II Vísperas – Anunciación del Señor

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR. (SOLEMNIDAD)

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: HOY ES DEL DIVINO AMOR

Hoy es del divino amor
la encarnación amorosa,
fineza que es tan costosa
que a las demás da valor.

¿Qué bien al mundo no ha dado
la encarnación amorosa,
si aun la culpa fue dichosa
por haberla ocasionado?

Ni ella sola ser podía
causa, que, si se repara,
para que Dios encarnara
bastaba sólo María.

Aunque de ser encarnado
pudo ser doble el motivo:
de todos por compasivo,
de ella por enamorado.

Y así al bajar este día
al suelo por varios modos,
fue por la culpa de todos
y la gracia de María. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo. Aleluya.

Ant 2. No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo. Aleluya.

Salmo 129 – DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo. Aleluya.

Ant 3. Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Aleluya.

Cántico: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CREATURA Y PRIMER RESUCITADO DE ENTRE LOS MUERTOS. Cf. Col 1, 12-20

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda creatura;
pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Jn 1, 1-3a

Lo que existía desde un principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y lo que tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (porque la vida se ha manifestado, y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos esta vida eterna, la que estaba con el Padre y se nos ha manifestado): lo que hemos visto y oído os lo anunciamos, a fin de que viváis en comunión con nosotros.

RESPONSORIO BREVE

V. La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros. Aleluya, aleluya.
R. La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros. Aleluya, aleluya.

V. Ya al principio estaba con Dios.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El ángel Gabriel saludó a María, diciendo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El ángel Gabriel saludó a María, diciendo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres.» Aleluya.

PRECES

Acudamos a Dios Padre, que por medio del ángel anunció hoy a María su designio de salvarnos, y digámosle confiados:

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros.

Tú que elegiste a la Virgen María para madre de tu Hijo,
ten piedad de todos los que esperamos la redención de Jesucristo.

Tú que por boca de Gabriel anunciaste a María el gozo y la paz,
concede a todo el mundo la alegría de la salvación y el don de una paz verdadera.

Tú que por la aceptación de María y por obra del Espíritu Santo hiciste que tu Verbo habitara entre nosotros,
haz que nosotros recibamos siempre a Cristo como lo recibió María.

Tú que enalteces a los humildes y a los pobres los colmas de bienes,
conforta a los que se sienten abatidos, socorre a los necesitados y ayuda a los moribundos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres el único que realizas maravillas y el Dios para quien nada hay imposible,
resucita a los muertos en el último día.

Ya que Cristo al hacerse hombre nos ha hermanado a todos, digamos a nuestro Padre común:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios nuestro, que quisiste que tu Verbo se hiciera hombre en el seno de la Virgen María, concede a quienes proclamamos que nuestro Redentor es realmente Dios y hombre que lleguemos a ser partícipes de su naturaleza divina. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 9 de abril

Lectio: Lunes, 9 Abril, 2018

1. ORACIÓN INICIAL

Padre misericordioso, envíame también a mí, en este tiempo de oración y de escucha de tu Palabra, tu ángel santo, para yo pueda recibir el anuncio de la salvación y, abriendo el corazón, pueda ofrecer mi sí al Amor. Envía sobre mí, te ruego, tu Espíritu Santo, como sombra que me cubra, como potencia que me llene. Hasta ahora, oh Padre, yo no quiero decirte otra cosa que mi sí; decirte: “He aquí, que estoy aquí por ti. Haz de mí lo que quieras. “Amén.

2. LECTURA

a) Para colocar el pasaje en su contexto:

El pasaje de la anunciación nos conduce del templo, espacio sagrado por excelencia, a la casa, a la intimidad del encuentro personal de Dios con su criatura; nos conduce dentro de nosotros mismos, al profundo de nuestro ser y de nuestra historia, allá donde Dios puede llegar y tocarnos. El anuncio del nacimiento de Juan el Bautista había abierto el seno estéril de Isabel, deshaciendo la absoluta impotencia del hombre y transformándola en capacidad de obrar junto con Dios. El anuncio del nacimiento de Jesús, por el contrario, llama a la puerta del seno fructífero de la “Llena de Gracia” y espera respuesta: es Dios que espera nuestro sí, para poder obrar todo.

b) Para ayudar en la lectura del pasaje:

vv.26-27: Estos dos primeros versículos nos colocan en el tiempo y el espacio sagrados del acontecimiento que meditamos y que reviven en nosotros: estamos en el sexto mes de la concepción de Juan Bautista y estamos en Nazaret, ciudad de Galilea, territorio de los alejados e impuros.. Aquí ha bajado Dios para hablarle a una virgen, para hablar a nuestro corazón.

Nos vienen presentados los personajes de este acontecimiento maravilloso: Gabriel, el enviado de Dios, una joven mujer de nombre María y su esposo José, de la casa real de David. También nosotros somos acogidos a esta presencia, estamos llamados a entrar en el misterio.

vv.28-29: Son las primerísimas frases del diálogo de Dios con su criatura. Pocas palabras, apenas un suspiro, pero palabras omnipotentes, que turban el corazón, que ponen profundamente en discusión la vida, los planes, las esperanzas humanas. El ángel anuncia el gozo, la gracia y la presencia de Dios; María queda turbada y se pregunta de dónde le pueda venir a ella todo esto. ¿De dónde un gozo tal? ¿Cómo una gracia tan grande que puede cambiar incluso el ser?

vv.30-33: Estos son los versículos centrales del pasaje: y la explosión del anuncio, la manifestación del don de Dios, de su omnipotencia en la vida del hombre. Gabriel. el fuerte, habla de Jesús: el rey eterno, el Salvador, el Dios hecho niño, el Omnipotente humilde. Habla de María, de su seno, de su vida que ha sido elegida para dar entrada y acogida a Dios en este mundo y en cualquier otra vida. Dios comienza, ya aquí, a hacerse vecino, a llamar. Está en pie, espera, junto a la puerta del corazón de María; pero también aquí, en nuestra casa, junto a nuestro corazón….

v.34: María ante la propuesta de Dios, se deja manejar por una completa disposición; revela su corazón, sus deseos. Sabe que para Dios lo imposible es realizable, no tiene la mínima duda, no endurece su corazón ni su mente, no hace cálculos; quiere solamente disponerse plenamente, abrirse, dejarse alcanzar de aquel toque humanamente imposible, pero ya escrito, ya realizado en Dios. Pone delante de Él, con un gesto de purísima pobreza, su virginidad, su no conocer varón; es una entrega plena, absoluta, desbordante de fe y abandono. Es la premisa del sí.

vv. 35-37: Dios, humildísimo responde; la omnipotencia se inclina sobre la fragilidad de esta mujer, que somos cada uno de nosotros. El diálogo continúa, la alianza crece y se refuerza. Dios revela el cómo, habla del Espíritu Santo, de su sombra fecundante, que no viola, no rompe, sino conserva intacta. Habla de la experiencia humana de Isabel, revela otro imposible convertido en posible; casi una garantía, una seguridad. Y después, la última palabra, ante la cual es necesario escoger: decir sí o decir no; creer o dudar, entregarse o endurecerse, abrir la puerta o cerrarla. “Nada es imposible para Dios”

v.38: Este último versículo parece encerrar el infinito. María dice su “He aquí” se abre, se ofrece a Dios y se realiza el encuentro, la unión por siempre. Dios entra en el hombre y el hombre se convierte en lugar de Dios: son las Bodas más sublimes que se puedan jamás realizar en esta tierra. Y sin embargo el evangelio se cierra con una palabra casi triste, dura: María queda sola, el ángel se va. Queda, sin embargo, el sí pronunciado por María a Dios y su Presencia; queda la verdadera Vida.

c) El texto:

Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue.

3. UN MOMENTO DE SILENCIO ORANTE

He leído y escuchado las palabras del evangelio. Estoy en silencio…Dios está aquí, a la puerta, y pide asilo, precisamente a mí, a mi pobre vida….

