Lunes Santo

Hoy es 26 de marzo, Lunes Santo.

La Semana Santa es un momento privilegiado para estar con el Señor, para acompañarle. Pero también es un tiempo especial para dejarse acompañar por él. Disponte a pasar un rato tranquilo de oración, a estar con Jesús, a recorrer con él estos días previos a la Pascua.

Donde hay amor, allí está Dios. Disponte a dejar que ese amor se convierta en tu motor y en tu horizonte.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 12, 1-11):

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?»

Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban echando.

Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.»

Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

¿Qué sentirá María para hacer un gesto así? ¿Cómo será su alegría? ¿Cómo de grande su agradecimiento? ¿Qué brotará de su corazón, que lo más valioso, lo más exquisito que posee, decide derramarlo sobre los pies de Jesús, y además, enjugarlo con su propio cabello? ¿No habrá percibido María algo sin igual, desbordante, algo que la llene completamente? ¿Hay algo así en tu vida?

María, la hermana de Lázaro, ha comprendido que el Reino de Dios, no entiende de medidas, ni se puede calcular, ni es un simple arreglo práctico o un acuerdo ético. Todo ello es necesario, pero el Reino de Dios es más. Es banquete, fiesta, es amor y alegría que se desborda. ¿Qué espacios y tiempos te das para agradecer, para disfrutar, para estar con el Señor, con los hermanos, por el simple gusto de estar?

Los sumos sacerdotes también quieren matar a Lázaro. Dejarse alcanzar por Jesús significa participar con él en la construcción del Reino, pero también en la persecución. Ahora que se aproxima la Pascua, ¿estás dispuesto a compartir con Jesús también su pasión?

Al volver a leer el evangelio, imagina la escena, contémplala, la mesa, el banquete, Marta, Jesús, su amigo Lázaro, María, el perfume cayendo sobre los pies de Jesús.

Dedica este último rato de la oración a hablar con Jesús y ofrécele lo mejor que tienes, lo más valioso. Ofrécele aquello que sólo derramándolo sobre el Señor se llena de sentido y cobra, aún, más valor.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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Liturgia 26 de marzo

LUNES SANTO

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio II de la Pasión del Señor

Leccionario: Vol. II

  • Is 42, 1-7. No gritará, no voceará por las calles.
  • Salmo 26. El Señor es mi luz y mi salvación.
  • Jn 12, 1-11. Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura.

Antífona de entrada           Sal 34, 1-2; 139, 8
Pelea, Señor, contra los que me atacan, guerrea contra los que me hacen guerra; empuña el escudo y la adarga, levántate y ven en mi auxilio, Señor Dios, mi fuerte salvador.

Oración colecta
CONCÉDENOS, Dios todopoderoso,
que, quienes desfallecemos a causa de nuestra debilidad,
encontremos aliento en la pasión de tu Hijo unigénito.
Él, que vive y reina contigo.

Oración sobre las ofrendas
MIRA, Señor, con bondad
los santos misterios que estamos celebrando
y, ya que tu amor providente los instituyó
para librarnos de nuestra condena,
haz que fructifiquen para la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio II de la Pasión del Señor

Antífona de comunión          Sal 101, 3
No me escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame en seguida.

Oración después de la comunión
VISITA , Señor, a tu pueblo,
y guarda los corazones
de quienes se consagran a tus misterios con amor solícito,
para que conserven, bajo tu protección,
los medios de la salvación eterna que han recibido de tu misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
DEFIENDE, Señor, a los sencillos
y protege continuamente a los que confían en tu misericordia,
para que, al disponerse a celebrar las fiestas de Pascua,
tengan en cuenta no solo la penitencia corporal,
sino, lo que es más importante, la pureza interior.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Braulio

SAN BRAULIO, OBISPO DE ZARAGOZA

(† 651)

Hacia el penúltimo decenio del siglo VI nace Braulio, quien más tarde habría de ser obispo de Zaragoza y el más ilustre prelado, después de San Isidoro, en la primera mitad del siglo VII de la España visigótica.

