Vísperas – Lunes Santo

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: MUERE JESÚS DEL GÓLGOTA EN LA CUMBRE

Muere Jesús del Gólgota en la cumbre
con amor perdonando al que le hería:
siente deshecho el corazón María
del dolor en la inmensa pesadumbre.

Se aleja con pavor la muchedumbre
cumplida ya la santa profecía;
tiembla la tierra; el luminar del día,
cegado a tanto horror, pierde su lumbre.

Se abren las tumbas, se desgarra el velo
y, a impulsos del amor, grande y fecundo,
parece estar la cruz, signo de duelo,

cerrando, augusta, con el pie el profundo,
con la excelsa cabeza abriendo el cielo
y con los brazos abarcando el mundo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Lo vimos sin aspecto atrayente, sin gracia ni belleza.

Salmo 44 I – LAS NUPCIAS DEL REY.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Lo vimos sin aspecto atrayente, sin gracia ni belleza.

Ant 2. Le daré una multitud como parte, porque se entregó a sí mismo a la muerte.

Salmo 44 II

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Le daré una multitud como parte, porque se entregó a sí mismo a la muerte.

Ant 3. Dios nos ha concedido la gloria de su gracia en su querido Hijo, por el cual, por su sangre, hemos recibido la redención.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios nos ha concedido la gloria de su gracia en su querido Hijo, por el cual, por su sangre, hemos recibido la redención.

LECTURA BREVE   Rm 5, 8-9

Dios nos demuestra el amor que nos tiene en el hecho de que, siendo todavía pecadores, murió Cristo por nosotros. Así que con mayor razón, ahora que hemos sido justificados por su sangre, seremos salvados por él de la cólera divina.

RESPONSORIO BREVE

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

V. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
R. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Así como Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, así deberá ser levantado en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Así como Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, así deberá ser levantado en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

PRECES

Adoremos a Jesús, el Salvador del género humano, que muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida, y pidámosle humildemente:

Santifica, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

Redentor nuestro, concédenos que por la penitencia nos unamos más plenamente a tu pasión,
para que consigamos la gloria de la resurrección.

Concédenos la protección de tu Madre, consuelo de los afligidos,
para poder nosotros consolar a los que están atribulados, mediante el consuelo con que tú nos consuelas.

Haz que tus fieles participen en tu pasión mediante los sufrimientos de su vida,
para que se manifiesten a los hombres los frutos de la salvación.

Tú que te humillaste, haciéndote obediente hasta la muerte y una muerte de cruz,
concede a tus fieles obediencia y paciencia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los difuntos sean transformados a semejanza de tu cuerpo glorioso
y a nosotros concédenos también que un día participemos de su felicidad.

Movidos por el espíritu filial que Cristo nos mereció con su muerte, digamos al Padre:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 26 de marzo

Lectio: Lunes, 26 Marzo, 2018
Tiempo de Cuaresma
 
1) Oración inicial
Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y levanta nuestra débil esperanza con la fuerza de la pasión de tu Hijo. Que vive y reina contigo.
 
2) Lectura
Del Evangelio según Juan 12,1-11
Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?» Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis.»
Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.
 
