Viernes V de Cuaresma

Hoy es 23 de marzo, viernes V Semana de Cuaresma.

Vengo a orar. Un día más me pongo en tu presencia, Señor. Seguirte es una aventura apasionante. Pero no siempre es fácil. A veces hay conflicto, incomprensión, tormenta. Y a veces me refugio en otras seguridades para no salir a la intemperie tras tus huellas. Pero hoy y ahora estoy aquí, Señor, contigo. Quiero caminar contigo. Luchas a tu lado, pelear por tu evangelio. Este rato de oración, es hoy, para mí, el momento de salir a tu encuentro. Tú que habitas a la sombra del Altísimo, di al Señor, refugio mío, alcanzar mío, Dios mío confío en ti.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 10, 31-42):

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.

Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»

Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»

Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: «Yo os digo: Sois dioses»? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.»

Y muchos creyeron en él allí.

Agacharse, agarrar una piedra del suelo y lanzarla contra el que incordia, contra el que molesta. Se puede hacer con piedras reales. Pero también se pueden lanzar palabras que son como puñales, críticas, descalificaciones, a quien molesta por su coherencia, por su verdad, por sus obra buenas. Porque a veces es más fácil matar al mensajero que escuchar el mensaje que me saca de mis comodidades.

Pero frente a esa tentación de la mediocridad, tú me recuerdas. Sois dioses. Sois como dioses creados a su imagen y semejanza. Soy hijo e imagen y llevo en mi entraña la semilla de lo divino. Eso es una bendición y un reto. Se me invita a amar a la manera del Padre Dios. Que quien me vea le intuya a él. Que quien me escuche reconozca una voz que habla con palabra de justicia. Que mis obras construyan su reino.

Muchos acudieron a Jesús. Muchos hombres y mujeres creyeron en él. También hoy, en el día a día. Avanzamos, buscamos y allá donde te encontramos, nos quedamos contigo. En la celebración, en la oración o en la misericordia. Señor quiero estar contigo, caminar contigo y construir contigo.

Al volver a leer el texto fíjate en el contraste entre dos grupos de gente. Unos están sordos y se quedan atrapados por la ley, escandalizados y con ganas de acabar con Jesús. Otros, en cambio, comprenden su enseñanza. Creen en él y se quedan a su lado. Los primeros viven irritados, agresivos, anclados en la violencia. Los segundos encuentran en Jesús la fuente de una alegría diferente.

Señor, si no te entiendo, dame luz. Si te rechazo o quiero apedrearte, detén mi mano y sé maestro para mi vida. Si estoy contigo, empújame para que tenga más valentía, más audacia y más generosidad. Si voy contigo, todo está bien.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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Liturgia 23 de marzo

VIERNES DE LA V SEMANA DE CUARESMA

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio I de la Pasión del Señor

Leccionario: Vol. II

  • Jer 20, 10-13. El Señor es mi fuerte defensor.
  • Sal 17. En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó.
  • Jn 10, 31-42. Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos.

Antífona de entrada          Sal 30, 10. 16. 18
Piedad, Señor, que estoy en peligro, líbrame de mis enemigos que me persiguen; Señor, no quede yo defraudado tras haber acudido a ti.

Oración colecta
PERDONA las culpas de tu pueblo, Señor,
y que tu bondad nos libre de las ataduras del pecado,
que hemos cometido a causa de nuestra debilidad.
Por nuestro Señor Jesucristo.

     O bien:

OH, Dios, que en este tiempo
otorgas con bondad a tu Iglesia
imitar devotamente a santa María
en la contemplación de la pasión de Cristo,
concédenos, por la intercesión de la Virgen,
adherirnos cada día más firmemente a tu Hijo unigénito
y llegar finalmente a la plenitud de su gracia.
Él, que vive y reina contigo.

Oración sobre las ofrendas
CONCÉDENOS, Dios misericordioso,
servir siempre a tu altar con dignidad
y alcanzar la salvación por la participación constante en él.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I de la Pasión del Señor.

Antífona de comunión          Cf. 1 Pe 2, 24
Jesús llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia; con sus heridas somos curados.

Oración después de la comunión
QUE nos acompañe, Señor,
la continua protección del sacramento recibido
y aleje siempre de nosotros todo mal.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
DIOS todopoderoso, concede a tus siervos,
deseosos de la gracia de tu protección,
que, libres de todo mal, te sirvan con ánimo sereno.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santo Toribio de Mogrovejo

SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO

(†  1606 )

