Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica

16.- La tercera parte del catecismo presenta el fin último del hombre, creado a imagen de Dios: la bienaventuranza, y los caminos para llegar a ella: mediante un obrar recto y libre, con la ayuda de la ley y de la gracia de Dios (Sección primera); mediante un obrar que realiza el doble mandamiento de la caridad, desarrollado en los diez Mandamientos de Dios (Sección segunda)”.

En primer lugar, me llama la atención el título que se le pone a la tercera parte “La vida de fe” o “La vida en Cristo”. Es muy hermoso ese título y sanador de concepciones reductoras de lo que es la vida moral o los mandamientos. El hecho de que se le llame así es muy sanador de esa tendencia moralista que suele ser muy fuerte en nosotros. Nosotros hacemos a veces una distinción entre lo que es nuestra relación con Cristo, lo que es la vida espiritual, la oración, la vida de gracia y el tema de la moral.

La verdad es que esa frontera que hacemos entre una cosa y otra en la vida real no existe.

Vivir los mandamientos no es sino hacer realidad lo que dice San Pablo “Ya no soy yo quien vive es Cristo quien vive en mí”. El ideal del cristiano es que se deje habitar por Cristo, que se deje habitar por el Espíritu Santo de manera que su obrar sea una prolongación del obrar de Cristo en el mundo. Esa es la mejor de las presentaciones en los mandamientos. Hay dos maneras de presentar los mandamientos, una de una forma extrínseca a nosotros, como que alguien desde fuera pone una especie de prescripciones, según una voluntad más o menos caprichosa del legislador y a nosotros nos toca obedecer. Esa es una concepción verdaderamente corta, no únicamente corta sino incorrecta. Los mandamientos no únicamente han venido de lo alto, desde la Revelación de Dios, que obviamente han venido de ahí, pero es que también permiten plenificar al hombre, los mandamientos coinciden con la plenitud personal, con ser felices. Luego no es “No tengo más remedio que obedecer porque al que manda se le ha ocurrido esto”, no, es que lo que Dios nos manda, ese vivir en Cristo, es nuestra felicidad porque Cristo es la plenitud del hombre.

Esto lo entendemos de alguna manera poniendo la referencia de la familia, cuando un padre a su hijo le pide una cosa el error del hijo consiste en pensar “Ya está mi padre aquí con sus caprichos”. El padre que le dice a su hijo “A tal hora tienes que retirarte y volver a casa” y el hijo no lo entiende, pero lo que el padre le dice coincide con su felicidad y con su bien, aunque el hijo en un momento no lo perciba así, pero eso es lo importante, que la vida moral cristiana es vivir en Cristo, dejar que Cristo viva en nosotros y dejarnos mover por su gracia. Por eso este punto del catecismo, el 16, que hace esta breve explicación de lo que se va a explicar en la tercera parte del catecismo dice que la moral tiene como fin último en el hombre su bienaventuranza. ¿Cuál es el fin de la vida en Cristo, de la moral, de los mandamientos? La bienaventuranza, la felicidad. Y esto es muy importante porque es verdad que nosotros hablamos de que tenemos que procurar agradar a Dios, cumplir la voluntad de Dios, y esos términos no hemos de avergonzarnos de ellos, pero hay que entenderlos bien, porque si uno piensa que agradar y cumplir la voluntad de Dios es fastidiarme yo para poner a Dios contento, pues esto sería ridículo, no es que el hombre no sea feliz para que a Dios le demos gloria, no, es que la gloria de Dios es tu felicidad. Por tanto, buscar el agrado de Dios y ser obedientes a la voluntad de Dios coincide tu felicidad, esto es lo importante, y es de lo que tenemos que convencernos porque si alguien piensa que buscar la voluntad de Dios entra en competición con tu felicidad está totalmente equivocado. Ese fue precisamente el gol, con perdón, que Satanás les metió Adán y Eva en el pecado original, el pensar que la obediencia a Dios estaba en contraste con su libertad y su felicidad. “Claro, Dios sabe que si coméis de aquí seréis como dioses y competiréis con él”. Es decir, el fin de la moral es que el hombre sea bienaventurado, que sea feliz. Dios no tiene ningún otro interés con nosotros sino nuestra felicidad.

Cuando entendemos que tenemos que buscar la gloria de Dios, ese término hay que purificarlo bastante, porque ¿qué entendemos por gloria de Dios? Porque inevitablemente nosotros proyectamos en Dios nuestra concepción humana, y pensamos “Es que la gloria de los reyes o gobernantes consiste en que se hagan famosos y en que todo el mundo les sirva a ellos, o la gloria de un deportista es que todo el mundo les aplauda y sea famoso…” La gloria de los hombres no suele ser el bien para los demás, sino que yo voy a ensalzarme teniéndote a ti como pedestal, te piso a ti para que yo triunfe. Lógicamente eso de la gloria de Dios hay que purificarlo de lo que los hombres entienden por vivir la gloria. “La gloria de Dios es la felicidad del hombre” San Ireneo. Dios no tiene ningún otro interés, no busca nada más. Y al mismo tiempo el bien del hombre es la gloria de Dios. ¿Cuál es la felicidad de un padre? El bien de su hijo. ¿Y cuál es la felicidad de un hijo? La felicidad de su hijo ¿Y cuál es el gozo de un hijo? La felicidad de su padre. Y esa es la pescadilla que se muerde la cola, y así es también en nuestra relación con Dios. Por eso, el fin último del hombre es, en la moral, que sea feliz.

