Mi lado de mujer

Frei Bett

Mi lado de mujer se siente incómodo por recibir homenajes un único día en el año, el 8 de marzo, mientras mi lado de hombre se harta con 364 días. Tal vez sea necesaria esa jornada, dolor reciente de una cicatriz antigua. Porque vivimos en una sociedad machista: matrimonio… el cuidado del hogar; patrimonio… el dominio de los bienes.

El marido posee casa, carro, mujer –que incorpora a su nombre el de la familia de él–. La casa… él exige que se limpie todos los días. El carro… lo envía al taller al menor defecto. A la mujer, un ser polivalente, le corresponde el deber de cuidar de la casa, de los hijos, de las compras y del buen humor del marido, que no siempre se acuerda de cuidar de ella.

Mi lado de mujer nunca ha visto al marido gritar al carro, amenazarlo o agredirlo. Sin embargo, no siempre ella es tratada con el mismo respeto. Él olvida que marido y mujer no son parientes: son amantes. O deberían serlo.

En la Iglesia Católica, los hombres tienen acceso a los siete sacramentos. Pueden por tanto ser ordenados sacerdotes y luego obtener dispensa del ministerio y contraer matrimonio. Toda la jerarquía de la más antigua instituición del mundo está formada por hombres. ¿Qué sería de ella y de ellos sin las mujeres?

Las mujeres, consideradas por la teología vaticana como un ser naturalmente inferior, sólo tiene acceso a seis sacramentos. No pueden recibir la ordenación sacerdotal, aunque hayan merecido de Jesús el útero que lo engendró; el seguimento de Juana, de Susana y de la madre de los hijos de Zebedeo; la defensa de la mujer adúltera; el perdón a la samaritana, la primera apóstola; la amistad de Magdalena, primera testigo de su resurrección.

Mi lado de mujer tiene pavor de la violencia doméstica; del imbécil que dice bobadas cuando pasa una muchacha; del padre que asedia a la hija, echándola a las garras de la prostitución; del patrón que exige préstamos sexuales de la funcionaria; del marido que levanta la mano para profanar al ser que dio a luz a sus hijos.

Ante la televisión, o ante un kiosko de revistas, mi lado de mujer se estremece: ella es la burra, la idiota que merodea en un segundo plano de la escena, se baña en la bañera llena de espuma, se exhibe en la casa de los brothers, o es asociada a la publicidad de cervezas y carros, como un adorno más del consumo.

Mi lado de mujer intenta resistir al implacable juego de la desconstrucción de lo femenino: tortura del cuerpo en academias de gimnasia; anorexia para mantenerse esbelta; vergüenza de la gordura, las arrugas y la vejez; entrega al bisturí que amolda la carne según el gusto de la clientela de la carnicería virtual; la silicona para tratar protuberancias. Y mantener la boca cerrada, hasta que haya en el mercado un chip transmisor automático de cultura e inteligencia para ser injertado en su cerebro. Y engullir antidepresivos para intentar encubrir el vacío del espíritu, del sentido, los ideales y la utopía.

Mi lado de mujer se esfuerza por librarse del modelo emancipatorio que adopta como paradigma mi lado de hombre. Seré ella si oso no querer ser como él.

Sirena en mares nunca antes navegados, rumbo al continente feminino, donde las relaciones de género serán de solidaria alteridad, porque el diferente no se hará divergente.

Aquello que es, sólo alcanza plenitud en interacción con su contrario. Como ocurre en todo verdadero amor.