Sábado de la Octava de Pascua

Hoy es 7 de abril, sábado de la octava de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos 16, 9-15:

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando a una finca. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: – «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.»

En el evangelio de Marcos de hoy, leemos un resumen de las apariciones de Jesús, Resucitado en la mañana del primer día de la semana y se apareció primero a María Magdalena, a una mujer pecadora, quien tenía poca credibilidad; pues para el mundo quien es creíble es quien tiene la ciencia y el poder. Ella lo vio y fue a anunciarlo; pero ellos no la creyeron. Ella transmitía la Vida, pues transmitía a Cristo. Quien no tenía vida, se hace portavoz de la Vida, se llena de valentía, de coraje y se hace transmisora de la gracia de Dios y del mensaje de Jesús Nazareno.

Después se mostró a otros dos de sus discípulos que van de camino hacia Emaús, también a nosotros como a ellos, tenemos momentos de desilusión, de ceguera espiritual, de crisis… en que preferimos huir. Pero Jesús no piensa dejarnos solos y se pone a caminar a nuestro lado hasta que lo descubrimos.

Al fin se manifestó a los once y les reprendió por su incredulidad y terquedad, por no a ver creído a los que lo habían visto resucitado. A nosotros también nos hecha en cara que seguimos nuestros planteamientos antiguos, esa es nuestra terquedad. La criatura nueva es aquella que transmite lo que Jesús Nazareno, le ha transmitido primero. Por eso nos manda a los discípulos “Id al mundo entero y proclamad el evangelio” para poder llevar este mensaje de Jesús, nos tenemos que llenar de Él «contemplad y dar lo contemplado”, sino serán palabras vacías, que pueden ser muy bonitas; pero no llegan al corazón y no dan fruto. Solo desde la experiencia de Dios, se nos trasforma y desde ahí podemos transmitir.

Que la Resurrección del Señor Jesús, tenga un tono Pascual en nosotros, con envoltura de luz y paz, para que lo percibamos dentro, y lo descubramos en el huerto, como la Magdalena, y en los sonoros ríos de la vida. Que aparezca siempre vivo en nuestra vida.

Liturgia 7 de abril

SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA

Misa del sábado de la Octava (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias, Gloria, sin Credo, Prefacio Pascual I «en este día», embolismos propios en las Plegarias Eucarísticas. No se puede decir la Plegaria IV. Despedida con doble «Aleluya»

Leccionario: Vol. II

  • Hch 4, 13-21. No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.
  • Salmo 117. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
  • Secuencia. (opcional) Ofrezcan los cristianos.
  • Mc 16, 9-15. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Antífona de entrada           Cf. Sal 104, 43
El Señor sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo. Aleluya.

Se dice Gloria.

Oración colecta
OH, Dios,
que no cesas de aumentar
con la abundancia de tu gracia
el número de los pueblos que creen en ti,
mira con amor a tus elegidos,
para que los renacidos en el bautismo
se revistan de la inmortalidad dichosa.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
CONCÉDENOS, Señor,
alegrarnos siempre por estos misterios pascuales,
y que la actualización continua de tu obra redentora
sea para nosotros fuente de gozo incesante.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual I: en este día.

Indicaciones para el uso de las plegarias eucarísticas I, II y III en la misma página del prefacio.

Antífona de comunión          Gál 3, 27
Cuantos habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Aleluya.

Oración después de la comunión
MIRA, Señor, con bondad, a tu pueblo
y, ya has querido renovarlo
con estos sacramentos de vida eterna,
concédele llegar a la incorruptible resurrección
de la carne que habrá de ser glorificada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Juan Bautista de la Salle

SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE
(† 1719)

Es el 17 de enero de 1667. En la insigne catedral de Reims hay el revuelo propio de una gran fiesta. Un jovencito, de apenas dieciséis años, pero perteneciente a una de las más ilustres familias de la ciudad, la de La Salle, toma posesión de su silla en el coro: la número 21. Podernos imaginarnos la impresionante ceremonia sabiendo que entonces el Cabildo contaba, a más de cincuenta y seis canónigos, sesenta y un capellanes, cuatro sacerdotes y cuatro sacristanes. Tenía a su frente ocho dignidades. Y hasta 1789, época de la que poseemos un cálculo hecho, treinta y uno de sus miembros habían sido obispos, veintiuno cardenales y cuatro habían llegado a la Sede de San Pedro: Silvestre II, Urbano II, Adriano IV y Adriano V.

