de Dios, rechaza los valores del mundo, se enfrenta con las fuerzas de la opresión y de la muerte, recibe la indiferencia y el desprecio del mundo y tiene que recorrer su camino en la más dramática soledad. El discípulo tiene que saber, entonces, que el camino de la cruz, a pesar de ser difícil, doloroso y solitario, no es un camino de fracaso y de muerte, sino que es un camino de liberación y de vida plena.

La figura del joven que, en el huerto de los Olivos, dejó la sábana que lo cubría en las manos de los soldados y huyó, puede ser la figura del discípulo que, asustado y desilusionado, abandonó a Jesús. ¿Quizás alguna vez hemos dado la espalda a Jesús y a su proyecto, seducidos por otras propuestas? ¿Qué es lo que nos impide, muchas veces, mantenernos fieles al proyecto de Jesús?

Flp 2, 6-11 (2ª lectura Domingo de Ramos)

La ciudad de Filipos era una ciudad próspera, con una población constituida mayoritariamente por veteranos del ejército romano. Organizada a la manera de Roma, estaba fuera de la jurisdicción de los gobernantes de las provincias locales y dependía directamente del emperador; gozaba, por eso, de los mismos privilegios de las ciudades de Italia.

La comunidad cristiana, fundada por Pablo, era una comunidad entusiasta, generosa, comprometida, siempre atenta a las necesidades de Pablo y del resto de la Iglesia (como en el caso de la colecta en favor de la Iglesia de Jerusalén, cf. 2 Cor 8,1-5), por quien Pablo manifestaba un afecto especial.

A pesar de estos signos positivos no era, por otro lado, una comunidad perfecta. El desprendimiento, la humildad y la sencillez no eran valores demasiado apreciados entre los altivos patricios que componían la comunidad.

Es en esta situación donde podemos situar el texto que esta lectura nos presenta. Pablo invita a los Filipenses a encarnar los valores que marcaron la trayectoria existencial de Cristo; para eso, utiliza un himno pre-paulino, recitado en las celebraciones litúrgicas cristianas: con ese himno propone a los cristianos de Filipos el ejemplo de Cristo.

Cristo Jesús, nominado al principio, en el medio y al final, constituye el motivo del himno.

Dado que los Filipenses son cristianos, quiere decir, dado que Cristo es el prototipo a cuya imagen están configurados, tienen la ineludible obligación de comportarse como Cristo.

¿Cómo es el ejemplo de Cristo?

El himno comienza aludiendo sutilmente al contraste entre Adán (el hombre que reivindicó ser como Dios y le desobedeció, cf. Gn 3,5.22) y Cristo (el Hombre Nuevo que, al orgullo y rebelión de Adán responde con la humildad y la obediencia al Padre). La actitud de Adán trajo fracaso y muerte; la actitud de Jesús trajo exaltación y vida.

En trazos precisos, el himno define el “despojamiento” (“kenosis”) de Cristo: él no reafirmó con arrogancia y orgullo su condición divina, sino que aceptó hacerse hombre, asumiendo con humildad la condición humana, para servir, para dar la vida, para revelar totalmente a los hombres el ser y el amor del Padre. No dejó de ser Dios; sino que aceptó abajarse hasta hacerse hombre, hacerse servidor de los hombres, para garantizar la vida nueva a los hombres. Ese “abajamiento” tomó formas de escándalo: Jesús aceptó una muerte infame, la muerte de cruz, para enseñarnos la suprema lección del servicio, del amor radical, de la entrega total hasta la muerte.

Sin embargo, esa entrega completa a los planes del Padre, no fue una pérdida ni un fracaso: la obediencia y la entrega de Cristo a los proyectos del Padre acabaron en resurrección y gloria. Como consecuencia de su obediencia, de su amor, de su entrega, Dios hizo de él el “Kirios” (“Señor”, nombre que, en el Antiguo Testamento, sustituía al nombre impronunciable de Dios); y la humanidad entera (“los cielos, la tierra y los infiernos”) le reconoce como “el Señor” que reina sobre toda la tierra y que preside la historia.

Es obvia la llamada a la humildad, al desprendimiento, a la donación de la vida la que Pablo hace aquí a los Filipenses y a todos los creyentes: el cristiano debe tener como ejemplo a ese Cristo, siervo sufriente y humilde, que hace de su vida un don para todos. Ese camino no conducirá al aniquilamiento, sino a la gloria, a la vida plena.

