Martes de la Octava de Pascua

Hoy es 3 de abril, martes de la Octava de Pascua.

En este momento del día, me preparo para apartarme de ruidos, preocupaciones y obligaciones. Quiero dedicar un tiempo para hacer silencio. Silencio que me ayuda a encontrarme una vez más con el Señor. Ese encuentro diario que me alienta y me sostiene, me encuentro contigo, el resucitado que me sigues invitando a la vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 20, 11-18):

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?»

Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»

Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»

Jesús le dice: «¡María!»

Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»

Jesús le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.”»

María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto.»

María Magdalena quiere estar cerca de Jesús. Necesita llorar ante el cuerpo de quien la liberó, de aquel que la acogió y la liberó de sus debilidades. Llorar ante quien le abrió nuevos horizontes de vida. María llora por no encontrar el cuerpo del Señor. La contemplo y en sus lágrimas veo las de tanta gente que busca respuestas, sentido o que quiere encontrar al Dios vivo.

Yo también tengo experiencia de llorar alguna vez. Unas veces por lo que verdaderamente me importa, personas, mis búsquedas y proyectos, mis seres queridos. En otras ocasiones he llorado o lloro por algo que he perdido. Le presento al Señor lo que hoy está en el centro de mi vida. Esas cosas y personas que me liberan y me llenan. También le presento lo que hoy puedo vivir como pérdida.

Como María también yo necesito escuchar mi nombre pronunciado por el Señor y descubrir en esa palabra, la certeza de su presencia, que me dinamiza y me anima a seguir comunicando su evangelio. Al igual que María, quiero seguir buscando y dejándome sorprender por ti, Señor. Me preguntó en qué ámbitos de mi vida me espera la novedad de encontrarte resucitado, Señor y en que ocasiones podré escuchar cómo pronuncias hoy, una vez más mi nombre.

Contemplo de nuevo el evangelio, de otra manera. Me imagino a María, su búsqueda, sus lágrimas, su grito desesperado. ¿Dónde está? Su alegría por el encuentro con Jesús resucitado, su deseo de anunciar la buena noticia. Y me fijo cómo Jesús pronuncia le nombre de María, y también el mío. Que yo también pueda exclamar: ¡He visto a mi Señor!

El día ya comienza pero en mi interior
permanece la noche, la confusión.
¡El Maestro está muerto! ¡han matado a la Vida!
¡La Esperanza del mundo han colgado en la Cruz!
Hoy camino entre sombras sin otra intención
que abrazarte de nuevo, ungirte de amor.
¡La piedra está corrida! ¡y el sepulcro vacío!
y entre lágrimas puedo escuchar una voz:

MUJER (2)
¿POR QUÉ LLORAS, A QUIEN BUSCAS? (2)
SE HAN LLEVADO A MI SEÑOR
Y NO SÉ DÓNDE LO HAN PUESTO,
SI TÚ SABES DÓNDE ESTÁ, SEÑOR,
MUÉSTRAMELO, MUÉSTRAMELO.
¡MARÍA!
¡RABBUNÍ, MAESTRO! (3)

No me toques, que aún no he subido al Padre,
pero vete junto a mis hermanos y diles:
subo a mi Padre y vuestro Padre,
subo a mi Dios que es vuestro Dios. (María):
que es nuestro Dios

MUJER…

¡He visto a mi Señor!

María Magdalena (Ain Karim, CD «Descálzate»)

Hablo con Jesús que hoy me ha preguntado, ¿por qué lloras? Y le respondo a él, que conoce mi nombre, con lo que mi corazón quiera decirle ahora.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Liturgia 3 de abril

MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA

Misa del martes de la Octava (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias, Gloria, sin Credo, Prefacio Pascual I «en este día», embolismos propios en las Plegarias Eucarísticas. No se puede decir la Plegaria IV. Despedida con doble «Aleluya»

Leccionario: Vol. II

  • Hch 2, 36-41. Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús.
  • Salmo 32. La misericordia del Señor llena la tierra.
  • Secuencia. (opcional) Ofrezcan los cristianos.
  • Jn 20, 11-18. He visto al Señor y ha dicho esto.