La sensación que se produce al ponerse en contacto con esta figura excepcional de la historia eclesiástica es de auténtico asombro. Resulta increíble lo que, sin embargo, está maravillosamente documentado. Santo Toribio de Mogrovejo puede muy bien parangonarse, sin temor alguno, con las más egregias figuras de la historia eclesiástica universal. No es una impresión nuestra exclusivamente. Hace años que un especialista en historia eclesiástica de los más famosos, el padre Leturia, escribía así. «Nada de cuanto hasta ahora he manejado en el Archivo de Indias me ha impresionado más vivamente que este ilustre metropolitano, gloria del clero español del siglo XVI, quien por su apostolado directo e infatigable en las doctrinas de indios, por su legislación canónico-misional en los concilios de Lima, por sus relaciones y contiendas de subidísimo valor histórico y misional con las grandes Ordenes evangelizadoras; por la firme, digna y confiada majestad con que se opuso a ciertas rigideces centralistas de su insigne admirador y protector el monarca Felipe II, y, sobre todo, por su afán indomable y eficaz en mantener —por encima de los virreyes y del Consejo de Indias— el contacto inmediato y constante con la Santa Sede, proyecta en la historia de las misiones americanas su múltiple y prócer silueta, digna de coronar… el mismo Archivo de Indias de Sevilla». Como ha escrito el señor arzobispo de Valladolid: la epopeya homérica de los conquistadores halla un paralelo digno, y aun superior por sus fines y objetivos espirituales, en la labor inmensa del gran arzobispo. A él se debe en grandísima parte la rápida y profunda cristianización de la América española, y el éxito de su apostolado, y el florecimiento de sus maravillosas «doctrinas» de indios, la exuberancia del clero y de catequistas durante su fecundo pontificado, explican la supervivencia del espíritu y de la vida cristiana en aquellas dilatadas regiones, a pesar de las posteriores crisis y de la tremenda escasez actual de operarios evangélicos».

Sin embargo, triste es tener que reconocerlo, Santo Toribio continúa siendo prácticamente para la gran masa de los fieles, incluso españoles y americanos, un desconocido. Y hasta entre los mismos historiadores pesa más el tópico consabido de quienes dieron pie a la leyenda negra que la labor maravillosa realizada por este arzobispo, el mejor de los regalos que España hizo a su América.

Pasemos casi sobre ascuas por su niñez y juventud. Nacido en Mayorga, en las montañas de León, ya en las estribaciones de los Picos de Europa santanderinos, en noviembre de 1538, su niñez fue la que correspondía a un muchacho de casa hidalga en aquellos tiempos. Hasta los doce o trece años estudia en el mismo Mayorga. Después marcha a Valladolid, donde hace sus estudios de humanidades, lo que hoy llamaríamos bachillerato, y los de derecho. Son los años de 1550 a 1560. En 1562 le encontramos ya en Salamanca, donde había de permanecer largo tiempo, hasta 1573. Hay, sin embargo, un paréntesis significativo: su tío, Juan de Mogrovejo, que luego había de morir canónigo de la catedral de Salamanca, le llamó junto a sí a Coimbra, donde él se encontraba entonces de profesor, y juntos tío y sobrino prepararon para la imprenta, durante los años 1564-1566, las lecciones de don Juan. Es el más extenso de los autógrafos de Santo Toribio que conservamos: cuatrocientos cincuenta y un folios de escritura preciosa y limpísima. No parece, sin embargo, que llegara a matricularse como alumno oficial en Coimbra. En cambio nos consta históricamente que en septiembre de 1568 acudió a Santiago de Compostela en peregrinación a pie, y aprovechó esta peregrinación para graduarse en aquella Universidad. Por aquel tiempo la economía familiar tuvo un serio revés y Toribio se vio en la triste necesidad de ir enajenando, para ir viviendo, parte de la espléndida biblioteca que de su tío Juan había heredado. Se le ofreció ocasión de opositar a una beca en el Colegio Mayor del Salvador de Oviedo. Hizo las oposiciones, triunfó con limpieza y brillantez, y continuó sus estudios con vistas al doctorado en derecho. Otros eran los planes de la divina Providencia, y Toribio no llegaría nunca a graduarse de doctor.

Eso sí, nos consta de toda su vida de estudiante la admirable santidad que ya entonces presentó. Cuando, después de su muerte, el Colegio Mayor de Oviedo se dirigía a Su Santidad el Papa pidiendo la beatificación, diría: «Todavía rezuman las paredes, después de tantos años, el suavísimo olor de santidad de que esta casa quedó como consagrada con la vida en ella de este alumno divino». Y los testimonios de sus antiguos compañeros de colegio le acompañarían también en el mismo proceso de beatificación, proclamando el concepto de rectitud y de absoluta limpieza de vida en que entonces se le tuvo. Parece cierto que pensó en retirarse a la Orden cisterciense. Y no es improbable que la misma Santísima Virgen y San Bernardo intervinieran de manera milagrosa para enderezar sus pasos por otro camino. Al menos en el Museo Provincial de Salamanca se conserva algún testimonio arqueológico que parece indicarlo.

Recibido en el Colegio Mayor el 3 de febrero de 1571, llega de manera imprevista, en una noche de diciembre de 1573, su nombramiento como inquisidor de Granada. Inmediatamente comienzan los trámites, no pequeños, para incorporarse a tan importante destino, y en agosto de 1574 le encontramos ya tomando posesión e incorporado a sus difíciles tareas. Conservamos las actas de las reuniones de los inquisidores y los resultados de una visita, que, como correspondía a su cargo, hizo por diversos pueblos de la región granadina. Por lo que puede apreciarse su prestigio debía de ser extraordinario, cuando tan joven se le dio un puesto de esta importancia, y el mismo Consejo Supremo le trató siempre con una consideración que incluso no se encuentra en sus relaciones con inquisidores mucho más antiguos y avezados.

