Jn 20, 19-31 (Evangelio Domingo II de Pascua)

Continuamos en la segunda parte del Cuarto Evangelio, donde se nos presenta la comunidad de la Nueva Alianza. La indicación de que estamos en “el primer día de la semana” hace, otra vez, referencia al tiempo nuevo, a ese tiempo que sigue a la muerte/resurrección de Jesús, al tiempo de la nueva creación.

La comunidad, creada a partir de la acción creadora y vivificadora de Jesús, está reunida en el cenáculo, en Jerusalén. Se encuentra desamparada e insegura, cercada por un ambiente hostil. El miedo procede del hecho de no haber realizado todavía la experiencia de Cristo resucitado.

Juan presenta, aquí, una catequesis sobre la presencia de Jesús, vivo y resucitado, en medio de los discípulos que caminan por la historia. No le interesa tanto hacer una descripción periodística de las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos; le interesa, sobre todo, mostrar a los cristianos de todas las épocas que Cristo continúa vivo y presente, acompañando a su Iglesia. Por último, cada creyente puede hacer la experiencia del encuentro con el “Señor” resucitado, siempre que celebra la fe con su comunidad.

El texto que se nos propone, se divide en dos partes bien distintas. En la primera parte (vv. 19-23), se describe una “aparición” de Jesús a los discípulos. Después de sugerir la situación de inseguridad y de fragilidad en la que se encontraba la comunidad (al “anochecer”, las “puertas cerradas”, el “miedo”), el autor de este texto presenta a Jesús “en el centro” de la comunidad (v. 19b). Al aparecer “en medio de ellos” Jesús se sitúa como punto de referencia, factor de unidad, vid alrededor de la cual se insertan los racimos. La comunidad está reunida alrededor de él, pues él es la fuente a la que todos van a beber esa vida que les permite vencer el “miedo” y la hostilidad del mundo.

A esta comunidad encerrada, miedosa, sumergida en las tinieblas de un mundo hostil, Jesús transmite por dos veces la paz (v. 19 y 21: es el “shalom” hebreo, con un sentido de armonía, serenidad, tranquilidad, confianza, vida plena. Se asegura, así, a los discípulos que Jesús venció a aquello que los asustaba (la muerte, la opresión, la hostilidad del mundo) y que, de aquí en adelante, los discípulos no tienen ninguna razón para tener miedo.

Después (v. 20a) Jesús revela su “identidad”: en las manos y en el costado traspasado, están los signos de su amor y de su entrega. Es en esos signos de amor y de donación donde la comunidad reconoce a Jesús vivo y presente en su ambiente. La permanencia de esos “signos” indica la permanencia del amor de Jesús: él será siempre el Mesías que ama y del cual brotarán el agua y la sangre que constituyen y alimentan a la comunidad.

Enseguida (v. 22) Jesús “exhaló su aliento” sobre los discípulos. El verbo aquí utilizado es el mismo del texto griego de Gn 2,7 (cuando se dice que Dios sopló sobre el hombre de arcilla, infundiéndole su vida). Con el “soplo” de Gn 2,7, el hombre se convirtió en un ser viviente; con este “soplo”, Jesús transmite a los discípulos la vida nueva que hará de ellos hombres nuevos. Ahora, los discípulos poseen el Espíritu, la vida de Dios, para poder, como Jesús, darse generosamente a los otros. Este Espíritu es el que construye y anima la comunidad de Jesús.

En la segunda parte (vv. 24-29), se presenta una catequesis sobre la fe. ¿Cómo se llega a la fe en Cristo resucitado? Juan responde: podemos hacer la experiencia de fe en Cristo vivo y resucitado en la comunidad de los creyentes, que es el lugar natural donde se manifiesta e irradia el amor de Jesús. Tomás representa a aquellos que viven cerrados en sí mismos (está fuera) y que no hacen caso del testimonio de la comunidad, ni perciben los signos de vida nueva que en ella se manifiestan. En lugar de integrarse y participar de la misma experiencia, pretende obtener (solamente para sí mismos) una demostración particular de Dios.

Tomás acaba, sin embargo, por hacer la experiencia de Cristo vivo en el interior de la comunidad. ¿Por qué? Porque en el “día del Señor” vuelve a estar con su comunidad. Es una alusión clara al Domingo, al día en que la comunidad es convocada para celebrar la Eucaristía: es en el encuentro con el amor fraterno, con el perdón de los hermanos, con la Palabra proclamada, con el pan de Jesús compartido, como se descubre a Jesús resucitado.

La experiencia de Tomás no es exclusiva de los primeros testigos, sino que todos los cristianos de todos los tiempos pueden hacer esta misma experiencia.

Antes de nada, la catequesis que Juan presenta nos garantiza la presencia de Cristo en medio de la comunidad en marcha por la historia. Los discípulos de Jesús viven en el mundo, en una situación de fragilidad y de debilidad; experimentan, como los otros hombres y mujeres, el sufrimiento, el desaliento, la frustración, el desánimo; tienen miedo cuando el mundo escoge caminos de guerra y de violencia; sufren cuando son tocados por la injusticia, por la opresión, por el odio del mundo; conocen la persecución, la incomprensión y la muerte. Pero están siempre animados por la esperanza, pues saben que Jesús está presente, ofreciéndoles su paz y señalándoles un horizonte de vida definitiva. El cristiano está siempre animado por la esperanza que brota de la presencia a su lado de Cristo resucitado. No debemos, nunca, olvidar esta realidad.

La presencia de Cristo al lado de sus discípulos, es siempre una presencia renovadora y transformadora. Es ese Espíritu, que Jesús ofrece continuamente a los suyos, el que hace de ellos hombres y mujeres nuevos, capaces de amar hasta el final, a la manera de Jesús; es ese Espíritu, que Jesús ofrece a los suyos, el que hace de ellos testigos del amor de Dios y que les da el coraje y la generosidad para continuar en el mundo la obra de Jesús.

La comunidad cristiana gira en torno a Jesús, es construida alrededor de Jesús y es de Jesús de quien recibe vida, amor y paz. Sin Jesús, estaremos secos y estériles, incapaces de encontrar la vida en plenitud; sin él, seremos un rebaño de gente asustada, incapaz de enfrentarse al mundo y de tener una actitud constructiva y transformadora; sin él, estaremos divididos, en conflicto, y no seremos una comunidad de hermanos… En nuestra comunidad, ¿Cristo es verdaderamente el centro?, ¿todo tiende hacia él y todo parte de él?

La comunidad tiene que ser un lugar donde hacemos, verdaderamente, la experiencia de encuentro con el Jesús resucitado. Es en los gestos de amor, de compartir, de servicio, de encuentro, de fraternidad (en el “costado traspasado” y en las llagas de Jesús, expresiones de su amor), donde encontramos a Jesús vivo, transformando y renovando el mundo. ¿Es eso lo que nuestra comunidad testimonia? Quien busca a Cristo resucitado, ¿lo encuentra en nosotros? El amor de Jesús, amor total, universal y sin medida, ¿se transparenta en nuestros gestos?

No es en experiencias personales, íntimas, cerradas, egoístas, donde encontramos a Jesús resucitado, sino que lo encontramos en el diálogo comunitario, en la Palabra compartida, en el pan partido, en el amor que une a los hermanos en comunidad de vida.
¿Qué significa, para mí, la Eucaristía?