Antífona de entrada           Cf. Eclo 15, 3-4
Les dio a beber agua de sabiduría; si se apoyan en ella, no vacilarán; los ensalzará para siempre. Aleluya.

Se dice Gloria.

Oración colecta
OH, Dios,

que nos entregaste los auxilios pascuales,
continúa favoreciendo a tu pueblo con estos dones celestes,
para que, habiendo alcanzado la libertad verdadera,
pueda gozar en el cielo de la alegría
que ya ha empezado a gustar en la tierra.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
ACOGE, Señor, con bondad

las ofrendas de tu familia,
para que, bajo tu protección,
no pierda los dones ya recibidos
y alcance los eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual I: en este día.

Indicaciones para el uso de las plegarias eucarísticas I, II y III en la misma página del prefacio.

Antífona de comunión          Col 3, 1-2
Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba. Aleluya.

Oración después de la comunión
ESCUCHANOS, Dios todopoderoso,

y, para merecer la felicidad eterna,
prepara los corazones de tu familia
a la que otorgaste la gracia incomparable del bautismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Ricardo

SAN RICARDO
(† 1253)

El siglo XIII comienza en Inglaterra de modo humilde y oscuro y termina de modo esplendoroso. El secreto de este cambio debe hallarse —al menos desde el punto de vista de la historia eclesiástica— en la influencia de la predicación religiosa y en el ejemplo de austeridad de un gran santo.

El clamor de la predicación de los dominicos españoles despertó el letargo de los monjes ingleses y transmitió también directamente elementos de cultura debidos a la actividad personal de los hijos de Santo Domingo.

Pero la vida inglesa de principios del siglo XIII no se caracteriza solamente por la ignorancia y superstición en el pueblo, sino también por la ambición en los nobles, el regalismo del trono, el lujo desmedido en los jerarcas eclesiásticos y la apatía y relajación en los monasterios. 

Entre el reinado de Juan —Felipe Augusto— Y el de Eduardo I hay un paso trascendental. Se pasa de una época de ignorancia colectiva a otra de predominio universitario. Se corrigen excesos autoritarios, se estimula el espíritu de actividad intelectual y se impone en la vida cristiana y en los señores eclesiásticos una mayor sobriedad de costumbres. Entre esas dos épocas hay un período, que es el reinado de Enrique III; pero quien ha suscitado en gran parte esta evolución y este cambio, radicado en el sentimiento religioso de aquella sociedad, es un obispo inglés descendiente de una familia de sencillos labradores: San Ricardo.

Sus virtudes características podrían reducirse a estas tres palabras: austeridad, caridad y energía.

En medio de una sociedad en que los obispos eran “lores” y amantes de las grandezas humanas y los monjes abundaban en la prosperidad y hasta en el lujo, él pasó hambres, amó y practicó la pobreza, se vio desprovisto incluso, de casa en que vivir y por fin murió en un hospicio para sacerdotes pobres y peregrinos.

A pesar de este tenor de vida austero y duro, sus sentimientos de caridad para con el pueblo fueron bien conocidos, captando el afecto de sus súbditos. Hasta con los más insignificantes animales demostraba la delicadeza de su corazón y, cuando pretendían prepararle para comer unos pequeños pajarillos, los rechazaba diciendo. “Pobres avecillas que han de morir para servirme de alimento, no quiero ser la causa de que tengan que morir sin haber cometido delito alguno”.

Pero, al mismo tiempo, es sorprendente que un temperamento tan delicado fuera, sin embargo, enérgico e intransigente cuando se enfrentaba con la inmoralidad o la avaricia.

Quizá el ambiente de su familia campesina, acostumbrada a vivir en contacto con la naturaleza, fue una base para estos sentimientos, al parecer encontrados: El campo enseña a ser llanos y rectilíneos como la realidad de la misma naturaleza y, al mismo tiempo, fomenta los sentimientos de ternura para con los pájaros y de solidaridad y fraternidad con los vecinos.

La casa de sus padres estaba en Wyche, y allí nació Ricardo en 1197. Pronto murieron sus padres, y él, el menor de los dos hermanos, se dedicó a la labranza, trabajando como humilde labriego para rescatar la pequeña hacienda de sus antepasados, puesta en ruina por su negligente tutor.