Por lo que podemos conjeturar sus planes eran enteramente modestos. Simple tonsurado, como lo fue toda su vida su tío el canónigo y tantos otros letrados eclesiásticos de aquel tiempo, Toribio no parece que llegara a pensar en pasar a Indias o en llegar a difíciles cargos de gobierno eclesiástico. Pero otros eran los planes de Dios. El mismo antiguo colegial de San Salvador de Oviedo, don Diego de Zúñiga, que había conseguido su nombramiento para la Inquisición granadina, logró ahora que el rey le presentará para la más importante de las sedes de Indias: el arzobispado de la ciudad de los Reyes, que hoy llamamos Lima. Y, en efecto, Felipe II accedió a solicitar del Papa que fuera nombrado para ese cargo aquel joven inquisidor, de treinta y nueve años de edad, que aún no había recibido ni una sola de las Ordenes menores. En junio de 1578 fue la elección. Tras mil vacilaciones y angustias, en agosto acepta. Pero antes era necesario que, al menos, fuera subdiácono para que se pudiera proceder al nombramiento. Y aquí tenemos a un arzobispo electo recibiendo, por sus tiempos, de una en una, sin querer dispensa, las diversas órdenes menores. Se hace la presentación oficial, el proceso de idoneidad, y, por fin, el 9 y 16 de marzo el nombramiento consistorial. El arzobispo, ya nombrado, recibe el diaconado y el presbiterado, realiza un viaje a su pueblo natal y a la corte, y por fin, en agosto de 1580, sin que sepamos la fecha exacta, ni el nombre del consagrante, ni ningún otro detalle (cosa muy curiosa, pero no rara en aquellos tiempos), recibe la consagración episcopal en Sevilla y se dispone a pasar a las Indias. Aún no había cumplido sus cuarenta y dos años.

«La desmembración actual en pequeñas repúblicas nos aleja del concepto unitario de aquella primera organización política de sus reinos en los virreinatos del Perú para el Sur y de Méjico para el Norte», ha escrito muy justamente Rodríguez Valencia. Entonces era Lima la más importante de las metrópolis de América, como cabeza de jurisdicción en lo civil y en lo eclesiástico, puesto que la provincia eclesiástica comprendía casi todos los obispados del Continente hasta Nicaragua. «Los obispos comprovinciales —decía el Cabildo de Lima a Felipe II— tienen por ley lo que se hace en el arzobispado de Lima.» Y la influencia religiosa y misional de Lima rebasaba incluso los mismos límites del virreinato, extendiéndose al Brasil, a Filipinas y en parte también a Méjico. Lima era, por otra parte, una ciudad hermosa: «Parece otro Madrid», escribía el virrey don García Hurtado de Mendoza. Ciudad cortesana a la europea, con su Universidad de San Marcos, con su Cabildo catedral, con sus hospitales y su puerto de El Callao.

A Lima, pues, llega el 11 de mayo de 1581 el nuevo arzobispo. Y la ciudad le recibía con extraordinaria pompa y esplendor. Era una ceremonia prácticamente nueva para los limeños, pues la anterior entrada episcopal había tenido lugar hacía cuarenta años, en los comienzos del desarrollo urbano de la población. Cuando, rendido por el trabajo de aquel larguísimo viaje desde la Península, primero por mar y después por tierra, y de las interminables ceremonias de la entrada, terminaba don Toribio de cenar, dio orden a su paje de que le llamara muy de mañana al día siguiente. «Y ¿ha de ser esto así, siendo tanta la fatiga?», dijo su hermana doña Grimanesa. «Sí, hermana —contestó el Santo—, hemos de empezar a trabajar muy de mañana, que no es nuestro el tiempo.«

El duelo que iba a establecerse no era el duelo individual de un santo frente a un mundo. Contaba ya con unos principios de evangelización y una organización eclesiástica; contaba con el apoyo eficiente del Patronato español, con amplia generosidad de medios; contaba con su propia preparación jurídica, muy completa, y contaba con un grupo excepcional de colaboradores. Allí está, junto a él, su cuñado don Francisco de Quiñones, que con tal lealtad le ha de servir a lo largo de los años, dando muestras de heroica fidelidad; está Sancho Dávila, su fidelísimo compañero desde los tiempos de Granada, que tantas noticias de su vida nos había de proporcionar; está don Antonio Valcázar, espléndido colaborador en materias jurídicas y pastorales, y el padre Acosta, y todos los jesuitas, que tanto le ayudaron. Y, sobre todo, su hermana doña Grimanesa. Es ella la que alzará su voz contra el exceso en las limosnas («Andad presto —dirá el arzobispo a unos pobres a quienes ha dado su mejor camisa—, mirad que no venga mi hermana»), quien urgirá que cuide algo de su salud, quien atenderá a las cosas materiales de aquella casa. Así, rodeado de un equipo excepcional, acomete su tarea.

