Jn 20, 1-9 (Evangelio Domingo de Resurrección)

En la primera parte del Cuarto Evangelio (cf. Jn 4,1-19,42), Juan describe la actividad creadora y vivificadora del Mesías (el último paso de esa actividad destinada a hacer surgir el Hombre Nuevo es, precisamente, la muerte en la cruz: ahí Jesús imparte la última y definitiva lección, la lección del amor total, que no guarda nada para sí, sino que hace de su vida un don radical al Padre y a los hermanos.

En la segunda parte (cf. Jn 20,1-31), Juan presenta el resultado de la acción de Jesús: la comunidad de los Hombres Nuevos, recreados y vivificados por Jesús, que con él aprenderán a amar con radicalidad. Se trata de esa comunidad de hombres y mujeres que se convertirán y se unirán a Jesús y que, cada día, igual que ante el sepulcro vacío, son invitados a manifestar su fe en él.

El texto comienza con una indicación aparentemente cronológica, pero que debe ser entendida sobre todo en clave teológica: “el primer día de la semana”. Significa que comienza un nuevo ciclo, el de la nueva creación, el de la Pascua definitiva. Aquí comienza un nuevo tiempo, el tiempo del hombre nuevo, que surge a partir de la donación de Jesús.

El primer personaje de la escena, es María Magdalena: ella es la primera en dirigirse a la tumba de Jesús, cuando todavía el sol no había nacido, en la mañana del “primer día de la semana”. Ella representa a la nueva comunidad que nació de la acción creadora y vivificadora del Mesías; esa nueva comunidad, testigo de la cruz, cree en un principio, que la muerte ha triunfado y deposita a Jesús en el sepulcro: es una comunidad perdida, desorientada, insegura, desamparada, que no consigue descubrir que la muerte fue derrotada; pero, ante el sepulcro vacío, la nueva comunidad se da cuenta de que la muerte no ha vencido y que Jesús está vivo.

En esta secuencia, Juan nos presenta una catequesis sobre la doble actitud de los discípulos ante el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús. Esa doble actitud se expresa en el comportamiento de los dos discípulos, que en la mañana de Pascua, corren hacia la tumba de Jesús: Simón Pedro y el “otro discípulo” no identificado (pero que parece ser el “discípulo amado”, presentado en el Cuarto Evangelio como modelo ideal del discípulo).

Juan coloca a estas dos figuras juntas en varias circunstancias (en la última cena, es el “discípulo amado”el que percibe quien está al lado de Jesús y quien lo va a traicionar, Jn 13,23-25; en la pasión, él es el que consigue estar cerca de Jesús en el atrio del sumo sacerdote, cuando Pedro lo traiciona, (cf Jn 18,15-18.25-27); él es el que está junto a la cruz cuando Jesús muere, Jn 19,25-27; es él quien reconoce a Jesús resucitado en esa sombra que se aparece a los discípulos en el lago de Tiberíades, Jn 21,7.

En esas ocasiones, el “discípulo amado” llevó siempre ventaja sobre Pedro. Aquí, eso va a suceder otra vez: el “otro discípulo” corrió más y llegó a la tumba antes que Pedro (el hecho de decir que no entró, puede querer significar su deferencia y su amor, que surgen de su sintonía con Jesús); y, después de ver, “creyó” (no se dice lo mismo de Pedro).

Probablemente, el autor del Cuarto Evangelio quiso describir, a través de estas figuras, el impacto producido en los discípulos por la muerte de Jesús y las diferentes disposiciones existentes entre los miembros de la comunidad cristiana. En general Pedro representa en los Evangelios, al discípulo obstinado, para quien la muerte significa fracaso y que rehúsa aceptar que la vida nueva pase por la humillación de la cruz (Jn 13,6-8.36-38; 18,16.17.18.25-27; cfr. Mc 8,32- 33; Mt 16,22-23).

Al contrario, el “otro discípulo” es el “discípulo amado”, que está siempre próximo a Jesús, que hace la experiencia de amor de Jesús; por eso, corre a su encuentro de forma más decidida y “percibe”, porque sólo quien ama mucho percibe las cosas ciertas que pasan desapercibidas a los otros, que la muerte no pone el punto final a la vida.

Ese “otro discípulo” es, por tanto, la imagen del discípulo ideal, que está en sintonía total con Jesús, que va a su encuentro con un empeño total, que comprende los signos y que descubre (porque el amor conduce a descubrir) que Jesús está vivo. Él es el paradigma del Hombre Nuevo, del hombre recreado por Jesús.

La reflexión puede iniciarse a partir de los siguientes datos:

La lógica humana va en la línea de la figura representada por Pedro: el amor dado hasta la muerte, los servicios simples y sin pretensiones, la entrega de la vida, solo conducen al fracaso; no es un camino sólido y consistente para llegar al éxito, al triunfo, a la gloria. De la cruz, del amor radical, de la donación de sí, no puede surgir realización, felicidad, vida plena.

Es verdad que es esta la perspectiva de la cultura dominante; es verdad que esta es la perspectiva de muchos cristianos (representados en la figura de Simón Pedro).
¿Cómo me sitúo frente a esto?

La resurrección de Jesús prueba, precisamente, que la vida plena, la vida total, la transfiguración total de nuestra realidad finita y de nuestras limitadas capacidades pasa por el amor que se da, con radicalidad, hasta las últimas consecuencias.
¿Tengo conciencia de eso?
¿Conduzco mi vida en esa dirección?

Por la fe, por la esperanza, por el seguimiento de Cristo y por los sacramentos, la semilla de la resurrección (el propio Jesús) es depositada en la realidad del hombre / cuerpo. Revestidos de Cristo, somos criatura nueva: estamos, por tanto, llamados a resucitar, hasta alcanzar la plenitud, la maduración plena, la vida total (cuando sobrepasamos la barrera de la muerte física). Por lo tanto, aquí comienza la nueva humanidad.

La figura de Pedro puede también representar aquí esa vieja prudencia de los responsables institucionales de la Iglesia, que les impide caminar al frente de la peregrinación del Pueblo de Dios, de arriesgar, de aceptar los desafíos, de unirse a lo nuevo, a lo desconcertante, a lo incomprensible.

El Evangelio de hoy sugiere que es precisamente ahí donde tantas veces se revela el misterio de Dios y se encuentran ecos de la resurrección y de la vida nueva.

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