Col 3, 1-4 (2ª lectura Domingo de Resurrección)

Cuando Pablo escribió la Carta a los Colosenses estaba en prisión (¿en Roma?). Epafras, su amigo, le visitó y le habló de la “crisis” por la que atravesaba la Iglesia de Colosas. Algunos doctores enseñaban doctrinas extrañas, que mezclaban especulaciones acerca de los ángeles (cf. Col. 2,18), prácticas ascéticas, rituales legalistas, prescripciones sobre los alimentos y la observancia de determinadas fiestas (cf. Col 2,16.21): todo esto debería (en opinión de estos “maestros”) completar la fe en Cristo, comunicar a los creyentes un conocimiento superior de Dios y de los misterios cristianos y posibilitar una vida religiosa más auténtica. Contra este sincretismo religioso, Pablo afirma la absoluta suficiencia de Cristo.

El texto que se nos propone como segunda lectura es la introducción a la reflexión moral de la carta (cf. Col 3,1-4,6). Después de presentar la centralidad de Cristo en el proyecto salvador de Dios (Col, 1,13-2,23), Pablo recuerda a los cristianos de Colosas que es preciso vivir de forma coherente y verdadera el compromiso asumido en Cristo.

En este texto, Pablo presenta, como punto de partida y base de la vida cristiana, la unión con Cristo resucitado, en la que el cristiano es introducido por el bautismo, Al ser bautizado, el cristiano muere al pecado y renace a una vida nueva, que tendrá su manifestación gloriosa cuando sobrepasemos, por la muerte, la frontera de nuestra vida terrenal. Mientras que caminamos al encuentro de ese objetivo último, nuestra vida tiene que tender a Cristo. Eso significa despojarnos del “hombre viejo”, por un proceso de conversión que nunca está acabado, y revestirnos, cada día más profundamente, de la imagen de Cristo, de forma que nos identifiquemos con él por el amor y por la entrega de la vida.

En el texto de Pablo está presente la idea de que tenemos que vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón y la mente en el cielo: es allí donde están los bienes eternos y nuestra meta definitiva (“aficionaos a las cosas de arriba y no a las de la tierra”). De aquí resultan un conjunto de exigencias prácticas que Pablo va a enumerar, de forma concreta, en los últimos versículos (cf. Col. 3,5-4,1).

Considerad en la reflexión las siguientes cuestiones:

El bautismo nos introduce en una dinámica de comunión con Cristo resucitado. ¿Tengo conciencia de que mi bautismo significó un compromiso con Cristo?
Cuando, de alguna manera, tengo un papel activo en la preparación o en la celebración del sacramento del bautismo, ¿tengo conciencia, y procuro comunicar ese mensaje, de que el sacramento no es un acto tradicional o social, sino un compromiso serio y exigente con Cristo?

¿Mi vida está teniendo un caminar coherente con esta dinámica de vida nueva que comenzó el día en que fui bautizado?
¿Me esfuerzo realmente por despojarme del “hombre viejo”, egoísta y esclavo del pecado, y por revestirme del “hombre nuevo”, que se identifica con Cristo y que vive en el amor, en el servicio, en la donación a los hermanos?

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