¿Cuál es el sexo fuerte?

Ramón Nogués Carulla

La sexualidad humana es una preciosa herencia que la evolución nos ha legado en orden a la reproducción de la especie. Los humanos hemos enriquecido este importante modelo general de la vida con una gran creatividad relacional y una poderosa vinculación amorosa.

El modelo biológico de la sexualidad humana está presidido, como en todos los mamíferos, por una fuerte asimetría. Los óvulos humanos son unas 80.000 veces mayores que los espermatozoides. Óvulos y espermatozoides contienen un núcleo comparable donde están los cromosomas que constituirán el nuevo individuo. Pero los óvulos contienen además un complejo citoplasma organizado, así como gran número de unos orgánulos esenciales para el metabolismo (las mitocondrias) con ADN propio y que solamente transmiten las mujeres. Así que la asimetría entre gametos está tremendamente sesgada en favor de la mujer. Genéticamente, en la pareja de cromosomas sexuales, la mujer posee dos cromosomas X (uno de los cuales será silenciado) mientras que el varón posee un cromosoma X y uno Y. El despliegue genético y epigenético de estos cromosomas irá conformando el sexo del individuo. Todas las células nucleadas del cuerpo mantienen esta diferencia cromosómica fundamental. Los óvulos son grandes, pocos ( solamente unos centenares maduran en toda la vida de la mujer) y “caros” (contienen materiales muy preciosos en la elaboración del embrión), mientras que los espermatozoides son pequeños, muchos (varios millones en una sola eyaculación) y “baratos” (justo lo necesario para vehicular el núcleo que se unirá al del óvulo)

El proceso generacional también es poderosamente asimétrico en favor de la mujer: solamente ella tiene órganos gestacionales (útero, etc.) y órganos nutricionales (pechos eficientes para la lactancia), lo que le confiere un papel preponderante en la relación con el nuevo ser. El proceso de engendrar y amamantar genera una relación psíquica íntima y única entre madre e hijo. Algunos destacan que en los mamíferos las hembras tienden a valorar sus gametos (caros y escasos) exigiendo demostración de cualidad por parte de los machos (cuyos gametos, abundantes y baratos les convierten en más volubles y casquivanos). Esta manifestación de cualidad se suele concretar en exhibiciones de lucha y pavoneo, bien conocidas en los animales.

Estas diferencias sexuales se manifiestan también en todas las dimensiones corporales con matices diversos pero claros. El esqueleto, la musculatura y la disposición de la grasa en el cuerpo son distintos en la mujer y el hombre (cuando hallamos un esqueleto, en paleontología humana no es difícil establecer a qué sexo perteneció). Los órganos sexuales son claramente diferentes (el hombre carece de útero). La fisiología general presenta diferencias sutiles pero claras (funcionamiento del sistema cardiovascular, matices respiratorios…). Las hormonas sexuales están organizadas de forma muy distinta (en ciclos en la mujer y con una estructuración muy específica en el caso de la gestación). Los sistemas sensoriales presentan también peculiaridades (la visión periférica es más aguda en la mujer y ciertas percepciones varían con el ciclo sexual). La fuerza física es claramente superior en el hombre debido a la acción muscular de la testosterona. Muchas enfermedades presentan afectación distinta según los sexos (las enfermedades reumáticas o la osteoporosis son más frecuentes en las mujeres, las patologías autistas son claramente más frecuentes en los hombres). El cerebro presenta peculiaridades claramente establecidas aunque no plenamente identificadas en sus consecuencias (por ejemplo existe mejor conexión interhemisférica en el cerebro de las mujeres; algunas zonas de la morfología cerebral de la mujer modifican su estructura con ocasión del proceso reproductor). Estas diferencias sexuales probablemente explican matices en la conducta (p. ej., una mayor perspicacia perceptiva y una mejor capacidad de relación en red por parte de las mujeres en comparación con los hombres, más jerarquizados; o variaciones de humor y estado de ánimo correlativas con los ciclos sexuales). En las enfermedades mentales también aparecen sesgos en relación con el sexo.

