1Jn 5, 1-6 (2ª lectura Domingo II de Pascua)

No es fácil la identificación del autor de la primera Carta de Juan. Se presenta a sí mismo como “el Anciano” (cf. 2 Jn 1; 3 Jn 1) y como testigo de la “Vida” manifestada en Jesús (cf. 1 Jn 1,1-3; 4,14); pero no dice su nombre. La opinión tradicional atribuye la primera Carta de Juan (así como la segunda y la tercera) al apóstol Juan; sin embargo, esa atribución es problemática. En cualquier caso, el autor de la carta es alguien que se mueve en el mundo joánico y que conoce bien la teología joánica. Puede ser ese “Juan, el Presbítero” conocido de la tradición primitiva y que, aparentemente, era un personaje distinto de “Juan, el apóstol” de Jesús.

Tampoco hay, en la Carta, ninguna referencia a un destinatario, a personas o a comunidades concretas. La misiva parece dirigirse a un grupo de iglesias amenazadas por el mismo problema (herejías). Se trata, probablemente, de iglesias de Asia Menor (alrededor de Éfeso), como dice la antigua tradición.

El autor no se refiere, de forma directa, a las circunstancias que motivaron la composición de la carta. Del tono polémico que encontramos en distintos pasajes puede deducirse que las comunidades a las que la carta se dirige viven una crisis grave. La difusión de doctrinas incompatibles con la revelación cristiana, amenaza comprometer la pureza de la fe.

¿Quiénes son los autores de esas doctrinas heréticas? El autor de la Carta les llama “anticristos” (1Jn 2,18.22; 4,3), “profetas de la mentira” (1Jn 4,1), “mentirosos” (1Jn 2,22). Dice que ellos “son del mundo” (1Jn 4,5) y se dejan llevar por el espíritu del error (1Jn 4,6). Hasta hace poco tiempo, pertenecían a la comunidad cristiana (1Jn 2,19), pero ahora están fuera e intentan desorientar a los creyentes que permanecen fieles (cf. 1Jn 2,26; 3,7).

¿En qué consistía el “error”? Los heréticos en cuestión pretendían “conocer a Dios” (1Jn 2,4), “ver a Dios” (1Jn 3,6), vivir en comunión con Dios (1Jn 2,3) y, no obstante, presentaban una doctrina y una conducta en flagrante contradicción con la revelación cristiana. Rechazaban ver en Jesús al Mesías (cf. 1Jn 2,22) y al Hijo de Dios (cf. 1Jn 4,15), rechazaban la encarnación (cf. 1Jn 4,2). Para estos herejes, el Cristo celeste se habría apropiado del hombre Jesús de Nazaret en el momento del bautismo (cf. Jn 1,32-33), lo había utilizado para llevar a cabo la revelación y lo había abandonado antes de la pasión, porque el Cristo celeste no podía padecer. El comportamiento moral de estos herejes no es menos reprensible: pretendían no tener pecados (cf. 1Jn 1,8.10) y no guardaban los mandamientos (cf. 1Jn 2,4), en particular el mandamiento del amor fraterno (cf. 1Jn 2,9). Todo indica que estamos delante de uno de esos movimientos pre-gnósticos que desembocará, más tarde, en los grandes movimientos gnósticos del siglo segundo.

El objetivo del autor de la Carta es, por tanto, advertir a los cristianos contra las pretensiones de estos predicadores heréticos y explicarles los criterios de una vida cristiana auténtica. En la confusión causada por las doctrinas heréticas, el autor de la Carta quiere ofrecer a los creyentes una certeza: son ellos y no esos profetas de la mentira quienes viven en comunión con Dios y quienes poseen la vida divina.

¿Cuáles son, entonces, los criterios de una vida cristiana auténtica, que distinguen a los verdaderos creyentes de los profetas de la mentira?

Antes de nada, los verdaderos creyentes son aquellos que aman a Dios y que aman, también, a Jesucristo, el Hijo que nació de Dios (v. 1). Jesús de Nazaret es, al contrario de lo que decían los herejes, Hijo de Dios desde la encarnación y durante toda su existencia terrena. Su pasión y muerte también forman parte del proyecto salvador de Dios (Jesús vino a presentar a los hombres un proyecto de salvación, “no sólo con agua, sino con agua y con sangre”, v. 6).