 Extraños los caminos de la Providencia. El año anterior, el día de Pascua, Pierre Docez, arcediano de Champagne, la segunda de las dignidades del Cabildo, había asistido a una velada en el colegio Des Bons Enfants y había quedado prendado de la modestia, la discreción y el ingenio de aquel jovencito, Juan Bautista, lejano pariente suyo. En vista de esto decidió resignar en su favor la canonjía. Y así lo hizo. De esta manera Juan Bautista de la Salle se incorporó al Cabildo.

 Poseemos un retrato hecho en esta época. El joven tiene un aire de seriedad y nobleza; la mirada profunda; una boca bien formada y enérgica; una amplia melena negra, partida por gala en dos; está revestido de la sobrepelliz, el bonete, el armiño… Causa una impresión agradable, pero nadie diría, ni él mismo se atrevería a sospechar, los designios que Dios tenía sobre él. Mientras llega la hora el joven canónigo ha de continuar sus estudios. Y lo hace en el seno de su familia, auténtica y sólidamente cristiana. La mitad de sus hermanos abrazarán el estado sacerdotal o religioso. El mismo, pese a su juventud, se constituye en un modelo «de regularidad, de modestia y de candor para sus compañeros de Cabildo.

 Aunque en las costumbres de aquel tiempo, y aun en la legislación, no se requería el sacerdocio para el canonicato, Juan Bautista prosigue ardientemente sus estudios: dos cursos de teología en la universidad de Reims. Y después pasa a París, y allí se pone en contacto con una institución excepcional: el seminario de San Sulpicio, que debía darle una regla, un método, una ascética. Y, efectivamente, se los dio. A pesar de que su estancia en el seminario no pudo prolongarse mucho, sin embargo, la influencia de San Sulpicio, a cuyo frente estaba una personalidad tan excepcional como Tronson, fue muy profunda. El ambiente era de gran fervor; los seminaristas, pertenecientes a las mejores familias de Francia, rivalizaban en el ejercicio de todas las virtudes. Condiscípulos suyos habían de estar, en los años siguientes, al frente de muchas diócesis y en puestos clave de la Iglesia en Francia, como artífices de la admirable restauración pastoral que durante el siglo XVI, tiene lugar en aquel país.

 Sin embargo, una nueva intervención de la Providencia le obliga a abandonar su amado seminario. Habían muerto sus padres y Juan Bautista tenía que hacer frente, a sus veintiún años, al cuidado de seis huérfanos, cuya edad iba desde los diecinueve años del mayor, Juan Remigio, hasta los seis años del más pequeño, Pedro. Carga bien pesada, que él hace compatible con el cumplimiento exacto de sus obligaciones de canónigo y con el estudio, para continuar preparándose al sacerdocio.

 Este tardará en llegar. Ha habido vacilaciones, luchas, y sólo la intervención de personas de autoridad puede tranquilizar la sobresaltada humildad del ordenando. Por fin se decide. El 9 de abril de 1678 recibe el presbiterado en Reims. Al día siguiente, 10 de abril, en una humilde capilla de la inmensa catedral, rodeado únicamente de su familia y acompañado por su director espiritual, el padre Roland, celebra su primera misa. Pese a su condición de canónigo y al esplendor de su posición social, prefirió la sencillez y la humildad de aquella primera misa, llena de recogimiento y fervor.

 Pasaron diecisiete días solamente. Dios iba a intervenir una vez más para marcar su camino a Juan Bautista. El 27 de abril moría su director espiritual, Nicolás Roland y aparecía designado como su albacea. Entendámonos: no se trataba solamente de hacer las gestiones correspondientes a los bienes que había dejado el difunto, sino de algo mucho más importante: continuar trabajando en el mismo campo en que él había trabajado. Esto suponía una doble y delicadísima misión: por lo que se refería a la juventud femenina, sacar adelante la Congregación de Hermanas del Niño Jesús, que el difunto había fundado. Por lo que se refería a los niños, había que hacerlo todo. Con una energía indomable, una clarísima visión de los problemas y una laboriosidad a toda prueba Juan Bautista de la Salle consigue en diez meses para las hermanas la aprobación del arzobispo de Reims y la consolidación jurídica de su Instituto ante la legislación francesa. Las hermanas habían quedado así definitivamente establecidas y podían continuar su admirable labor.

 Restaba el otro encargo. Cumplirlo iba a ser la labor de toda su vida. También aquí actuó el joven canónigo con decisión y energía. El 15 de agosto de 1679, siempre el día de la Asunción, como fecha señalada en los fastos de la Iglesia, abre sus puertas la escuela de San Mauricio.