3) Reflexión
• Estamos entrando en la Semana Santa, en la semana de la pascua de Jesús, de su pasaje de este mundo al Padre (Jn 13,1). La liturgia de hoy coloca ante nosotros el comienzo del capítulo 12 del evangelio de Juan, que enlaza el Libro de las Señales (cc 1-11) y el Libro de la Glorificación (cc.13-21). Al final del «Libro de las Señales», aparece con claridad la tensión entre Jesús y las autoridades religiosas de la época (Jn 10,19-21.39) y el peligro que Jesús corre. Varias veces tratarán de matarle (Jn 10,31; 11,8.53; 12,10). Tanto es así que Jesús se ve obligado a llevar una vida clandestina, pues podían detenerle en cualquier momento (Jn 10,40; 11,54).
• Juan 12,1-2: Jesús, perseguido por los judíos, va a Betania. Seis días antes da pascua, Jesús va a Betania en casa de sus amigas Marta y María y de Lázaro. Betania significa Casa de la Pobreza. El estaba siendo perseguido por la policía (Jn 11,57). Quieren matarle (Jn 11,50). Pero aún sabiendo que la policía estaba detrás de Jesús, María, Marta y Lázaro reciben a Jesús en casa y le ofrecen comida. Acoger a una persona perseguida y ofrecerle comida era peligroso. Pero el amor hace superar el miedo.
• Juan 12,3: María unge a Jesús. Durante la comida, María unge los pies de Jesús con medio litro de perfume de nardo puro (cf. Lc 7,36-50). Era un perfume caro, muy caro, de trescientos denarios. Inmediatamente, seca los pies a Jesús con sus cabellos. La casa entera se llena de perfume. En todo este episodio, María no habla. Sólo actúa. El gesto lleno de simbolismo habla de por sí. Lavando los pies, María se convierte en servidora. Jesús repetirá ese mismo gesto en la última cena (Jn 13,5).
• Juan 12,4-6: Reacción de Judas. Judas critica el gesto de María. Afirma que es un desperdicio. ¡De hecho, trescientos denarios era el salario de trescientos días! ¡Así que el salario de casi un entero año fue gastado de una sola vez! Judas piensa que el dinero habría que darlo a los pobres. El evangelista comenta que Judas no tenía ninguna preocupación por los pobres, sino que era un ladrón. Tenía la bolsa común y robaba dinero. Juicio fuerte que condena a Judas. No condena la inquietud por los pobres, sino la hipocresía que usa a los pobres para promoverse y enriquecerse. Según sus intereses egoístas, Judas piensa sólo en el dinero. Por esto no percibe lo que estaba pasando en el corazón de María. Jesús conoce el corazón y defiende a María.
• Juan 12,7-8: Jesús defiende a la mujer. Judas mira el gasto y critica a la mujer. Jesús mira el gesto y defiende a la mujer: “¡Déjala! Que lo guarde para el día de mi sepultura.» Y Jesús añade después: «Porque pobres siempre tendréis entre vosotros.» ¿Quién de los dos vivía más cerca de Jesús: Judas o María? Como discípulo, Judas convivía con Jesús desde hacía casi tres años, veinte cuatro horas al día. Formaba parte del grupo. María se encontraba con él sólo una o dos veces al año, en ocasión de las fiestas, cuando Jesús iba a Jerusalén y la visitaba. Pero la convivencia sin amor no nos hace conocer. Impide ver. Judas era ciego. Mucha gente convive con Jesús y hasta lo alaba con el canto, pero no le conoce de verdad, ni le revela (cf. Mt 7,21). Dos afirmaciones de Jesús merecen un comentario detallado: (a) “Pobres siempre tendréis”, y (b) “Déjale que lo guarde para el día de mi sepultura”.
(a) “Pobres siempre tendréis” ¿Quiso Jesús decir que no debemos preocuparnos con los pobres, visto que va a haber siempre gente pobre? ¿La pobreza es un destino impuesto por Dios? ¿Cómo entender esta frase? En aquel tiempo, las personas conocían el Antiguo Testamento de memoria. Bastaba que Jesús citara el comienzo de una frase del AT, y las personas ya sabían lo demás. El comienzo de esta frase decía: “¡Los pobres los tendréis siempre con vosotros!” (Dt 15,11a). El resto de la frase que la gente ya conocía y que Jesús quiso recordar, era ésta: “¡Por esto, os ordeno: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra!” (Dt 15,11b). Según esta Ley, la comunidad debe acoger a los pobres y compartir con ellos sus bienes. Pero Judas, en vez de decir “abre la mano a favor del pobre” y comparte con ellos tus propios bienes, quería decir que se haga caridad con el dinero de los demás. Quería vender el perfume de María por trescientos denarios y usarlos para ayudar a los pobres. Jesús cita la Ley de Dios que enseñaba lo contrario. Quien, al igual que Judas, hace campaña con el dinero de la venta de los bienes de los demás, no incomoda. Pero aquel que, como Jesús, insiste en la obligación de acoger a los pobres y compartir con ellos sus bienes, éste incomoda y corre el peligro de ser condenado.
(b) «Que lo guarde para el día de mi sepultura». La muerte en la cruz era el castigo terrible y ejemplar, adoptado por los romanos para castigar a los subversivos que se oponían al imperio. Una persona condenada a muerte de cruz no recibía sepultura y no podía ser ungida, pues quedaba colgando de la cruz hasta que los animales se comían el cadáver, o recibía sepultura rasa de indigente. Además de esto, según la Ley del Antiguo Testamento, tenía que ser considerada como, «maldita por Dios» (Dt 21, 22-23). Jesús iba a ser condenado a muerte y muerte de cruz, consecuencia de su compromiso con los pobres y de su fidelidad al Proyecto del Padre. No iba a tener un entierro. Por eso, después de muerto, no iba a poder ser ungido. Sabiendo esto, María se anticipa y lo unge antes de ser crucificado. Con este gesto, indica que aceptaba a Jesús como mesías, aunque estuviera ¡crucificado! Jesús entiende el gesto de la mujer y lo aprueba.
• Juan 12,9-11: La multitud y las autoridades. Ser amigo de Jesús puede ser peligroso. Lázaro corre peligro de muerte por causa de la vida nueva que recibió de Jesús. Los judíos decidieron matarle. Lázaro vivo era la prueba viva de que Jesús era el Mesías. Por esto, la multitud lo buscaba, ya que la gente quería experimentar de cerca la prueba viva del poder de Jesús. Una comunidad viva corre peligro de vida porque es prueba viva de la Buena Nueva de Dios.
 