4. ALGUNAS PREGUNTAS

a) El anuncio de Dios, su ángel, entra en mi vida, ante mí y me habla. ¿Estoy preparado para recibirlo, para dejarle espacio, para escucharlo con atención?

b) Enseguida recibo un anuncio desconcertante; Dios me habla de gozo, de gracia, de presencia. Precisamente las cosas que yo estoy buscando desde hace tanto tiempo, de siempre. ¿Quién me podrá hacer verdaderamente feliz?¿Quiero fiarme de su felicidad, de su presencia?

c) Ha bastado un poco, apenas un movimiento del corazón, del ser; Él ya se ha dado cuenta. Ya me está llenando de luz y amor. Me dice: “Has encontrado gracia a mis ojos”. ¿Agrado yo a Dios? ¿Él me encuentra amable? Sí, así es. ¿Por qué no lo hemos querido creer antes?¿Por qué no lo he escuchado?

d) El Señor Jesús quiere venir a este mundo también a través de mí; quiere acercarse a mis hermanos a través de los senderos de mi vida, de mi ser. ¿Podré estropearle la entrada?¿Podré rechazarlo, tenerlo lejano?¿Podré borrarlo de mi historia de mi vida?

5. UNA CLAVE DE LECTURA

Algunas palabras importantes y fuertes que resuenan en este pasaje del evangelio

¡Alégrate!

Verdaderamente es extraño este saludo de Dios a su criatura; parece inexplicable y quizás sin sentido. Y sin embargo, ya desde siglos resonaba en las páginas de las divinas Escrituras y, por consiguiente, en los labios del pueblo hebreo. ¡Gózate, alégrate, exulta! Muchas veces los profetas habían repetido este soplo del respiro de Dios, habían gritado este silencioso latido de su corazón por su pueblo, su resto. Lo leo en Joel: “No temas, tierra, sino goza y alégrate, porque el Señor ha hecho cosas grandes….”(2,21-23); en Sofonías: “Gózate, hija de Sion, exulta, Israel, y alégrate con todo el corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha revocado tu condena” (3,4); en Zacarías: “Gózate, exulta hija de Sion porque, he aquí, que yo vengo a morar en medio de ti, oráculo del Señor” (2,14). Lo leo y lo vuelvo a escuchar, hoy, pronunciado también sobre mi corazón, sobre mi vida; también a mí se me anuncia un gozo, una felicidad nueva, nunca antes vivida. Descubro las grandes cosas que el Señor ha hecho por mí; experimento la liberación que viene de su perdón, yo no estoy ya condenado, sino agraciado, para siempre; vivo la experiencia de la presencia del Señor junto a mí, en mí. Sí, Él ha venido a habitar entre nosotros; Él está de nuevo plantando su tienda en la tierra de mi corazón, de mi existencia. Señor, como dice el salmo, Tú te gozas con tus criaturas (Sal 104, 31) y también yo me gozo en ti; mi gozo está en ti (Sal 104, 34).

El Señor está contigo

Estas palabras tan simples, tan luminosas, dicha por el ángel a María, encierra una fuerza omnipotente; me doy cuenta que bastaría, por sí sola, a salvarme la vida, a levantarme de cualquier caída o fallo, de cualquier error. El hecho de que Él, mi Señor, está conmigo, me sostiene en vida, me vuelve animoso, me da confianza para continuar existiendo. Si yo existo, es porque Él está conmigo. Quizás pueda valer para mí la experiencia que la Escritura cuenta de Isaac, al cual le sucedió la cosa más bella que se puede desear a un hombre que cree en Dios y lo ama; un día se le acerca a él Abimelech con sus hombres, diciéndole; “Hemos visto que el Señor está contigo” (Gén 26, 28) y pidiendo que se hicieran amigos, que se hiciera un pacto. Quisiera que también de mí se dijera la misma cosa; quisiera poder manifestar que el Señor verdaderamente está en mí, dentro de mi vida, en mis deseos, mis afectos, mis gustos y acciones; quisiera que otros pudieran encontrarlo por mi mediación. Quizás, por esto, es necesario que yo absorba su presencia, que lo coma y lo beba.

Me voy a la escuela de la Escritura, leo y vuelvo a leer algunos pasajes en la que la voz del Señor me repite esta verdad y, mientras Él me habla, me voy cambiando, me siento más habitado. ”Permanece en este país y yo estaré contigo y te bendeciré” (Gén 26,3). “Después el Señor comunicó sus órdenes a Josué , hijo de Nun, y le dijo: “Sé fuerte y ten ánimo, porque tu introducirás a los Israelitas en el país que he jurado darles, y yo estaré contigo” (Dt 31,23). ”Lucharán contra ti pero no prevalecerán, porque yo estaré contigo para salvarte y liberarte” (Jer 15,20). “El ángel del Señor aparece a Gedeón y le dice: “¡El Señor es contigo, hombre fuerte y valeroso!” (Jue 6,12). “En aquella noche se le apareció el Señor y le dijo: Yo soy el Dios de Abrahán tu padre, no temas porque yo estoy contigo. Te bendeciré y multiplicaré tu descendencia por amor a Abrahán, mi siervo” (Gén 26,24). “He aquí que yo estoy contigo y te protegeré a donde quieras que vayas; luego te haré regresar a este país, porque no te abandonaré sin hacer todo lo que te he dicho” (Gén 28,15) “No temas porque yo estoy contigo; no te descarríes, porque yo soy tu Dios. Te hago fuerte y acudo en tu ayuda y te sostengo con la diestra victoriosa” (Is 41,10)

No temas

La Biblia se encuentra rebosante de este anuncio lleno de ternura; casi como un río de misericordia esta palabra recorre todos los libros sagrados, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Es el Padre que repite a sus hijos que no tengan miedo, porque Él está con ellos, no los abandona, no los olvida, no los deja en poder del enemigo. Es como si fuese una declaración de amor, de corazón a corazón, y llega hasta nosotros. Abrahán ha oído esta palabra y después de él su hijo Isaac, después los patriarcas, Moisés, Josué, David, Salomón y con ellos, Jeremías y todos los profetas. Ninguno está excluido de este abrazo de salvación que el Padre ofrece a sus hijos, también a los más alejados, los más rebeldes. María sabe escuchar profundamente esta palabra y se la cree con fe plena, con absoluto abandono; Ella escucha y cree, acoge y vive también para nosotros. Ella es la mujer fuerte y animosa que se abre a la llegada del Señor, dejando caer todos los miedos, las incredulidades, las negativas. Ella repite este anuncio de Dios dentro de nuestra vida y nos invita a creer con Ella.

Has encontrado gracia

“Señor, si he encontrado gracia a tus ojos…”. Esta es la plegaria que sale más veces del corazón de hombres y mujeres que buscan refugio en el Señor; de ellos habla la Escritura, los encontramos en las encrucijadas de nuestras calles, cuando no sabemos bien a donde ir, cuando nos sentimos golpeados por la soledad o la tentación, cuando vivimos los abandonos, las traiciones, las desconfianzas que pesan sobre nuestra existencia. Cuando no tenemos a nadie y no logramos ni siquiera encontrarnos a nosotros mismo, entonces también nosotros, como ellos, nos ponemos a rezar repitiendo aquellas palabras: “Señor, si he encontrado gracias a tus ojos…”. ¡Cuantas veces quizás las hemos repetido, también solo, en silencio! Pero hoy aquí, en este pasaje evangélico tan sencillo, se nos adelantaron, hemos estado escuchando con anterioridad; ya no necesitamos suplicar, porque ya hemos encontrado todo aquello que estábamos siempre buscando y mucho más. Hemos recibido gratuitamente, hemos sido colmados y ahora rebosamos.

Para Dios nada hay imposible

Hemos llegado casi al final de este recorrido fortísimo de gracia y de liberación; acaba de alcanzarme ahora una palabra que me sacude en lo más profundo. Mi fe está puesta al retortero; el Señor me prueba, me sondea, pone a prueba mi corazón. Lo que el ángel afirma aquí, delante de María, había sido ya proclamado muchas veces en el Antiguo Testamento; ahora alcanza la plenitud, ahora todos los imposibles se realizan; Dios se hace hombre; el Señor se convierte en amigo; el lejano está muy cerca. Y yo, también yo, pequeño y pobre, me hago partícipe de esta inmensidad de gracia; se me dice que también en mi vida lo imposible se convierte en posible. Sólo debo creer, sólo dar mi consentimiento. Pero esto significa dejarse sacudir por la potencia de Dios; entregarme a Él: que me cambia, me libera, me renueva. Nada de esto es imposible. Sí, yo puedo renacer hoy, en este momento, por gracia de su palabra que me ha hablado, que me ha alcanzado hasta el punto más profundo del corazón. Busco y transcribo los pasos de la Escrituras que me repiten esta verdad. Y mientras escribo, mientras las leo y las pronuncio despacio, masticando cada palabra, lo que ellas dicen se realizan en mí… Génesis 18,14; Job 42,2; Jeremías 32, 17; Jeremías 32, 27; Zacarías 8,6; Mateo 19,26; Lucas 18,27.