Amar a Dios significa cumplir sus mandamientos. Cuando amamos a alguien, procuramos realizar obras que agraden a aquel a quien amamos..

No se puede decir que se ama a Dios si no se cumplen sus mandamientos… Y el mandamiento de Dios es que amemos a nuestros hermanos. Todo aquel que se considera hijo de Dios y que pertenece a la familia de Dios, debe amar a los hermanos que son miembros de la misma familia. Quien no ama a los hermanos no puede pretender amar a Dios y formar parte de la familia de Dios (v. 2-3).

Cuando el creyente ama a Dios, cree que Jesús es el Hijo de Dios y vive de acuerdo con los mandamientos de Dios, (sobre todo con el mandamiento del amor a los hermanos), vence al mundo. Amar a Dios, amar a Jesús, es amar a los hermanos, significa construir la propia vida en una dinámica de amor y significa, por tanto, derrotar al egoísmo, al odio, a la injusticia que caracterizan la dinámica del mundo (vv. 4-5).

Esta vida nueva que permite a los creyentes vencer al mundo, es ofrecida a los hombres a través de Jesucristo. La vida nueva que Jesús vino a ofrecer, llega a los hombres por el “agua” (bautismo, esto es, por la adhesión a Cristo y a su propuesta) y por la “sangre” (alusión a la vida de Jesús, hecha don en la cruz por amor). El Espíritu Santo atestigua la validez y la verdad de esa propuesta traída por Jesucristo, por mandato de Dios Padre (v. 6).

Cuando el hombre responde positivamente al desafío que Dios le hace (bautismo), ofrece su vida como un don de amor por los hermanos (a ejemplo de Cristo) y cumple los mandamientos de Dios, vence al mundo, se convierte en hijo de Dios y en miembro de la familia de Dios.

En la perspectiva del autor de la primera Carta de Juan, el proyecto de salvación que Dios presentó al hombre pasa por Jesús, el Jesús que se encarnó en la historia, que nos reveló los caminos del Padre, que con su muerte mostró a los hombres el amor del Padre y que nos enseño a amar hasta el extremo de la donación total de la vida. También en la pasión y muerte de Jesús se nos revela el camino para convertirnos en “hijos de Dios”: el proceso pasa por seguir el camino de Jesús y por hacer de nuestra vida un don total de amor a Dios y a nuestros hermanos.

¿Que significa Jesús para nosotros? ¿Fue solamente un “hombre bueno” al que la muerte derribó? ¿O es el Hijo de Dios que vino a nuestro encuentro para proponernos el camino del amor total, a fin de darnos entrada en la vida definitiva?

¿El camino del amor, de la donación de la vida, del servicio, de la entrega que Cristo nos propone es una propuesta que asumimos y procuramos vivir?

Amar a Dios es adherirse a Jesús e implica, en la perspectiva del autor de la primera Carta de Juan, el amor a los hermanos. Quien no ama a los hermanos no cumple los mandamientos de Dios y no sigue a Jesús.
Es preciso que nuestra existencia, a ejemplo de Jesús, se realice en el amor a todos los que caminan por la vida a nuestro lado, especialmente a los más pobres, a los más humildes, a los marginados, a los abandonados, a los sin voz. El amor total y sin fronteras, el amor que nos lleva a ofrecer íntegramente nuestra vida a los hermanos, el amor que se revela en los gestos sencillos de servicio, de perdón, de solidaridad, de donación: ¿se encuentra en nuestro programa de vida?

El autor de la primera Carta de Juan enseña, también, que el amor a Dios y la adhesión a Cristo “vencen al mundo”. Los cristianos no se conforman con la lógica del egoísmo, del odio, de la injusticia, de violencia que gobierna el mundo; a esta lógica ellos contraponen la lógica del amor, la lógica de Jesús.

El amor es un dinamismo que vence todo aquello que oprime al hombre y que le impide llegar a la vida verdadera y definitiva, a la felicidad total. Aunque el amor parezca, a veces, significar fragilidad, debilidad, fracaso frente a la violencia de los poderosos y de los señores del mundo, la verdad es que el amor tendrá siempre la última y definitiva palabra. Solo él asegura la vida verdadera y eterna, sólo él es el camino para el mundo nuevo y mejor con el que los hombres sueñan.