4) Para la reflexión personal
• María fue maltratada por Judas. ¿Te has sentido maltratado/a alguna vez? ¿Cómo has reaccionado?
• ¿Qué nos enseña el gesto de María? ¿En qué tipo de alerta nos pone la reacción de Judas?
 
5) Oración final
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mí vida,
¿quién me hará temblar? (Sal 26)

Cenar con los amigos

Cenar con los amigos, abrirles el corazón sin miedo,
lavarles los pies con mimo y respeto,
hacerse pan tierno compartido y vino nuevo bebido.
Embriagarse de Dios, e invitar a todos a hacer lo mismo.
Visitar a los enfermos, cuidar a ancianos y niños,
dar de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos;
acoger a emigrantes y perdidos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.
Enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita,
corregir al que se equivoca.
Consolar al triste, tener paciencia con las flaquezas del prójimo.
Pedir a Dios por amigos y enemigos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.
Trabajar por la justicia, desvivirse en proyectos solidarios,
superar las limosnas.
Amar hasta el extremo, e invitar a todos a hacer lo mismo.
Ofrecer un vaso de agua, brindar una palabra de consuelo,
abrazar con todas nuestras fuerzas, denunciar leyes injustas,
salir de mi casa y círculo.
Construir una ciudad para todos, e invitar a todos a hacer lo mismo.
Un gesto solo, uno solo, desborda tu amor, 
que se nos ofrece como manantial de vida.
Si nos dejamos alcanzar y lavar, todos quedamos limpios,
como niños recién bañados, para descansar en su regazo,
¡Lávame, Señor! ¡Lávanos, Señor!

Ecclesia in Medio Oriente – Benedicto XVI

4. El ejemplo de la primera comunidad de Jerusalén puede servir de modelo para la renovación de la comunidad cristiana actual, con el fin de crear un espacio de comunión para el testimonio. En efecto, los Hechos de los Apóstoles, ofrecen una primera descripción, simple y profunda, de aquella comunidad nacida el día de Pentecostés: un grupo de creyentes que tenía un solo corazón y una sola alma (cf. 4,32). Hay desde el comienzo un vínculo fundamental entre la fe en Jesús y la comunión eclesial, indicado por los dos términos intercambiables: un solo corazón y una sola alma. Así pues, la comunión no es el resultado de un artificio humano. Se obtiene ante todo por la fuerza del Espíritu Santo, que crea en nosotros la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5,6).

Homilía – Domingo de Resurrección

TESTIGOS DE LA FE

Cada generación tiene la necesidad de escuchar el anuncio escalofriante del Evangelio de la Resurrección. Este anuncio de la fe no se puede suponer nunca, por más que los monumentos de la fe, y la misma cultura, nos lo hayan hecho rutinario. Nadie puede llegar a ser hoy creyente en la Iglesia, si antes no ha escuchado el Evangelio de la Resurrección y ha creído en él.

 

1.- Situación de los testigos en el mundo actual.

Esto supone que hay testigos que dan fe de ello. La importancia del testimonio para tener acceso a la fe hace que los testigos tomen un relieve de primera categoría.

Pero ¿hay testigos entre nosotros? ¿Estarnos capacitadas las comunidades cristianas para proclamar el Evangelio? ¿No es la vida externa de la Iglesia, en muchas ocasiones, impedimento grave para anunciar la salvación? Nosotros mismos, como miembros de la Iglesia, ¿estamos capacitados para dar testimonio? ¿Somos testigos de algo?