Ahora bien, muchas veces, la dificultad está en lo que viene ahora, “y los caminos para llegar a ella”, porque incluso, aunque tengamos confianza en que Dios quiere nuestra felicidad es muy importante que confiemos en el cómo, en los caminos. Porque muchas personas están de acuerdo en que Dios quiere nuestra felicidad, pero luego viene el problema de confiar en sus caminos. “Confía en los caminos que él ha trazado para que seamos felices”. Es como el hijo que ya sabe que su padre quiere el bien para él, pero, cree que su padre se equivoca en las normas que le pone. No, confía en tu padre, confía en Dios, y aunque tu padre de la tierra pudiera equivocarse, Dios no se equivoca, Dios es Dios. La cuestión está en que no confundamos, podemos estar de acuerdo en que nuestra meta es la felicidad, pero la cuestión está en no confundir felicidad con comodidad, o felicidad con facilidad, porque a veces nos parece que para ser felices hay que seguir el camino fácil, y eso no es así. Es muy recurrente confundir felicidad con lo placentero y no es así. Luego no únicamente recibimos este mensaje a través del catecismo de que Dios nos quiere felices, sino que Él viene a iluminar qué caminos son los que conducen a la felicidad y cuáles son los que conducen a la frustración.

Dios nos ilumina los caminos, porque además de querer a Dios hay que quererse bien, y muchas veces nosotros no nos queremos bien, y elegimos caminos que a veces van en contra de nosotros, que nos hacen daño. Es muy fácil que el hombre buscando lo cómodo, lo fácil, no se quiera bien a sí mismo, por ir a la ley del mínimo esfuerzo, por la puerta ancha en lugar de la puerta estrecha, al final no me quiero bien. A veces en los anuncios publicitarios cuando están incitando a que alguien compre algo, por ejemplo, un coche, se dice “Tú te lo mereces, cómpralo”, y hace gracia, para desinhibirle a alguien para que compre algo porque quizá tiene un reparo en gastar ese dinero, porque quizá piensa, no hay proporción entre lo que me cuesta y el servicio que me va a hacer porque si me compro un coche más pequeño me va a hacer el mismo servicio, pues el resorte publicitarlo para desinhibirle e intentar que no haga esos juicios racionales entre comprar o no le dicen “Tú te lo mereces”, es confundir la felicidad con lo placentero, con lo cómodo. En realidad, es no quererse bien porque al hombre quererse a sí mismo es también actuar con racionalidad, qué me va a hacer bien, de qué se deriva un mal, etc. etc. Es decir que la moral persigue la felicidad del hombre y como nosotros tendemos a auto engañarnos con bastante facilidad entonces también Dios nos ha marcado los caminos, qué caminos conducen al bien del hombre y que caminos conducen a la frustración.

La moral indica qué caminos llegan a la felicidad, y después dice que esos caminos nos llevan a la felicidad mediante un obrar recto y libre. Es decir que la moral discierne que el obrar sea recto y que sea libre. Recto, justo, sin contraponer lo práctico y lo justo, obra rectamente, busca el bien, aunque te parezca que en un momento te va a traer complicaciones y aunque te parezca que hay un atajo que es que, en lugar de obrar rectamente, hago aquí un cambalache y salgo del apuro sin dar la cara… Hay un refrán que dice “Más vale ponerse una vez rojo que veinte veces amarillo”, la verdad es que este refrán lo he repetido mucho porque me ha hecho mucho bien, obra rectamente, se justo y no busques atajos que al final son larguísimos, parece que te vas a evitar un problema, pero a medio y largo plazo surgen más problemas por no haber sido justo. Luego dice obrar libremente, es decir, la moral cristiana no se limita, no es suficiente el que las cosas sean hechas materialmente bien, además han de ser hechas conscientemente, humanamente, disfrutándolas, llevando las riendas de la vida moral y no actuando de una manera mecánica porque puede ser que hay personas que hagan muchas cosas bien hechas materialmente hablando, y las hacen meramente por costumbre, porque está mandado, porque pierdes el puesto del trabajo… Es posible que el hombre haga materialmente muchas cosas bien pero no las haga libremente, no las haga conscientemente, no sea protagonista de su vida moral. El bien no solo hay que hacerlo, hay que gozarlo. Yo no solo me tengo que limitar a ser un padre de familia que haga bien las cosas con mi hijo, sino que además he de disfrutarlo, he disfrutar que hoy por la gracia de Dios o ayer hice bien las cosas. De eso hemos de disfrutar porque la mayor tentación de Satanás consiste en hacernos pensar que para poder disfrutar de la vida tengo que hacer otras cosas que son inmorales. No, es que la equivocación está en no haberte dado cuenta de que puedes ser inmensamente feliz disfrutando del bien que haces y no tener la tentación de hacer el mal porque ahí voy a tener un disfrute.

