Vísperas – Miércoles V de Cuaresma

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: HEME, SEÑOR, A TUS DIVINAS PLANTAS

Heme, Señor, a tus divinas plantas,
baja la frente y de rubor cubierta,
porque mis culpas son tales y tantas,
que tengo miedo a tus miradas santas
y el pecho mío a respirar no acierta.

Mas ¡ay!, que renunciar la lumbre hermosa
de esos divinos regalados ojos
es condenarme a noche tenebrosa;
y esa noche es horrible, es espantosa
para el que gime ante tus pies de hinojos.

Dame licencia ya, Padre adorado,
para mirarte y moderar mi miedo;
mas no te muestres de esplendor cercado;
muéstrate, Padre mío, en cruz clavado,
porque sólo en la cruz mirarte puedo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

Salmo 26 I – CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor
contemplando su templo.

Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;

y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda sacrificaré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

Ant 2. Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro.

Salmo 26 II

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.

Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá.

Señor, enséñame tu camino,
guíame por la senda llana,
porque tengo enemigos.

No me entregues a la saña de mi adversario,
porque se levantan contra mí testigos falsos,
que respiran violencia.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro.

Ant 3. Él es el primogénito de toda creatura, es el primero en todo.

Cántico: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CREATURA Y PRIMER RESUCITADO DE ENTRE LOS MUERTOS. Cf. Col 1, 12-20

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda creatura;
pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Él es el primogénito de toda creatura, es el primero en todo.

LECTURA BREVE   Ef 4, 32–5, 2

Sed bondadosos y compasivos unos con otros, y perdonaos mutuamente como también Dios os ha perdonado en Cristo. Sed en una palabra, imitadores de Dios, como hijos amados que sois. Y vivid en el amor a ejemplo de Cristo, que os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación de suave fragancia.

RESPONSORIO BREVE

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Señor, ten misericordia.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¿Pretendéis quitarme la vida, a mí, que os he manifestado la verdad?

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¿Pretendéis quitarme la vida, a mí, que os he manifestado la verdad?

PRECES

Alabemos a Dios todopoderoso y providente, que conoce todas nuestras necesidades pero quiere ante todo que busquemos su reino; supliquémosle, pues, diciendo:

Venga, Señor, tu reino y su justicia.

Padre santo, que nos diste a Cristo como pastor de nuestras vidas, ayuda a los pastores y a los pueblos a ellos confiados, para que no falte nunca al rebaño la solicitud de sus pastores
ni falte a los pastores la obediencia de su rebaño.

Mueve a los cristianos para que con amor fraternal se interesen por los enfermos
y que en ellos socorran a tu Hijo.

Haz que entren a formar parte de tu Iglesia los que aún no creen en el Evangelio,
y que, con sus buenas obras, la hagan crecer en el amor.

A nosotros, pecadores, concédenos tu perdón
y la reconciliación con tu Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que murieron concédeles resucitar a la vida eterna
y morar eternamente contigo.

Invoquemos a Dios Padre con la oración que nos enseñó Jesús:

Padre nuestro…

ORACION

Dios misericordioso, ilumina los corazones de tus hijos que tratan de purificarse por la penitencia de la Cuaresma y, ya que nos infundes el deseo de servirte con amor, dígnate escuchar paternalmente nuestras súplicas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina – 21 de marzo

Lectio: Miércoles, 21 Marzo, 2018
Tiempo de Cuaresma
 
1) Oración inicial
Ilumina, Señor, el corazón de tus fieles purificando por las penitencias de Cuaresma, y tú, que nos infundes el piadoso deseo de servirte, escucha paternalmente nuestras súplicas. Por nuestro Señor.
 
2) Lectura
Del Evangelio según Juan 8,31-42
Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él:
«Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos,
y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.»
Ellos le respondieron: «Nosotros somos descendencia de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?» Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo.
Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre.
Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres.
Ya sé que sois descendencia de Abrahán; pero tratáis de matarme, porque mi palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto junto a mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído a vuestro padre.» Ellos le respondieron: «Nuestro padre es Abrahán.» Jesús les dice: «Si sois hijos de Abrahán, haced las obras de Abrahán.
Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad
que oí de Dios. Eso no lo hizo Abrahán.
Vosotros hacéis las obras de vuestro padre.»
Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios.» Jesús les respondió: «Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí,
porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado.
 