Aunque ignoramos el nombre de la madre y el del lugar de su nacimiento, ciertos indicios y alusiones de sus cartas parecen apuntar hacia Gerona, en tanto que otros orientan hacia Zaragoza nos es conocido, por San Eugenio de Toledo, el de su padre, Gregorio; y por San Ildefonso y el mismo Braulio, el de otro hermano suyo mayor, Juan, que habría de ser su predecesor en la sede zaragozana. El propio Braulio nos habla, además, en la dedicatoria de la Vida de San Millán, de otro hermano, Frunimiano, abad de cierto monasterio; y en sus cartas, de dos hermanas: Pomponia, abadesa, y Basila, acogida en la flor de su juventud y temprana viudez al mismo monasterio de Pomponia, superando así, como dice el ya citado San Eugenio, con el brillo de sus méritos el lustre de su linaje.

Los nombres de los miembros todos de la familia revelan claramente el origen hispano-romano de ésta; y como el mismo padre, Gregorio, terminó siendo obispo, según parece indicarlo un himno de San Eugenio, de una diócesis no identificada —¿tal vez de Osma?—, se nos ofrece aquí un ejemplar no raro en aquella época —baste recordar el del mismo San Isidoro, con dos hermanos obispos, Leandro y Fulgencio, y una hermana abadesa, Florentina— de una familia ilustre, de probada ortodoxia y religiosidad, con fácil y casi hereditario acceso a las altas jerarquías eclesiásticas.

La primera formación piadosa y cultural la recibió Braulio de su hermano mayor, Juan, a quien llama su maestro en la vida común, en la piedad y en la doctrina; verosimilmente, en la escuela aneja al monasterio de Santa Engracia, en la misma Zaragoza, del que debió de ser abad dicho Juan, antes de su promoción al episcopado.

De otro pasaje de las cartas de San Braulio parece deducirse que tampoco fue ajeno a aquella formación su hermano Frunimiano.

San Ildefonso nos habla del docto magisterio de Juan en las sagradas letras y de su pericia en el cómputo eclesiástico y en la liturgia, para la que hubo de componer algunos himnos y otras piezas elegantes; y San Eugenio lo celebra como distinguido en toda clase de disciplinas, y a quien la misma Grecia se inclina; frase esta última que parece aludir a su formación humanística.

Con tan competente maestro logró Braulio adquirir aquella perfecta y amplia formación, de la que tan gallarda muestra nos dejó particularmente en su epistolario, no sólo en todo el ámbito entonces explorado de las ciencias eclesiásticas, sino también en las letras clásicas y aun en la poesía y la música, ya que también Braulio, como su maestro Juan y su discípulo Eugenio, llegará a componer la letra y la melodía de himnos sagrados, que fueron incorporados a la liturgia de la iglesia visigótica.

Pero la plenitud y madurez de esta formación hubo de cuajar en la escuela y al lado del gran San Isidoro de Sevilla. Empujado por la sed, nunca apagada, de aprender y atraído por el prestigio de este gran doctor de la iglesia española, se traslada Braulio a Sevilla, donde sin que podamos precisar fechas, debió de hacer prolongada estancia o pasar parte de su juventud.

De esta permanencia de Braulio al lado de Isidoro, más aún que en plan de discípulo y maestro en plan de compañerismo íntimo y aun; de colaboración, data aquella profunda, tierna y nunca entibiada amistad entre ambos hombres de cultura y siervos de Dios, teñida, en todo caso, por un discreto matiz de protección paternal de parte del anciano y renombrado arzobispo hacia el joven arcediano y mas tarde obispo de Zaragoza, que tan deliciosamente se revela en la mutua correspondencia.

De regreso ya Braulio en Zaragoza y nombrado arcediano de la misma, probablemente al ser promovido el año 619 a la sede episcopal su hermano Juan, le escribe Isidoro llamándole carísimo y dilectísimo hermano. Señor en Cristo y amadísimo hijo; le manda algún libro y le pide otro; le ofrece como obsequio y signo de amistad un anillo y un manto; y hace votos por volver a verle alguna vez, para que, al que contristaste alejándote, de nuevo le alegres presentándote. Corresponde Braulio con grandes demostraciones de cariño y admiración al que llama el más grande de los obispos y el más excelso de los hombres, luminar esplendoroso e inextinguible; expresa, a su vez, vehementes anhelos de volver a encontrarse; le pide las actas de cierto sínodo y, sobre todo, le ruega con insistencia el envío del libro de las Etimologías, al que se cree con especial derecho, por la promesa que Isidoro le tiene hecha, y por haber sido escrito a ruegos del mismo Braulio.