 Sólo cinco meses más tarde, la de la parroquia de Santiago. Para atenderlas se constituye un primer grupo de maestros, a los que sólo une el deseo de trabajar con la niñez abandonada. San Juan Bautista, sin pensar en que ponía los fundamentos de un instituto religioso que iba a suponer una verdadera revolución, les busca una casa próxima a su propio hotel donde puedan vivir reunidos. Ocurrió el día de Navidad de 1679.

 Pero poco a poco aquellos maestros van a ir incorporándose a su propia vida. Juan Bautista hace un viaje a París y habla allí con un santo religioso mínimo: el padre Barré, que participaba también de las mismas inquietudes por la suerte de la niñez. El santo religioso le anima a seguir adelante y a llevar su entrega a la juventud hasta sus últimas consecuencias.

 Día 24 de junio de 1681. El canónigo De la Salle celebra su santo. Y a su mesa se sientan, juntamente con sus hermanos, aquellos humildes maestros de las escuelas parroquiales de Reims. Es demasiado ya. La familia se alarma e inicia una ofensiva en forma. Una de las mayores dificultades que tenemos para llegar a comprender el heroísmo de los santos está en que no podemos hacernos cargo exactamente del ambiente que tuvieron que vencer. Nos cuesta comprender lo que en aquella sociedad puntillosa, llena de vanidad, provinciana y en gran parte paganizada, suponía el gesto de un joven sacerdote de buena familia que se entregaba con alma y vida a la causa de las escuelas cristianas. Su familia presiona, amenaza, insiste, vuelve a la carga. Llegan a retirarle el cuidado de sus hermanos. Unas veces le ridiculizan, otras murmuran, otras le reprochan amargamente lo que está haciendo. Juan Bautista sigue su camino. Al año siguiente, ese mismo día de su santo, 24 de junio, ya los maestros no vienen a su casa para festejarle. Es él quien abandona su propio hogar para irse a vivir con ellos en la casita de la calle Neuve.

 Comienza una nueva vida. Al frente de aquel grupo de maestros Juan Bautista de la Salle se va dando cuenta de que no caben las medias tintas. Ellos le hacen su confesor, su confidente, su director y su guía. Van llegando nuevos maestros y se van abriendo perspectivas cada vez más dilatadas. Pero… estorba la canonjía. El oficio coral llevaba entonces a los canónigos de cinco a seis horas diarias: puede decirse que desde las cinco de la mañana, en que se reunía el Cabildo, hasta después de las tres de la tarde, apenas se podía disponer de tiempo. Por otra parte, los maestros no podían menos de experimentar un cierto contraste. Mientras ellos tenían que mirar a su porvenir fiándose únicamente de la divina Providencia, San Juan Bautista tenía su beneficio y su fortuna personal para cualquier avatar que pudiera sobrevenir.

 El Santo toma entonces una decisión heroica; vivirá la vida de sus queridísimos maestros en toda su integridad. Decide renunciar a la canonjía y a su fortuna personal, y lo hace llevando ambas cosas hasta las últimas consecuencias. Le aconsejaban que cediera la canonjía a su hermano Luis. El no quiere, y prefiere hacerlo en favor de un sacerdote digno y virtuoso, pero casi desconocido. La prudencia humana hubiese aconsejado reservar su propia fortuna para que sirviera de base a la obra que estaba emprendiendo. El espíritu sobrenatural aconsejó otra solución más radical: durante un invierno durísimo, en que el hambre azotó cruelmente a Francia, Juan Bautista repartió todo su dinero a los pobres. En lo sucesivo él y sus queridos discípulos mirarían al porvenir de idéntica manera, descansando sólo en los brazos de la divina Providencia.

 Y, en efecto, ahora había llegado el momento de plantear las cosas con toda seriedad. Los maestros piden a su director una regla. El, en aquellos tiempos de absolutismo, prefiere que esta regla sea hecha entre todos. El 9 de mayo de 1684 se abre la primera reunión de la nueva Congregación. Como resultado de ella el 27 de mayo, fiesta de la Santísima Trinidad, doce discípulos, con Juan Bautista a la cabeza, hacen sus primeros votos. Muy prudentemente el fundador quiso que se tratara sólo del voto de obediencia y durante un año. El experimento era lo suficientemente arriesgado como para proceder con todo cuidado. Eso sí, al poco tiempo se preocupó de darles un hábito adecuado: la sotana de sarga negra, el tricornio de amplias alas, la gola o rabat blanco. Poco tiempo después, por indicación del alcalde, a quien daba pena ver a los hermanos sin protección alguna en pleno invierno, se añadió el manteo con las dos mangas vacías, que había de valerles durante mucho tiempo el nombre de «los hermanos cuatro brazos».