Heme aquí

Y ahora no puedo huir, ni evitar la conclusión. Sabía desde el principio que precisamente aquí, dentro de esta palabra, tan pequeña sin embargo, tan llena, tan definitiva, Dios me estaba aguardando. La cita del amor, de la alianza entre Él y yo se había señalado precisamente en esta palabra, apenas un suspiro de su voz. Permanezco aturdido por la riqueza de presencia que siento en este ¡“Heme aquí”!; no debo esforzarme mucho para recordar las innumerables veces que Dios mismo la ha pronunciado primero, la ha repetido. Él es el “Heme aquí” hecho persona, hecho fidelidad absoluta, insustituible. Debería ponerme solamente bajo su onda, sólo encontrar su impronta en los polvos de mi pobreza, de mi desierto; debería sólo acoger su amor infinito que no ha cesado jamás de buscarme, de estar junto a mi, de caminar conmigo, donde quiera que yo he ido. El “Heme aquí” está ya dicho y vivido, es ya verdad. ¡Cuántos, antes que yo y cuántos también hoy, junto a mi! No, no estoy solo. Hago una vez más silencio, me coloco una vez más a la escucha, antes de responder… “¡Heme aquí, heme aquí!” (Is 65,1) repite Dios; “Heme aquí, soy la sierva del Señor”, responde María; “Heme aquí, que yo vengo para hacer tu voluntad” (Sal 39,8) dice Cristo.

6. UN MOMENTO DE ORACIÓN: SALMO 138

Estribillo: Padre, en tus manos encomiendo mi vida

Tú me escrutas, Yahvé, y me conoces;
sabes cuándo me siento y me levanto,
mi pensamiento percibes desde lejos;
de camino o acostado, tú lo adviertes,
familiares te son todas mis sendas.
Aún no llega la palabra a mi lengua,
y tú, Yahvé, la conoces por entero;
me rodeas por detrás y por delante,
tienes puesta tu mano sobre mí.
Maravilla de ciencia que me supera,
tan alta que no puedo alcanzarla.
¿Adónde iré lejos de tu espíritu,
adónde podré huir de tu presencia?
Si subo hasta el cielo, allí estás tú,
si me acuesto en el Seol, allí estás.

Porque tú has formado mis riñones,
me has tejido en el vientre de mi madre;
te doy gracias por tantas maravillas:
prodigio soy, prodigios tus obras.
¡Qué arduos me resultan tus pensamientos,
oh Dios, qué incontable es su suma!
Si los cuento, son más que la arena;
al terminar, todavía estoy contigo.
Sondéame, oh Dios, conoce mi corazón,
examíname, conoce mis desvelos.
Que mi camino no acabe mal,
guíame por el camino eterno.

7. ORACIÓN FINAL

Padre mío, tu has bajado hasta mí, me has tocado el corazón, me has hablado, prometiéndome gozo, presencia, salvación. En la gracia del Espíritu Santo, que me ha cubierto con su sombra, también yo junto a María, he podido decirte mi sí, el “Heme aquí” de mi vida por ti. Ahora no me queda nada más que la fuerza de tu promesa, tu verdad: “Concebirás y darás a la luz Jesús”. Señor, aquí tienes el seno abierto de mi vida, de mi ser, de todo lo que soy. Pongo todo en tu corazón. Tú, entra, ven, desciende te ruego a fecundarme, hazme generadora de Cristo en este mundo. El amor que yo recibo de ti, en medida desbordante, encuentre su plenitud y su verdad cuando alcance a los hermanos y hermanas que tú pones en mi camino. Nuestro encuentro, oh Padre, sea abierto, sea don para todos; sea Jesús, el Salvador. Amén.

Oración en la Anunciación del Señor

Iniciamos rezando un AVEMARÍA

¡Dios te salve, María!

Te saludamos con el Angel: Llena de gracia.

El Señor está contigo.

Te saludamos con Isabel: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¡Feliz porque has creído a las promesas divinas!

<

p style=”text-align:justify;”>Te saludamos con las palabras del Evangelio:
 Feliz porque has escuchado la Palabra de Dios y la has cumplido.

<

p style=”text-align:justify;”>¡Tú eres la llena de gracia!


Te alabamos, Hija predilecta del Padre.

Te bendecimos, Madre del Verbo divino.

Te veneramos, Sagrario del Espíritu Santo.

Te invocamos; Madre y Modelo de toda la Iglesia.

Te contemplamos, imagen realizada de las esperanzas de toda la humanidad.

<

p style=”text-align:justify;”>¡El Señor está contigo!


Tú eres la Virgen de la Anunciación, el Sí de la humanidad entera al misterio de la salvación.

Tú eres la Hija de Sión y el Arca de la nueva Alianza en el misterio de la visitación.

Tú eres la Madre de Jesús, nacido en Belén, la que lo mostraste a los sencillos pastores y a los sabios de Oriente.

Tú eres la Madre que ofrece a su Hijo en el templo, lo acompaña hasta Egipto, lo conduce a Nazaret.

Virgen de los caminos de Jesús, de la vida oculta y del milagro de Caná.

Madre Dolorosa del Calvario y Virgen gozosa de la Resurrección.

Tú eres la Madre de los discípulos de Jesús en la espera y en el gozo de Pentecostés.

Reza también: La oración de San Juan Pablo II

Bendita…

porque creíste en la Palabra del Señor,

porque esperaste en sus promesas,

porque fuiste perfecta en el amor.

Bendita por tu caridad premurosa con Isabel,

por tu bondad materna en Belén,

por tu fortaleza en la persecución,

por tu perseverancia en la búsqueda de Jesús en el templo,

por tu vida sencilla en Nazaret,

por tu intercesión en Cana,

por tu presencia maternal junto a la cruz,

por tu fidelidad en la espera de la resurrección,

por tu oración asidua en Pentecostés.

Bendita eres por la gloria de tu Asunción a los cielos,

por tu maternal protección sobre la Iglesia,

por tu constante intercesión por toda la humanidad.

¡Santa María, Madre de Dios!

Queremos consagrarnos a ti.

Porque eres Madre de Dios y Madre nuestra.

Porque tu Hijo Jesús nos confió a ti.

Porque has querido ser Madre de la Iglesia.

Nos consagramos a ti:

<

p style=”text-align:justify;”>Los obispos, que a imitación del Buen Pastor
velan por el pueblo que les ha sido encomendado.

Los sacerdotes, que han sido ungidos por el Espíritu.

<

p style=”text-align:justify;”>Los religiosos y religiosas, que ofrendan su vida
por el Reino de Cristo.

Los seminaristas, que han acogido la llamada del Señor.

Los esposos cristianos en la unidad e indisolubilidad de su amor con sus familias.

Los seglares comprometidos en el apostolado.

Los jóvenes que anhelan una sociedad nueva.

Los niños que merecen un mundo más pacífico y humano.

<

p style=”text-align:justify;”>Los enfermos, los pobres, los encarcelados, 
los perseguidos, los huérfanos, los desesperados, 
los moribundos.

¡Ruega por nosotros pecadores!

Madre de la Iglesia, bajo tu patrocinio nos acogemos y a tu inspiración nos encomendamos.

Te pedimos por la Iglesia, para que sea fiel en la pureza de la fe, en la firmeza de la esperanza, en el fuego de la caridad, en la disponibilidad apostólica y misionera, en el compromiso por promover la justicia y la paz entre los hijos de esta tierra bendita.

Te suplicamos que toda la Iglesia se mantenga siempre en perfecta comunión de fe y de amor, unida a la Sede de Pedro con estrechos vínculos de obediencia y de caridad.

Te encomendamos la fecundidad de la nueva evangelización, la fidelidad en el amor de preferencia por los pobres y la formación cristiana de los jóvenes, el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, la generosidad de los que se consagran a la misión, la unidad y la santidad de todas las familias.

¡Ahora y en la hora de nuestra muerte!

