Martes de la Octava de Pascua

Hoy es 3 de abril, martes de la Octava de Pascua.

En este momento del día, me preparo para apartarme de ruidos, preocupaciones y obligaciones. Quiero dedicar un tiempo para hacer silencio. Silencio que me ayuda a encontrarme una vez más con el Señor. Ese encuentro diario que me alienta y me sostiene, me encuentro contigo, el resucitado que me sigues invitando a la vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 20, 11-18):

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?»

Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»

Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»

Jesús le dice: «¡María!»

Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»

Jesús le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.»»

María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto.»

María Magdalena quiere estar cerca de Jesús. Necesita llorar ante el cuerpo de quien la liberó, de aquel que la acogió y la liberó de sus debilidades. Llorar ante quien le abrió nuevos horizontes de vida. María llora por no encontrar el cuerpo del Señor. La contemplo y en sus lágrimas veo las de tanta gente que busca respuestas, sentido o que quiere encontrar al Dios vivo.

Yo también tengo experiencia de llorar alguna vez. Unas veces por lo que verdaderamente me importa, personas, mis búsquedas y proyectos, mis seres queridos. En otras ocasiones he llorado o lloro por algo que he perdido. Le presento al Señor lo que hoy está en el centro de mi vida. Esas cosas y personas que me liberan y me llenan. También le presento lo que hoy puedo vivir como pérdida.

Como María también yo necesito escuchar mi nombre pronunciado por el Señor y descubrir en esa palabra, la certeza de su presencia, que me dinamiza y me anima a seguir comunicando su evangelio. Al igual que María, quiero seguir buscando y dejándome sorprender por ti, Señor. Me preguntó en qué ámbitos de mi vida me espera la novedad de encontrarte resucitado, Señor y en que ocasiones podré escuchar cómo pronuncias hoy, una vez más mi nombre.

Contemplo de nuevo el evangelio, de otra manera. Me imagino a María, su búsqueda, sus lágrimas, su grito desesperado. ¿Dónde está? Su alegría por el encuentro con Jesús resucitado, su deseo de anunciar la buena noticia. Y me fijo cómo Jesús pronuncia le nombre de María, y también el mío. Que yo también pueda exclamar: ¡He visto a mi Señor!

El día ya comienza pero en mi interior
permanece la noche, la confusión.
¡El Maestro está muerto! ¡han matado a la Vida!
¡La Esperanza del mundo han colgado en la Cruz!
Hoy camino entre sombras sin otra intención
que abrazarte de nuevo, ungirte de amor.
¡La piedra está corrida! ¡y el sepulcro vacío!
y entre lágrimas puedo escuchar una voz:

MUJER (2)
¿POR QUÉ LLORAS, A QUIEN BUSCAS? (2)
SE HAN LLEVADO A MI SEÑOR
Y NO SÉ DÓNDE LO HAN PUESTO,
SI TÚ SABES DÓNDE ESTÁ, SEÑOR,
MUÉSTRAMELO, MUÉSTRAMELO.
¡MARÍA!
¡RABBUNÍ, MAESTRO! (3)

No me toques, que aún no he subido al Padre,
pero vete junto a mis hermanos y diles:
subo a mi Padre y vuestro Padre,
subo a mi Dios que es vuestro Dios. (María):
que es nuestro Dios

MUJER…

¡He visto a mi Señor!

María Magdalena (Ain Karim, CD «Descálzate»)

Hablo con Jesús que hoy me ha preguntado, ¿por qué lloras? Y le respondo a él, que conoce mi nombre, con lo que mi corazón quiera decirle ahora.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.