Promovido éste, por muerte de su hermano Juan, el año 631, a la sede episcopal de Zaragoza, de nuevo escribe al arzobispo de Sevilla una larga carta, llena de elegancia y de humor, en la que simulando unas veces enfados, otras quejas doloridas, ya actitudes agresivas, ya súplicas rendidas y humildes, trata con todo ello de obtener el envío tan deseado y aún no conseguido, del libro de las Etimologías.

Esta vez el insaciable bibliófilo obtiene su ferviente aspiración, puesto que recibe de Isidoro, junto con otros códices, los de las Etimologías; aunque no como él los deseaba y había pedido íntegros, enmendados y bien dispuestos, sino, precisamente, para que llevase a cabo la enmienda —y ello es prueba del concepto que Braulio merecía a Isidoro—, que el propio autor, por falta de salud, dice no poder terminar. En toda esta correspondencia entre ambos siervos de Dios se advierte como una puja de mutua estima y de deferencias, de respetos y de confianzas, de caridad y de humildad, de piadosa devoción y de anhelos sobrenaturales, que encanta y edifica.

La presencia de ambos en el IV Concilio de Toledo, del anciano Isidoro en el cenit de su prestigio y autoridad, como presidente de la asamblea, y del recién nombrado y aún poco conocido obispo de Zaragoza —apenas si llevaría dos años en tal puesto—, debió de ser el último encuentro de los dos grandes amigos. Pero al fallecer, tres años más tarde, el arzobispo de Sevilla, Braulio viene a recoger, como por natural sucesión, la herencia moral y el prestigio de aquél, y a constituirse la primera figura de la iglesia española.

Ya en el Concilio V de Toledo, tres meses apenas de la muerte de San Isidoro, parece haber sido nuestro Santo quien dirige las deliberaciones y redacta los cánones, ordenados casi exclusivamente a la elección pacífica y seguridad de los reyes. Pero es, sobre todo, en el concilio siguiente, el VI de Toledo, donde el prestigio del obispo de Zaragoza se impone y resplandece. Sin ser él metropolitano, y a pesar de hallarse presentes cinco de éstos: el de Narbona, el de Braga, el de Toledo, el de Sevilla y el de Tarragona, San Braulio es el comisionado para contestar, en nombre de la asamblea que reunía obispos, como rezan las Actas, de las Españas y de las Galias, a la queja del papa Honorio I contra los obispos españoles, por supuesta negligencia o sobrada lenidad en la defensa de la fe.

Esta queja del Papa, motivada al parecer por una defectuosa información, tal vez por una interpretación inexacta del canon LVII del Concilio IV de Toledo, en el que se censuraban las conversiones de los judíos obtenidas por la coacción, es rechazada por el portavoz de los obispos, con gran decisión y apostólica libertad, a la vez que con respetuosa y filial veneración al Pontífice, e inequívoco reconocimiento del primado de la cátedra romana. Por causas que ignoramos, San Braulio no asistió al Concilio VII de Toledo, que fue presidido por su antiguo discípulo y arcediano, ahora arzobispo de la sede primada, Eugenio, de quien él había hecho un teólogo, un poeta y un santo. Las señaladas posición e influencia preeminentes de San Braulio en la iglesia visigótica española perdurarán ya hasta su muerte. A él acudirán de todas partes y personalidades las más ilustres en busca de consuelo o de consejo y en demanda de soluciones para sus dudas o cuestiones teológicas, escriturarias, canónicas o litúrgicas.

Entre otros: San Eugenio de Toledo, discípulo y arcediano que había sido, como ya hemos dicho, de San Braulio, y a quien éste, que tal vez le preparaba para sucesor suyo, cediera para la sede primada, forzado tan sólo por las presiones del rey Chindasvinto; y San Fructuoso, el legislador del monacato en la España visigótica y promovido más tarde a la sede metropolitana de Braga. Por una frase de San Braulio, respondiendo a éste, se ha querido deducir una relación de parentesco entre ambos. Si ello fuera verdad, tendríamos a San Braulio emparentado con la familia que dio un rey, Sisenando, al trono de Toledo. Los mismos reyes, como Chindasvinto y Recesvinto, reciben de nuestro Santo consejo o lo solicitan en asuntos de Estado los más importantes. Al primero le sugiere San Braulio la conveniencia, para prevenir posibles perturbaciones en la elección de un sucesor en la corona, de asociar ya en vida, como así se hizo, en el trono a su hijo Recesvinto. Este, más tarde, le encarga con insistencia la revisión de un códice —probablemente el proyecto del Fuero Juzgo, presentado en su día al Concilio VIII de Toledo— en el que el rey tenía gran interés, y de cuya laboriosa corrección por el prelado zaragozano le queda muy agradecido.