¡Virgen, Madre nuestra! Ruega por nosotros ahora. Concédenos el don inestimable de la paz, la superación de todos los odios y rencores, la reconciliación de todos los hermanos.

Que cese la violencia y la guerra.

Que progrese y se consolide el diálogo y se inaugure una convivencia pacífica.

Que se abran nuevos caminos de justicia y de prosperidad.

Te lo pedimos a ti, a quien invocamos como Reina de la Paz.

¡Ahora y en la hora de nuestra muerte!

Te encomendamos a todas las víctimas de la injusticia y de la violencia, a todos los que han muerto en las catástrofes naturales, a todos los que en la hora de la muerte acuden a ti como Madre.

Sé para todos nosotros Puerta del cielo, vida, dulzura y esperanza, para que, juntos, podamos contigo glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

¡Amén!

Solemnidad de la Anunciación del Señor

Significado teológico de esta celebración

Esta gran fiesta tomó su nombre de la buena nueva anunciada por el arcángel Gabriel a la Santísima Virgen María, referente a la Encarnación del Hijo de Dios. Era el propósito divino dar al mundo un Salvador, al pecador una víctima de propiciación, al virtuoso un modelo, a esta doncella -que debía permanecer virgen- un Hijo, y al Hijo de Dios una nueva naturaleza, una naturaleza humana capaz de sufrir el dolor y la muerte, a fin de que Él pudiera satisfacer la justicia de Dios por nuestras transgresiones. El Espíritu Santo, que para la Virgen estaba en el lugar del esposo, no se contentó con hacer que su cuerpo fuera capaz de dar la vida al Dios Hombre, sino que enriqueció su alma con la plenitud de la gracia, de suerte que pudiera haber una especie de proporción entre la causa y el efecto y, para que ella pudiera ser la criatura más cualificada para cooperar en este misterio de santidad; por lo tanto, el ángel se dirigió a ella, diciéndole: «Dios te salve María, llena eres de gracia». Si María no hubiese estado profundamente arraigada en la humildad, esta forma de salutación y el significado del gran designio para el que se pedía su cooperación, fácilmente la habrían envanecido, pero en su humildad, ella sabía que la gloria de cualquier gracia que poseyera pertenecía a Dios. Su modestia había sugerido una duda, pero una vez que ésta fue disipada, sin más investigación, dio su asentimiento para esa su misión celestial. «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra». El mundo no iba a tener un Salvador hasta que ella hubiese dado su consentimiento a la propuesta del ángel. Lo dio y he aquí el poder y la eficacia de su ¡Fiat! (hágase). En ese momento, el misterio de amor y misericordia prometido al género humano miles de años atrás, predicho por tantos profetas, deseado por tantos santos, se realizó sobre la tierra. En ese instante, el Verbo de Dios quedó para siempre unido a la raza humana: el alma de Jesucristo, producida de la nada, empezó a gozar de Dios y a conocer todas las cosas, pasadas, presentes y futuras; en ese momento Dios comenzó a tener un adorador infinito y el mundo un mediador omnipotente y, para la realización de este gran misterio, solamente María es escogida para cooperar con su libre consentimiento.

Historia de la celebración litúrgica de la Anunciación

Hay razones para creer que, de entre todos los grandes misterios de la vida de Nuestra Señora, la Anunciación haya sido el primero en ser honrado litúrgicamente y que, habiéndose identificado, como quiera que fuese, la fecha de ese evento, con el día 25 de marzo, llegó a ser el punto de partida de todo lo que podría llamarse ciclo de Navidad. Si Nuestro Señor se encarnó el 25 de marzo, era natural suponer que naciera el 25 de diciembre; su circuncisión seguiría el 1° de enero y su presentación en el templo y la purificación de su Madre, el 2 de febrero, cuarenta días después de aquél en que los pastores se reunieron en Belén, alrededor del pesebre. Más aún, ya que el día de Anunciación era «el sexto mes para Isabel, la que se decía estéril», el nacimiento de san Juan Bautista se produciría tan sólo una semana antes de terminar junio. Lo que sabemos de cierto es que ya, en los primeros años del siglo tercero, Tertuliano (Adv. Judaeos, c. VIII) establece definitivamente que nuestro Salvador murió en la cruz el 25 de marzo. Más aún, esta tradición, si puede ser llamada así, está confirmada por otros escritores antiguos, sobre todo por Hipólito en la primera mitad del mismo siglo tercero quien, no solamente en su comentario sobre Daniel indica este mismo día como el de la Pasión del Señor, sino que en su crónica señala para el 25 de marzo «el nacimiento de Cristo», así como su crucifixión. San Agustín está de acuerdo en esto, ya que en su obra De Trinitate (4:5) declara que Jesús fue «ejecutado el 25 de marzo, el mismo día del año que aquél en que fue concebido» («Octavo enim kalendas aprilis conceptus creditur quo et passus»).

Al mismo tiempo, no se debe suponer que este reconocimiento de un día en particular en el calendario como el verdadero aniversario de la visita del ángel a María, implique necesariamente que una celebración litúrgica haya sido ya instituida para conmemorarlo. Aparte de la Natividad, la Resurrección de Nuestro Señor y la fiesta de Pentecostés, el calendario primitivo de la Iglesia sólo parece haber honrado formalmente el nacimiento para el cielo de sus mártires. Pero todos los grandes episodios en la historia de la Redención del hombre llegan paulatinamente a ser honrados por separado, mediante un ofrecimiento especial del santo sacrificio, con formularios de oración apropiados para la ocasión. Desgraciadamente, la literatura de la Iglesia primitiva abunda en documentos apócrifos, a menudo atribuidos, sin comprobación, a escritores cuyos nombres son famosos en la historia de la Iglesia. Hay también discursos y libros que han sido interpolados con material extraño o que, en el proceso de traducción a otras lenguas, han tomado un colorido que corresponde, no al original, sino al país o período en que se hizo la traducción. Todo esto debe necesariamente exigir grandísima precaución al sacar deducciones de alusiones literarias que no pueden ser citadas con seguridad. Aunque a San Gregorio Taumaturgo, que vivió en el siglo III, se le atribuyen no menos de seis sermones que tienen por tema la Anunciación, no hay una base sólida para creer que todos ellos sean auténticos, mucho menos para suponer que algunas de esas fiestas fueran celebradas en tal fecha. Pero antes del año 400, se construyó una iglesia en Nazaret para conmemorar la Anunciación y, la construcción de una iglesia puede tomarse como una buena prueba de alguna celebración litúrgica de la ocasión que expresamente conmemora.

Tal solemnidad habría sido adoptada de una manera semejante, en el curso del tiempo, en otras localidades y, probablemente se difundió, poco a poco, en todo el mundo cristiano. Parece haber una indicación de esto en un sermón de san Proclo de Constantinopla, antes del año 446, pero un ejemplo más satisfactorio se encuentra en un discurso de san Abramio, obispo de Éfeso, alrededor de un siglo después. Como la tradición oriental se opuso siempre a la celebración de algún día en particular de la liturgia eucarística durante la Cuaresma, exceptuando el domingo (en algunos países, también el sábado), se tuvo por costumbre no celebrar ninguna fiesta durante el gran ayuno. Esto debe haber impedido el reconocimiento general de la Anunciación, y de hecho, descubrimos que el Concilio in Trullo, en 692, define la regla de que las fiestas litúrgicas no se celebraran en los días entre semana durante la Cuaresma, con la sola excepción de la fiesta de la Anunciación, el 25 de marzo. Por el discurso de san Abramio, arriba mencionado, sabemos que ya previamente hubo una conmemoración de este misterio (la que por supuesto debe ser considerada tanto fiesta de Nuestro Señor como de su Madre) el domingo anterior a Navidad. La celebración de esta fiesta, en marzo, entre los griegos, está claramente comprobada alrededor del año 641 por el Chronicon Paschale.