3) Reflexión
En el evangelio de hoy sigue la reflexión sobre el capítulo 8 de Juan. Como en círculos concéntricos, Juan profundiza en el misterio de Dios que envuelve a la persona de Jesús. Parece una repetición, porque siempre vuelve a hablar del mismo punto. En realidad, es el mismo punto, pero cada vez en un nivel más profundo. El evangelio de hoy aborda el tema de la relación de Jesús con Abrahán, el Padre del pueblo de Dios. Juan trata de ayudar las comunidades a comprender cómo Jesús se sitúa en el conjunto de la historia del Pueblo de Dios. Las ayuda a percibir la diferencia que hay entre Jesús y los judíos, y también entre los judíos y los demás: todos somos hijos e hijas de Abrahán.
• Juan 8,31-32: La libertad que nace de la fidelidad a la palabra de Jesús. Jesús manifiesta a los judíos: “Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Ser discípulo de Jesús es lo mismo que abrirse a Dios. Las palabras de Jesús son en realidad palabra de Dios. Comunican la verdad, porque dan a conocer las cosas como son a los ojos de Dios y no a los ojos de los fariseos. Más tarde, durante la última Cena, Jesús enseñará lo mismo a los discípulos.
• Juan 8,33-38: ¿Qué quiere decir ser hijo e hija de Abrahán? La reacción de los judíos es inmediata: «Nosotros somos descendencia de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?” Jesús insiste haciendo una distinción entre hijo y esclavo y dice: «Todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres.” Jesús es el hijo y vive en la casa del Padre. El esclavo no vive en la casa del Padre. Vivir fuera de la casa, fuera de Dios quiere decir vivir en el pecado. Si aceptaran la palabra de Jesús podrían llegar a ser hijos y alcanzar la libertad. No serían esclavos. Y Jesús continúa: “Ya sé que sois descendencia de Abrahán; pero tratáis de matarme, porque mi palabra no prende en vosotros.” Inmediatamente aparece bien clara la distinción: “Yo hablo lo que he visto junto a mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído a vuestro padre”. Jesús les niega el derecho a decir que son hijos de Abrahán, porque sus obras afirman lo contrario.
• Juan 8,39-41a: Un hijo de Abrahán cumple las obras de Abrahán. Ellos insisten en afirmar: “¡Nuestro Padre es Abrahán!” como si quisiesen presentar a Jesús un documento de su identidad. Jesús vuelve a insistir: “Si sois hijos de Abrahán, haced las obras de Abrahán. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abrahán. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre.” Entre líneas sugiere que el padre de ellos es Satanás (Jn 8,44). Sugiere que son hijos de la prostitución.
• Juan 8,41b-42: “Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado”. Usando palabras diversas, Jesús repite la misma verdad: “Aquel que pertenece a Dios escucha las palabras de Dios”. El origen de esta afirmación viene de Jeremías quien dice: “Pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: ‘Conozcan a Yahvé’. Pues me conocerán todos, del más grande al más humilde. Porque yo habré perdonado su culpa y no me acordaré más de su pecado” (Jer 31,33-34). Pero ellos no se abrieron a esta nueva experiencia de Dios, y por esto no reconocieron a Jesús como enviado del Padre.
 
4) Para la reflexión personal
• Libertad que se somete en todo al Padre. ¿Existe algo de este tipo en ti? ¿Conoces a personas así?
• ¿Cuál es la experiencia más profunda en mí que me impulsa a reconocer a Jesús como enviado por Dios?
 
5) Oración final
Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,
bendito tu nombre santo y glorioso.
Bendito eres en el templo de tu santa gloria.
Bendito eres sobre el trono de tu reino. (Dn 3,52)

Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 3, 1-6

«1Y entró de nuevo en la sinagoga y estaba allí un hombre que tenía la mano seca. 2Y le observaban por si lo curaba en sábado, para que lo acusaran.