Cuantas veces celebramos la Eucaristía, proclamamos la muerte gloriosa del Señor hasta que El vuelva (1Cor 11, 27). Pero, ¿qué nos ocurre? ¿Es que esta celebración es algo más que un rito? Acabamos de celebrar la vigilia pascual, cuyos ecos van a llenar de gozo y esperanza esta cincuentena de días; ¿pero es este tiempo pascual algo más que una fiesta institucionalizada? ¿Estamos preparados para anunciar al mundo la resurrección de un modo más eficaz que llenando de sones de campanas los valles o encendiendo lumbre en la noche? ¿Cómo podemos decir de un modo interesante que «Jesucristo ha resucitado»?

2.- Los presupuestos del testimonio.

Ser testigos, es un servicio que no podemos improvisar. Las lecturas de hoy nos sugieren unos puntos de reflexión que, como interpelación de nuestra fe, voy a intentar destacar.

El testigo, en primer lugar, supone una elección de Dios, que encarga una misión a este creyente: «Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio…» (Hech 10, 42). El testigo tiene conciencia de este servicio para el que ha sido elegido: «Nosotros somos testigos» (v. 39), «Dios… nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que El había designado» (vv. 40-41).

El fruto de esta elección de Dios es la fe en la Resurrección. Esta sólo puede ser captada por la fe. Pero el testigo de la Resurrección tiene una fe de tal calidad que es descrita como un encuentro personal con el mismo Resucitado: «hemos comido y bebido con El después de la resurrección» (Hech 10, 41). «Dios lo resucitó y nos lo hizo ver» (v. 40).

El testigo, además, conoce los acontecimientos, pero iluminados por la revelación de la fe. Hay quienes conocen «lo sucedido», pero no tienen fe, no saben lo que los acontecimientos revelan y, por tanto, no pueden ser testigos. Les pasa lo que a María Magdalena, que ven el sepulcro vacío, pero no saben lo que eso significa y, por tanto, no pueden ser testigos de la Resurrección, sino de hechos tan anodinos como éste: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20, 1-2). El testigo ha descubierto el significado de la vida de Jesús y la salvación que la acción de Dios en Cristo nos ofrece. Los acontecimientos adquieren categoría cuando se descubre lo que hay en ellos: «vio y creyó» (Jo 20, 8).

Los testigos saben que en la Resurrección de Jesús se ha manifestado «la fuerza del Espíritu Santo» (Hech 10, 38) por quien El estaba ungido y de cuya fuerza todos participamos. Saben que «Cristo pasó haciendo el bien» (v. 38), pero no siendo simplemente «bueno». Pasó haciendo el bien, aunque para muchos fuera «malo», enemigo. El bien sólo puede ser bueno cuando se afirma en lucha contra el mal, «curando a los oprimidos por el diablo» (v. 38). Cristo no sólo los libera, sino que es capaz de enfrentarse y vencer al Príncipe de este mundo inicuo. Jesús de Nazaret se enfrenta a la raíz del mal, estirpándolo desde su base, para que pueda surgir la nueva creación. El testigo, no puede dar testimonio si no está implicado en esta lucha salvadora en medio de la situación social en que se encuentra. «Los que creen en El reciben, por el poder de su nombre, el perdón de los pecados» (v. 43). Esta salvación, generada por el poder de la Resurrección de Jesús, tiene que ser hecha efectiva por el testigo de ella. De lo contrario no podrá demostrar, con obras, que en esta lucha contra la raíz del mal, «Dios estaba con El» (v. 38), para revelarnos que está con nosotros. No se puede dar testimonio de Cristo, sin repetir el drama de la salvación en medio del ambiente en el que queremos anunciar el Evangelio.

 

3.- La vida del testigo.

No hay palabras que puedan ser capaces de anunciar la Resurrección. La Palabra tiene que ser «poderosa» (Hech 4, 33), para que pueda llegar a engendrar la fe. La vida del testigo es la muestra más clara de lo que quiere anunciar. Vida en «sinceridad y verdad», en la que el hombre muestre cómo la Palabra que anuncia tiene tal densidad y fuerza, que es capaz de fermentar y transformar a todo el ser humano (1Cor 5, 6-8). Vida del testigo que exige la muerte a todo un mundo de valores, para vivir según las perspectivas de la nueva creación, inaugurada por Cristo (Col 3, 1-4).

Todo creyente, por el hecho de serlo, está elegido para ser testigo. Pero antes de lanzarnos a un anuncio lleno de palabrería, parémonos, verifiquemos nuestra vida, seamos sinceros. Ser testigos es un sencillo ejercicio que consiste en vivir «resucitados con Cristo» (Col 3, 1).