En Occidente, la historia parece haber sido muy semejante. Lo expuesto acerca de la fecha generalmente aceptada y que coincide con la celebración de las solemnidades de la Semana Santa o, en todo caso, con los ayunos de la Cuaresma, fue siempre un obstáculo para la celebración de una fiesta en marzo. Sabemos por San Gregorio de Tours, que en el Siglo VI se celebraba en las Galias una fiesta de Nuestra Señora -su finalidad especial no se menciona- «a mediados de enero». El «Hieronymianum» de Auxerre (c. 595), aparentemente indica con más precisión el 18 de enero, pero se refiere expresamente a su muerte. La elección de esta fecha parece haber estado determinada por el deseo de evitar la posibilidad de coincidencia con el día más cercano en el que pudiera caer el domingo de Septuagésima y esto, por lo tanto, apunta a una celebración litúrgica que era más que una mera iniciación del martirologio. En Milán, en Aquilea y en Ravena, así como entre los muchos recuerdos que nos restan del primitivo rito mozárabe en España, encontramos indicios de una conmemoración durante el Adviento, enfatizándose la relación especial de Nuestra Señora al misterio de la Encarnación; mientras que en los decretos del Concilio de Toledo, en 656, encontramos una declaración precisa sobre el asunto. Esta promulgación deplora la entonces prevalente diversidad de usos respecto a la fecha en que se celebraba la fiesta de la Madre de Dios; señala la dificultad de observarla en el día preciso en que el ángel se le apareció para anunciarle la concepción de su Divino Hijo, debido a la posibilidad de que la fiesta ocurriera durante la semana de Pasión y determina que, en el futuro, debería celebrarse el 18 de diciembre, exactamente una semana antes de Navidad [esta institución es la de la solemnidad de la Expectación del Parto, o «Virgen de la O», n de ETF]. Los estatutos de Sonado, obispo de Reinas (c. 625), nos dan a conocer que «la Anunciación de la Santísima María» era guardada como día de fiesta, con abstención de trabajos serviles, pero es imposible decir si la fiesta caía el 18 de enero o el 18 de marzo. Sin embargo, parece haberse reconocido generalmente que el día correcto era el 25 de marzo y es casi seguro que la fiesta se celebraba, a pesar de la Cuaresma, en marzo, como lo hacían los griegos, cuando bajo el reinado del Papa San Sergio, al final del Siglo VII, encontramos que la Anunciación, junto con otras tres fiestas de Nuestra Señora, se celebraba litúrgicamente en Roma. De aquí en adelante, la fiesta, reconocida en los sacramentarios de Gelasio y Gregorio, fue gradualmente aceptada en todo el Occidente, como parte de la tradición romana.

Ecclesia in Medio Oriente – Benedicto XVI

18. Invito a los católicos de Oriente Medio a cultivar las relaciones con los fieles de las diferentes Comunidades eclesiales de la región. Hay diferentes iniciativas conjuntas posibles. Por ejemplo, el leer juntos la Biblia, así como difundirla, podría abrir este camino. Además, se podrían desarrollar e intensificar también colaboraciones particularmente fecundas en el campo de las actividades caritativas y de la promoción de los valores y de la vida humana, de la justicia y de la paz. Todo esto contribuirá a una mejor comprensión mutua y a la creación de un clima de estima, que son condiciones esenciales para promover la fraternidad.

Homilía – Domingo III de Pascua

EN EL NOMBRE DE JESÚS

En el Nombre de Jesús.

Para los creyentes de la comunidad primitiva el Nombre de Jesús era una enseña que resumía todas las cosas. El «nombre» en la Biblia designa la personalidad del que lo lleva. Hacer algo en el Nombre de Jesús suponía una confesión de fe en el poder de Dios, que en El se había manifestado (Hech 3, 6; 16, 18) y la convicción de que Jesús estaba presente en cada creyente (Le 24, 34-48), para asistirle con su virtud salvadora. En el Nombre de Jesús se predica el Evangelio, se concede la salvación (Hech 4, 8-12), surge la Iglesia, se realiza la misión. El Nombre de Jesús ha llenado de acciones maravillosas, poderosas, la historia del mundo, siempre que ha habido creyentes que lo han invocado.

¿Podemos decir hoy la Iglesia ante el mundo: «por qué os admiráis»? (Hech 3, 12). ¿Hacemos obras poderosas en su Nombre? «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo, te doy: en Nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar» (Hech 3, 6-16). ¿Acaso comienza a «andar algo en el mundo por nuestro esfuerzo? Se le acusa a la iglesia de conservadora, de mirar con recelo a todo lo nuevo, de frenar a veces impulsos muy nobles de la humanidad, de caminar al margen de la historia, de perder siempre el tren, aunque reconocen, a la vez, el maravilloso espectáculo que ha dado y da en sus mártires, en la atención a los marginados, en la proclamación constante de los derechos humanos. ¿Qué aportación hacemos hoy la Iglesia, en el Nombre de Cristo, a un mundo en profundos cambios? ¿No estamos muchas veces entre las superestructuras que oprimen, que mantienen situaciones de injusticia establecida? Estamos más con lo seguro, que con la aventura; caemos en la tentación de guardar lo adquirido, contentándonos con ello y dando muy pocas pruebas de esperanza; nuestro grupo parece un paralítico, refugiado en el templo. ¿Cómo vamos nosotros a hacer andar a los demás?

La Iglesia recuperará su puesto de servicio al mundo cuando pueda decir sin retóricas: «¿por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud? Dios… ha glorificado a su siervo Jesús» (Hech 3, 12-13).

  1. Tenemos necesidad de ser captados por el poder del Nombre de Jesús (Mt 8, 10).

Antes de llamar a la conversión a nadie, hemos de convertirnos nosotros; antes de levantar del polvo a los paralíticos, tenemos que recuperar nosotros el movimiento. La reforma de la Iglesia que hoy está planteada no consiste en un mero cambio de reformas externas. En la Iglesia tenemos que enfrentarnos ante el Evangelio, creer en él y dejarnos poseer por la fuerza del Nombre de Jesús. Sólo cuando tengamos confianza en su nombre podremos cumplir la misión: «En tu Palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5).

Creer en el Nombre de Jesús no es solamente invocarle. El Nombre de Jesús no es una fórmula mágica (Hech 19, 13-17) con la que damos culto a Dios y tratamos de conminar las fuerzas del Universo. «Quien dice «yo le conozco» y no guarda los mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él (Jn 2, 5). Conocer el Nombre es igual a vivir según el plan de Dios, que el Nombre de Jesús nos revela. El «reconocimiento de Jesús» (Lc 24, 25) supone comenzar a vivir según la resurrección, «convertíos para que se borren vuestros pecados» (Hech 3, 19).

  1. Los signos del Nombre de Jesús.

Una vez que nos hemos llenado de energía por el poder del Nombre, tenemos que vivir según él; lo cual, exige que realicemos en medio de los demás signos del Nombre de Jesús. Digamos de entrada que los signos que se nos piden no son espectaculares. «Generación malvada y adúltera. Una señal reclama y no se le dará otra señal que la del profeta Jonás» (Mt 12, 38 ss.). No hay más signo que el de la vida en obediencia a la Palabra de Dios y la realización del misterio Pascual.

El signo fundamental es el de la misión. Una misión realizada con arrojo, sin miedo, dando testimonio de que tenemos confianza en el poder del Nombre que nos asiste. La misión consiste en «contar lo que les había acontecido en el camino» (Lc 24, 45); en interpretar ante los demás el significado de los acontecimientos (Hech 3, 13-15); el anunciar con valentía el mal que se ha hecho aunque cueste la cárcel, el sufrimiento, la tortura o el martirio: «vosotros y vuestras autoridades, por ignorancia, rechazasteis el Santo y matasteis al Señor de la vida» (Hech 3, 14.17).

Todo esto para poder predicar la conversión, «por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados» (Hech 3, 19). Este es el gran milagro que opera el Nombre de Jesús: levantar de la postración a los paralizados por el pecado, provocar la liberación real e integral del hombre.

Cuando se empista a un hombre en este camino todo se transfigura, comienza a sospechar que la «Paz» (Lc 24, 36) no es una palabra sin contenido y experimenta la alegría pascual, por la confianza en el Nombre de Jesús, que con su presencia nos arrebata el miedo y la zozobra (Lc 24, 38.41).

La Eucaristía la hacemos por la invocación del poder del Nombre ,de Jesús. Ello indica la convicción de que el Resucitado está presente en medio de nosotros. ¿«Seremos capaces de reconocer a Jesús en el partir el pan»? (Lc 24, 35).