Para satisfacer a toda esta correspondencia y al intercambio y copia de códices, a cuya búsqueda y adquisición, por donde quiera que averiguase o sospechase su existencia, se dedicó toda su vida con verdadera pasión de bibliófilo, hubo de organizar nuestro Santo un escritorio, en el que, a veces, como él mismo dice, escaseaban los materiales o pergaminos.

Ejemplo de esa pasión bibliófila es su correspondencia con el célebre abad Tajón, quien habría de sucederle en la sede zaragozana. Este, que había acudido también a Braulio con una consulta teológica, y dejó escrito del mismo: ¿Hay en nuestra época hombre más elocuente, más sabio, más familiarizado con los secretos de la ciencia?, había logrado traer de Roma algunos escritos de San Gregorio Magno, aún no conocidos en España, y nuestro Santo se apresura a rogarle, con gran encarecimiento, se los deje para copiarlos. Por cierto que aquí hubo de echar en olvido, y aun compensar con las más deferentes y afectuosas expresiones, las un tanto agrias con que, tiempo atrás, se había visto obligado a responder a alguna intemperancia del mismo Tajón, y de las que pueden ser muestra las siguientes líneas, en las que se revela la cultura clásica del obispo de Zaragoza: «También yo, si quisiera, podría replicar; …que también yo, como dice Flaco, aprendí letras, y tuve que sustraer con frecuencia la palma al azote de la férula; y también a mí se podría aplicar lo de: huye lejos que lleva heno en el cuerno; y aun aquello de Virgilio: también nosotros, padre, manejamos con diestra fuerte los dardos y el hierro, y también de las heridas que hacemos brota sangre… Pero soy siervo del amor y no quiero perder el tuyo, ni quiero poner en mis palabras cosa de burla o desagradable, como aconseja Ovidio, ni hacer, como dice Apio, alarde de facundia canina; …antes, imitando la humildad del Maestro y Señor Cristo, queremos seguir a aquel que dice: ofrecí mi espalda a los azotes y mis mejillas a las bofetadas…»

Siempre en la correspondencia del Santo aparece, por encima de todo, la más exquisita cortesía, la delicadeza, la humildad —el encabezamiento ordinario de sus cartas es el de: Braulio, siervo inútil de los santos de Dios—, la caridad, la bondad servicial, un gran sentido de humanismo indulgente y un equilibrio ejemplar de consejo y de conducta.

La carta que cierra el epistolario es la dirigida al abad San Fructuoso, en respuesta a las cuestiones escriturísticas que éste le había propuesto, y viene a ser como un pequeño tratado de exégesis bíblica, en el que se pone de manifiesto el gran conocimiento en nuestro Santo de la patrística, del texto griego y de la verdad hebraica. Hacia el final de esta carta, se lee como una especie de presentimiento de su cercana muerte.

Ya en sus últimas cartas anteriores venía hablando con frecuencia el obispo de Zaragoza de la debilidad de sus fuerzas, de su inutilidad, de sus preocupaciones y contrariedades, compañeras inseparables del cargo pastoral, pero que se hacen más sensibles cuando las energías corporales van perdiendo su poder de resistencia, de sus achaques, en especial de su falta de vista, cansada, sin duda, en la lectura asidua de códices enrevesados y de letra difícil; pero en la última carta nos dice algo más concreto: esperando estoy cada día el fin de mi doliente condición mortal.

Y este presentimiento, que para el Santo era una esperanza, se cumplió el mismo año de 651, fecha de la muerte de San Braulio.

Su mejor elogio fúnebre pudo ser el que en su carta le dirigía el mismo San Fructuoso, y que no era sino la expresión del común sentir de la iglesia visigótica contemporánea: «Damos gracias incesantes a nuestro Creador y Señor, que en estos últimos tiempos ha hecho que seáis tal y tan grande pontífice, que en el mérito de la vida y el don de la doctrina sigáis en todo los ejemplos apostólicos, digno de alcanzar la inefable gloria de la patria suprema, junto con aquellos cuya vida incontaminada imitáis en este tempestuoso mundo.» 