Dejando en manos de su hermano Roberto la fortuna conseguida y la posibilidad de un casamiento con una rica doncella, se marchó a Oxford para comenzar una nueva vida. En la Universidad estudió con tesón, pero en su persona no hubo cambio de modo de ser. Conoció la pobreza y hasta el hambre, y, por no tener siquiera medios para encender un fuego con que calentarse durante el invierno, tenía que correr por los campos para mantener el calor natural.

La providencia de Dios prepara desde la juventud a los hombres que han de desempeñar más tarde una alta misión. El recuerdo de los días duros de sus años de estudiante y la costumbre adquirida de soportar las dificultades cotidianas habrían de ser una gran experiencia para el más tarde obispo de Chichester.

Especialmente en un siglo medieval en que, junto a las condiciones casi miserables de las clases más numerosas de la sociedad, aparecía el lujo exorbitante de los grande señores, esta preparación del joven Ricardo había de ser muy fructuosa.

Sus mejores maestros fueron franciscanos, como Grosseteste, y dominicos. Estos, que llegaron a Oxford en 1221, pasaron pronto del común concepto de frailes “mendicantes” a la opinión general de hombres de ciencia.

Después de una corta estancia en París, Ricardo volvió a Oxford para graduarse, consiguiendo el título académico de M. A. (Master in Art) y de allí pasó a Bolonia, considerada entonces como la más importante escuela de Leyes, y, después de siete años de estudio, consiguió el doctorado en derecho canónico.

Volvió, pues, a Oxford, en donde inmediatamente fue nombrado canciller de la Universidad y, al mismo tiempo, canciller de dos obispos amigos suyos: el de Canterbury, Edmundo Rich, y el de Lincoln, su antiguo profesor Grosseteste.

La intimidad con su maestro, el santo obispo de Canterbury, fue tal que su confesor, el dominico Ralph Bocking, pudo decir de ellos: “Cada uno era el apoyo del otro; el maestro, de su discípulo, y el discípulo, de su maestro; el padre, de su hijo, y el hijo, de su padre espiritual”.

Este apoyo a su obispo y amigo se manifestó especialmente con motivo de las dificultades creadas por el rey Enrique III, que se apoderaba de los beneficios eclesiásticos vacantes. Estos disgustos, que llevaron a la tumba a San Edmundo Rich, fueron otra experiencia providencial para el apostolado futuro de San Ricardo.

Se retiró a Orleáns, en donde enseñó como profesor durante dos años y allí fue ordenado sacerdote en 1243.

Sus primeros ministerios sacerdotales fueron como párroco en Deal, en Inglaterra, pero pronto fue llamado de nuevo a la Cancillería de Canterbury por el nuevo obispo Bonifacio de Saboya.

Pasado un año sólo de su ordenación sacerdotal, fue nombrado obispo de Chichester por el arzobispo de Canterbury, pero su nombramiento chocó con las apetencias absolutistas del rey.

En efecto, Enrique III, presionando sobre los sagrados cánones, obtuvo en principio la elección de Roberto Passelewe para ocupar la silla de Chichester, vacante por la muerte del obispo Ralph Neville, pero el arzobispo de Canterbury se opuso enérgicamente y, convocando el Cabildo de sus sufragáneos, decidió el nombramiento de Ricardo. El favorito del rey, según Mateo de París, era un hombre que “había conseguido el apoyo del monarca gracias a injustos manejos con los que había aumentado el erario real en unos millares de marcos”.

La historia humana aún sigue llena de semejantes injusticias; pero la providencia de Dios guía a sus elegidos por caminos maravillosos.

A pesar de su legítimo nombramiento no pudo tomar posesión de su silla ‘hasta un año después. El rey Enrique III recibió airado su elección y se apropió todos los beneficios eclesiásticos de la diócesis, negándose a reconocerle como legítimo obispo. Una vez más los intentos absolutistas de los poderes civiles se manifestaban en la historia inglesa del siglo XIII.

Pero el papa Inocencio IV, que a la sazón presidía el concilio de Lyón, le ratificó y consagró personalmente el 5 de marzo de 1245.