Tarea ciclópea. En primer lugar como legislador. Sus tres concilios y sus diez sínodos diocesanos suponen el planteamiento legislativo de toda la organización eclesiástica de la América del Sur. Durante siglos, hasta el concilio plenario de América latina que se tendrá en Roma a principios del siglo XX, América se regirá por las leyes que ha dado Santo Toribio. No importa que el Patronato ponga estorbos a la celebración de los concilios, como estaba mandado. El cumplirá la ley y allá los señores del Consejo de Indias si impiden que los concilios no lleguen a promulgarse. Pero su éxito más fabuloso será el del primero de los concilios que reúne. Es algo increíble: unos obispos que se pelean durante meses, que se envuelven en una maraña de pleitos… saben, sin embargo sobreponerse, que así eran los hombres de aquella época, a todas esas miserias humanas y de proceder de común acuerdo a la hora de dictar las leyes eclesiásticas. El arzobispo pasa por las mayores humillaciones. Casi se lee hoy con lágrimas en los ojos la historia de aquellos días. Pero no le importa. Lo sufre todo a trueque de sacar adelante aquellas leyes que introducían, con fuerza y decisión, la reforma tridentina en las tierras de América.

El concilio se tuvo, y con el apoyo del rey, y con la aprobación de Roma, se aplicó inflexiblemente. A los pocos años un clero reformado emprendía una tarea pastoral maravillosa. El arzobispo, incansablemente, superaría nuevas cimas, y al final de su vida la fisonomía de la diócesis limeña y de la provincia eclesiástica habría cambiado por completo. Sólo Dios sabe a trueque de cuántas lágrimas, dificultades y disgustos.

Pero no bastaba dictar leyes. La experiencia estaba hecha. Su antecesor, Loaysa, había legislado también admirablemente y sus leyes habían quedado incumplidas. Santo Toribio quiso hacer más y ponerse en contacto inmediato con las duras realidades.

Y empezó su gigantesca visita. En una geografía atormentada, que iba desde las más deliciosas planicies hasta las cumbres de los Andes, sin caminos unas veces, las más, a pie, y otras en mula, soportando una diferencia de clima que ponía a prueba la salud de los más robustos, Santo Toribio recorrió aproximadamente cuarenta mil kilómetros. Nótese bien, cuarenta mil kilómetros de aguas y nieves, de súbitas crecidas, de los ríos, de caminos jamás transitados, llegando hasta tribus que jamás habían visto un español, cuanto menos un obispo. Al final de su vida en un cálculo exacto —pues, anticipándose a las tendencias de ahora, Santo Toribio llevó siempre cuenta rigurosa de lo que llamaríamos hoy datos de sociología religiosa— Santo Toribio pudo calcular que había administrado el sacramento de la confirmación a ochocientas mil almas. La mayor parte de su pontificado. transcurre en las doctrinas, en contacto con los indios y con sus párrocos. En este sentido su testimonio acerca de las cosas de aquellas tierras es excepcional. Únicamente un virrey, Toledo, que había cesado en su cargo al iniciar Santo Toribio el pontificado, hizo algo parecido, pero no en esta medida. El material de sus libros de visita, inconcebiblemente menospreciado por muchos historiadores, nos dice algo más e infinitamente más cierto y más seguro que las fantasías de otros muchos que escribieron sobre las Indias.

Es emocionante el anecdotario de la visita. Pero también inagotable. Jamás dejó de visitar a un solo indio, por pobre y alejado que estuviera. Baste un ejemplo por el que nos podemos hacer idea de lo que era aquello. Se les había hecho de noche en la margen del río. Decidió acampar y esperar la normalidad de las aguas al día siguiente, pues el río había subido de repente. Los demás lo habían atravesado ya. Quedaron con él sus dos capellanes y el negro Domingo que le servía. No había para cenar sino un pan que llevaba el negro. El prelado lo partió en cuatro partes, para los cuatro comensales, y, con un poco de agua del río hicieron su cena. Rezó sus horas canónicas y se acostó al sereno. No habían descansado hora y media cuando sobrevino un aguacero muy terrible que duró hasta el amanecer y no les dejó conciliar el sueño. Al llegar el día el río continuaba crecido. Rodeado por la cuesta sin caminos ni posibilidad de cabalgadura. Llegaron al pueblo por el puente del río a las ocho de la mañana. Sin desayunar se dirigió a la iglesia, hizo oración y predicó a los indios. Oyó misa y volvió a predicar durante ella. Se puso a confirmar y terminó a más de las dos de la tarde. A eso de las tres se sentaba a comer, «bien cansado y trabajado». Preguntó al doctrinero si faltaba alguno por confirmar. El padre, que conocía de lo que era capaz, respondió con evasivas. El arzobispo insistió y el religioso no tuvo más remedio que declararle que a un cuarto de legua había un indio enfermo. El arzobispo se levantó de la mesa y fue allá. Llevaron el pontifical. El indio estaba en un altillo «que si no era con una escalera no pudieran subir». Consoló al indio, le instruyó y le confirmó con la misma solemnidad pontifical que si se tratara de un millón de personas. Volvió a comer. Y encargó mucho al cura dominico que cuidase de él, le consolase y mimase, y le dejó una limosna. Se sentó a comer a las seis de la tarde. «Bendito sea Dios que se ha confirmado este indio —decía—, y no irá ya por mi cuenta a morirse sin este sacramento.»