FIDEL GARCÍA MARTÍNEZ

Laudes – Lunes Santo

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Himno: DIERON MUERTE AL HEREDERO

Dieron muerte al Heredero,
su oblación es haz de luz,
reina Dios desde el madero,
fulge el signo de la cruz.

En los cielos contemplamos
nuestra prenda tan locuaz
como símbolo divino
de salud, de amor, de paz.

¡Resplandece, brilla, avanza,
oh estandarte del gran Rey!
¡Oh cruz, única esperanza
y resumen de su ley!

Que presidas nuestra suerte
-cada cual con nuestra cruz-
y en la hora de la muerte
nos conduzcas a Jesús.

Gloria al Padre con el Hijo
y el Espíritu de amor;
las tres personas reciban
por la cruz igual honor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Exclamó Jesús: «Siento en mi alma angustias de muerte; aguardad aquí y velad conmigo.»

Salmo 41 – DESEO DEL SEÑOR Y ANSIAS DE CONTEMPLAR EL TEMPLO

Como busca la cierva
corrientes de agua,
así mi alma te busca
a ti, Dios mío;

tiene sed de Dios,
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan
noche y día,
mientras todo el día me repiten:
«¿Dónde está tu Dios?»

Recuerdo otros tiempos,
y mi alma desfallece de tristeza:
cómo marchaba a la cabeza del grupo,
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío.»

Cuando mi alma se acongoja,
te recuerdo,
desde el Jordán y el Hermón
y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima
con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas
me han arrollado.

De día el Señor
me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza
del Dios de mi vida.

Diré a Dios: Roca mía,
¿por qué me olvidas?
¿Por qué voy andando sombrío,
hostigado por mi enemigo?

Se me rompen los huesos
por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan:
«¿Dónde está tu Dios?»

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Exclamó Jesús: «Siento en mi alma angustias de muerte; aguardad aquí y velad conmigo.»

Ant 2. Ahora viene el juicio de este mundo; ahora el señor de este mundo va a ser arrojado fuera.

Cántico: SÚPLICA EN FAVOR DE LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN Sir. 36, 1-7. 13-16

Sálvanos, Dios del universo,
infunde tu terror a todas las naciones;
amenaza con tu mano al pueblo extranjero,
para que sienta tu poder.

Como les mostraste tu santidad al castigarnos,
muéstranos así tu gloria castigándolos a ellos:
para que sepan, como nosotros lo sabemos,
que no hay Dios fuera de ti.

Renueva los prodigios, repite los portentos,
exalta tu mano, robustece tu brazo.

Reúne a todas las tribus de Jacob
y dales su heredad como antiguamente.

Ten compasión del pueblo que lleva tu nombre,
de Israel, a quien nombraste tu primogénito.
Ten compasión de tu ciudad santa,
de Jerusalén, lugar de tu reposo.

Llena a Sión de tu majestad
y al templo de tu gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ahora viene el juicio de este mundo; ahora el señor de este mundo va a ser arrojado fuera.

Ant 3. Jesús, caudillo y consumador de la fe, sufrió con toda constancia la cruz, pasando por encima de su ignominia; y está sentado a la diestra del trono de Dios.

SALMO 18 A – ALABANZA AL DIOS CREADOR DEL UNIVERSO.

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo murmura.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como el esposo de su alcoba,
contento como un héroe, a recorrer su camino.

Asoma por un extremo del cielo,
y su órbita llega al otro extremo:
nada se libra de su calor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús, caudillo y consumador de la fe, sufrió con toda constancia la cruz, pasando por encima de su ignominia; y está sentado a la diestra del trono de Dios.

LECTURA BREVE   Jr 11, 19-20

Yo como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban: «Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos, que su nombre no se pronuncie más.» Pero tú, Señor de los ejércitos, juzgas rectamente, escudriñas las entrañas y el corazón; veré tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa.

RESPONSORIO BREVE

V. Nos has comprado, Señor, por tu sangre.
R. Nos has comprado, Señor, por tu sangre.

V. De entre toda raza, lengua, pueblo y nación.
R. Nos has comprado, Señor, por tu sangre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Nos has comprado, Señor, por tu sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Padre justo, si es verdad que el mundo no te ha conocido, yo si te he conocido y sé que tú me has enviado.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Padre justo, si es verdad que el mundo no te ha conocido, yo si te he conocido y sé que tú me has enviado.