Por vez primera en la historia de la Iglesia nacía un Instituto única y exclusivamente de hermanos. Posteriormente habrán de crecer y desarrollarse otros muchos. Pero nadie podrá arrebatara San Juan, Bautista de la Salle la gloria de haber concebido con nítida claridad la idea de esta clase de congregaciones que ponen al servicio de su propia finalidad el más completo renunciamiento incluso a algo tan hermoso y tan sagrado como es el mismo sacerdocio.

El Instituto iba a suponer una auténtica revolución. No sólo por estar compuesto exclusivamente de hermanos, sino también por otras novedades. Por ejemplo, en el terreno de la pedagogía, en el que se romperían, con firme decisión y pese al enorme clamoreo que habría de levantarse, muchísimas rutinas. Se acabó ya el golpear a los niños. Se acabaron los gritos, sustituidos por la señal. Se acabó el enseñar a leer en latín, y la utilización de absurdas gramáticas. Se acabaron los maestros improvisados, pues a San Juan Bautista de la Salle le corresponde con toda verdad el titulo de fundador de las Escuelas Normales, ya que siempre vio como un complemento de su propio instituto la formación de maestros seglares.

Innovaciones también profundas en la misma formación de los religiosos. As! el noviciado menor, antesala del noviciado propiamente dicho, y que no tenía antecedentes en las congregaciones religiosas. Así también el mismo espíritu con que se procede a la formación de los hermanos, uniendo las prácticas de oración y mortificación de las más rigurosas Ordenes contemplativas con el espíritu de trabajo.

Primero en Reims, después en París, se van a escribir páginas de las más maravillosas de la historia de la Iglesia. Es necesario remontarse a la vida de los Padres del desierto para encontrar escenas similares a las de aquel noviciado de Vaugirard, donde el fundador da a sus novicios el espíritu y el aliento necesarios para su gran misión. París ve estupefacto cómo cambia la niñez en manos de los hermanos. Lo que hasta entonces era afrentoso, bajo y sucio, se trueca en luminoso y limpio. Todo el mundo se hace lenguas de su maravillosa eficacia pedagógica. Aquel método simultáneo, implantado por el Santo en sus escuelas, que hoy nos parece la cosa más natural, pero que entonces supuso una revolución pedagógica, servía para hacer maravillas. Sin embargo…, era demasiado desafío, y la persecución no podía tardar.

La vida de San Juan Bautista de la Salle es toda ella un contraste apasionante e increíble. De una parte, el Instituto se desarrolla, crece, se extiende por toda Francia. De otra parte, el fundador vive una vida de continuas persecuciones. Puede decirse que no hay prueba, por dolorosa que sea, que no se le presente.

Choca ante todo con el monopolio. Los maestros que entonces ejercitaban la enseñanza se sienten heridos. Unas veces reaccionan con violencia, y las escuelas de los hermanos son asaltadas brutalmente. Otras, por medio de interminables pleitos, que al menor descuido se transforman en sentencias desfavorables, se trata de hacerles la vida imposible. En ocasiones se recurre incluso a la calumnia y al libelo ofensivo. Es una lucha que dura largos años y que algunas veces llega a poner en riesgo la existencia misma del Instituto.

Pero no es la prueba más dolorosa. A San Juan Bautista le tocó defender algo más que su derecho a ejercitar la enseñanza: la idea misma del Instituto. Era natural. Lo que él intentaba hacer chocaba demasiado con las ideas hasta entonces corrientes y, eclesiásticos bienintencionados, incluso amigos verdaderos de las escuelas cristianas, se creían en el caso de darle consejos y, en alguna ocasión de querer imponer sus propias orientaciones. Ahora es un obispo a quien el Instituto debe mucho el que, en el curso de una comida, insiste en las modificaciones que hay que hacer. Luego aquel eclesiástico, basándose en un nombramiento de superior que se había convenido en que seria puramente nominal, intenta sacar adelante unas ideas que destrozarían la esencia misma del Instituto. Otra vez son las autoridades civiles, que intervienen para sustraer de la obediencia a los hermanos que trabajan en su propia población. Sobre todo hay una oposición obstinada, larga, tenaz la del párroco de San Sulpicio, de París, hombre, por otra parte, celoso y bueno, pero que intenta contra viento y marea imponer sus propias ideas. Ocasión habrá en que el Santo fundador abatido, puesto de rodillas, con la frente en el suelo, bañado en sollozos, verá al arzobispo de París, impresionado por los informes del párroco, marchar desdeñosamente a su finca de recreo sin darle respuesta alguna.