Jn 20, 1-9 (Evangelio Domingo de Resurrección)

En la primera parte del Cuarto Evangelio (cf. Jn 4,1-19,42), Juan describe la actividad creadora y vivificadora del Mesías (el último paso de esa actividad destinada a hacer surgir el Hombre Nuevo es, precisamente, la muerte en la cruz: ahí Jesús imparte la última y definitiva lección, la lección del amor total, que no guarda nada para sí, sino que hace de su vida un don radical al Padre y a los hermanos.

En la segunda parte (cf. Jn 20,1-31), Juan presenta el resultado de la acción de Jesús: la comunidad de los Hombres Nuevos, recreados y vivificados por Jesús, que con él aprenderán a amar con radicalidad. Se trata de esa comunidad de hombres y mujeres que se convertirán y se unirán a Jesús y que, cada día, igual que ante el sepulcro vacío, son invitados a manifestar su fe en él.

El texto comienza con una indicación aparentemente cronológica, pero que debe ser entendida sobre todo en clave teológica: “el primer día de la semana”. Significa que comienza un nuevo ciclo, el de la nueva creación, el de la Pascua definitiva. Aquí comienza un nuevo tiempo, el tiempo del hombre nuevo, que surge a partir de la donación de Jesús.

El primer personaje de la escena, es María Magdalena: ella es la primera en dirigirse a la tumba de Jesús, cuando todavía el sol no había nacido, en la mañana del “primer día de la semana”. Ella representa a la nueva comunidad que nació de la acción creadora y vivificadora del Mesías; esa nueva comunidad, testigo de la cruz, cree en un principio, que la muerte ha triunfado y deposita a Jesús en el sepulcro: es una comunidad perdida, desorientada, insegura, desamparada, que no consigue descubrir que la muerte fue derrotada; pero, ante el sepulcro vacío, la nueva comunidad se da cuenta de que la muerte no ha vencido y que Jesús está vivo.

En esta secuencia, Juan nos presenta una catequesis sobre la doble actitud de los discípulos ante el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús. Esa doble actitud se expresa en el comportamiento de los dos discípulos, que en la mañana de Pascua, corren hacia la tumba de Jesús: Simón Pedro y el “otro discípulo” no identificado (pero que parece ser el “discípulo amado”, presentado en el Cuarto Evangelio como modelo ideal del discípulo).

Juan coloca a estas dos figuras juntas en varias circunstancias (en la última cena, es el “discípulo amado”el que percibe quien está al lado de Jesús y quien lo va a traicionar, Jn 13,23-25; en la pasión, él es el que consigue estar cerca de Jesús en el atrio del sumo sacerdote, cuando Pedro lo traiciona, (cf Jn 18,15-18.25-27); él es el que está junto a la cruz cuando Jesús muere, Jn 19,25-27; es él quien reconoce a Jesús resucitado en esa sombra que se aparece a los discípulos en el lago de Tiberíades, Jn 21,7.

En esas ocasiones, el “discípulo amado” llevó siempre ventaja sobre Pedro. Aquí, eso va a suceder otra vez: el “otro discípulo” corrió más y llegó a la tumba antes que Pedro (el hecho de decir que no entró, puede querer significar su deferencia y su amor, que surgen de su sintonía con Jesús); y, después de ver, “creyó” (no se dice lo mismo de Pedro).

Probablemente, el autor del Cuarto Evangelio quiso describir, a través de estas figuras, el impacto producido en los discípulos por la muerte de Jesús y las diferentes disposiciones existentes entre los miembros de la comunidad cristiana. En general Pedro representa en los Evangelios, al discípulo obstinado, para quien la muerte significa fracaso y que rehúsa aceptar que la vida nueva pase por la humillación de la cruz (Jn 13,6-8.36-38; 18,16.17.18.25-27; cfr. Mc 8,32- 33; Mt 16,22-23).

Al contrario, el “otro discípulo” es el “discípulo amado”, que está siempre próximo a Jesús, que hace la experiencia de amor de Jesús; por eso, corre a su encuentro de forma más decidida y “percibe”, porque sólo quien ama mucho percibe las cosas ciertas que pasan desapercibidas a los otros, que la muerte no pone el punto final a la vida.

Ese “otro discípulo” es, por tanto, la imagen del discípulo ideal, que está en sintonía total con Jesús, que va a su encuentro con un empeño total, que comprende los signos y que descubre (porque el amor conduce a descubrir) que Jesús está vivo. Él es el paradigma del Hombre Nuevo, del hombre recreado por Jesús.