La reflexión puede partir de los siguientes puntos:

Los valores que marcarán la existencia de Cristo continúan sin ser demasiado apreciados en el siglo XXI. De acuerdo con los criterios que presiden la construcción de nuestro mundo, los grandes “ganadores” no son los que ponen su vida al servicio de los otros, con humildad y sencillez, sino que son los que se enfrentan al mundo con agresividad, con autosuficiencia y luchan por ser los mejores, aunque eso signifique no detenerse a sopesar los medios y pasar por encima de los otros.

¿Cómo puede un cristiano (obligado a vivir inserto en este mundo tan competitivo) convivir con estos valores?

Pablo tiene conciencia de que está pidiendo a sus cristianos algo realmente difícil; pero que es fundamental, a la luz del ejemplo de Cristo.

También a nosotros se nos pide, en estos últimos días antes de la Pascua, un paso al frente en este difícil camino de la humildad, del servicio, del amor: ¿será posible que, también aquí y hoy, seamos los testigos de la lógica de Dios?

Los acontecimientos que en esta semana vamos a celebrar, nos garantizan que el camino de la donación de la vida no es un camino de “perdedores” y fracasados: el camino del don de la vida conduce al sepulcro vacío de la mañana de Pascua, a la resurrección. Es un camino que garantiza la victoria y la vida plena.

Is 50, 4-7 (1ª Lectura Domingo de Ramos)

En el libro del Deutero-Isaías (Is. 40-55), encontramos cuatro poemas que se destacan del resto del texto (cf. Is 42,1-9; 49,1-13; 50,4-11; 52,13-53,12).

Nos presentan la figura enigmática de un “siervo de Yahvé”, que recibió de Dios una misión. Esa misión tiene que ver con la Palabra de Dios y tiene carácter universal; se concretiza en el sufrimiento, en el dolor y el abandono incondicional a la Palabra y a los proyectos de Dios.

A pesar de que la misión termina en un aparente fracaso, el sufrimiento del profeta no ha sido en vano: tiene valor expiatorio y redentor; de su sufrimiento surge el perdón del pecado del Pueblo. Dios aprecia el sacrificio del profeta y le recompensa, elevándolo a la vista de todos, haciéndole triunfar sobre su detractores y adversarios.

¿Quién es el profeta? ¿Es Jeremías, el paradigma del profeta que sufre a causa de la Palabra? ¿Es el propio Deutero-Isaías, llamado a dar testimonio de la Palabra en el ambiente hostil del Exilio? ¿Es un profeta desconocido? ¿Es una figura colectiva, que representa al Pueblo exiliado, humillado, aplastado, pero que continúa dando testimonio de Dios, en medio de las naciones? ¿Es una figura representativa, que reúne el recuerdo de personajes históricos (patriarcas, Moisés, David, profetas) como figuras míticas, de forma que representan al Pueblo de Dios en su totalidad? No sabemos; sin embargo, la figura presentada en esos poemas va a recibir una nueva iluminación a la luz de Jesucristo, de su vida, de su destino.

El texto que se nos propone, forma parte del tercer cántico del “siervo de Yahvé”.

El texto da la palabra a un personaje anónimo, que habla de su llamamiento por Dios para la misión. Él no se denomina “profeta”, pero narra su vocación con los elementos típicos de los relatos proféticos de vocación.

En primer lugar, la misión que este “profeta” recibe de Dios tiene que ver claramente con el anuncio de la Palabra. El profeta es el hombre de la Palabra, a través de quien Dios habla; la propuesta de redención que Dios hace a todos aquellos que necesitan de salvación-liberación en quien se hace eco la palabra profética.

El profeta es modelado enteramente por Dios y no pone resistencia ante la llamada, ni a lo que Dios le propone; pero tiene que estar, continuamente, en una actitud de escucha de Dios, para que pueda presentar con fidelidad esa Palabra de Dios a los hombres.

En segundo lugar, la misión profética se concreta en el sufrimiento. Es un tema sobradamente conocido en la literatura profética: el anuncio de las propuestas de Dios provoca resistencias que, para el profeta, se constituyen, casi siempre, en dolor y persecución. Sin embargo el profeta no se rinde: la pasión por la Palabra se sobrepone al sufrimiento.

En tercer lugar, viene la expresión de confianza del Señor, que no abandona a aquellos a quienes llama. La certeza de que no está sólo, que tiene la fuerza de Dios, vuelve al profeta más fuerte que el dolor, que el sufrimiento, que la persecución. Por eso, el profeta “nos será confundido”.