Estos sufrimientos tenían que herir profundamente el alma de San Juan Bautista. Paralelos a ellos corrieron otros que tenían una fuente menos pura y nacían de intención manchada. San Juan Bautista y el Instituto por él fundado fueron, como era natural, una de las presas que más podía apetecer el jansenismo francés. Se utilizó todo: la habilidad, el halago, la argumentación doctrinal, las amenazas, la coacción… Cuando todas estas armas hubieron fallado, el jansenismo decretó una guerra a muerte al fundador y a su Instituto. Por todas partes. Hubo choques en Marsella, en París, en Rouen… Así hasta el fin de su vida. Porque pocos días antes de morir hará el Santo una hermosísima profesión de fe, verdadero testamento espiritual, ratificando de manera inequívoca su absoluta oposición al jansenismo.

Casi tan dolorosas como éstas le tenían que resultar otras pruebas: las procedentes de los falsos hermanos. Unas veces por influencia de fuera, otras por mala voluntad de los mismos sujetos, en más de una ocasión el Santo se encontró con que se habían infiltrado en las comunidades elementos indeseables. El era tan bondadoso que no podía imaginar mala voluntad en nadie. Ocasión hubo, y más de una, en que los hermanos se vieron obligados a imponerse y a exigirle que no admitiera a algunos de estos sujetos, o expulsar a algún otro. Para el Santo todo el mundo era bueno, y, por mucho que se le hubiera ofendido, estaba presto a perdonar y a volver a admitir al que había faltado. Prueba dolorosísima para su corazón ver en ocasiones hermanos que se dejaban contagiar por el espíritu del mundo e incluso llegaban a hacer el juego a los propios enemigos del Instituto.

Junto a estas pruebas, tan íntimas, no faltaron tampoco las pruebas externas. La vida del Santo es un largo Viacrucis. No sólo por sus viajes interminables, hechos en forma humildísima, muy frecuentemente a pie, pidiendo limosna, acogiéndose a los hospedajes más pobres, sino también por su misma salud. En el fervor de la casa de Vaugirard había vivido todo un invierno en una habitación desmantelada, en la que contrajo un gravísimo reuma que le producía dolores tremendos, a los que se añadían los que le causaban los métodos, que hoy llamaríamos bárbaros, que en más de una ocasión se emplearon para curarle. Ni era menor el sufrimiento que tenía que causarle, habida cuenta de su naturaleza delicada, la vida común llevada con el máximo rigor. A la distribución del tiempo, ya muy dura, común a todos los hermanos, añadía él largas horas de oración, increíbles penitencias, estudio prolongado. Su estómago, hecho al género de comidas que en su casa había tenido, se resistía, hasta con vómitos de sangre, a las pobrísimas comidas de los hermanos. Sólo con esfuerzos heroicos logró acomodarse. Y así en todo. Siempre el más puntual, el más humilde, el más pobre. Su sotana, su manteo, eran tan raídos que inspiraban lástima. No los hubiera querido un pobre a quien se hubiesen regalado.

Ocasión hubo en que el Santo, creyendo estorbar, se retiró del gobierno y pasó unos meses al margen de la vida de la Congregación. Fue entonces cuando se produjo uno de los acontecimientos más hermosos en la historia de las Ordenes religiosas: la carta que los hermanos le escribieron pidiéndole que volviera a ponerse al frente de ellos. Es difícil concebir un trozo de literatura eclesiástica superior a esta carta, que casi no puede leerse con ojos enjutos. Los hermanos le piden con humildad, pero con firmeza, con sentimiento profundo, pero sin caer en exageraciones, con lógica firme, pero sin sequedad ninguna, que vuelva a hacerse cargo de su gobierno: «Señor y padre nuestro, nosotros, los principales hermanos de las Escuelas Cristianas, teniendo a la vista la mayor gloria de Dios, el mayor bien de la Iglesia y de nuestra sociedad, reconocemos que es de una extrema necesidad que usted vuelva a tomar el cuidado y la dirección de la santa obra de Dios que es también suya, pues gustó al Señor servirse de usted para establecerla y conducirla desde hace tanto tiempo…». No podemos reproducirla íntegra. Baste decir que el Santo escuchó la súplica y volvió a sus amadísimos hermanos.