La reflexión puede iniciarse a partir de los siguientes datos:

La lógica humana va en la línea de la figura representada por Pedro: el amor dado hasta la muerte, los servicios simples y sin pretensiones, la entrega de la vida, solo conducen al fracaso; no es un camino sólido y consistente para llegar al éxito, al triunfo, a la gloria. De la cruz, del amor radical, de la donación de sí, no puede surgir realización, felicidad, vida plena.

Es verdad que es esta la perspectiva de la cultura dominante; es verdad que esta es la perspectiva de muchos cristianos (representados en la figura de Simón Pedro).
¿Cómo me sitúo frente a esto?

La resurrección de Jesús prueba, precisamente, que la vida plena, la vida total, la transfiguración total de nuestra realidad finita y de nuestras limitadas capacidades pasa por el amor que se da, con radicalidad, hasta las últimas consecuencias.
¿Tengo conciencia de eso?
¿Conduzco mi vida en esa dirección?

Por la fe, por la esperanza, por el seguimiento de Cristo y por los sacramentos, la semilla de la resurrección (el propio Jesús) es depositada en la realidad del hombre / cuerpo. Revestidos de Cristo, somos criatura nueva: estamos, por tanto, llamados a resucitar, hasta alcanzar la plenitud, la maduración plena, la vida total (cuando sobrepasamos la barrera de la muerte física). Por lo tanto, aquí comienza la nueva humanidad.

La figura de Pedro puede también representar aquí esa vieja prudencia de los responsables institucionales de la Iglesia, que les impide caminar al frente de la peregrinación del Pueblo de Dios, de arriesgar, de aceptar los desafíos, de unirse a lo nuevo, a lo desconcertante, a lo incomprensible.

El Evangelio de hoy sugiere que es precisamente ahí donde tantas veces se revela el misterio de Dios y se encuentran ecos de la resurrección y de la vida nueva.

Col 3, 1-4 (2ª lectura Domingo de Resurrección)

Cuando Pablo escribió la Carta a los Colosenses estaba en prisión (¿en Roma?). Epafras, su amigo, le visitó y le habló de la “crisis” por la que atravesaba la Iglesia de Colosas. Algunos doctores enseñaban doctrinas extrañas, que mezclaban especulaciones acerca de los ángeles (cf. Col. 2,18), prácticas ascéticas, rituales legalistas, prescripciones sobre los alimentos y la observancia de determinadas fiestas (cf. Col 2,16.21): todo esto debería (en opinión de estos “maestros”) completar la fe en Cristo, comunicar a los creyentes un conocimiento superior de Dios y de los misterios cristianos y posibilitar una vida religiosa más auténtica. Contra este sincretismo religioso, Pablo afirma la absoluta suficiencia de Cristo.

El texto que se nos propone como segunda lectura es la introducción a la reflexión moral de la carta (cf. Col 3,1-4,6). Después de presentar la centralidad de Cristo en el proyecto salvador de Dios (Col, 1,13-2,23), Pablo recuerda a los cristianos de Colosas que es preciso vivir de forma coherente y verdadera el compromiso asumido en Cristo.

En este texto, Pablo presenta, como punto de partida y base de la vida cristiana, la unión con Cristo resucitado, en la que el cristiano es introducido por el bautismo, Al ser bautizado, el cristiano muere al pecado y renace a una vida nueva, que tendrá su manifestación gloriosa cuando sobrepasemos, por la muerte, la frontera de nuestra vida terrenal. Mientras que caminamos al encuentro de ese objetivo último, nuestra vida tiene que tender a Cristo. Eso significa despojarnos del “hombre viejo”, por un proceso de conversión que nunca está acabado, y revestirnos, cada día más profundamente, de la imagen de Cristo, de forma que nos identifiquemos con él por el amor y por la entrega de la vida.

En el texto de Pablo está presente la idea de que tenemos que vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón y la mente en el cielo: es allí donde están los bienes eternos y nuestra meta definitiva (“aficionaos a las cosas de arriba y no a las de la tierra”). De aquí resultan un conjunto de exigencias prácticas que Pablo va a enumerar, de forma concreta, en los últimos versículos (cf. Col. 3,5-4,1).

Considerad en la reflexión las siguientes cuestiones:

El bautismo nos introduce en una dinámica de comunión con Cristo resucitado. ¿Tengo conciencia de que mi bautismo significó un compromiso con Cristo?
Cuando, de alguna manera, tengo un papel activo en la preparación o en la celebración del sacramento del bautismo, ¿tengo conciencia, y procuro comunicar ese mensaje, de que el sacramento no es un acto tradicional o social, sino un compromiso serio y exigente con Cristo?

