Hch 4, 32-35 (1ª lectura II Domingo de Pascua)

Los “Hechos de los Apóstoles” son una catequesis sobre la “etapa de la Iglesia”, esto es, sobre la forma como los discípulos asumirán y continuarán el proyecto salvador del Padre y la llevarán, después de la marcha de Jesús de este mundo, a todos los hombres.

El libro se divide en dos partes.

En la primera (cf. Hch 1-12), la reflexión nos presenta la difusión del Evangelio dentro de las fronteras palestinas, por la acción de Pedro y los Doce; en la segunda (cf. Hch 13-28) se nos presenta la expansión del Evangelio fuera de Palestina (hasta Roma), sobre todo por la acción de Pablo.

El texto que hoy nos es propuesto pertenece a la primera parte del Libro de los Hechos de los Apóstoles. Forma parte de un conjunto de sumarios a través de los cuales Lucas describe aspectos fundamentales de la vida de la comunidad cristiana de Jerusalén.

Un primer sumario, es dedicado al tema de la unidad y al impacto que le estilo cristiano de vida provocó en la población de la ciudad (cf. Hch 2,42-47); en un segundo sumario (y que es exactamente el texto que hoy se nos propone) se refiere sobre todo al compartir de los bienes (cf. Hch 4,32-35); el tercero, trata del testimonio que la Iglesia da a través de la actividad milagrosa de los apóstoles (cf. Hch 5,12-16).

Naturalmente, estos sumarios no son un retrato histórico riguroso de la comunidad cristiana de Jerusalén, a principios de la década de los años 30 (aunque puedan tener bases históricas). Cuando Lucas escribe estos relatos (década de los 80), se había enfriado ya el entusiasmo inicial de los cristianos: Jesús no ha venido para instaurar definitivamente el “Reino de Dios” y se sitúan en el horizonte próximo las primeras grandes persecuciones. Hay algún descuido, falta de entusiasmo, monotonía, división y confusión (hasta empiezan a aparecer falsos maestros, con doctrinas extrañas y poco cristianas). En este contexto, Lucas recuerda lo esencial de la experiencia cristiana y traza el cuadro de aquello que la comunidad debe ser.

¿Cómo será, entonces, esa comunidad ideal, que nace del Espíritu y del testimonio de los apóstoles?

En primer lugar, es una comunidad formada por personas muy distintas, pero que abrazan la misma fe (“la multitud de los que habían abrazado la fe”, v. 32a). La “fe” es, en el Nuevo Testamento, la adhesión a Jesús y a su proyecto. Para todos los miembros de la comunidad, el Señor Jesucristo es la referencia fundamental, el cimiento que a todos une en un proyecto común.

En segundo lugar, es una comunidad unida, donde los creyentes tienen “un solo corazón y una sola alma” (v. 32a). De la adhesión a Jesús surge, obligatoriamente, la comunión de todos los “hermanos” de la comunidad. La comunidad de Jesús no puede ser una comunidad donde cada uno trabaja para sí, preocupado por defender solamente sus intereses personales; sino que tiene que ser una comunidad donde todos caminan en la misma dirección, ayudándose mutuamente, compartiendo los mismos valores y los mismos ideales, formando una verdadera familia de hermanos que viven amándose.

En tercer lugar, es una comunidad que comparte los bienes. De la comunión con Cristo resulta la comunión de los hermanos entre sí; y eso tiene implicaciones prácticas. En concreto, implica la renuncia a cualquier tipo de egoísmo, de autosuficiencia, de cerrazón en uno mismo y una apertura de corazón para compartir, para darse, para el amor. Expresión concreta de ese compartir es la comunión de bienes: “nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común”, v. 32b).

En una explicación que explicita este “poner en común”, Lucas cuenta que “Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (vv. 34-35). Es una forma concreta de mostrar que la vida nueva de Jesús, asumida por los creyentes; es una efectiva liberación de la esclavitud del egoísmo y un compromiso verdadero con el amor, con la donación de la vida. En un mundo donde la realización del éxito se mide por los bienes acumulados y que no entiende el compartir y la donación, la comunidad de Jesús está llamada a dar ejemplo de una forma de pensar diferente y a proponer un mundo que se base en los valores de Dios.

Finalmente, es una comunidad que da testimonio: “Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor” (v. 33). Los gestos realizados por los apóstoles infundían en todos aquellos que los testimoniaban, la innegable certeza de la presencia de Dios y de sus dinamismos de salvación.