Jesús Burgaleta

Lc 24, 35-38 (Evangelio Domingo III de Pascua)

El episodio que Lucas nos relata en el Evangelio de este Domingo nos sitúa en Jerusalén, poco después de la resurrección. Los once discípulos están reunidos y ya conocen una aparición de Jesús a Pedro (cf. Lc 24, 34) así como el relato del encuentro de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 35).

A pesar de todo, el ambiente es de miedo, de perturbación y de duda. La comunidad, cercada por un ambiente hostil, se siente desamparada e insegura. El miedo y la inseguridad proceden del hecho de que los discípulos no han hecho todavía la experiencia del encuentro con Cristo resucitado.

En esta última sección de su Evangelio, Lucas intenta mostrar cómo los discípulos descubren, progresivamente, a Jesús vivo y resucitado.

Al evangelista no le interesa tanto hacer una descripción periodística y fotográfica de las apariciones de Jesús a los discípulos; le interesa, sobre todo, mostrar a los cristianos de todas las épocas que Cristo sigue vivo y presente, acompañando a su Iglesia, y que los discípulos, reunidos en comunidad, pueden hacer una experiencia de encuentro verdadero con Jesús resucitado.

Para su catequesis, Lucas va a utilizar diversas imágenes que no deben ser tomadas al pie de la letra ni deben ser absolutizadas. Son, solamente, el envoltorio que presenta al mensaje. Lo que debemos ver, en este texto, es algo que está más allá de los detalles, por muy reales que parezcan: es la catequesis de la comunidad cristiana sobre su experiencia de encuentro con Jesús vivo y resucitado.

¿La resurrección de Jesús habrá sido una invención de la Iglesia primitiva, o un piadoso deseo de los discípulos, esperanzados en que la maravillosa aventura que vivieron con Jesús no termine en el fracaso de la cruz y en un sepulcro excavado en la roca en Jerusalén?

Es, fundamentalmente, a esta cuestión a la que Lucas quiere responder. En su catequesis, Lucas procura dejar claro que la resurrección de Jesús fue un hecho real, incontestable que, con todo, los discípulos descubrirán y experimentarán solamente después de una largo camino, difícil, penoso, cargado de dudas y de incertidumbres.

Todos los relatos de las apariciones de Jesús resucitado, hablan de las dificultades que los discípulos tuvieron para creer y reconocer a Jesús resucitado (cf. Mt 28, 17; Mc 16, 11.14; Lc 24, 11.13-32.37-38.41; Jo 20, 11-18.24-29; 21, 1-8).

Esa dificultad debió ser histórica y significa que la resurrección de Jesús no fue un acontecimiento científicamente comprobado, material, captable por el objetivo de los fotógrafos o por las cámaras de televisión. En los relatos de las apariciones de Cristo resucitado, los discípulos nunca son presentados como un grupo crédulo, idealista e ingenuo, prontos a aceptar cualquier ilusión, sino que son presentados como un grupo desconfiado, crítico, exigente, que sólo acabó reconociendo a Jesús vivo y resucitado después de un camino más o menos largo, más o menos difícil.

El camino de la fe no es un camino de evidencias materiales, de pruebas palpables, de demostraciones científicas, sino que es un camino que se recorre con el corazón abierto a la revelación de Dios, presto para acoger la experiencia de Dios y de la vida nueva que él quiere ofrecer. Fue ese el camino que los discípulos recorrieron. Al final de ese camino (que, como camino personal, para unos se alargó más y para otros menos), ellos experimentaron, sin margen de error, que Jesús estaba vivo, que caminaba con ellos por los caminos de la historia y que continuaba ofreciéndoles la vida de Dios. Ellos comenzaron a recorrer ese camino con dudas e inseguridades; pero hicieron la experiencia de encontrarse con Cristo vivo y llegaron a la certeza de la resurrección. Esa es la certeza que los relatos de la resurrección, en su propio lenguaje, quieren transmitirnos.

En la catequesis de Lucas hay elementos que importa poner de relieve:

1. A lo largo de su camino de fe, los discípulos descubrirán la presencia de Jesús, vivo y resucitado, en medio de su comunidad. Percibirán que él sigue siendo el centro alrededor del cual la comunidad se construye y se articula. Entenderán que Jesús derrama sobre su comunidad, en marcha por la historia, la paz (el “shalom” hebreo, en el sentido de armonía, serenidad, tranquilidad, confianza, vida plena, v. 36).

2. Ese Jesús, vivo y resucitado, es el Hijo de Dios que, después de caminar con los hombres, retornó al mundo de Dios. El “espanto” y el “miedo” con el que los discípulos acogen a Jesús es, en el contexto bíblico, la reacción normal y habitual del hombre ante la divinidad (v. 37). Jesús no es un hombre reanimado a la vida que llevaba antes, sino el Dios que regresó definitivamente en la esfera divina.

3. Las dudas de los discípulos dan cuenta de esa dificultad que ellos sintieron al recorrer el camino de la fe, hasta el encuentro personal con el Señor resucitado. La resurrección no fue, para los discípulos, un hecho inmediatamente evidente, sino un camino de maduración de la propia fe, hasta llegar a la experiencia del Señor resucitado (v. 38).

4. En la catequesis/descripción de Lucas, ciertos elementos más “sensibles” y materiales (la insistencia en el “tocar” a Jesús para ver que no era un fantasma, vv. 39-40; la indicación de que Jesús comió “un trozo de pez asado”, vv. 41-43) son, antes de nada, una forma de enseñar que la experiencia del encuentro de los discípulos con Jesús resucitado no fue una ilusión o un producto de la imaginación, sino una experiencia muy fuerte y que deja huella, casi palpable. Son, entonces, una forma de decir que ese Jesús que los discípulos encontraron, aunque diferente e irreconocible, es el mismo que había andado con ellos por los caminos de Palestina, anunciándoles y proponiéndoles la salvación de Dios. Finalmente Lucas enseña también, con estos elementos, que Jesús resucitado no está ausente y distante, lejos del mundo en el que los discípulos tienen que seguir caminando, sino que continúa sentándose a la mesa con los discípulos, estableciendo lazos de familiaridad y de comunión con ellos, compartiendo sus sueños, sus luchas, sus esperanzas, sus dificultades, sus sufrimientos.

5. Jesús resucitado desvela a los discípulos el sentido profundo de las Escrituras. La Escritura no sólo encuentra en Jesús su cumplimiento, sino también a su intérprete. La comunidad de Jesús que camina por la vida debe reunirse continuamente alrededor de Jesús resucitado para escuchar al Palabra que alimenta y que da sentido a su caminara por la historia (vv. 44-46).

6. Los discípulos, alimentados por esa Palabra, reciben de Jesús la misión de dar testimonia ante “todas las naciones, comenzando por Jerusalén”. El anuncio de los discípulos tendrá como tema central la muerte y resurrección de Jesús, el libertador anunciado por Dios desde siempre. La finalidad de la misión de la Iglesia de Jesús (los discípulos) es predicar el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todos los hombres, proponiéndoles la opción por la vida nueva de Dios, por la salvación, por la vida eterna (vv. 47-48). Lucas presenta aquí una breve síntesis de la misión de la Iglesia, tema que desarrollará ampliamente en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

¿Jesús resucitó verdaderamente o la resurrección es fruto de la imaginación de los discípulos?
¿Cómo es posible tener certeza de la resurrección?
¿Cómo podemos encontrar a Jesús resucitado?

A estas y a otras preguntas parecidas intenta responder el Evangelio de este Domingo.

Con su catequesis, Lucas nos dice que nosotros, como los primeros discípulos tenemos que recorrer el no siempre claro camino de la fe hasta que lleguemos a la certeza de la resurrección.

No se llega allí a través de deducciones lógicas o a través de construcciones de carácter intelectual, sino que se llega al encuentro con el Señor resucitado insertándonos en ese contexto en el que Jesús se revela, en el encuentro comunitario, en el diálogo con los hermanos que comparten nuestra misma fe, en la escucha comunitaria de la Palabra de Dios, en el amor compartido en gestos de fraternidad y de servicio.

En ese “camino” vamos encontrando a Cristo vivo, actuante, presente en nuestra vida y en la vida del mundo.

Cristo continúa presente en medio de su comunidad en marcha por la historia. Cuando la comunidad se reúne para escuchar la Palabra, él está presente y explica a sus discípulos el sentido de las Escrituras.

