Domingo de Resurrección

Los Apóstoles sabían que la resurrección de Jesús era importantísima, más aun, imprescindible, como ratificación de todo cuanto les había anunciado y prometido.

No para garantizar el valor de lo enseñado ni para reforzar el valor de lo realizado. NO. Jesús fuera o no fuera Dios lo que enseñó y practicó tiene un valor objetivo en sí.  Que nos amemos como supremo valor de la convivencia y que seamos coherentes hasta dar la vida por lo que creemos es válido, absolutamente válido, en cualquier hipótesis teísta o atea.

Otra cosa es el valor de las promesas hechas por Él.

Si no hubiera podido ratificarlas con el asombroso hecho de su Resurrección,  hubieran quedado reducidas a un catálogo de buenas palabras olvidables  en el cajón de los buenos recuerdos. Una esperanzadora historia pero nada más.

El valor de las promesas formuladas por Jesús es que las hace en nombre de Dios. Era, pues, imprescindible que Dios hablara en su favor confirmándole en su empresa como verdadero enviado por el Padre.

Por eso los apóstoles estaban muy pendientes de si se había o no producido la Resurrección como solemne espaldarazo del Padre a toda su obra.

Eso se nota en la desilusión que manifiestan, por ejemplo, los discípulos que iban a Emaús. Ya han pasado unos días y no se ha aparecido. Unas mujeres dicen que lo han visto pero nosotros no sabemos nada.

Lo mismo sucede con la precipitación con la que Pedro y Juan corren al sepulcro tras el anuncio de su desaparición dado por las mujeres.

También Tomás se muestra desconcertado y por eso pide una prueba física de la presencia resucitada de Jesús.

San Pablo, hombre práctico por excelencia, lo afirma rotundamente. Si   Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe. Vana en el sentido de que la esperanza fluyente de ella hubiera quedado reducida a una declaración de buenos deseos. Hubiéramos seguido  un programa de vida estupendo, aceptable por cualquier sociólogo o moralista del mundo civilizado,  pero nada más,  respecto a las promesas incluidas en él sobre la vida eterna

Conscientes del valor del hecho de la Resurrección los Apóstoles se afanan en presentárnosla como acontecimiento real,  incuestionable,  vivido por ellos.

Insisten en que le vieron, en que comieron con Él, en que se les apareció en muy diversas situaciones y lugares y que en todas, quedaron convencidos de que estaban con aquel mismo Jesús que un día, allá en Galilea, les invitó a dejar las redes para convertirse en pescadores de hombres.

La primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles (10, 34, 37-43) recoge la rotunda afirmación de que los Apóstoles han comido y bebido con Él. Se muestran como testigos de lo visto, de lo vivido por ellos.

La tercera lectura (Lc. 24, 13-35) recoge el episodio de los discípulos que caminaban a Emaús. No dudan en afirmar, y van a decírselo a los otros, que han estado con Jesús y que le han reconocido por cómo les hablaba por el camino y sobre todo en la fracción del pan.

San Pablo, (Col, 3,1-4) da por hecho la Resurrección y lo que hace es invitarnos a buscar los bienes de “allá arriba donde está Cristo”.

Aceptemos estos testimonios y vivamos con la gozosa esperanza de nuestra propia resurrección como glorioso remate de nuestro paso por la tierra.

Como decíamos en el Salmo: que este día sea el de nuestra alegría y nuestro gozo. AMÉN.

Pedro Sáez