Ocasión hubo en que Dios selló con milagros un celo tan extraordinario. Así, por ejemplo, cuando hizo lo que entonces llamaban «una entrada hasta rincones a los que no había llegado jamás ningún español. Era tierra de infieles caribes y le salieron al encuentro cantidad de ellos con sus armas. Y Su Señoría les habló de manera que se arrojaron a sus pies y le besaron la ropa». Sus acompañantes testificaron el milagro: el intérprete que llevaba no les entendía, pero el arzobispo «miró al cielo diciendo: «Dejad, que yo los entiendo», y volvió a hablarles en la lengua española, que en su vida habían oído, y en latín, del Santo Evangelio, y fue entendido de todos. Ellos, a su vez, le respondieron en su lengua, entendiéndoles el arzobispo, con que se verificó este milagro, aunque el lo quiso ocultar por su mucha virtud y santidad».

Su gran amor fueron los indios y los negros. Por ellos padeció persecución, y bien recia, en tiempos de don García de Mendoza. En favor de ellos luchó con tenacidad para que se les admitiera a la Eucaristía. No es posible recoger los mil rasgos que de él se conservan en este aspecto. Les predicaba, se detenía con ellos en la calle, les invitaba a su mesa, les trataba con un cariño paternal, les recibía a cualquier hora. Es una epopeya emocionante de amor, entrega y afecto. Refugiémonos una vez más en la anécdota:

Ocurrió que entre la servidumbre de su casa arzobispal enfermó de gravedad un negro bozal de su caballeriza. A las dos de la madrugada entró un sacerdote a confesarle, y se retiraba ya a descansar. El arzobispo, que apenas dormía, le vio desde su ventana y le preguntó el objeto de su visita a estas horas. El sacerdote le explicó el caso y cómo lo había confesado ya. El arzobispo dijo era conveniente administrarle el viático. El sacerdote respondió que el negro era demasiado bozal e incapaz de recibirlo. Insistió el arzobispo que le instruyese y le hiciera capaz, y sin esperar más bajó de su habitación y se fue con el cura a la del enfermo; se sentó en la cama y, con palabras de consuelo y de ternura, comenzó a instruirle. Consiguió que el negro distinguiese suficientemente el pan eucarístico; levantó a los de su casa, limpiaron la habitación, entró en la catedral, sonaron las campanas, y bajo palio, con algunas personas que acudieron al toque de campanas, el sacerdote portó el viático seguido del arzobispo. Recibió el negro la comunión, volvió el arzobispo a la catedral acompañando al Señor. Reservado el sacramento, el prelado fue de nuevo a la habitación del negro para consolarle, supo que no estaba confirmado, pidió el pontifical y le administró la confirmación. Le exhortó a que pidiese la extremaunción. Lo hizo el negro. Se la administró el arzobispo y en estos ministerios llegó el alba. Inmediatamente el arzobispo emprendió su jornada ordinaria.

Esto no es más que una anécdota. Como éstas conservamos a millares. A cuál más edificante. Como edificantes sus relaciones con el clero secular, sus luchas por sacar adelante el seminario, su amor y veneración hacia las Ordenes religiosas, su firmeza y su sentido profundo de respeto hacia la autoridad civil. No hay lugar a recogerlo todo. Durante cinco años interminables recibió un trato durísimo por parte del rey, que inexplicablemente, se fiaba de las relaciones que enviaba don García Hurtado de Mendoza, quien en alguna ocasión no retrocedió ante la misma calumnia. Mucho tuvo que sufrir, hasta lo increíble. Nos consta, sin embargo, que jamás salió de sus labios una queja, sino, antes al contrario, tuvo explicaciones para todo. «No será como dice», decía siempre que en su presencia murmuraba alguno. Y cuando, con ocasión de un memorial en el que se le denunciaba por haber atacado el Patronato, la reprensión del rey llegó a extremos realmente increíbles, la contestación de él tiene una dignidad y un estilo que transparentan por completo la santidad: «No sé —dice— con qué conciencia pudo persona alguna hacer relación a Vuestra Majestad… tan siniestra y contraria a la verdad… Tendrá su conciencia gravada y onerada para poder satisfacer a la buena fama y opinión y honra de la persona del prelado y dignidad pontifical que se tenía en estas partes… Su Divina Majestad tenga misericordia de él, y le perdone y atraiga a conocimiento de su yerro, maldad y pecado, y a que satisfaga enteramente como está obligado… Dios Nuestro Señor que tenga en su mano, y me dé fuerzas para trabajar en esta viña y poder descargar la conciencia de todos, no queriendo otro premio sino a Él». 

Aun hablando humanamente, y prescindiendo del aspecto sobrenatural, Santo Toribio fue un hombre realmente excepcional. Su salud, que sólo por milagro pudo resistir la increíble austeridad de vida y aquellos trabajos interminables; su inteligencia prócer, que se proyecta en la claridad extraordinaria de todos sus escritos; su estilo literario, de impresionante majestad; su propio dominio, aun en las circunstancias más difíciles, le elevan a una altura inconmensurable.