Poco después, el día de Pentecostés, 16 de mayo de 1717, se reunían los principales hermanos en la célebre casa de San Yon, en la que el Santo había pasado días tan felices. La casa estaba envuelta en una atmósfera sobrenatural. Todo el mundo oraba y hacía penitencia. El día 18 se hizo la elección de nuevo superior y quedó elegido el hermano Bartolomé. El capítulo continuó trabajando y se fijaron las reglas. El Santo obtuvo, por fin, lo que tanto había deseado: obedecer. Y lo hizo con todo su corazón. Hasta para los más mínimos detalles pedía permiso al nuevo superior.

Ya podía marchar de este mundo. La obra quedaba consolidada. Aún vivió unos meses. Y por fin llegó la hora suprema. El martes de la Semana Santa de 1719, haciendo un esfuerzo colosal, se levantó de la cama para recibir con toda humildad el viático. Por la noche le rezaron la recomendación del alma. El dio sus últimos consejos a los hermanos, encargándoles que estuvieran siempre muy apartados del mundo. Por fin, a las cuatro de la tarde del 4 de abril de 1719, Viernes Santo, expiró dulcemente a los sesenta y ocho años de edad.

Su cuerpo fue inhumado, de primera intención, en la parroquia de San Severo, en cuya jurisdicción estaba enclavada la casa de San Yon. El 16 de julio de 1734, cuando esta casa tuvo su iglesia propia, fueron trasladados allí, y allí quedaron, incluso durante los avatares de la Revolución Francesa, hasta que en 1835 pasaron a la capilla del colegio de los hermanos, en el centro mismo de la ciudad de Rotien. Cuando en 1904 el laicismo obligó a los religiosos a expatriarse, la casa generalicia de los hermanos se trasladó a Lambecq-Lez-Hay (Bélgica) y a ella fueron también los sagrados restos. Construida una nueva casa generalicia en Roma, en la Vía Aurelia, a ella fueron llevados en 1938, y allí permanecen.

Pese a la fama de santidad de que gozó en vida, su proceso de beatificación comenzó tardíamente, en 1835. En 1840 fue introducida la causa y en 1846 aprobados los procesos. Rápidamente se fueron sucediendo los demás trámites, examen de los escritos, aprobación de los milagros, reuniones de la Sagrada Congregación, hasta que, por fin, el 19 de julio de 1888 se celebró la solemne beatificación. Poco tiempo después se iniciaba el proceso de canonización, por decreto de marzo de 1890. Y diez años después, 24 de mayo de 1900, era solemnísimamente canonizado, al mismo tiempo que Santa Rita de Casia.

La congregación por él fundada cuenta en la actualidad (1959) con 17.000 miembros extendidos por todo el mundo. Humildes y laboriosos, los hermanos desarrollan en todas partes una admirable labor, de acuerdo con el espíritu de su instituto, que «consiste en un ardiente celo de instruir a los niños y educarles en el amor de Dios, conduciéndoles a conservar su inocencia, si no la han perdido, e inspirarles gran aversión y sumo horror al pecado y a todo lo que pueda hacerles perder la pureza. Para vivir en tal espíritu los hermanos de la Sociedad se esforzarán con la plegaria, con las instrucciones, con la vigilancia y con la buena conducta en la Escuela, en procurar la salvación de los niños que les son encomendados, educándoles en la piedad y en el verdadero espíritu cristiano, esto es, según las reglas y las máximas del Evangelio».

De esta manera San Juan Bautista de la Salle continúa viviendo entre nosotros por la profunda influencia de sus obras escritas en la pedagogía contemporánea, y más aún por este fervoroso espíritu que pervive en sus hijos.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

Laudes – Sábado Octava de Pascua

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: VELARON LAS ESTRELLAS EL SUEÑO DE SU MUERTE

Velaron las estrellas el sueño de su muerte,
sus luces de esperanzas las recogió ya el sol,
en haces luminosos la aurora resplandece,
es hoy el nuevo día en que el Señor actuó.

Los pobres de sí mismos creyeron su palabra,
la noche de los hombres fue grávida de Dios,
él dijo volvería colmando su esperanza,
más fuerte que la muerte fue su infinito amor.

De angustia estremecida lloró y gimió la tierra,
en lágrimas y sangre su humanidad vivió,
pecado, mal y muerte perdieron ya su fuerza,
el Cristo siempre vivo es hoy nuestro blasón.

De gozo reverdecen los valles y praderas,
los pájaros y flores, su canto y su color,
celebran con los hombres la eterna primavera
del día y la victoria en que el Señor actuó.