PRECES

Acudamos a Cristo, nuestro Salvador, que nos redimió con su muerte y resurrección, y digámosle:

Señor, ten piedad de nosotros.

Tú que subiste a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria,
conduce a tu Iglesia a la Pascua eterna.

Tú que, elevado en la cruz, quisiste ser atravesado por la lanza del soldado,
sana nuestras heridas.

Tú que convertiste el madero de la cruz en árbol de vida,
haz que los renacidos en el bautismo gocen de la abundancia de los frutos de este árbol.

Tú que, clavado en la cruz, perdonaste al ladrón arrepentido,
perdónanos también a nosotros, pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Como Cristo nos enseñó, pidamos al Padre que perdone nuestros pecados, diciendo:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

26 de marzo

OFICIO DE LECTURA
 
INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: VINAGRE Y HIEL PARA SUS LABIOS PIDE

Vinagre y hiel para sus labios pide,
y perdón para el pueblo que le hiere,
que, como sólo porque viva muere,
con su inmensa piedad sus culpas mide.

Señor, que al que le deja no despide,
que al siervo vil que le aborrece quiere,
que, porque su traidor no desespere,
a llamarle su amigo se comide.

Ya no deja ignorancia al pueblo hebreo
de que es Hijo de Dios, si agonizando
hace de amor por su dureza empleo.

Quien por sus enemigos expirado
pide perdón, mejor, en tal deseo,
mostró ser Dios, que el sol y el mar bramando. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Salmo 30, 2-17. 20-25 I SÚPLICA CONFIADA Y ACCIÓN DE GRACIAS

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.

En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Ant 2. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Salmo 30 II

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Ant 3. Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

Salmo 30 III

¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!

En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

V. Cuando sea yo levantado en alto sobre la tierra.
R. Atraeré a todos hacia mí.

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 26, 1-15

JEREMÍAS EN PELIGRO DE MUERTE POR PROFETIZAR LA RUINA DEL TEMPLO

Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino a Jeremías esta palabra del Señor:

«Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo Y di a todos los ciudadanos de Judá, que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, Y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones.

Les dirás: «Así dice el Señor: Si no me obedecéis -cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia y escuchando las palabras de mis siervos los profetas, que os enviaba sin cesar Y vosotros no escuchabais-, entonces trataré a este templo como al de Silo, y a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»»

Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo prendieron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo:

«Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»

Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor. Se enteraron de lo sucedido los príncipes de Judá y, subiendo del palacio real al templo del Señor, se sentaron a juzgar junto a la Puerta Nueva. Los sacerdotes y los profetas dijeron a los príncipes y al pueblo:

«Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como lo habéis oído con vuestros oídos.»

Jeremías respondió a los príncipes y al pueblo:

«El Señor me envió a profetizar contra este templo y esta ciudad las palabras que habéis oído. Ahora bien, enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, escuchad la voz del Señor, vuestro Dios; y el Señor se arrepentirá de la amenaza que pronunció contra vosotros. Yo por mi parte estoy en vuestras manos: haced de mí lo que mejor os parezca. Pero, sabedlo bien: si vosotros me matáis, echáis sangre inocente sobre vosotros, sobre esta ciudad y sus habitantes. Porque ciertamente me ha enviado el Señor a vosotros, a predicar a vuestros oídos estas palabras.»

RESPONSORIO    Jn 12, 27-28; Sal 41, 6

R. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si precisamente para esto he llegado a esta hora! * Padre, glorifica tu nombre.
V. ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?
R. Padre, glorifica tu nombre.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón Güelferbitano 3: PLS 2, 545-546)

GLORIÉMONOS TAMBIÉN NOSOTROS EN LA CRUZ DEL SEÑOR

La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es origen de nuestra esperanza en la gloria y nos enseña a sufrir. En efecto, ¿qué hay que no puedan esperar de la bondad divina los corazones de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, eterno como el Padre, tuvo en poco el hacerse hombre, naciendo del linaje humano, y quiso además morir de manos de los hombres, que él había creado?