Murió como correspondía a un luchador de su talla: en pleno combate. Se sintió enfermo, y continuó, sin embargo, la visita. Le pedían y le suplicaban sus acompañantes que se cuidara un poco. Fue todo en vano. Continuó trabajando hasta el último momento. Había llegado a Saña medio muerto, con ánimo de consagrar allí los óleos. Le derribó la fiebre; y con todo, por rigor de ayuno del tiempo (era Semana Santa.), «no comió carne hasta tres o cuatro días antes de morir, por mandato del médico, lo cual fue mucha parte para apresurar su muerte, por no haberse dejado regalar estando enfermo». Allí, lejos de su iglesia catedral, rodeado de sus indios amadísimos y de los sacerdotes que habían concurrido para la consagración de los óleos, murió el día de Jueves Santo de 1606.

Su cabildo catedral tomó sobre sí, con fidelidad admirable, el trabajar por conseguir la beatificación. En 1679 se lograba. Y en 1726 era canonizado. Cuando, a principios del siglo XX, se reunía el concilio plenario de América latina, los obispos reunidos en Roma con esta ocasión habían de pedir con insistencia que él fuera su modelo. «Prelado santísimo —decían en las aclamaciones que se cantaron en la solemne sesión de despedida—, intercede por nosotros para que nuestros trabajos sinodales produzcan fruto sempiterno.» Al fin y al cabo los mismos prelados acababan ya de llamarle «ejemplar de todos los obispos de América latina y ornamento espléndido de aquella santa Iglesia».

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

Laudes – Viernes V de Cuarema

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Himno: DELANTE DE LA CRUZ LOS OJOS MÍOS

Delante de la cruz los ojos míos
quédenseme, Señor, así mirando,
y sin ellos quererlo estén llorando,
porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos,
quédenseme, Señor, así cantando,
y sin ellos quererlo estén rezando,
porque pecaron mucho y son impíos.

Y así con la mirada en vos prendida,
y así con la palabra prisionera,
como la carne a vuestra cruz asida,

quédeseme, Señor, el alma entera;
y así clavada en vuestra cruz mi vida,
Señor, así, cuando queráis me muera. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Aceptarás los sacrificios, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar, Señor.

Salmo 50 – CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aceptarás los sacrificios, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar, Señor.

Ant 2. Con el Señor triunfará y se gloriará la estirpe de Israel.

Cántico: QUE LOS PUEBLOS TODOS SE CONVIERTAN AL SEÑOR. Is 45, 15-25

Es verdad: tú eres un Dios escondido,
el Dios de Israel, el Salvador.
Se avergüenzan y se sonrojan todos por igual,
se van avergonzados los fabricantes de ídolos;
mientras el Señor salva a Israel
con una salvación perpetua,
para que no se avergüencen ni se sonrojen
nunca jamás.

Así dice el Señor, creador del cielo
– él es Dios -,
él modeló la tierra,
la fabricó y la afianzó;
no la creó vacía,
sino que la formó habitable:
«Yo soy el Señor y no hay otro.»

No te hablé a escondidas,
en un país tenebroso,
no dije a la estirpe de Jacob:
«Buscadme en el vacío.»

Yo soy el Señor que pronuncia sentencia
y declara lo que es justo.
Reuníos, venid, acercaos juntos,
supervivientes de las naciones.
No discurren los que llevan su ídolo de madera,
y rezan a un dios que no puede salvar.

Declarad, aducid pruebas,
que deliberen juntos:
¿Quién anunció esto desde antiguo,
quién lo predijo desde entonces?
¿No fui yo, el Señor?
– No hay otro Dios fuera de mí -.

Yo soy un Dios justo y salvador,
y no hay ninguno más.

Volveos hacia mí para salvaros,
confines de la tierra,
pues yo soy Dios y no hay otro.

Yo juro por mi nombre,
de mi boca sale una sentencia,
una palabra irrevocable:
«Ante mí se doblará toda rodilla,
por mí jurará toda lengua»,
dirán: «Sólo el Señor
tiene la justicia y el poder.»

A él vendrán avergonzados
los que se enardecían contra él,
con el Señor triunfará y se gloriará
la estirpe de Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Con el Señor triunfará y se gloriará la estirpe de Israel.

Ant 3. Entrad en la presencia del Señor con aclamaciones.

Salmo 99 – ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Entrad en la presencia del Señor con aclamaciones.

LECTURA BREVE   Is 52, 13-15

Mirad: mi siervo tendrá éxito, será enaltecido y ensalzado sobremanera. Y, así como muchos se horrorizaron de él, pues tan desfigurado estaba que ya ni parecía hombre, no tenía ni aspecto humano, así también muchos pueblos se admirarán de él y, a su vista, los reyes enmudecerán de asombro porque verán algo jamás narrado y contemplarán algo inaudito.

RESPONSORIO BREVE

V. Él me librará de la red del cazador.
R. Él me librará de la red del cazador.

V. Me cubrirá con su plumaje.
R. Él me librará de la red del cazador.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Él me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Muchas y buenas obras os he hecho ver -dice el Señor-, ¿por cuál de ellas me queréis apedrear?»

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Muchas y buenas obras os he hecho ver -dice el Señor-, ¿por cuál de ellas me queréis apedrear?»

PRECES

Demos gracias a Cristo, el Señor, que al morir en cruz nos dio la vida, y digámosle con fe:

Tú que por nosotros moriste, escúchanos, Señor.