Recibe, Padre santo, los cánticos y amores
de cuantos en tu Hijo hallaron salvación,
tu Espíritu divino nos llene de sus dones,
los hombres y los pueblos se abran a tu Amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

SALMO 62, 2-9 – EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

Ant 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR – Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Ant 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como os lo había anunciado. Aleluya.

Salmo 149 – ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como os lo había anunciado. Aleluya.

LECTURA BREVE Rm 14, 7-9

Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí. Que si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, para el Señor morimos. En fin, que tanto en vida como en muerte somos del Señor. Para esto murió Cristo y retornó a la vida, para ser Señor de vivos y muertos.

RESPONSORIO BREVE

En lugar del responsorio breve se dice la siguiente antífona:

Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Después de su resurrección, que tuvo lugar a la mañana del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Después de su resurrección, que tuvo lugar a la mañana del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, pan de vida, que en el último día resucitará a los que se alimentan con su palabra y con su cuerpo, y digámosle:

Señor, danos paz y alegría.

Hijo de Dios, que resucitado de entre los muertos eres el Príncipe de la vida,
bendice y santifica a tus fieles y a todos los hombres.

Tú que concedes paz y alegría a todos los que creen en ti,
danos vivir como hijos de la luz y alegrarnos de tu victoria.

Aumenta la fe de tu Iglesia, peregrina en la tierra,
para que dé al mundo testimonio de tu resurrección.

Tú que, habiendo padecido mucho, has entrado ya en la gloria del Padre,
convierte en gozo la tristeza de los afligidos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concluyamos nuestra oración, diciendo juntos las palabras de Jesús, nuestro maestro:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar en todos los pueblos el número de tus hijos, mira con amor a tus elegidos que han nacido a una nueva vida por el sacramento del bautismo y concédeles alcanzar una dichosa inmortalidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lectura – Sábado Octava de Pascua

OFICIO DE LECTURA

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LA TUMBA ABIERTA DICE AL UNIVERSO

La tumba abierta dice al universo:
«¡Vive! ¡Gritad, oh fuego, luz y brisa,
corrientes primordiales, firme tierra,
al Nazareno, dueño de la vida.»

La tumba visitada está exultando:
«¡Vive! ¡Gritad, montañas y colinas!
Le disteis vuestra paz, vuestra hermosura,
para estar con el Padre en sus vigilias.»

La tumba perfumada lo proclama:
«¡Vive! ¡Gritad, las plantas y semillas:
le disteis la bebida y alimento
y él os lleva en su carne florecida!»

La tumba santa dice a las mujeres:
«¡Vive! ¡Gritad, creyentes matutinas,
la noticia feliz a los que esperan,
y colmad a los hombres de alegría!»

¡Vive el Señor Jesús, está delante,
está por dentro, está emanando vida!
¡Cante la vida el triunfo del Señor,
su gloria con nosotros compartida! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Grande es el Señor, es incalculable su grandeza. Aleluya.

Salmo 144 I – HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus creaturas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Grande es el Señor, es incalculable su grandeza. Aleluya.

Ant 2. El Señor ha dado a conocer la gloria y majestad de su reinado. Aleluya.

Salmo 144 II

Que todas tus creaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus proezas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor ha dado a conocer la gloria y majestad de su reinado. Aleluya.

Ant 3. Todo viviente bendiga tu santo nombre por siempre jamás. Aleluya.

Salmo 144 III

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.

Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todo viviente bendiga tu santo nombre por siempre jamás. Aleluya.

V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los apóstoles 4, 5-31

PEDRO Y JUAN ANTE EL CONSEJO DE ANCIANOS

A la mañana siguiente, se reunieron los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas de Jerusalén, junto con Anás, el sumo sacerdote, y Caifás, Juan, Alejandro y todos los que eran de familia pontifical. Hicieron comparecer en su presencia a Pedro y a Juan, y les preguntaron:

«¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho esto vosotros?»

Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo:

«Ancianos y jefes del pueblo, ya que nos interrogáis hoy en juicio por haber hecho un beneficio a un inválido, para poner en claro por virtud de quién ha alcanzado éste la salud, sabedlo vosotros y que lo sepa todo el pueblo de Israel: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros habéis crucificado y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos, por él viene este hombre con salud a vuestra presencia. Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; en ningún otro se encuentra la salud, y no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.»

Viendo la entereza con que hablaban Pedro y Juan, y considerando que eran hombres sin instrucción ni cultura, estaban asombrados y reconocían en ellos a los discípulos de Jesús; pero viendo allí con ellos al hombre que habían curado, no podían replicar nada en contra. Ante esto, les mandaron salir fuera del tribunal, y deliberaron entre sí:

«¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Que han hecho un milagro clarísimo lo sabe toda Jerusalén, y nosotros no lo podemos negar. Pero, a fin de que esto no se divulgue más entre la gente, vamos a prohibirles con toda severidad que en adelante hablen a nadie en nombre de Jesús.»