<

p style=»text-align:justify;»>3Y dice al hombre que tenía la mano seca: “Levántate, [ponte ahí] en medio”. 4Y les dice: “¿Está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal; salvar la vida o matar?”.
 Ellos callaban. 5Y mirándoles en torno con ira, apenado por la dureza de sus corazones, dice al hombre: “Extiende la mano”. Y la extendió, y su mano fue restablecida.

6Y los fariseos, saliendo de inmediato, tuvieron un consejo con los herodianos, contra él [Jesús], para destruirle».

La serie de cinco historias de controversias, que había comenzado en 2, 1, termina y se redondea con un segundo argumento que tiene lugar en sábado y que trata del sábado (cf. 2, 23-28). Pero esta vez la causa de que se discuta sobre ese día no es una acción de los discípulos, sino del mismo Jesús.

A pesar de sus extensos paralelos estructurales con la primera historia de esta sección 2, 1-12, nuestro texto se encuentra más lleno de elementos de conflicto. En el curso de la perícopa se observan desde el lado de Jesús los siguientes rasgos: conducta provocativa (3, 3), ira y tristeza (3, 5). Desde el lado de los fariseos aparecen los siguientes: deseo de condenar a Jesús (3, 2), silencio hostil (3, 4), dureza de corazón (3, 5) y la instigación de un complot para asesinarlo (3, 6). Una marcada diferencia entre nuestra perícopa y la de 2, 1-12 se encuentra en que esta comienza y acaba aludiendo a la multitud amistosa, mientras que la nuestra comienza y termina con la referencia a los oponentes hostiles.

El pasaje se divide de un modo natural en tres partes. En la primera parte (3, 1-2), Marcos abre el escenario, describiendo la entrada de Jesús en la sinagoga, la presencia del hombre con «la mano seca» y la presencia hostil de los observadores fariseos. En la segunda parte (3, 3-4), Jesús se enfrenta con los fariseos, haciendo que el hombre se ponga en el centro de la escena y preguntándoles a ellos si es legal hacer el bien en sábado. En la tercera parte (3, 5-6), Jesús desafía a los fariseos curando al hombre, y ellos responden saliendo e iniciando un complot para matarle. En cada parte hay un movimiento dentro o fuera de la sinagoga.

3, 1-4: El pasaje comienza con la entrada de Jesús en la sinagoga; probablemente en la de Cafarnaún (2, 1), en el mismo sábado de la escena anterior, y en compañía de sus discípulos (cf. 3, 7), aunque ninguna de estas circunstancias haya sido expresamente afirmada. La presencia de un hombre con una «mano seca« plantea lo que será el tema principal de la narración: ¿Demostrará aquí Jesús su pretensión de ser Señor del sábado (2, 28), utilizando este día para curar en un espacio público y para suscitar así un conflicto abierto con los fariseos? La situación es ahora mas grave que en 2, 23-28, no solo porque es la misma conducta de Jesús la que está en discusión, sino también por el contexto público en el que nos hallamos y porque tenemos la impresión de que tanto la oposición de los fariseos a Jesús como el hecho de que Jesús vaya en contra de la sensibilidad de los fariseos constituyen elementos fijos (premeditados) desde el principio.

Los fariseos aparecen descritos como «observando atentamente», para ver si Jesús cura en sábado. El mismo verbo se utiliza en Sal 36, 12, donde se dice que los pecadores se mantienen vigilando/observando a los justos, para matarles: un retrato similar a la descripción del complot de los fariseos al final de nuestro pasaje (3, 6). Según eso, los mismos fariseos que antes han acusado a Jesús por comer con los pecadores (2, 16) aparecen ahora como pecadores.

