Domingo II de Pascua

El contenido doctrinal de este segundo domingo de Pascua puede reducirse a lo siguiente:

Los Apóstoles, después de la Ascensión, comenzaron su tarea evangelizadora exponiendo el mensaje de Jesús y presentándose como testigos de su Resurrección, garantía absoluta de su condición de Mesías enviado por el Padre.

Consecuencia de ello fue que el cristianismo comenzó a extenderse y a dar lugar a una nueva forma de vida: la cristiana. Forma de vida que se manifestaba en una convivencia fraternal, como se dice en la primera lectura. (Hch. 4, 32-35), consecuencia del seguimiento de esas enseñanzas de Jesús, puesto que no hay otra forma de ser cristiano, segunda lectura (1ª Jn. 5, 1-6), lo cual exige una fe fundamentada, como la de Santo Tomás (3ª Lectura: 20,19-31)

La razón por la que los Apóstoles se esfuerzan en comunicarnos “estas cosas”, aparte de cumplir el encargo que les había dado el mismo Jesús, está claramente indicado en las últimas palabras de San Juan: “Otros muchos milagros hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.

Nos las comunican para que tengamos vida. Naturalmente que la vida que se nos promete no es la vida biológica sino esa nueva vida que surge desde la fe, y que supone la contemplación de todo desde el ángulo de la Revelación, o, lo que es lo mismo, desde la “panorámica” de Dios.

Es en este punto en el que resulta importante revisar en profundidad la actuación de Santo Tomás.

Su actitud no es la del “negador” por las buenas, la del que se quiere dar importancia haciéndose notar. NO.

Santo Tomás es un hombre de los que se comprometen de verdad. Cuando comentan los Apóstoles el peligro de que Jesús vaya a resucitar a Lázaro, es él quien decide: vayamos y muramos, si es preciso, con Él. (Jn. 11,16)

Tampoco en la Última Cena se quedó a medias. No entendía bien de qué iban las palabras de Jesús y le “soltó” aquello de: “no sabemos dónde vas, cómo vamos a saber el camino”.(Jn. 14,15)

NO. Santo Tomás no es un “incrédulo” sino un creyente racional que cree lo que se debe creer, porque hay suficiente fundamento para ello. Y porque lo tuvo, se comprometió hasta dar su vida, luego en martirio en la India.

Esa es la fe que nosotros necesitamos para no comprometernos a medias, hasta un cierto punto, pero nada más. Para no vivir un cristianismo descafeinado, fofo, sin arrestos para entregarnos plenamente a él.

La fe justificada, asimilada es la que nos permite descubrir un nuevo enfoque de esa vida que bajo el impulso del Espíritu vamos tejiendo conforme a los planes de Dios.

La fe nos propone vivir la vida ordinaria de cada día, la de mi matrimonio, mi sacerdocio, mi trabajo, estudio, situación de novio o novia, de patrón u obrero, la que sea, desde la perspectiva de Dios. Vivirla con la gozosa esperanza de que, según vamos viviéndola, vamos caminando al definitivo encuentro con Dios.

Si “aceptamos” la grandeza de “todo eso” sin una suficiente fundamentación puede quedar reducido a algo superficial, semi-infantil, que ni llena nuestra vida ni la vacía del todo. Algo que la convierte en una mediocridad muy próxima a la tibieza que ni es fría ni caliente. Sencillamente, algo que nos hace vivir lánguidamente un cristianismo sin garra.

Quien mira por un microscopio descubre un mundo de vida, de relaciones, de actuaciones que, antes de usarlo, jamás hubiera sospechado que existiera.

Eso mismo sucede con la fe. Aparecen matices, aspectos, dimensiones de nuestra vida ordinaria que jamás hubiéramos sospechado sin “usar” las gafas de la fe. Conocer el sentido transcendente de nuestra vida sabiendo que se realiza dentro del misterio de Dios, tener la garantía de que todo tiene sentido y que nada del bien que hagamos quedará perdido, que al mismo tiempo que construimos un mundo más humano estamos estableciendo el Reino de Dios en la Tierra, son dimensiones de la diaria realidad solo descubribles por la Revelación de Dios.

Son tan vitales esos aspectos, esa nueva contemplación de la realidad desde la fe, que los Apóstoles se afanan en transmitírnosla.

Es verdad que su testimonio nos queda un poco lejos en el tiempo y en el espacio. Pero no podía ser de otra manera supuesto que la acción salvadora de Jesús había de extenderse a todos los tiempos y lugares. Por eso es el mismo Jesús quien felicita a todos aquellos que crean sin haber visto.

Entre “esos” que creen sin haber visto estamos nosotros que nos reunimos cada domingo para recordar, mejor, para revivir aquellos acontecimientos con los que se inició “todo”.

Creemos porque nos sabemos en conexión con aquellos que sí vivieron aquellos acontecimientos. Porque hemos querido tener una fe razonada, fundamentada a ejemplo de Santo Tomás.

Como una garantía más en favor de la veracidad de lo que nos comunicaron cabe subrayar que su predicación no es fruto de un empeño en contarnos una historieta urdida en su propio provecho. NO. Se jugaron la vida, y la perdieron en medio de tremendos tormentos, sin conseguir nada material a cambio. Tampoco es una obcecación nacida de situaciones emocionales. NO. Se reconocen dudando a la hora de aceptar la Resurrección de Jesús. Hoy acabamos de recordar el comportamiento de Santo Tomás. Lo mismo tenemos con los discípulos que iban a Emaús y, en general, con el resto de los Apóstoles. Tampoco tienen empacho en reconocer que les da miedo lo que se les avecina por parte de los sacerdotes judíos, por eso están con las puertas cerradas.

Sin embargo, una serie de acontecimientos con Jesús, que nos señalan con todo lujo de detalles, les cambia totalmente hasta convertirles en sus firmes defensores y propagadores.

Los Apóstoles nos transmiten una fe que en ellos nació por el trato directo con Jesús, con su ejemplo nos invitan a que esa fe sea robusta y lo hacen para que también nosotros tengamos la luz de la fe que ilumine toda nuestra existencia. No la desaprovechemos. AMÉN.

Pedro Sáez