Maestro y Salvador nuestro, tú que nos revelaste con tu palabra el designio de Dios y nos renovaste con tu gloriosa pasión,
no permitas que nuestros días transcurran entre vicios y pecados.

Que sepamos, Señor, mortificarnos hoy al tomar los manjares del cuerpo,
para ayudar con nuestra abstinencia a los hambrientos y necesitados.

Que vivamos santamente este día de penitencia cuaresmal
y lo consagremos a tu servicio mediante obras de misericordia.

Sana, Señor, nuestras voluntades rebeldes
y llénanos de tu gracia y de tus dones.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Que el Espíritu que habita en nosotros y nos une en su amor nos ayude a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Perdona, Señor, las culpas que hemos cometido a causa de nuestra debilidad y, por tu misericordia, líbranos de la esclavitud en que nos tienen cautivos nuestros pecados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lectura – Viernes V de Cuarema

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: ¡OH REDENTOR, OH CRISTO!

¡Oh Redentor, oh Cristo,
Señor del universo,
víctima y sacerdote,
sacerdote y cordero!

Para pagar la deuda
que nos cerraba el cielo,
tomaste entre tus manos
la hostia de tu cuerpo
y ofreciste tu sangre
en el cáliz del pecho:
altar blando, tu carne;
altar duro, un madero.

¡Oh Cristo Sacerdote,
hostia a la vez y templo!
Nunca estuvo la vida
de la muerte tan dentro,
nunca abrió tan terribles
el amor sus veneros.

El pecado del hombre,
tan huérfano del cielo,
se hizo perdón de sangre
y gracia de tu cuerpo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28 – I – SÚPLICA CONTRA LOS PERSEGUIDORES INJUSTOS

Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
«Yo soy tu victoria.»

Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
«Señor, ¿quién como tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?»

Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Ant 2. Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Salmo 34, II

Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.

Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste,
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.

Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;

me laceraban sin cesar,
cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Ant 3. Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.

Salmo 34, III

Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,

y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.

Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no se hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.

Señor, tú lo has visto, no te calles;
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío;
Señor mío, defiende mi causa.
Júzgame tú según tu justicia.

Que canten y se alegren
los que desean mi victoria;
que repitan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean la paz a tu siervo.

Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabaré.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.

V. Convertíos al Señor, vuestro Dios.
R. Porque es compasivo y misericordioso.

PRIMERA LECTURA

Del libro de los Números 22, 1-8b. 20-35

BALAAM SE PONE EN CAMINO PARA MALDECIR A ISRAEL

En aquellos días, los israelitas siguieron adelante y acamparon en la estepa de Moab, al otro lado del Jordán, frente a Jericó. Balac, hijo de Sipor, vio cómo había tratado Israel a los amorreos, y Moab tuvo miedo de aquel pueblo tan numeroso; Moab tembló ante los israelitas. Y dijo a los ancianos de Madián:

«Esa horda va a apacentarse en nuestra comarca como un buey que pace la hierba de la pradera.»

Balac, hijo de Sipor, era entonces rey de Moab. Y despachó correos a Balaam, hijo de Beor, que habitaba en Petor, junto al Éufrates, en tierra de amonitas, para que lo llamaran, diciéndole:

«Ha salido de Egipto un pueblo que cubre la superficie de la tierra, y se ha establecido frente a nosotros. Ven, por favor, a maldecirme a ese pueblo, que me excede en número, a ver si logro derrotarlo y expulsarlo de la región. Pues sé que el que tú bendices queda bendecido y el que tú maldices queda maldecido.»

Los ancianos de Moab y de Madián fueron con el precio del conjuro a donde estaba Balaam y le transmitieron el mensaje de Balac. Él les dijo:

«Dormid esta noche aquí y os comunicaré lo que el Señor me diga.»

Los jefes de Moab se quedaron con Balaam. Dios vino de noche a donde estaba Balaam y le dijo:

«Ya que esos hombres han venido a llamarte, levántate y vete con ellos; pero harás lo que yo te diga.»

Balaam se levantó de mañana, aparejó la borrica y se fue con los jefes de Moab. Al verlo ir, se encendió la ira de Dios, y el ángel del Señor se plantó en el camino haciéndole frente. Él iba montado en la borrica, acompañado de dos criados. La borrica, al ver al ángel del Señor plantado en el camino, con la espada desenvainada en la mano, se desvió del camino y tiró por el campo. Pero Balaam le dio de palos para volverla al camino.

El ángel del Señor se colocó en un paso estrecho, entre viñas, con dos cercas a ambos lados. La borrica, al ver al ángel del Señor, se arrimó a la cerca, pillándole la Pierna a Balaam contra la tapia. Él la volvió a golpear. El ángel del Señor se adelantó y se colocó en un paso angosto, que no permitía desviarse ni a derecha ni a izquierda. Al ver la borrica al ángel del Señor, se tumbó debajo de Balaam. Él, enfurecido, se puso a golpearla. El Señor abrió la boca a la borrica y ésta dijo a Balaam:

«¿Qué te he hecho para que me apalees por tercera vez?»

Contestó Balaam:

«Porque te burlas de mí. Si tuviera a mano un puñal, ahora mismo te mataría.»