Parece que Jesús adivina sobrenaturalmente la intención de los fariseos de hallar una excusa para acusarle de violar la ley del sábado, que prohíbe «trabajar» ese día. A pesar de eso y del peligro que esa acusación legal teóricamente puede implicar, Jesús continúa y pone las bases para la curación, llamando al hombre de la mano paralítica y pidiéndole que se coloque en el centro de la sinagoga, iniciando así una confrontación abierta con los fariseos. Jesús rechaza la objeción anticipada de los fariseos con una pregunta: «¿Está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal: salvar la vida o matar?». Esta pregunta pone en mal lugar a los fariseos porque, conforme a sus propios principios, la necesidad de salvar la vida está por encima del imperativo de la observancia del sábado. Pero hay un problema para la exégesis, al menos en un nivel superficial: en este caso, no se trata de salvar la vida; el hombre de la mano «seca» no está en peligro de muerte y en el caso de que Jesús esperara unas cuantas horas, hasta que el sábado haya terminado, para realizar la curación, no habría puesto al hombre en peligro de muerte. Sin embargo aquí, como en otros lugares, Jesús reinterpreta el Antiguo Testamento o los principios judíos desde una perspectiva apocalíptica anticipada (cf. 10, 2-9). Este es un caso semejante al de las dos primeras antítesis del sermón de la montaña (Mt 5, 21-30), donde Jesús equipara la ira con el asesinato y el deseo con el adulterio. También en nuestro texto de Marcos, Jesús identifica el retraso, aunque solo sea por unas horas, de la curación del hombre de la mano paralítica con su asesinato; y así muestra que curarle inmediatamente es lo mismo que salvarle la vida.

Conforme a Jesús en Marcos, la guerra escatológica ya se está combatiendo y cada acción humana en el campo de batalla constituye un movimiento a favor de la vida o un golpe a la muerte. Desaparece así la precaución intermedia de esperar unos minutos antes de hacer el bien. Si Jesús es el Santo de Dios, cuya santidad implica la destrucción apocalíptica de los demonios y de las enfermedades (cf. 1, 24), entonces el «día sabático» de la curación del hombre con la mano paralítica implica un cumplimiento y no una infracción del mandamiento que dice: «Recordarás el día del sábado y lo santificarás» (Ex 20, 8).

Los fariseos solo tienen dos salidas: o niegan su principio de «salvar la vida en día de sábado» o acompañan a Jesús radicalizando el sábado. Pues bien, ellos permanecen callados, de un modo siniestro y peligroso: como suele suceder, los disputantes que han perdido su dignidad, siendo reducidos públicamente al silencio, tienden a convertirse en enemigos peligrosos.

3, 5-6: Uno podría esperar que Jesús realizaría inmediatamente la curación, pero, en vez de eso, Marcos eleva todavía la tensión narrativa, a través de un «retraso», que permite que entremos de un modo inusual dentro del estado interior de Jesús, que se muestra enojado por la «dureza de corazón de los fariseos. El ejemplo bíblico más famoso de dureza de corazón es el del faraón en la historia del Éxodo (cf. Ex 7, 3; 13, 22; 8, 15ss). Es posible que marcos haya querido que los lectores vinculen a los fariseos con el rey de Egipto, dado que en griego las palabras «faraón» y «fariseos» son muy parecidas. Habría sido, en tal caso, una ironía tremenda, porque en los medios judíos el faraón es el enemigo prototípico del pueblo de Dios y el representante de la impiedad, mientras que los fariseos se presentan a sí mismos como los guardianes espirituales de la nación.

Por un lado, la dureza de corazón constituye un pecado que enoja a Jesús (3, 5; 8, 17-18); pero, por otro lado, es una aflicción que le llena de pena. Esa dualidad puede hallarse en otros lugares del evangelio, incluso en personas que tienen buena intención (cf. 6, 52; 8, 17-18). En otra línea, la obcecación del faraón puede conducir en último término a la revelación de la gloria de Dios (cf. Ex 10, 1-2; 14, 4. 17; cf. Rom 9, 7-18). Marcos piensa probablemente que la dureza de corazón de los fariseos tiene un efecto salvífico semejante: hace que los fariseos planeen la muerte de Jesús, pero esa muerte se convierte en una ocasión de la automanifestación de Dios (cf. Is 15, 37-39).

A pesar del tono de tristeza de la respuesta de Jesús ante la dureza de los fariseos, su interés fundamental no se dirige a los fariseos, sino al hombre de la mano seca. Así, en el clímax de este pasaje Jesús deja de fijarse en los fariseos para dirigirse al enfermo y curarle, y o hace de un modo inteligente, eludiendo así la acusación de realizar un trabajo en sábado: en lugar de tocar el brazo del enfermo (ejecutando así una «acción» que podría estar prohibida; cf. 1, 31. 41), Jesús se limita a mandar al enfermo, para que él mismo alargue el brazo, y al hacerlo queda milagrosamente curado por el poder escatológico de Dios («su mano quedó restablecida», en pasivo divino).