¿Sentimos la presencia de Cristo indicándonos caminos de vida nueva y llenando nuestros corazones de esperanza cuando leemos y meditamos la Palabra de Dios?

¿Sentimos el corazón lleno de paz, la paz que Jesús resucitado ofrece a los suyos, cuando escuchamos y acogemos las propuestas de Dios, cuando intentamos conducir nuestra vida de acuerdo con el plan de Dios?

Jesús resucitado volvió al mundo de Dios; pero no desapareció de nuestra vida y no se alejó de la vida de su comunidad. A través de la imagen del “comer con ellos” (que para el Pueblo bíblico, significa establecer lazos estrechos, lazos de comunión, de familiaridad, de fraternidad), Lucas nos garantiza que el Resucitado continúa “sentándose a la mesa” con sus discípulos, estableciendo con ellos lazos, compartiendo sus inquietudes, anhelos, dificultades y esperanzas, siempre solidario con su comunidad.

Podemos descubrir a este Jesús resucitado que se sienta a la mesa con los hombres siempre que la comunidad se reúne a la mesa de la eucaristía, para compartir ese pan que Jesús dejó y que nos hace tomar conciencia de nuestra comunión con él y con los hermanos.

Jesús recuerda a los discípulos: “vosotros sois los testigos de esto”. ¿Esto significa, solamente, que los cristianos deben dirigirse a los hombres con bonitas palabras, con razonamientos lógicos diciendo que Jesús resucitó y que está vivo?

El testimonio que Cristo nos pide pasa, más que por nuestras palabras, por nuestros gestos. Jesús viene, hoy, al encuentro de los hombres y les ofrece la salvación a través de nuestros gestos de acogida, de compartir, de servicio, de amor sin límites. Son esos gestos los que testimonian, ante nuestros hermanos, que Cristo está vivo y que continúa su obra de liberación de todos los hombres del mundo.

En la catequesis que Lucas presenta Jesús resucitado confía a los discípulos la misión de anunciar “en su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.
Continuando la obra de Jesús, la misión de los discípulos es eliminar de la vida de los hombres todo aquello que es “pecado” (el egoísmo, el orgullo, el odio, la violencia.) y proponer a los hombres una dinámica de vida nueva.

Jn 2, 1-5 (2ª lectura Domingo III de Pascua)

La liturgia del tercer Domingo de Pascua continúa proponiendo a nuestra consideración la primera carta de Juan.

Ya vimos, el pasado Domingo, que este escrito de tono polémico, destinado probablemente a las comunidades cristianas de la parte occidental de Asia Menor, quiere combatir doctrinas heréticas pregnósticas y quiere presentar a los cristianos al camino de la auténtica vida cristiana.

Los adeptos de las herejías en cuestión, pretendían “conocer a Dios” (1 Jn 2, 4), “ver a Dios” (1 Jn 3, 6), vivir en comunión con Dios (1 Jn 2, 3) y, no obstante, presentaban una doctrina y una conducta en flagrante contradicción con la revelación cristiana. Se negaban a ver en Jesús al Mesías (cf. 1 Jn 2, 22), al Hijo de Dios (cf. 1 Jn 2, 3) y rechazaban la encarnación (cf. 1 Jn 4, 2). Para estos herejes, el Cristo celeste se había apropiado del hombre Jesús de Nazaret en el momento del bautismo (cf. 1 Jn 1, 32-33), lo utilizaba para llevar a cabo la revelación y lo había abandonado antes de la pasión, porque el Cristo celeste no podía padecer. Las doctrinas de estos herejes ponían en tela de juicio la teología de la encarnación y la cristología cristiana.

El comportamiento moral de estos herejes no era menos reprensible: pretendían no tener pecados (cf. 1 Jn 1, 8.10) y no guardaban los mandamientos (cf. 1 Jn 2, 4), en particular el mandamiento de amor fraterno (cf. 1 Jn 2, 9).

Son estas pretensiones las que el texto que hoy se nos propone denuncia. Quien dice que no comete pecado, es mentiroso; y, al mismo tiempo, hace a Dios mentiroso. Qué necesidad tenía Dios de enviar al mundo a su Hijo con una propuesta de salvación, si el pecado no fuese una realidad universal (cf. 1 Jn 1, 8-10).

En la primera parte de nuestro texto (v. 1-2), el autor critica veladamente a esos herejes que decían no tener pecados y sugiere a los cristianos la actitud correcta que Dios espera de cada creyente, a propósito de esta cuestión.

El cristiano es llamado a la santidad y a vivir una vida de renuncia al pecado. Dios le llama a rechazar el egoísmo, la autosuficiencia, la injusticia, la opresión (tinieblas) y a elegir la luz. Sin embargo el pecado es una realidad incontestable, fruto de la fragilidad y de la debilidad del hombre. El cristiano debe tener conciencia de esta realidad y reconocer su pecado. No hacer esto es cerrarse en la autosuficiencia y rechazar la salvación que Dios ofrece, (quien siente que no tiene pecado, tampoco siente la necesidad de ser salvado), y es, por tanto, “pecar”.

El cristiano es aquel que reconoce su fragilidad, pero no desespera. Sabe que Dios le ofrece su salvación y que Jesucristo es el “abogado” (literalmente, “parakletós”, que podemos traducir por “defensor”) que lo defiende. El vino al mundo para eliminar el pecado, el pecado de todos los hombres.

En la segunda parte de nuestro texto (vv. 3-5a), el autor de la carta se refiere a la pretensión de los herejes de conocer a Dios, pero sin preocuparse de guardar sus mandamientos. En el lenguaje bíblico, “conocer a Dios” no es tener de Dios un conocimiento teórico y abstracto, sino vivir en comunión íntima con Dios, una relación personal de proximidad, de familiaridad, de amor sin límites. Ahora, quien diga que mantiene una relación de proximidad y de comunión personal con Dios, pero no quiere saber nada de sus propuestas e indicaciones, miente. No se puede amar y no tener en cuenta las propuestas de la persona que se ama. El “conocer a Dios” exige actitudes concretas que pasan por escuchar, acoger y vivir las propuestas de salvación que Dios hace, a través de Jesús.

La cuestión fundamental que nuestro texto expone es la de la coherencia de vida. El cristiano es una persona que acepta la invitación de Dios a elegir la luz y que vive, día a día, de forma coherente con el compromiso que ha asumido… No puede comprometerse con Dios y conducir su vida por caminos de orgullo, de autosuficiencia, de indiferencia hacia Dios y sus propuestas. La vida del creyente no puede ser una vida de “medias tintas”, de comodidad, de opciones volubles, de oportunismo, sino que tiene que ser una vida consecuente, comprometida, exigente. ¿En mi vida procuro vivir con coherencia y honestidad mis compromisos con Dios y con mis hermanos o me dejo llevar, a favor de la corriente, por las situaciones, por las oportunidades?

Esa coherencia de vida debe manifestarse en el reconocimiento de la debilidad y de la fragilidad que forman parte de la realidad humana. El pecado no es algo “normal” para el creyente (el pecado es siempre un “no” a Dios y a sus propuestas y eso debe ser visto por los creyentes como una “anormalidad”); pero es una realidad que el creyente reconoce y que sabe que está siempre presente a lo largo de su caminar por el mundo. Hoy se habla mucho de la falta de conciencia de pecado… La falta de conciencia de pecado crea hombres insensibles, orgullosos y autosuficientes que creen no necesitar de Dios ni de su oferta de salvación. El autor de carta de Juan nos invita a tomar conciencia de nuestra realidad de pecadores, a acoger la salvación que Dios nos ofrece, a confiar en Jesús el “abogado” que nos entiende (porque vino a nuestro encuentro, compartió nuestra naturaleza, experimentó nuestra fragilidad) y que nos defiende. Reconocer nuestra realidad pecadora no puede llevarnos a la desesperación; tiene que llevarnos a abrir el corazón a los dones de Dios, a acoger humildemente su salvación y a caminar con esperanza al encuentro del Dios de la bondad y de la misericordia, que nos ama y que nos ofrece, sin condiciones, la vida eterna.