La reflexión puede tocar los siguientes aspectos:

No sabemos, efectivamente, quien es este “siervo de Yahvé”; sin embargo, los primeros cristianos van a utilizar este texto como base para interpretar el misterio de Jesús: él es la Palabra de Dios hecha carne, que ofrece su vida para traer la salvación-liberación a los hombres.

La vida de Jesús realiza plenamente ese destino de donación y de entrega de la vida en favor de todos; y su glorificación muestra que una vida vivida de este modo no termina en fracaso, sino en la resurrección, que genera vida nueva.

Jesús, el “siervo” sufriente, que hace de su vida un don por amor, muestra a sus seguidores el camino: la vida, cuando es puesta al servicio de la liberación de los pobres y de los oprimidos, no está perdida aunque parezca, en términos humanos, fracasada y sin sentido.

¿Tenemos el coraje de hacer de nuestra vida una entrega radical al proyecto de Dios y a la liberación de nuestros hermanos?

¿Qué es lo que todavía está impidiendo la aceptación de una opción de este tipo? ¿Tenemos conciencia de que, al escoger este camino, estamos generando una vida nueva, para nosotros y para nuestros hermanos?

¿Tenemos conciencia de que nuestra misión profética pasa porque seamos Palabra viva de Dios?

¿En nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestro testimonio, la propuesta liberadora de Dios llega al mundo y al corazón de los hombres?

Comentario al evangelio – 19 de marzo

El Martirologio Romano hace este elogio: «Solemnidad de S. José, esposo de la Bienaventurada Virgen María, varón justo, nacido de la estirpe de David, que hizo las veces de padre para con elHijo de Dios, Cristo Jesús, el cual quiso ser llamado hijo de José y le estuvo sujeto como un hijo a su padre. La Iglesia lo venera con especial honor como patrón, a quien el Señor constituyó sobre su familia». El patrocinio de S.José es ejemplo de vida entregada a la voluntad Dios para los cristianos de siempre.  Resaltamos: -José es «varón justo»: La promesa gratuita de Dios a Abraham llega a realizarse por la fe del patriarca; la fe es la respuesta del «justo» a Dios. La promesa hecha a Abraham se cumple en la persona de José descendiente del patriarca (2ª lectura); del mismo modo que Abrahám creyó a las palabras de Yavéh, José creyó en las palabras del ángel que le anunciaban el misterio realizado en la concepción virginal del Hijo de su esposa María (Evangelio).

-La llamada de Dios a José le pilló por sorpresa; su plan de casarse con María queda hecho añicos cuando su «novia» queda embarazada antes de vivir juntos. José sufre un terremoto interior: está enamorado, es buen judío y debe denunciar a María para cumplir la ley…decide repudiarla en secreto. Pero «el ángel del Señor le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María, tu mujer, porque la criatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo». ¡Qué diálogo de enamorados creyentes mantuvieron José y María para seguir juntos!; la fe no les allanó el camino pero les dio fuerza para obedecer a Dios y amarnos a todos nosotros.

-Contemplemos a José en su itinerario vocacional, volcado en acoger y proteger el Misterio del Hijo nacido de María y la maternidad de su esposa: José otorga al hijo de María su linaje, le hace descendiente de David; atiende a María en el parto del niño en circunstancias de extrema pobreza; le pone por nombre Jesús; huye a Egipto para salvarle del tirano Herodes; a la muerte del tirano regresa y se establece en Nazaret; trabaja para atender al sustento de su familia; cuando Jesús tiene 12 años le pierden en Jerusalem y acompañando a María le encuentra discutiendo con los doctores del Templo, después de tres días de búsqueda angustiosa. Y luego, cumplidas las etapas de su vocación, que incluye aceptar la libertad de Jesús para cumplir su Misión,  desaparece del Evangelio.

-Bebamos en sus fuentes para recorrer nuestra vocación: «Y pues que el mundo entero te mira y se pregunta, dí tú cómo se junta ser santo y carpintero, la gloria y el madero, la gracia y el afán, tener propicio a Dios y escaso el pan». (Himno de Vísperas). Y una oración por nuestros Seminarios Diocesanos: que nuestros seminaristas encuentren en S. José el modelo para acoger, vivir, celebrar y  anunciar el Misterio de Jesús-Salvador. Que la familia de Nazaret sea la escuela de su formación para servir.

Jaime Aceña Cuadrado, cmf