Humillados de nuevo, los fariseos «salen» -desde la perspectiva de 3, 31-35 y de 4, 10-12, quizá tendríamos que decir que llevan a cabo una acción significativa, autoexcluyéndose de la presencia de Dios- y conspiran con los herodianos para dar muerte a Jesús. De esa manera, en contra del principio de los fariseos, que defienden la necesidad de salvar la vida en sábado y de su preocupación manifiesta por santificar ese día, ellos profanan el sábado utilizándolo para tener un complot orientado a matar a Jesús.

La raíz de esta perversión queda sugerida por la correspondencia de la cláusula final de nuestro texto («a fin de destruirle») con el pasaje de 1, 24, donde el demonio ha preguntado ya a Jesús si él ha venido a «destruir» a los demonios. De esa manera, el final de nuestro pasaje lleva de nuevo a los oyentes de Marcos hasta aquello que el autor de 2Tes 1,7 llama «el misterio de la iniquidad»: aquellos que se oponen a los actos de poder y de misericordia de Jesús, hasta el extremo de querer matarle, lo hacen no solo por su propia elección, sino también por la voluntad misteriosa de Dios les ha colocado del lado del mal en la batalla escatológica. De esa manera, unos versículos antes que los fariseos acusen a Jesús diciendo que realiza sus exorcismos con el poder de Satán (3, 22), los lectores atentos saben ya que no es Jesús, sino ellos, los fariseos, quienes actúan de hecho como instrumentos del diablo.

El inicio del complot contra la vida de Jesús hace que la sección de controversia de 2, 1-3, 6 termine de un modo sombrío. Los poderes que llevarán a Jesús a la muerte han comenzado a materializarse: cerca del comienzo del ministerio de Jesús puede vislumbrarse ya su fin. Pero este mismo hecho parece imprimir una nueva urgencia a su misión. El próximo pasaje pondrá de relieve la reunión escatológica de todo Israel con Jesús y su éxito renovado en la batalla contra los demonios.

Te vistes de humildad

En pollino, pequeño y renqueante,
irrumpes en la ciudad de la paz
pasas por delante de los muros que verán  impasibles
cómo se mata al Profeta entre los profetas

TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR
Preámbulo de victoria y, a la vez Señor,
aparente derrota o contradicción:
¿Es así como arrolla el Hijo de Dios?
¿Es así como vence el amor?

TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR
Y, con laureles en las manos,
los que somos menos humildes
cantamos, pregonamos y proclamamos:
¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Paz al mundo! ¡Paz! ¡Paz!
TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR

Y, en nosotros como en los que te aclamaban entonces,
se cumple todo lo que esperábamos de Ti.
Hoy, Señor, bien lo sabes
se mezcla en esta fiesta de la alegría
la vida, y la peregrinación hacia la muerte
el júbilo, y la cruz que se levanta invisible en el monte
nuestro deseo de seguirte
y la cobardía de los que huiremos en la tarde del Jueves
Déjanos acompañarte, Señor
Déjanos subir contigo a la ciudad santa
Déjanos servir como Tú lo haces
TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR

Y, por encima de la multitud de ramos y palmas,
se divisan las horas con más pasión y amor
por ningún hombre, jamás vividas.
Vamos contigo, Señor, hasta el final
Vamos contigo, Jesús, hasta el Calvario
Nos arrancarás de la muerte, con tu muerte
Con tu cruz, nos redimirás
Nos resucitarás, con tu resurrección
TE REVISTES DE HUMILDAD, SEÑOR
y….te decimos: ¡HOSANNA! ¡HOSANNA!

Spe Salvi – Benedicto XVI

María, estrella de la esperanza

49. Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como « estrella del mar »: Ave maris stella. La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?

La Pasión según San Marcos

Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderle con engaño y matarle. Pues decían: “Durante la fiesta no, no sea que haya alboroto del pueblo.

Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza. Había algunos que se decían entre sí indignados: “¿Para qué este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres”. Y refunfuñaban contra ella. Pero Jesús dijo: “Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en mí. Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis, pero a mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo os aseguro: donde quiera que se proclame el evangelio, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya”.