Mucho es lo que Dios nos promete; pero es mucho más lo que recordamos que ha hecho ya por nosotros. ¿Dónde estábamos o qué éramos, cuando Cristo murió por nosotros, pecadores? ¿Quién dudará que el Señor ha de dar la vida a sus santos, siendo así que les dio su misma muerte? ¿Por qué vacila la fragilidad humana en creer que los hombres vivirán con Dios en el futuro?

Mucho más increíble es lo que ha sido ya realizado: que Dios ha muerto por los hombres.

¿Quién es, en efecto, Cristo, sino aquella Palabra que existía al comienzo de las cosas, que estaba con Dios y que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Es que, si no hubiese tomado de nosotros carne mortal, no hubiera podido morir por nosotros. De este modo el que era inmortal pudo morir, de este modo quiso darnos la vida a nosotros, los mortales; y ello para hacernos partícipes de su ser, después de haberse hecho él partícipe del nuestro. Pues, del mismo modo que no había en nosotros principio de vida, así no había en él principio de muerte. Admirable intercambio, pues, el que realizó con esta recíproca participación: de nosotros asumió la mortalidad, de él recibimos la vida.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino, al contrario, debemos poner en ella toda nuestra confianza y toda nuestra gloria, ya que al tomar de nosotros la mortalidad, cual la encontró en nosotros, nos ofreció la máxima garantía de que nos daría la vida, que no podemos tener por nosotros mismos. Pues quien tanto nos amó, hasta el grado de sufrir el castigo que merecían nuestros pecados, siendo él mismo inocente, ¿cómo va ahora a negarnos, él, que nos ha justificado, lo que con esa justificación nos ha merecido? ¿Cómo no va a dar el que es veraz en sus promesas el premio a sus santos, él, que, sin culpa alguna, soportó el castigo de los pecadores?

Así pues, hermanos, reconozcamos animosamente, mejor aún, proclamemos que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo no con temor sino con gozo, no con vergüenza sino con orgullo.

El apóstol Pablo se dio cuenta de este título de gloria y lo hizo prevalecer. Él, que podía mencionar muchas cosas grandes y divinas de Cristo, no dijo que se gloriaba en estas grandezas de Cristo -por ejemplo, en que es Dios junto con el Padre, en que creó el mundo, en que, incluso siendo hombre como nosotros, manifestó su dominio sobre el mundo-, sino: En cuanto a mí -dice-, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO

R. Señor, adoramos tu cruz y veneramos tu pasión gloriosa. * Ten misericordia de nosotros, tú que por nosotros padeciste.
V. Muéstrate, pues, amigo y defensor de los hombres que salvaste con tu sangre.
R. Ten misericordia de nosotros, tú que por nosotros padeciste.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

Oficio de lectura – Lunes Santo

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: VINAGRE Y HIEL PARA SUS LABIOS PIDE

Vinagre y hiel para sus labios pide,
y perdón para el pueblo que le hiere,
que, como sólo porque viva muere,
con su inmensa piedad sus culpas mide.

Señor, que al que le deja no despide,
que al siervo vil que le aborrece quiere,
que, porque su traidor no desespere,
a llamarle su amigo se comide.

Ya no deja ignorancia al pueblo hebreo
de que es Hijo de Dios, si agonizando
hace de amor por su dureza empleo.

Quien por sus enemigos expirado
pide perdón, mejor, en tal deseo,
mostró ser Dios, que el sol y el mar bramando. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Salmo 30, 2-17. 20-25 I SÚPLICA CONFIADA Y ACCIÓN DE GRACIAS

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:
sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.

En tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
no me has entregado en manos del enemigo,
has puesto mis pies en un camino ancho.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Ant 2. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Salmo 30 II

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Ant 3. Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

Salmo 30 III

¡Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos!

En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo,
frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

V. Cuando sea yo levantado en alto sobre la tierra.
R. Atraeré a todos hacia mí.

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Jeremías 26, 1-15

JEREMÍAS EN PELIGRO DE MUERTE POR PROFETIZAR LA RUINA DEL TEMPLO

Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino a Jeremías esta palabra del Señor:

«Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo Y di a todos los ciudadanos de Judá, que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, Y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones.

Les dirás: «Así dice el Señor: Si no me obedecéis -cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia y escuchando las palabras de mis siervos los profetas, que os enviaba sin cesar Y vosotros no escuchabais-, entonces trataré a este templo como al de Silo, y a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»»

Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo prendieron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo:

«Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»

Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor. Se enteraron de lo sucedido los príncipes de Judá y, subiendo del palacio real al templo del Señor, se sentaron a juzgar junto a la Puerta Nueva. Los sacerdotes y los profetas dijeron a los príncipes y al pueblo:

«Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como lo habéis oído con vuestros oídos.»