Dijo la borrica:

«¿No soy yo tu borrica, en la que montas desde hace tiempo? ¿Me solía portar contigo así?»

Contestó él:

«No.»

Entonces el Señor abrió los ojos a Balaam, y éste vio al ángel del Señor plantado en el camino con la espada desenvainada en la mano, e inclinándose se postró en tierra. El ángel del Señor le dijo:

«¿Por qué golpeas a tu burra por tercera vez? Yo he salido a hacerte frente, porque sigues un mal camino. La borrica me vio y se apartó de mí tres veces. Si no se hubiera apartado, ya te habría matado yo a ti, dejándola viva a ella.»

Balaam respondió al ángel del Señor:

«He pecado, porque no sabía que estabas en el camino, frente a mí. Pero ahora, si te parece mal mi viaje, me vuelvo a casa.»

El ángel del Señor respondió a Balaam:

«Vete con esos hombres; pero dirás únicamente lo que yo te diga.»

Y Balaam prosiguió con los ministros de Balac.

RESPONSORIO    Ez 13, 9. 3

R. Extenderé mi mano contra los profetas y visionarios falsos y adivinos de embustes; * no tomarán parte en la asamblea de mi pueblo, ni serán inscritos en el censo de la casa de Israel.
V. ¡Ay de los profetas necios que se inventan profecías, cosas que nunca vieron, siguiendo su inspiración!
R. No tomarán parte en la asamblea de mi pueblo, ni serán inscritos en el censo de la casa de Israel.

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Sobre la fe a Pedro
(Cap. 22, 62: CCL 91 A, 726. 750-751)

SE ENTREGÓ POR NOSOTROS

Los sacrificios de víctimas carnales, que la Santísima Trinidad, el mismo y único Dios del antiguo y del nuevo Testamento, había mandado a nuestros padres que le fueran ofrecidos, significaban la agradabilísima ofrenda de aquel sacrificio en el cual el Hijo de Dios había de ofrecerse misericordiosamente según la carne, él solo, por nosotros.

Él, en efecto, como nos enseña el Apóstol, se entregó por nosotros a Dios como oblación de suave fragancia. Él es el verdadero Dios y el verdadero sumo sacerdote, que por nosotros penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de toros o de machos cabríos, sino con su propia sangre. Esto es lo que significaba el sumo sacerdote del antiguo Testamento cuando entraba con la sangre de las víctimas, una vez al año, en el santuario.

Él es, por tanto, el que manifestó en su sola persona todo lo que sabía que era necesario para nuestra redención; él mismo fue sacerdote y sacrificio, Dios y templo; sacerdote por quien fuimos absueltos, sacrificio con el que fuimos perdonados, templo en el que fuimos purificados, Dios con el que fuimos reconciliados. Pero él fue sacerdote, sacrificio y templo sólo en su condición de Dios unido a la naturaleza de siervo; no en su condición divina sola, porque bajo este aspecto todo es común con el Padre y el Espíritu Santo.

Debemos, pues, retener firmemente y sin asomo de duda que el mismo Hijo único de Dios, la Palabra hecha carne, se ofreció por nosotros a Dios en oblación y sacrificio de agradable olor; el mismo al que, junto con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes del antiguo Testamento sacrificaban animales; el mismo al que ahora, en el nuevo Testamento, junto con el Padre y el Espíritu Santo, con los que es un solo Dios, la santa Iglesia católica no cesa de ofrecerle, en la fe y la caridad, por todo el orbe de la tierra, el sacrificio de pan y vino.

Aquellas víctimas carnales significaban la carne de Cristo, que él, libre de pecado, había de ofrecer por nuestros pecados, y la sangre que para el perdón de ellos había de derramar; pero en este sacrificio se halla la acción de gracias y el memorial de la carne de Cristo, que él ofreció por nosotros, y de la sangre, que el mismo Dios derramó por nosotros. Acerca de lo cual dice san Pablo en los Hechos de los apóstoles: Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo.

Por tanto, los antiguos sacrificios eran figura y signo de lo que se nos daría en el futuro; pero en este sacrificio se nos muestra de modo evidente lo que ya nos ha sido dado.

Los sacrificios antiguos anunciaban por anticipado que el Hijo de Dios sería muerto en favor de los impíos; pero en este sacrificio se anuncia ya realizada esta muerte, como lo atestigua el Apóstol, al decir: Cuando estábamos nosotros todavía sumidos en la impotencia del pecado, murió Cristo por los pecadores, en el tiempo prefijado por el Padre; y añade: Siendo enemigos, hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

RESPONSORIO    Cf. Col 1, 21-22; Rm 3,25

R. A vosotros, que antes estabais enajenados y enemigos en vuestra mente por las obras malas, ahora Dios os ha reconciliado en el cuerpo de carne de Cristo mediante la muerte, * presentándoos ante él como santos sin mancha y sin falta.
V. Dios ha propuesto a Cristo como instrumento de propiciación, por su propia sangre y mediante la fe.
R. Presentándoos ante él como santos sin mancha y sin falta.

ORACIÓN.

OREMOS,
Perdona, Señor, las culpas que hemos cometido a causa de nuestra debilidad y, por tu misericordia, líbranos de la esclavitud en que nos tienen cautivos nuestros pecados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.