Ninguna de las diferencias sexuales comentadas autoriza a establecer en los humanos superioridades de un sexo sobre el otro, y cuanto más intelectuales o mentales son las diferencias menos claras quedan, lo que indica que las diferencias tienen una cierta raíz biológica preponderante.

Los humanos hemos elaborado secularmente nuestras conductas en un proceso de humanización largo y complejo que, partiendo de los potentes condicionamientos biológicos, tienda al establecimiento de unos patrones de conducta que superen la biología para apuntar a valores nuevos. Y esto sucede en el sexo. Las ventajas biológicas femeninas en competencias generativas han sido precisamente las que han supuesto para la mujer su confinamiento en las funciones reproductoras. Los primates somos reproductivamente débiles lo que supone que las hembras primates se vean muy condicionadas por sus funciones reproductivas. En los humanos solamente la superación de las exigencias reproductoras gracias a los avances de la biomedicina han posibilitado la superación de los condicionantes reproductores de la mujer facilitando su igualdad en el campo de lo público y social. Efectivamente en el antiguo régimen demográfico la mayor parte de la vida de la mayoría de las mujeres quedaba monopo- lizada por su quehacer reproductor. Actualmente la alta supervivencia de los hijos reproductores lleva a que las mujeres tengan menos hijos, lo que permite que estén presentes en la vida social en paridad de derechos y oportunidades con los hombres. Esto se logra al reducir el número de hijos a través de adecuados sistemas de control de la natalidad, lo que equilibra la explosión demográfica. Así que la liberación de la mujer no se deduce de su biología sino de la superación de condicionantes biológicos de la reproducción humana. En este tema, como en tantos otros, es una respetuosa superación cultural de la biología lo que permite avanzar la humanización, aunque haya que respetar los condicionantes biológicos que nos constituyen.

No existe un sexo fuerte frente a otro sexo débil en términos generales, a no ser que nos refiramos a un factor muy poco brillante: la fuerza física en la que el hombre suele destacar frente a la mujer. Esta es posiblemente la razón de que las federaciones deportivas (la competitividad deportiva depende mucho de la fuerza física) sigan separadas por sexos en sociedades que han aceptado ampliamente la igualdad de sexos. Pero esta “fortaleza” tiene poca significación frente a otras fortalezas como la de carácter, la que proviene de la esperanza o la constancia, la riqueza emocional, la fortaleza en la lucha social por las libertades personales y sociales, etc., fortalezas que no dependen principalmente de la pura biología, sino de la gran aportación de la mente, la cultura, la educación, la gestión pública, etc. La cultura se ocupa de ordenar las relaciones de género de manera que no sean fruto solamente de las diferencias de sexo. La cultura forma parte de nuestro acervo evolutivo y la humanización constituye un reto para nuestra especie. La igualdad de sexos enriquecida por sus diferencias es parte importante de este reto. Estamos llamados a realizar conjuntamente un proyecto humanizador que coordine, articule y vincule los sexos en condiciones de igualdad y enriquecido con las diferencias, en la construcción de un mundo más justo.

El importante tema de la sexualidad y la reproducción está hoy sometido precisamente a un proceso de modificación técnica biomédica que merece una cuidadosa atención y discernimiento científico y cultural. Las modificaciones posibles afectan a los sistemas de control de la natalidad, las variadas técnicas de reproducción asistida, las manipulaciones hormonales o cerebrales relativas al sexo, así como las estructuras más o menos artificiales con las que la técnica nos beneficia o amenaza en procesos denominados posthumanistas o transhumanistas. Frente a estos retos hay que estar muy atentos para no constituirnos como ‘aprendices de brujo’ que ignoren que la naturaleza biológica nos ha conformado como lo que somos: humanos, mujeres y hombres, a la búsqueda cultural de una mejor condición para todos, en la perspectiva de un punto focal borroso que hay que ir precisando cuidadosamente.