En la parábola del hijo de pródigo, la tentación comenzó cuando él vivía en la casa del padre y no disfrutaba, en vez de haber disfrutado de vivir en la casa del padre, miro por las cortinillas y veo a otros que llevan una vida de pecado y en el fondo les tengo envidia, y yo estoy haciendo lo que el padre me dice y estoy aquí amargado, en plan obediente. Esa es la tentación, que hacer el bien no nos llene el corazón. Si es que yo para ser feliz lo que tengo que hacer es disfrutar de las cosas buenas que Dios me permite hacer, y no pensar en tubos de escape, es que si yo tuviese una vía de escape por aquí o tuviese una compensación por allá… el problema está en que el hijo pródigo estaba en casa de su padre y no disfrutaba de eso. Por eso el ideal cristiano no es sólo obrar rectamente y hacer el bien como un esclavo, sino hacer el bien disfrutándolo como un hijo. He puesto el ejemplo del esclavo, pongamos el ejemplo de un agricultor, que disfrutará mucho más de su trabajo cuando es el propietario de la tierra no cuando es un asalariado. Pues el bien no solo hay que hacerlo, sino que hay que disfrutarlo.

Mediante un obrar recto y libre, con la ayuda de la ley y de la gracia de Dios. Este es un binomio que es muy importante que esté en la vida bien integrado. Existen dos peligros, el de oponerlos, oponer ley y gracia. Hoy en día es muy frecuente tener una concepción bastante romántica en el sentido negativo de la palabra, desconocedora de la realidad antropológica del hombre, que el hombre es débil y está herido por el pecado, entonces a veces con esa concepción se suele decir, bueno lo importante es la gracia y no la ley, ya lo dijo San Agustín “Ama y haz lo que quieras”, lo importante es el amor y entonces nada de estarse sujeto a leyes y prescripciones. Esta concepción de oponer gracia y ley es un engaño, no conocer al hombre concreto, no conocer al hombre real. Esa expresión de San Agustín de “Ama y haz lo que quieras” es de las expresiones más manipuladas de la historia, precisamente porque somos débiles es importante amar en lo concreto, el hombre necesita que nos aten corto, necesitamos que nos aten corto, porque si oponemos la gracia de Dios a la ley “Bueno si, lo importante es la gracia, la buena voluntad…” pero luego hay que traducirlo en formas concretas al respeto de tus padres, a la obediencia y ya vamos mandamiento por mandamiento.

La gracia de Dios no queda violentada por el hecho de que la traduzcamos en unas leyes concretas, la gracia no está contrapuesta con la ley, lo lógico es que nosotros por el camino de la ley vivamos el espíritu de la gracia. Ahora, sin la ley de Dios, sería imposible vivir el espíritu de la gracia que quiere mover nuestros corazones.

También al contrario puede ocurrir otro peligro de signo opuesto y es que no le demos a la gracia la primacía que tiene que tener y seamos demasiado voluntaristas y rigoristas y vivir la ley desligada de la gracia, en puro voluntarismo, y es obvio, que, en la vida de gracia, en la vida cristiana más se percibe la ley no como un yugo sino como todo lo contrario. Cuando se tiene un tipo de educación muy voluntarista que hay un planteamiento en el que lo central de la vida cristiana son las normas y el vigilar por el cumplimiento y no se le da la primacía que tiene que darse a la gracia de Cristo, a la relación con él, a la vida de oración, fácilmente ocurre que la Ley se hace odiosa, porque no hemos comprendido que ella es la liberación del hombre. Hay personas que han sido educadas en esta primacía de la gracia y según va avanzando la experiencia de su vida, si ha habido un momento en el que han sentido como que la ley era para ellos costosa, conforme va a avanzando, en lugar de ser un hueso duro es sabrosa. Por ejemplo, la petición de que santifiquemos las fiestas, de que vivamos la Eucaristía dominical, cuando a uno le falta amor ha de hacer un sacrificio, un esfuerzo para ir a la Eucaristía, pero cuando la gracia va adquiriendo protagonismo, la ley pasa de ser un yugo pesado a ser una brisa y un alivio en el camino. Por eso es importante que le demos siempre la primacía a la gracia.

En resumen, el catecismo dice que tenemos que estar ayudados por la ley y por la gracia, porque es muy importante en la vida cristiana que seamos fieles a la ley, pero bajo el influjo de la gracia, dándole la primacía a la gracia que le da a la ley todo su sentido y su posibilidad de ser cumplida.