Entonces, Judas Iscariote, uno de los Doce, se fue donde los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y él andaba buscando cómo le entregaría en el momento oportuno.

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?”. Entonces envía a dos de sus discípulos y les dice: “Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y, allí donde entre, decid al dueño de la casa: ‘El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?’. Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada: haced allí los preparativos para nosotros”. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho y prepararon la Pascua.

Y al atardecer, llega él con los Doce. Y mientras comían recostados, Jesús dijo: “Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará, el que come conmigo”. Ellos empezaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: “¿Acaso soy yo?”. Él les dijo: “Uno de los Doce que moja conmigo en el mismo plato. Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Tomando luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”.

Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. Jesús les dice: “Todos os vais a escandalizar, ya que está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después de mi resurrección, iré delante de vosotros a Galilea”. Pedro le dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo no”. Jesús le dice: “Yo te aseguro: hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres”. Pero él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré”. Lo mismo decían también todos.

Van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: “Sentaos aquí, mientras yo hago oración”. Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: “Mi alma está triste hasta el punto de morir, quedaos aquí y velad”. Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: “Abbá, Padre, todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. Viene entonces y los encuentra dormidos, y dice a Pedro: “Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Y alejándose de nuevo, oró diciendo las mismas palabras. Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados; ellos no sabían qué contestarle. Viene por tercera vez y les dice: “Ahora ya podéis dormir y descansar. Basta ya. Llegó la hora. Mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vámonos! Mirad, el que me va a entregar está cerca”.

1

Todavía estaba hablando, cuando de pronto se presenta Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que le iba a entregar les había dado esta contraseña: “Aquél a quien yo dé un beso, ése es, prendedle y llevadle con cautela”. Nada más llegar, se acercó a él y le dice: “Rabbí”, y le dio un beso. Ellos le echaron mano y le prendieron. Uno de los presentes, sacando la espada, hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le llevó la oreja. Y tomando la palabra Jesús, les dijo: “¿Cómo contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a vosotros enseñando en el Templo, y no me detuvisteis. Pero es para que se cumplan las Escrituras”. Y, dejándole, todos huyeron. Un joven le seguía cubierto sólo de un lienzo; y le detienen. Pero él, dejando el lienzo, se escapó desnudo.

Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y se reúnen todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. También Pedro le siguió de lejos, hasta dentro del palacio del Sumo Sacerdote, y estaba sentado con los criados, calentándose al fuego. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte, pero no lo encontraban. Pues muchos daban falso testimonio contra él, pero los testimonios no coincidían. Algunos, levantándose, dieron contra él este falso testimonio: “Nosotros le oímos decir: Yo destruiré este Santuario hecho por hombres y en tres días edificaré otro no hecho por hombres”. Y tampoco en este caso coincidía su testimonio. Entonces se levantó el Sumo Sacerdote y, poniéndose en medio, preguntó a Jesús: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?”. Pero él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”. Y dijo Jesús: “Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder y venir entre las nubes del cielo”. El Sumo Sacerdote se rasga las vestiduras y dice: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?”. Todos juzgaron que era reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, le cubrían la cara y le daban bofetadas, mientras le decían: “Adivina”; y los criados le recibieron a golpes.

Estando Pedro abajo en el patio, llega una de las criadas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, le mira atentamente y le dice: “También tú estabas con Jesús de Nazaret”. Pero él lo negó: “Ni sé ni entiendo qué dices”, y salió afuera, al portal, y cantó un gallo. Le vio la criada y otra vez se puso se puso a decir a los que estaban allí: “Éste es uno de ellos”. Pero él lo negaba de nuevo. Poco después, los que estaban allí volvieron a decir a Pedro: “Ciertamente eres de ellos pues además eres galileo”. Pero él se puso a echar imprecaciones y a jurar: “¡Yo no conozco a ese hombre del que me habláis!”. Inmediatamente cantó un gallo por segunda vez. Y Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: “Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres”. Y rompió a llorar.