A pesar de ello el rey dio órdenes de que se le cerraran todas las puertas a su regreso a Chichester, prohibiendo, además, que se le facilitara casa o dinero. Así pues, se encontró con las cancelas cerradas a su llegada al palacio episcopal y hasta los que de buen grado le hubieran ofrecido hospedaje rehuyeron recibirle por temor a la venganza del rey.

Como un vagabundo caminó por su diócesis hasta que Dios dispuso que un buen sacerdote, Simón de Tarring, le abriera su puerta y, según escribe Bocking, “Ricardo aceptó este techo hospitalario como un forastero que se calienta junto al corazón de un amigo”.

Para comprender este estado de cosas en el siglo XIII, es preciso recordar que el alto poder alcanzado por el cristianismo a partir del siglo XI tuvo sus raíces en el creciente prestigio del Papado. El hundimiento de la Casa de Hoenstaufen inclinó el poder temporal de los Papas hacia Francia, que tradicionalmente había sido un buen refugio en los momentos de crisis. La rivalidad entre Inglaterra y Francia tuvo sus más estridentes manifestaciones en la acentuación del nacionalismo inglés y en la resistencia del trono a aceptar las decisiones de los Sumos Pontífices. La actitud del monarca de Inglaterra frente a la consagración de San Ricardo por el papa Inocencio IV no es más que un ejemplo en la larga lista de intransigencias e intromisiones de los monarcas ingleses medievales en los asuntos eclesiásticos. Una atmósfera bien propicia para la preparación del gran cisma anglicano. En realidad, todos los grandes cismas, como los acontecimientos históricos, han sido la consecuencia de largos períodos de preparación de materiales colectivos.

Pero Cristo dio a su Iglesia no sólo el derecho de enseñar (ius docendi) y el derecho de santificar (ius sanctificandi), sino también el derecho de gobernar (ius gubernandi et regendi), y este poder, como los otros mencionados, es una prerrogativa que los poderes seculares han de respetar. “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado“. “El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros recibe, a Mí me recibe.”

Nuevas pruebas vinieron sobre San Ricardo apenas reconocido como obispo de Chichester. Durante dos años trabajó como obispo misionero. Visitó las chozas de los pescadores y las casas de los humildes, viajando casi siempre a pie, desprovisto de todo.

Durante este período de su vida se celebraron los famosos sínodos, cuyos estatutos son conocidos con el nombre de “Constituciones de San Ricardo”, y parece imposible pensar que esto se realizara en condiciones tan llenas de dificultades. Estas “Constituciones” recogen los abusos más comunes en su época, conocidos personalmente por él mismo y atacados y condenados con extraordinaria energía. En realidad, la entereza de carácter no está reñida con la bondad y la caridad paternal. San Beda el Venerable, comentando cómo las turbas seguían a Jesús, dice que precisamente las dos cualidades que el pueblo demanda en sus jefes son: la bondad y la autoridad; la bondad porque los purifica. Son desgraciados y necesitan comprensión, y la autoridad porque son débiles y necesitan donde apoyarse.

San Ricardo conoció el momento crítico en que le tocó vivir. Los tres principales errores religiosos del siglo XIII, sobre la propiedad, sobre la autoridad (planteado por los fraticelli) y sobre el matrimonio (sustentado por Dulcino en Italia), llegaban a Inglaterra apoyados por el exceso de nacionalismo. Hasta los legados pontificios eran recibidos con críticas en la corte inglesa. La labor de contención de San Ricardo fue decisiva no sólo en su diócesis, sino sobre todo el país.

Es curioso comprobar que todas las grandes herejías religiosas traen como consecuencia trastornos sociales en la vida de los pueblos. Estos tres mismos errores religiosos del siglo XIII sobre la propiedad, la autoridad y el matrimonio podrían ser considerados como las fuentes de tres grandes “herejías” sociales de nuestro tiempo: el comunismo, el anarquismo y el naturalismo. En realidad, puede decirse con razón que todas las revoluciones han comenzado por la teología, la filosofía y los errores ideológicos.