La primitiva comunidad cristiana, nacida del don de Jesús y del Espíritu es, verdaderamente, una comunidad de hombres y mujeres nuevos, que da testimonio de la salvación y que anuncia la vida plena y definitiva. La fe de los discípulos, su unión y, sobre todo, ese “ilógico” y “absurdo” compartir los bienes, era la “prueba” de que Cristo estaba vivo y actuando en el mundo, ofreciendo a los hombres un mundo nuevo. A Cristo resucitado, los habitantes de Jerusalén, no le podían ver; pero lo que ellos podían ver era la asombrosa transformación operada en el corazón de los discípulos, capaces de superar el egoísmo, el orgullo y la autosuficiencia y de vivir en el amor, en el compartir, en la donación de la vida. Vivir de acuerdo con los valores de Jesús es la mejor forma de a anunciar y de testimoniar que Jesús está vivo.

¿La comunidad cristiana de Jerusalén era, de hecho, esta comunidad ideal? Posiblemente no (otros textos de los Hechos nos hablan de tensiones y de problemas, como sucede en cualquier comunidad humana); pero la descripción que Lucas hace aquí, apunta hacia la meta a la que toda comunidad cristiana debe aspirar, confiada en la fuerza del Espíritu. Se trata, por tanto, de una descripción de la comunidad ideal, que pretende servir de modelo a la Iglesia y a las iglesias de todas las épocas.

La comunidad cristiana es una “multitud” que abrazó la misma fe, quiere decir, que se adhirió a Jesús, a sus valores, a su propuesta de vida. La Iglesia no es un grupo unido por una ideología, o por una misma visión del mundo, o por la simpatía personal de sus miembros; es una comunidad que agrupa a personas de diferentes razas y culturas, unidas alrededor de Jesús y de su proyecto de vida y que, de forma diversa, intentan encarnar la propuesta de Jesús en la realidad de su vida cotidiana.

¿Qué lugar y qué papel ocupa Jesús y sus propuestas en mi vida personal y en la vida de mi comunidad cristiana?
¿Jesús es una referencia distante y poco real o es una presencia constante, que me interroga, me cuestiona y me señala caminos?

La comunidad cristiana es una familia unida, donde los hermanos tienen “un solo corazón y una sola alma”. Tal hecho surge de la adhesión a Jesús: sería un absurdo adherirse a Jesús y a su proyecto y, después, dirigir la vida de acuerdo con mecanismos de división, de separación, de egoísmo, de orgullo, de autosuficiencia. ¿Mi comunidad cristiana es una comunidad de hermanos que viven en el amor, o es un grupo de personas aisladas, en la que se intenta defender los propios intereses, aunque para ello tenga que ofender y pisotear a los otros?

¿Me esfuerzo en amar a todos, en respetar la libertad y la dignidad de todos, por potenciar las aportaciones y las cualidades de todos?

La comunidad cristiana es una comunidad del compartir. En el centro de esa comunidad está el Cristo del amor, del compartir, del servicio, de la donación de la vida… El cristiano no puede, por tanto vivir cerrado en su egoísmo, indiferente a la suerte de sus hermanos. En concreto, nuestro texto habla del compartir los bienes. Una comunidad donde algunos derrochan los bienes y en donde otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente, ¿será una comunidad que testimonia, ante los hombres, ese mundo nuevo de amor que Jesús trajo?

¿Será cristiano aquel que, aun yendo a la iglesia, sólo piensa en acumular bienes materiales, rehusando escuchar los dramas y sufrimientos de los hermanos más pobres?
¿Será cristiano aquel que, aun contribuyendo con dinero a las necesidades de la parroquia, explota a sus obreros o comete injusticias?

La comunidad cristiana es una comunidad que testimonia al Señor resucitado. ¿Cómo? ¿A través del discurso apologético de los discípulos? ¿A través de palabras elegantes y de discursos bien elaborados, capaces de seducir y de manipular a las masas?

El testimonio más impresionante y más convincente será siempre el testimonio de la vida de los discípulos. Si conseguimos crear verdaderas comunidades fraternas, que vivan en el amor y en el compartir, que sean signos en el mundo de esa vida nueva que Jesús vino a proponer, estaremos anunciando que Jesús está vivo, que está actuando en nosotros y que, a través de nosotros, él continúa presentando al mundo una propuesta de vida verdadera.