Pronto, al amanecer, prepararon una reunión los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín y, después de haber atado a Jesús, le llevaron y le entregaron a Pilato. Pilato le preguntaba: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Él le respondió: “Sí, tú lo dices”. Los sumos sacerdotes le acusaban de muchas cosas. Pilato volvió a preguntarle: “¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan”. Pero Jesús no respondió ya nada, de suerte que Pilato estaba sorprendido. Cada fiesta les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. Había uno, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos que en el motín habían cometido un asesinato. Subió la gente y se puso a pedir lo que les solía conceder. Pilato les contestó: “¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?”. Pues se daba cuenta de que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que dijeran que soltasen más bien a Barrabás. Pero Pilato les decía otra vez: “Y ¿qué voy a hacer con el que llamáis el rey de los judíos?”. La gente volvió a gritar: “¡Crucifícale!”. Pilato les decía: “Pero, ¿qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaron con más fuerza: “¡Crucifícale!”. Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuera crucificado.

Los soldados le llevaron dentro del palacio, es decir, al pretorio y llaman a toda la cohorte. Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen. Y se pusieron a saludarle: “¡Salve, rey de los judíos!”. Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacan fuera para crucificarle.

Zure HITZA: nire bizitza

2

Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz. Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir “Calvario”.

Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó. Le crucifican y se reparten sus vestidos, echando a suertes a ver qué se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando le crucificaron. Y estaba puesta la inscripción de la causa de su condena: “El rey de los judíos”. Con él crucificaron a dos salteadores, uno a su derecha y otro a su izquierda.

Y los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: “¡Eh, tú!, que destruyes el Santuario y lo levantas en tres días, ¡sálvate a ti mismo bajando de la cruz!”. Igualmente los sumos sacerdotes se burlaban entre ellos junto con los escribas diciendo: “A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. ¡El Cristo, el rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos”. También le injuriaban los que con él estaban crucificados.

Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?”, que quiere decir: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”. Al oír esto, algunos de los presentes decían: “Mira, llama a Elías”. Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo: “Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarle”. Pero Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró. Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”.

Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Y ya al atardecer, como era la Preparación, es decir, la víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro respetable del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Se extrañó Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando al centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo. Informado por el centurión, concedió el cuerpo a José, quien, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Joset se fijaban dónde era puesto.

Para la catequesis: Domingo V de Cuaresma

Domingo de Ramos
25 de Marzo, 2018

Isaías 50, 4-7; Salmo 21: 8-9,17-18,19-20,23-24; Fil. 2: 6-11; Marcos 14: 1-15, 47

Entrada Triunfante a Jerusalén (Marcos 11: 1-10)

Cuando Jesús y los suyos iban de camino a Jerusalén, al llegar a Betfagé y Betania, cerca del monte de los Olivos, les dijo a dos de sus discípulos: «Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrado un burro que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganmelo. Si alguien les pregunta por qué lo hacen, contéstenle: ‘El Señor lo necesita y lo devolverá pronto’. “Fueron y encontraron al burro en la calle, atado junto a una puerta, y lo desamarraron. Algunos de los que allí estaban les preguntaron: «¿Por qué sueltan al burro?» Ellos les contestaron lo que había dicho Jesús y ya nadie los molestó. Llevaron el burro, le echaron encima los mantos y Jesús montó en él. Muchos extendían su manto en el camino, y otros lo tapizaban con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante de Jesús y los que lo seguían, iban gritando vivas:»¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en el cielo!»

Reflexión

Conmemorando la entrada del Señor en Jerusalén se lee este evangelio de Marcos. ¿Por qué aclaman a Jesús la gente? ¿Qué significa Hosana (O Sálvanos)? ¿Por qué entra encima de un burro? («Salta, llena de gozo, oh hija de Sion, lanza gritos de alegría, hija de Jerusalén. Pues tu rey viene hacia ti; él es santo y victorioso, humilde, y va montado sobre un burro…» Zacarías, 9) A Jesús lo reciben como rey. ¿Jesús es rey de tu vida y de tu corazón? ¿Cómo se trata a un rey? ¿Como puedes servir y amar a Jesús mejor esta semana?