Jeremías respondió a los príncipes y al pueblo:

«El Señor me envió a profetizar contra este templo y esta ciudad las palabras que habéis oído. Ahora bien, enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, escuchad la voz del Señor, vuestro Dios; y el Señor se arrepentirá de la amenaza que pronunció contra vosotros. Yo por mi parte estoy en vuestras manos: haced de mí lo que mejor os parezca. Pero, sabedlo bien: si vosotros me matáis, echáis sangre inocente sobre vosotros, sobre esta ciudad y sus habitantes. Porque ciertamente me ha enviado el Señor a vosotros, a predicar a vuestros oídos estas palabras.»

RESPONSORIO    Jn 12, 27-28; Sal 41, 6

R. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si precisamente para esto he llegado a esta hora! * Padre, glorifica tu nombre.
V. ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?
R. Padre, glorifica tu nombre.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón Güelferbitano 3: PLS 2, 545-546)

GLORIÉMONOS TAMBIÉN NOSOTROS EN LA CRUZ DEL SEÑOR

La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es origen de nuestra esperanza en la gloria y nos enseña a sufrir. En efecto, ¿qué hay que no puedan esperar de la bondad divina los corazones de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, eterno como el Padre, tuvo en poco el hacerse hombre, naciendo del linaje humano, y quiso además morir de manos de los hombres, que él había creado?

Mucho es lo que Dios nos promete; pero es mucho más lo que recordamos que ha hecho ya por nosotros. ¿Dónde estábamos o qué éramos, cuando Cristo murió por nosotros, pecadores? ¿Quién dudará que el Señor ha de dar la vida a sus santos, siendo así que les dio su misma muerte? ¿Por qué vacila la fragilidad humana en creer que los hombres vivirán con Dios en el futuro?

Mucho más increíble es lo que ha sido ya realizado: que Dios ha muerto por los hombres.

¿Quién es, en efecto, Cristo, sino aquella Palabra que existía al comienzo de las cosas, que estaba con Dios y que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Es que, si no hubiese tomado de nosotros carne mortal, no hubiera podido morir por nosotros. De este modo el que era inmortal pudo morir, de este modo quiso darnos la vida a nosotros, los mortales; y ello para hacernos partícipes de su ser, después de haberse hecho él partícipe del nuestro. Pues, del mismo modo que no había en nosotros principio de vida, así no había en él principio de muerte. Admirable intercambio, pues, el que realizó con esta recíproca participación: de nosotros asumió la mortalidad, de él recibimos la vida.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino, al contrario, debemos poner en ella toda nuestra confianza y toda nuestra gloria, ya que al tomar de nosotros la mortalidad, cual la encontró en nosotros, nos ofreció la máxima garantía de que nos daría la vida, que no podemos tener por nosotros mismos. Pues quien tanto nos amó, hasta el grado de sufrir el castigo que merecían nuestros pecados, siendo él mismo inocente, ¿cómo va ahora a negarnos, él, que nos ha justificado, lo que con esa justificación nos ha merecido? ¿Cómo no va a dar el que es veraz en sus promesas el premio a sus santos, él, que, sin culpa alguna, soportó el castigo de los pecadores?

Así pues, hermanos, reconozcamos animosamente, mejor aún, proclamemos que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo no con temor sino con gozo, no con vergüenza sino con orgullo.

El apóstol Pablo se dio cuenta de este título de gloria y lo hizo prevalecer. Él, que podía mencionar muchas cosas grandes y divinas de Cristo, no dijo que se gloriaba en estas grandezas de Cristo -por ejemplo, en que es Dios junto con el Padre, en que creó el mundo, en que, incluso siendo hombre como nosotros, manifestó su dominio sobre el mundo-, sino: En cuanto a mí -dice-, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO

R. Señor, adoramos tu cruz y veneramos tu pasión gloriosa. * Ten misericordia de nosotros, tú que por nosotros padeciste.
V. Muéstrate, pues, amigo y defensor de los hombres que salvaste con tu sangre.
R. Ten misericordia de nosotros, tú que por nosotros padeciste.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.