¿Mi vida está teniendo un caminar coherente con esta dinámica de vida nueva que comenzó el día en que fui bautizado?
¿Me esfuerzo realmente por despojarme del “hombre viejo”, egoísta y esclavo del pecado, y por revestirme del “hombre nuevo”, que se identifica con Cristo y que vive en el amor, en el servicio, en la donación a los hermanos?

Hch 10, 34a. 37-43 (1ª lectura Domingo de Resurrección)

La obra de Lucas (el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles) aparece entre los años 80 y 90 de nuestra era, en un momento en el que la Iglesia ya se encuentra organizada y estructurada, pero en la que comenzaron a surgir “maestros” poco ortodoxos, con propuestas doctrinales extrañas y, a veces, poco cristianas. En este ambiente, las comunidades cristianas comienzan a necesitar criterios claros que les permita distinguir la verdadera doctrina de Jesús de las falsas doctrinas de los falsos maestros.

Lucas presenta entonces la Palabra de Jesús, transmitida por los apóstoles bajo el impulso del Espíritu Santo: es esa Palabra que contiene la propuesta liberadora que Dios quiere presentar a los hombres.

En los Hechos, en especial, Lucas muestra cómo la Iglesia nace de la Palabra de Jesús, fielmente anunciada por los apóstoles; será esta Iglesia, animada por el Espíritu, fiel a la doctrina transmitida por los apóstoles, la que tendrá en cuenta el plan salvador del Padre y lo hará llegar a todos los hombres.

En este texto Lucas nos propone el testimonio y la catequesis de Pedro en Cesarea, en casa del centurión romano Cornelio.

Llamado por el Espíritu (cf. Hch. 10,19-20), Pedro entra en casa de Cornelio, le expone lo esencia de la fe y lo bautiza, así como a toda su familia (cf. Hch. 10,23B-49). El episodio es importante porque Cornelio es el primer pagano al cien por cien en ser admitido en el cristianismo por uno de los Doce (el etíope de quien se habla en Hch. 8,26-40 ya era “prosélito”, esto es, simpatizante del judaísmo). Significa que la vida nueva que nace de Jesús es para todos los hombres.

Nuestro texto es una composición lucana donde resuena el “kerigma” primitivo. Pedro comienza anunciando a Jesús como “el ungido”, que tiene el poder de Dios (v. 38a); después describe la actividad de Jesús, que “pasó haciendo el bien y curando a todos los que eran oprimidos” (v. 38b); enseguida da testimonio acerca de la muerte de Jesús en la cruz (v. 39) y de su resurrección (v. 40); finalmente, Pedro saca las conclusiones acerca de la dimensión salvífica de todo esto (v. 43b: “que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados”). Esta catequesis cuenta también, con alguna insistencia, el testimonio de los discípulos que acompañaban el caminar histórico de Jesús (vv. 39a.41.42).

Téngase en cuenta cómo la resurrección no se presenta como un hecho aislado, sino como el culmen de una vida vivida en obediencia al Padre y en donación a los hombres. Después de que Jesús hubiera pasado por el mundo “haciendo el bien y liberando a todos los que estaban oprimidos”, después de haber muerto en la cruz como consecuencia de ese “camino”, Dios lo resucitó. La vida nueva y plena que la resurrección significa es el punto de llegada de una existencia puesta al servicio del proyecto salvador y liberador de Dios. Por otro lado, esta vida vivida en entrega y donación es una propuesta transformadora que, una vez acogida, libera de la esclavitud del egoísmo y del pecado (v. 43).

¿Y los discípulos? Son aquellos que se unirán a Jesús y que acogerán su propuesta liberadora. Si la vida de los discípulos se identifica con la de Jesús, ellos van a“resucitar” (esto es, a renacer a una vida nueva y plena). Además de eso, son sus testigos: es absolutamente necesario que esta propuesta de resurrección, de vida plena, de vida transfigurada, llegue a todos los hombres. Se trata de una propuesta de salvación universal que, a través de los discípulos, debe llegar a todos los pueblos de la tierra sin distinción. Los acontecimientos del día de Pentecostés ya habían anunciado la universalidad de la propuesta de salvación, presentada por Jesús y testimoniada por los apóstoles.

