Decisión de cada uno

Hace aproximadamente dos mil años, apareció en Galilea un profeta llamado Jesús de Nazaret. Apenas vivió algo más de treinta años. Las autoridades lo ejecutaron cuando no llevaba ni tres predicando su mensaje de amor y fraternidad entre los hombres. Fue una llama que, apenas se encendió, fue apagada.

Veinticinco años más tarde, el emperador Nerón daba muerte a su fiel consejero, el filósofo estoico, Séneca. El motivo: Séneca le aconsejaba, una y otra vez, tratar a las personas con «humanitas» y «clementia».

La figura del filósofo romano es recordada con veneración por los estudiosos de la antigüedad, que se interesan por su doctrina estoica. Pero nadie se reúne en su nombre, ni fundamenta su existencia sobre su persona. No sucede así con el Profeta de Galilea. Veinte siglos después de su muerte, millones de hombres y mujeres se siguen reuniendo en su nombre, lo invocan como Señor y esperan de él «la salvación de Dios». ¿Por qué?

Cuando los cristianos hablan de Jesús, no están recordando a un muerto del pasado. Cuando se reúnen en su nombre, no es para celebrar (con retraso) el funeral de un difunto. Cuando escuchan su mensaje, no lo hacen para recoger el testamento dejado a la posteridad por un sabio maestro. La experiencia cristiana es diferente y original. Para estos creyentes, Cristo está vivo. San Pablo lo dice en una sola frase: «Conocerle es conocer la fuerza de su resurrección» (Filipenses 3, 10).

Este hecho singular se presta a múltiples consideraciones. ¿Cómo puede un muerto generar una fe de estas características? Ciertamente, hay personas extraordinarias que, incluso después de muertas, han generado entusiasmo en sus seguidores (recuérdese el impacto del Che Guevara hace todavía unos años). Pero, luego, el entusiasmo se difumina y los recuerdos se apagan. Las generaciones siguientes apenas se conmueven. Pronto se convierte el personaje en objeto de investigación para los historiadores, siempre que la historia le reconozca ese privilegio.

Naturalmente, este tipo de consideraciones no constituye una «prueba» de la verdad del cristianismo. La fe cristiana, como cualquier otra ideología, religión o ateísmo, podría ser una «colosal ilusión». Pero, hay algo que no se debe olvidar. Los seres humanos podemos vivir de «ilusiones», pero, ciertamente, no podremos morir sino confiándonos a un Dios Salvador o dejándonos hundir en el vacío de la nada.

Cada uno ha de escuchar la invitación que se le hace: «No seas incrédulo, sino creyente.» Cada uno ha de saber cómo se enfrenta al misterio último de la existencia, bien confesando su fe como Tomás: «Señor mío y Dios mío», bien siguiendo solo su propio camino, desconfiando de toda salvación.

José Antonio Pagola