Domingo de Resurrección

1. Nuestra fiesta de los 50 días, hasta Pentecostés, es un único Día, el de la gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que, en la Pascua de Jesús, ha realizado de una vez y para siempre su Reino:

recreando el viejo mundo;

poniendo en marcha el nuevo, que tiene a Jesús como primogénito (cf. Col 1).

2. Ha ocurrido algo tan inconmensurable, que da lo mismo decir que esta tierra nuestra está definitivamente habitada por la Vida Trinitaria o decir que, desde la Resurrección, ha dejado de tener consistencia propia.

Vivimos el entretiempo: entre la Resurrección y la Consumación futura, cuando lleguen, con la venida del Resucitado en el esplendor de su gloria, «los nuevos cielos y la nueva tierra» (cf. Ap 1; 21-22), y todo sea devuelto al Padre, principio y fin de toda realidad.

3. El entretiempo es el tiempo del Espíritu Santo y de la Iglesia, y por eso, de los sacramentos y de la fe.

De hecho, siguiendo una antigua tradición, las lecturas de Pascua trazan un contrapunto entre los Hechos de los Apóstoles y el Evangelio según san Juan, introduciendo alguna carta apostólica que tenga carácter pascual (en el ciclo A, la Primera de Pedro).

4. La sensación primaria es la siguiente: Así como en Cuaresma hemos debido descender a nuestra condición humana sin salida (esclavos de la muerte, el pecado y la ley) para experimentar la Misericordia Salvadora de Dios, ahora se nos da a beber el Agua Viva que brota en la Iglesia, el Espíritu Santo, el mismo Espíritu por el que Jesús el Mesías vivió, murió y resucitó, y por el que sigue presente en su Iglesia, el mismo Espíritu que viene del Padre y es entregado al mundo como señal interior de su amor eterno y fuego transformador que lo renueva todo.

5. Realidades que nos sobrepasan; realidades que no podemos medir con el metro de nuestra pobre experiencia sicológica y social y que, sin embargo, están ahí, en la Iglesia. Sólo perceptibles en la fe.

Será uno de los objetivos de estos días: descubrir la Iglesia.

No se trata de idealizarla o sacralizarla. Al contrario, cuanto más humana y pecadora la veamos, cuanto más nos demos cuenta de sus condicionamientos históricos y podamos criticarla, más descubriremos su misterio divino, y seremos conscientes de que de Ella recibimos mucho más de lo que le damos.

La Iglesia no puede justificarse a sí misma (¡cómo podría justificar su alianza con el poder, su dominio de las conciencias, su autosuficiencia!); y es que su única justificación es el a gratuito y absoluto que le tiene Jesús, que entregó su vida por e a. Como por Pedro. Como por mí.

Por eso, igualmente, Ella sabe que no se pertenece, que se le ha encomendado la misión de anunciar el Evangelio a todos los hombres. Sus orígenes y expansión (nos basta leer los Hechos) nos hablan de dificultades y conflictos, externos e internos. No importa; el Espíritu Santo la empuja y mantiene fiel a su misión.

6. Los sacramentos nos introducen en la vida profunda de la Iglesia. Esta ha sido puesta por Dios como mediación de salvación en la historia.

Los sacramentos son realidades humanas, recuerdos de los acontecimientos más significativos de la historia de la Salvación; pero, celebrados en la fe de la Iglesia, actualizan eficazmente esa misma Salvación.

El creyente sabe que, en el corazón de la Iglesia, hay manantiales permanentes de agua viva, que nacen del costado abierto del Resucitado.

7. Pero los sacramentos son signos y mediaciones. Lo esencial es la vida nueva, pujante, victoriosa, que ha sido infundida en nuestros corazones de bautizados que se reúnen en la Eucaristía cada domingo.

La llamada vida teologal (fe, esperanza y amor) o vida del Espíritu Santo.

A la luz del Evangelio de Juan se nos dará a entender cómo nace y se despliega esa vida. Vida de liberación interior. Vida de comunión eclesial. Vida en estado de misión permanente, en el mundo y para el mundo.

Javier Garrido