Actividad

Representar la escena de la entrada a Jerusalén con los ramos. Se puede hacer una procesión con sus palmas cantando hosannas

Oración

Señor, tú viniste a mostrarnos que el enviado de Dios es un servidor de todos. Enséñanos que la verdadera importancia no viene de lo poderosos que seamos, sino de nuestra unión contigo, aclamándote cada día por medio de nuestro servicio de unos a otros. Amen.

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

La hora de la entrega de Jesús ha llegado y con ella, la cruz que siempre le ha estado esperando. Jesús tiene miedo, como cualquier ser humano, pero acepta la crucifixión porque sabe que es el único camino para llegar a la Gloria y lograr nuestra salvación.

Nosotros también siempre tenemos una cruz que nos está esperando.

¿Cuál de estas es tu cruz?

  • Esa ofrenda que tanto nos dolió, y que sin embargo, merece nuestro perdón porque también nosotros ofendemos a Dios y nos perdona.
  • Ese compañero que nos cae tan mal, pero que merece nuestro respeto y cariño por el simple hecho de ser hijo de Dios.
  • Esa tarea o esa materia que nos choca, pero que si la cumplimos nos va a enseñar y hasta a una carrera nos puede llevar.
  • Esa flojera que a veces tenemos que vencer para acercarnos a Dios en la misa.
  • Esos pequeños sacrificios que tenemos que realizar para ayudar a los demás en las tareas de la casa.
  • Ese coraje que me he de aguantar para no ofender a los demás.
  • Ese esfuerzo por no gastarme mi dinero en dulces, para que en el futuro cuente con un ahorro para cosas más importantes en mi vida…

El único camino seguro al cielo es el Amor, y amar a veces requiere «cargar una cruz». Si quieres seguir a Cristo en el triunfo, nunca renuncies a cargar tu cruz con alegría y esperanza.

Comentario al evangelio – 21 de marzo

En el diálogo que Jesús mantiene con los dirigentes judíos muestra su identidad más profunda: «si os mantenéis fieles a mi palabra…conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»…»yo hablo de lo que he visto estando junto a mi Padre» (Evangelio). Es necesario el paso de una fe inicial, entusiasta, que acepta a Jesús como Mesías-Profeta a la confesión cristiana de la fe que le reconoce como Hijo de Dios. Así confesamos la Verdad que nos hace libres, hijos de Dios en el Hijo que nos le da a conocer.

Hago silencio; me dispongo a orar; «Señor Jesús: en el camino cuaresmal te acercas a mí y me hablas al corazón; en los santos descubro las señales del paso de una fe  infantil a una fe adulta: Pablo, alcanzado por Ti, afirma que lo que antes consideraba ganancia, ahora es pérdida; su nuevo tesoro es conocerte para amarte y seguirte; lo demás lo considera basura. Testimonios como este sacuden mi fe adormecida, cuestionan mi rutina y oro, Señor, para que conozcas mi búsqueda y mi pobreza.

Soy sincero, te confieso que me relaciono contigo «razonablemente»; eres un referente que me aporta seguridad, pero te comparto con otros «señores». Quiero que me ayudes a purificar mis motivaciones humanas para que hagas de mí tu discípulo, tu amigo. Te ruego que me ayudes a recorrer tu camino hasta poder vivir en tu Paz, consolado o desolado, porque Tú llegues a ser, en verdad, Señor de mi vida.

Todavía soy yo el dueño de mi vida; hazme experimentar tu verdad que nos hace libres; en este proceso me abandonaré a tu Amor y te seguiré adonde quiera que vayas. Hazme nacer de nuevo a la vida en el Espíritu que te resucitó y nos resucita; que me sienta aludido por el dicho de tu Apóstol: Somos una nueva Criatura, lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo, sin imposiciones, ni legalismos; está brotando la primavera del Epíritu.

Ven, Espíritu Santo, porque donde Tú estás hay libertad, verdad, humildad; hay comunión y esperanza, hay alegría y paz. Ven porque donde Tú estás está Cristo, ven para que no nos falten profetas y testigos, ven y enséñanos a orar, a decir «sí»; ven porque eres capaz de poner gozo secreto en medio del sufrimiento. Con tu fuerza levántame del suelo, quítame los miedos y haz que no abandone el Camino que me lleva a la Vida con mis hermanos. Amén».

Jaime Aceña Cuadrado cmf