La reflexión puede partir de las siguientes coordenadas:

La resurrección de Jesús es la consecuencia de una vida gastada en “hacer el bien y en liberar a los oprimidos”. Eso significa que siempre que alguien, a ejemplo de Jesús, se esfuerza por vencer el egoísmo, la mentira, la injusticia y por hacer triunfar el amor, está resucitado; significa que, siempre que alguien, a ejemplo de Jesús, se da a los demás y manifiesta, en gestos concretos, su entrega a los hermanos, está construyendo una vida nueva y plena.

¿Yo estoy resucitado (porque camino por el mundo haciendo el bien y liberando a los oprimidos) o mi vida es un volver a andar los viejos esquemas del egoísmo, del orgullo, de la comodidad?

La resurrección de Jesús significa, también, que el miedo, la muerte, el sufrimiento, la injusticia, dejarán de tener poder sobre el hombre que ama, que se da, que comparte la vida. Tiene asegurada la vida plena, esa vida que los poderes del mundo no pueden destruir, controlar o restringir. Puede así enfrentarse al mundo con la serenidad que le viene de la fe.

¿Soy consciente de esto, o me dejo dominar por el miedo, siempre que tengo que actuar para combatir aquello que roba la vida y la dignidad, a mi y a cada uno de mis hermanos?

A los discípulos se les pide que sean testigos de la resurrección. Nosotros no vimos el sepulcro vacío; pero hacemos, todos los días, la experiencia del Señor resucitado, que está vivo y que camina a nuestro lado por los caminos de la historia. Nuestra misión es testimoniar esa realidad; sin embargo nuestro testimonio será hueco y vacío si no lo corroboramos con el amor y la donación (las señales de la vida nueva de Jesús).

Comentario al evangelio – 26 de marzo

Hoy es Lunes Santo. Un día «santo» porque en él se trasluce el misterio último de la libertad de Dios. No se trata de una libertad cualquiera: es la libertad de un Dios que se ha comprometido hasta el fondo con la salvación del ser humano.

En las palabras del profeta Isaías, vemos a Dios Padre entregando a su Hijo al mundo como justicia, alianza y luz. Jesucristo es a la vez el Hijo y el Enviado. Como Hijo, es el elegido de Dios, aquel a quien Dios ha llamado, ha cogido de la mano, ha infundido su espíritu, ha sostenido por los siglos. Sin embargo, como Enviado, habrá de transitar los caminos de la paciencia, la humildad, el abajamiento, el desprecio y la muerte. No se pueden disociar las dos caras del misterio: Jesús es Hijo amado siendo Siervo sufriente y es Siervo sufrienteporque es Hijo amado. Y… Dios es consciente de ello. Es consciente de que, en el gesto de enviarnos a su Hijo, nos está dando la posibilidad de vivir en plenitud, pero sabe también que Jesucristo habrá de convertirse en siervo para llevar a término su oferta de salvación. Así pues, la cruz no forma parte de la voluntad del Padre, pero, una vez que aparece en el horizonte, Dios la asume con generosidad, porque no quiere dar un paso atrás en su libre decisión de amarnos, aunque ello implique adentrarse en las tinieblas.

Estas dos caras del misterio de Cristo, que hunden sus raíces en la libertad amorosa del Padre, tienen también su reflejo en el fragmento del evangelio de Juan que hoy escuchamos. En un ambiente cargado de presagios de muerte, Jesús actúa con la libertad de Dios, asumiendo que su condición de Hijo amado le llevará a tomar la condición de Esclavo sufriente. Cuando María, la hermana de Lázaro, mira a Jesús, ve al Hijo; cuando lo mira Judas, ve al Esclavo. Por eso ella no duda en derramar sobre sus pies un ungüento carísimo, tan valioso y tan sobreabundante como el amor que Dios nos tiene a nosotros en su Hijo. Por su parte, Judas trata de aminorar el mérito de Jesús, reduciéndolo a la indignidad de quien no merece ser embalsamado ni siquiera después de muerto. María y Judas no discuten por los pobres sino por Cristo: con su gesto desproporcionado, ella recibe a Jesús como la gran riqueza de su vida –Él es su salvación– mientras que Judas lo desprecia como la gran decepción de su historia –Él es su perdición–.

Dejemos hoy que la libertad de Dios llegue hasta nosotros en todo su misterio, que Dios nos diga a cada uno: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo». Y al mirarlo, ¿se llenará nuestra casa de la fragancia del perfume o del frío metal de las treinta monedas?

Adrián de Prado Postigo, cmf.