El apostolado de San Ricardo de Wyche, obispo de Chichester, fue una continua defensa del derecho frente al abuso y de la doctrina del Evangelio frente al nepotismo reinante. Solía decir que Cristo no dio la primacía de su Iglesia a su pariente San Juan, sino a San Pedro, que no pertenecía a su familia. Las ideas se impusieron como consecuencia de su educación fundamental por la enseñanza de los dominicos. Es interesante el ver que, al final de este siglo, se alza en Inglaterra la abadía de Westminster, considerada como el predominio de las ideas profundas sobre la concepción superficial de la vida de comienzos del mismo siglo. Un símbolo de ideología y de tendencia a la libertad del espíritu.

Pero, junto a esta energía de carácter, sus ocho años de obispado fueron también una continua prueba de su ardiente caridad con los humildes y de su espíritu de austeridad para consigo mismo. Mientras otros se regalaban en fiestas y banquetes, él conservaba siempre una gran frugalidad en sus comidas. Aun cuando el rey, amenazado por la excomunión, reconoció su legitimidad y devolvió algunos de sus bienes a su iglesia, él continuó su mismo tenor de vida. Esta sencillez de costumbres y su acendrada caridad y amabilidad fueron, sin duda, las causas principales por que su pueblo le amó con sincero afecto. La mayoría de sus muchos milagros fueron hechos a petición de los humildes.

Murió a los cincuenta y cinco años, en una casa para pobres sacerdotes, Mais-Dieu, rodeado de sus discípulos, y fue canonizado nueve años después. Su fiesta se celebra en las diócesis de Westminster, Birmingham y Southwark.

JESÚS M. BARRANQUERO

Laudes – Martes de Pascua

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Himno: ESTABA AL ALBA MARÍA

Estaba al alba María,
porque era la enamorada.

«¡María!», la voz amada.
«¡Rabbuní!», dice María.
El amor se hizo un abrazo
junto a las plantas benditas;
las llagas glorificadas
ríos de fuego y delicia;
Jesús, esposo divino,
María, esposa cautiva.

Estaba al alba María,
para una unción preparada.

Jesús en las azucenas
al claro del bello día.
En los brazos del Esposo
la Iglesia se regocija.
¡Gloria al Señor encontrado,
gloria al Dios de la alegría,
gloria al Amor más amado,
gloria y paz, y Pascua y dicha! ¡Aleluya!

Estaba al alba María,
es Pascua en la Iglesia santa. ¡Aleluya! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

SALMO 62, 2-9 – EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

Ant 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR – Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Ant 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como os lo había anunciado. Aleluya.

Salmo 149 – ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como os lo había anunciado. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hch 13, 30-33

Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Y durante muchos días se apareció a los que con él habían subido de Galilea a Jerusalén: éstos, efectivamente, dan ahora testimonio de él ante el pueblo. Y nosotros os damos la buena nueva: la promesa que Dios hizo a nuestros padres la ha cumplido él ahora con nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: «Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy.»

RESPONSORIO BREVE

En lugar del responsorio breve se dice la siguiente antífona:

Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús dijo: «¡María!» Ella, volviéndose, exclamó: «¡Maestro!» Jesús le dijo: «Suéltame, que aún no he subido al Padre.» Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús dijo: «¡María!» Ella, volviéndose, exclamó: «¡Maestro!» Jesús le dijo: «Suéltame, que aún no he subido al Padre.» Aleluya.

PRECES

Alabemos a Cristo, que con su poder reconstruyó el templo destruido de su cuerpo, y supliquémosle:

Concédenos, Señor, los frutos de tu resurrección.

Cristo Salvador, que en tu resurrección anunciaste la alegría a las mujeres y a los apóstoles y salvaste al universo entero,
conviértenos en testigos de tu resurrección.

Tú que has prometido la resurrección universal y has anunciado una vida nueva,
haz de nosotros mensajeros del Evangelio de la vida.

Tú que te apareciste repetidas veces a los apóstoles y les comunicaste el Espíritu Santo,
renuévanos por el Espíritu consolador.

Tú que prometiste estar con tus discípulos hasta el fin del mundo,
quédate hoy con nosotros y sé siempre nuestro compañero.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concluyamos nuestra oración, diciendo juntos las palabras de Jesús, nuestro maestro:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que nos has proporcionado el remedio de nuestros males por el misterio pascual, colma a tu pueblo de tus dones celestiales, para que alcance la perfecta libertad y llegue a gozar plenamente en el cielo de la alegría que ya ha comenzado a gustar en la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lectura – Martes de Pascua

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: QUE DOBLEN LAS CAMPANAS JUBILOSAS

Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.

Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.

Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.

Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.

Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria. Aleluya.

Salmo 23 – ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
El la fundó sobre los mares,
El la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria. Aleluya.

Ant 2. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él me ha devuelto la vida. Aleluya.

Salmo 65 I – HIMNO PARA UN SACRIFICO DE ACCIÓN DE GRACIAS

Aclama al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.

Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos se rinden!»

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.

Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.

Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.

¡Oh Dios!, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:

sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él me ha devuelto la vida. Aleluya.

Ant 3. Venid a escuchar, os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.

Salmo 65 II

Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.

Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras.

Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.

Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Venid a escuchar, os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.

V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los apóstoles 2, 1-21

VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO. PRIMER DISCURSO DE PEDRO

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar; de pronto, se oyó un estruendo que venía del cielo, como de un viento impetuoso que invadió toda la casa donde estaban reunidos. Y aparecieron unas como lenguas de fuego, que se repartieron y posaron sobre cada uno de ellos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según les hacía expresarse el Espíritu.

Vivían a la sazón en Jerusalén judíos, hombres piadosos, que pertenecían a todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel estruendo, acudió un gran gentío, y todos quedaban atónitos al oírlos hablar cada uno en su propia lengua. Maravillados y llenos de estupor, exclamaban:

“Pero, ¿no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros los estamos oyendo hablar nuestra lengua materna? Partos, medos, elamitas, los que vivimos en Mesopotamia, Judea y Capadocia, en el Ponto y en el Asia proconsular, en Frigia y Panfilia, en Egipto y tierras de Libia Cirenaica, forasteros romanos, tanto judíos de raza como prosélitos, cretenses y árabes, todos los estamos oyendo hablar en nuestras lenguas las grandezas de Dios.»

Perplejos y llenos de estupor, se preguntaban unos a otros:

“Pero ¿qué es esto?»

Otros se burlaban y decían:

«Están llenos de mosto.»

Pedro, acompañado de los Once, alzó entonces su voz y les dirigió este discurso:

«Judíos y moradores todos de Jerusalén, prestad atención a mis palabras y tenedlo bien entendido. No están éstos ebrios de vino, como vosotros pensáis, pues son todavía las nueve de la mañana. Lo que estáis viendo es el cumplimiento de esta profecía de Joel:

“En los últimos días -dice Dios-, derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Hasta sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra: sangre, fuego, columnas de humo. El sol se oscurecerá, la luna aparecerá sangrienta, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. y cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán.”»

RESPONSORIO    Hch 2, 21; cf. 4, 12. 11

R. Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán. * No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos. Aleluya.
V. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; en ningún otro se encuentra la salud.
R. No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De las Disertaciones de san Anastasio de Antioquía, obispo
(Disertación 4, 1-2: PG 89, 1347-1349)

EL MESÍAS TENÍA QUE PADECER, PARA ASÍ ENTRAR EN SU GLORIA

Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, hagan burla de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano la muerte que había de padecer en Jerusalén. Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos, a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu penetra la profundidad de los misterios divinos.

El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al que nos guiaba a la salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el que nos guía a la salvación, perfeccionado por medio del sufrimiento.

Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que brotaría como un torrente del seno del que crea en él: Esto lo dijo del Espíritu Santo, que habían de recibir los que a él se unieran por la fe, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por esto el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de su pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mundo existiese.

RESPONSORIO    Hb 2, 10; Ap 1, 6; Lc 24, 26

R. Como quisiese Dios, por quien y para quien son todas las cosas, llevar un gran número de hijos a la gloria, convenía ciertamente que perfeccionase por medio del sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. * A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Aleluya.
V. El Mesías tenía que padecer, para así entrar en su gloria.
R. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Aleluya.

Himno: SEÑOR, DIOS ETERNO

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios, que nos has proporcionado el remedio de nuestros males por el misterio pascual, colma a tu pueblo de tus dones celestiales, para que alcance la perfecta libertad y llegue a gozar plenamente en el cielo de la alegría que ya ha comenzado a gustar en la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.