Domingo de Ramos

La festividad del domingo de Ramos despierta en nosotros varios sentimientos.

Por una parte nos sentimos ALEGRES contemplando a Jesús aclamado por las multitudes.

Por otra, DESCONCERTADOS sobre lo que realmente es el animal humano. A ese mismo Jesús, que un día aparece triunfante, aclamado por el pueblo, solo cinco días más tarde le vemos vendido, maltratado, pospuesto incluso a un asesino y camino del calvario en donde será brutalmente ajusticiado.

¿Qué ha pasado esos días para tal cambio? Quizá los que pedían su muerte eran otros distintos de los que lo aclamaban. Podría ser.

Tal vez fueran los mismos, pero convertidos en chusma vociferante por embaucadores perfectamente adiestrados para manejar a las masas. También podría ser.

En general, los hombres y mujeres somos bastante “Pedro” en nuestro comportamiento. Nos entusiasmamos con la misma facilidad con la que nos desilusionamos. Juramos morir en defensa de lo que en pocos minutos abandonamos con indiferencia. ¡Somos muy frágiles!

Desde esta perspectiva, la festividad del domingo de Ramos es un toque de alerta a la “ROBUSTEZ” de nuestro cristianismo.

Al menos otros dos sentimientos brotan espontáneamente de la contemplación del drama de Jesús.

El del RECONOCIMIENTO DE LA GRANDEZA DE SU PERSONALIDAD, siempre fiel al proyecto que le había traído al mundo. “Por ello Dios lo exaltó sobremanera y le otorgó un nombre que está sobre cualquier otro nombre”, dice San Pablo.(Fil. 2,9)

Finalmente el del AGRADECIMIENTO porque todo eso “le pasó” a Jesús pensando en la humanidad, en todos los seres humanos, algunos de los cuales hoy, dos mil años más tarde, nos reunimos en este templo de San Vicente para conmemorarlo.

Tenía razón el Apóstol San Juan cuando nos dijo en su Evangelio que Jesús nos amó hasta el fin. (Jn. 13,1) ¡Gracia, Jesús!

Vamos a recordar el drama de Jesús.

Van a pasar delante de nosotros los distintos personajes que lo protagonizaron. Preguntémonos con la mayor sinceridad posible: si yo hubiera estado allí aquel primer Viernes Santo ¿Cuál de aquellos personajes hubiera sido yo? ¿Qué hubiera hecho? ¿Cómo habría actuado? ¿Le hubiera vendido? ¿Le hubiera maltratado?

¿Le hubiera negado? ¿Le hubiera ayudado a llevar la cruz, le hubiera limpiado el rostro? ¿Le hubiera defendido? ¿Qué hubiera hecho?

No hace falta que nos esforcemos en imaginar nuestro comportamiento de haber estado allí. Examinemos qué hacemos ahora con los que conviven con nosotros y sabremos, no lo que hubiéramos hecho entonces, sino, lo que seguimos HACIÉNDOLE ahora en aquellos que nos rodean, porque considero como hecho a Él lo que hagamos a los demás.

Podemos saber lo que nosotros hubiéramos hecho entonces observando nuestras actitudes ante el prójimo. Como a través de una máquina del tiempo, nos habremos trasladado a aquellos lugares y momentos en los que los padeció Jesús.

Cada vez que vendemos a alguien, que lo engañamos, que lo traicionamos, que lo explotamos, que nos lavamos las manos ante sus necesidades, que nos burlamos, que extendemos bulos infundados, cada vez que hacemos sufrir a alguien estamos haciéndonos presentes en el drama de Jesús. No lo dudemos.

Vamos a celebrar la Eucaristía, cumpliendo su voluntad de que lo hiciéramos en su memoria. Alimentémonos con ella para ser como los personajes nobles que aparecen en la Pasión: como su madre María , que conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón, como San Juan que valientemente lo acompañó hasta el Gólgota, como las buenas mujeres, Nicodemo, José de Arimatea que le asistieron hasta la muerte y después de ella. Almas nobles que le comprendieron desde el principio y siempre estuvieron con Él. Pidamos a Dios ser como ellos.

Si no hemos llegado a tanto recordemos al buen ladrón que supo arrepentirse de sus fallos y alcanzó la misericordia de Jesús.

Sintámonos iluminados por la LUZ del Gólgota y digamos como el centurión ¡Verdaderamente este era el hijo de Dios! ¡Creo en Tí, Jesús!

Pedro Saéz

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