Los llamaron y les intimaron que de ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Pedro y Juan, tomando la palabra, les dijeron:

«Juzgad por vosotros mismos si es justo, delante de Dios, obedecer a vosotros antes que a él. Nosotros no podemos dejar de hablar acerca de lo que hemos visto y oído.»

Ellos, profiriendo nuevas amenazas y no hallando motivo para castigarlos, los dejaron ir libres, ya que tenían miedo del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido, pues el hombre que había obtenido milagrosamente su curación pasaba de los cuarenta años. Pedro y Juan, una vez puestos en libertad, se dirigieron a los suyos y les refirieron todo cuanto los pontífices y ancianos les habían dicho. Al oírlo, unidos en unos mismos sentimientos, elevaron su voz a Dios y exclamaron:

«Señor, tú hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú, por medio del Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David, tu siervo, dijiste: «¿Por qué se amotinan las naciones, y los pueblos planean un fracaso? Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías.» Porque verdaderamente, contra tu santo siervo Jesús, tu Ungido, se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato, juntamente con los gentiles y con el pueblo de Israel. Con eso no hacían sino poner por obra cuanto tu voluntad y omnipotencia habían determinado que sucediese. Ahora, Señor, mira sus amenazas, y haz que tus siervos anunciemos tu palabra con toda entereza y libertad. Muestra tu omnipotencia, haciendo curaciones, señales y prodigios, por el nombre de tu santo siervo Jesús.»

Acabada esta oración, tembló el lugar en que estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía la palabra de Dios.

RESPONSORIO Cf. Hch 4, 11-12a; Is 28, 16

R. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; * en ningún otro se encuentra la salud. Aleluya.
V. Así dice el Señor: «Mirad, yo coloco en Sión una piedra probada, angular, preciosa, de cimiento.»
R. En ningún otro se encuentra la salud. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De las Catequesis de Jerusalén
(Catequesis 22 [Mistagógica 4], 1. 3-6. 9: PG 33, 1098-1106)

EL PAN CELESTIAL Y LA BEBIDA DE SALVACIÓN

Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo.» y tomando el cáliz, después de pronunciar la acción de Gracias, dijo: «Tomad y bebed, ésta es mi sangre.» Por tanto, si él mismo afirmó del pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y si él mismo afirmó: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por esto hemos de recibirlos con la firme convicción de que son el cuerpo y sangre de Cristo. Se te da el cuerpo del Señor bajo el signo de pan, y su sangre bajo el signo de vino; de modo que al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo te haces concorpóreo y consanguíneo suyo. Así, pues, nos hacemos portadores de Cristo, al distribuirse por nuestros miembros su cuerpo y sangre. Así, como dice san Pedro, nos hacemos participantes de la naturaleza divina.

En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, decía: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. Pero, como ellos entendieron estas palabras en un sentido material, se hicieron atrás escandalizados, pensando que los exhortaba a comer su carne.

En la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo exclusivo del antiguo Testamento, ahora ya no existen. Pero en el nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el alma y el cuerpo. Pues, del mismo modo que el pan es apropiado al cuerpo, así también la Palabra encarnada concuerda con la naturaleza del alma.

Por lo cual, el pan y el vino eucarísticos no han de ser considerados como meros y comunes elementos materiales, ya que son el cuerpo y la sangre de Cristo, como afirma el Señor; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos enseña la fe.

Adoctrinados e imbuidos de esta fe certísima, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo; respecto a lo cual hallamos la antigua afirmación del salmo: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro. Da, pues, fuerzas a tu corazón, comiendo aquel pan espiritual y da brillo así al rostro de tu alma.

Ojalá que con el rostro descubierto y con la conciencia limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO Lc 22, 19; Ex 12, 27

R. Jesús tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; * haced esto en memoria mía.» Aleluya.
V. Cuando os pregunten vuestros hijos qué significa este rito, les responderéis: «Es el sacrificio de la Pascua del Señor.»
R. Haced esto en memoria mía.» Aleluya.

Himno: SEÑOR, DIOS ETERNO

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios nuestro, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar en todos los pueblos el número de tus hijos, mira con amor a tus elegidos que han nacido a una nueva vida por el sacramento del bautismo y concédeles alcanzar una dichosa inmortalidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.