La coherencia que el autor de la primera carta de Juan nos pide debe manifestarse, también, en la identificación entre la fe y la vida. Nuestra religión no es una bella teoría, separable de nuestra vida concreta. Es una mentira decir que se ama a Dios y, en la vida concreta, despreciar sus propuestas y conducir la vida de acuerdo con valores que contradicen de forma absoluta la lógica de Dios. Un creyente que dice amar a Dios y, en el día a día, crea a su alrededor injusticia, conflicto, opresión, sufrimiento, vive en la mentira; un creyente que dice “conocer a Dios” y fomenta una lógica de guerra, de odio, de intransigencia, de intolerancia, está muy lejos de Dios; un creyente que dice tener “fe” y rechaza el amor, el compartir, el servicio, la comunidad, está muy lejos de los caminos donde se revela la vida y la salvación de Dios… ¿Mi vida concreta, mis actitudes para con los hermanos que me rodean, los sentimientos que llenan mi corazón, los valores que condicionan mis acciones, son coherentes con mi fe?

Hech 3, 13-15. 17-19 (1ª lectura Domingo III de Pascua)

La primera lectura del 3º Domingo de Pascua nos sitúa en Jerusalén, en la entrada del Templo. Pedro y Juan (este “dúo” aparece, frecuentemente asociado en la primera parte del Libro de los Hechos de los Apóstoles, cf. Hch 4, 7-8.13.19) habían subido al Templo para la oración de la “hora nona” (las tres de la tarde).

Un hombre, cojo de nacimiento, que estaba a la entrada del Templo mendigando (junto a la puerta “llamada Hermosa”), se dirigió a los dos apóstoles pidiéndoles limosna. Pedro le dijo que no tenía “ni oro ni plata” para darle, pero, “en nombre de Jesucristo el Nazareno”, lo curó. “Llena de asombro y estupefacta”, la multitud se reunió “bajo el pórtico de Salomón” para oír de boca de Pedro la explicación del extraño hecho (cf. Hch 3, 1-11).

El “asombro” y la “estupefacción” traduce el estado de aquellos que testimonian la acción de Dios manifestada a través de los apóstoles; es la misma reacción con la que las multitudes acogían los gestos liberadores realizados por Jesús. La acción de los apóstoles aparece, así, en continuidad con la acción de Jesús. Nuestro texto forma parte del discurso que, según Lucas, Pedro hizo ante la multitud (cf. Hch 3, 12-26).

En las figuras de Pedro y Juan, Lucas nos presenta el testimonio de la primitiva comunidad de Jerusalén, empeñada en continuar la misión de Jesús y en presentar a los hombres el proyecto salvador de Dios.

Lucas está convencido de que ese testimonio se concreta, no sólo a través de la oración, sino también de la acción de los discípulos. Las palabras y los gestos de los “testigos” de Jesús muestran cómo el mundo cambia cuando la salvación llega y cómo el hombre esclavo pasa a ser un hombre libre.

El “testimonio” de los discípulos provocará, naturalmente, la oposición de aquellos que, instalados en los viejos esquemas, rechazan los desafíos de Dios. Por eso los discípulos de Jesús, heraldos de ese mundo nuevo, conocerán la persecución (cf. Hch 4, 1- 22).

Pedro, dirigiéndose a los israelitas, les da a entender que el gesto libertador que benefició al hombre cojo, fue realizado en nombre de Jesús. Muestra que el proyecto de Jesús continúa realizándose y demuestra que Jesús está vivo. Mientras recorrió los caminos de Palestina, Jesús manifestó, en gestos concretos, la presencia de la salvación de Dios entre los hombres… Si esa salvación continúa derramándose sobre los hombres enfermos y privados de vida y de libertad, es porque Jesús continúa estando presente, ofreciendo a los hombres la vida nueva y definitiva. Los discípulos son los agentes a través de los cuales Jesús continúa su obra liberadora y salvadora en el mundo.

En su “testimonio”, Pedro comienza refiriendo los dramáticos acontecimientos que culminarán con la muerte de Jesús, explicándolos como el resultado del rechazo de la propuesta salvadora de Dios por parte de los israelitas… Dios les ofrece la vida y ellos escogieron la muerte; prefirieron salvar la vida del que trajo muerte y condenar a muerte a quien ofrecía la vida (“Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida…”, vv. 14-15a). Dios, sin embargo, resucitó a Jesús, demostrando que  la propuesta que Jesús presentó, era una propuesta generadora de vida. La resurrección de Jesús es la prueba de que el proyecto de Dios, proyecto presentado por Jesús y que los israelitas rechazarán, es una propuesta generadora de vida, una vida que la muerte no puede vencer (v. 15b).

¿Estará todo terminado para Israel? ¿El Pueblo no tendrá ya más oportunidades de corregir su mala elección y de hacer una nueva opción, una opción por la vida? ¿La oferta de Dios habrá caducado ya, por la intransigencia de los jefes de Israel para reconocer los dones de Dios?

No. Pedro “sabe” (y si Pedro “sabe” es porque Dios también lo conoce) que el Pueblo obró por ignorancia. El comportamiento del Pueblo, en general, y de los líderes judíos, en particular, frente a Jesús, tiene atenuantes. En la legislación religiosa de Israel, las faltas “involuntarias” tenían un tratamiento especial y diferente al de las faltas “voluntarias” (cf. Lv 4). Así Dios, en su inmensa bondad, continúa ofreciendo a su Pueblo la posibilidad de corregir sus opciones equivocadas y de escoger la vida, adhiriéndose a Jesús y al proyecto por él presentado. La prueba de eso es que el hombre cojo recibió de Dios el don de la vida.

¿Qué es necesario hacer para que esa oferta de salvación que Dios continúa ofreciendo se haga efectiva? Es necesario “arrepentirse” y “convertirse”. Estos dos verbos definen el movimiento de reorientar la vida hacia Dios, de forma que Dios pase a estar en el centro de la vida del hombre y el hombre pase a “prestar oídos” a las propuestas de Dios y a vivir de acuerdo con los proyectos de Dios. Entonces, una vez que queda claro que Cristo es la manifestación de Dios, “arrepentirse” y “convertirse” significa adherirse a la persona de Cristo, creer en él, acoger el proyecto que él trae, entrar en el Reino que él anuncia y propone. Los israelitas pueden, por tanto “subirse al carro” de la salvación, abandonar su autosuficiencia, sus prejuicios, su comodidad (que les llevaron a rechazar las propuestas de Dios) y adherirse a Jesús y a esa vida que les sigue proponiendo (a través del testimonio de los discípulos).

Para los cristianos, Jesús no es una figura del pasado, que la muerte venció y que quedó sepultado en el museo de la historia; sino que es alguien que continúa vivo, siempre presente en los caminos del mundo, ofreciendo a los hombres una propuesta de vida verdadera, plena, eterna.

¿Cómo podrán, nuestros hermanos, que caminan a nuestro lado, descubrir que Jesús está vivo y hacer una experiencia de encuentro con Cristo resucitado? ¿A través de documentos históricos que demuestren científicamente la realidad de la resurrección?

Para Lucas, el factor decisivo para que los hombres descubran que Cristo está vivo, es el testimonio de los discípulos.

Jesús está vivo y se presenta a los hombres de nuestro tiempo en los gestos de amor, de compartir, de solidaridad, de perdón, de acogida que los cristianos son capaces de hacer; Jesús está vivo y actúa hoy en el mundo, cuando los cristianos se comprometen en la lucha por la paz, por la justicia, por la libertad, por el nacimiento de un mundo más humano, más fraterno, más solidario;

Jesús está vivo y continúa realizando aquí y ahora el proyecto de salvación de Dios, cuando los cristianos ofrecen a los cojos la posibilidad de avanzar en dirección a un futuro de esperanza, ofrecen a los que viven en las tinieblas la capacidad de encontrar la luz y la verdad, ofrecen a los prisioneros la posibilidad de tener voz y de decidir libremente sobre su futuro.

¿Mis gestos anuncian a los hermanos, con quienes me cruzo en los caminos de este mundo, que Cristo está vivo?

La existencia humana es una búsqueda incesante de vida, de vida eterna, plena, verdadera. Esa búsqueda, con todo, no siempre se desarrolla por caminos fáciles y rectos. A veces se desarrolla por un camino donde el hombre tropieza con errores, fallos, opciones equivocadas. Aquello que parece ser garantía de vida, genera muerte; y aquello que parece ser fracaso y frustración es, al final, el verdadero camino para la vida. Lucas nos garantiza, en este texto, que la propuesta que Jesús vino a presentar, es una propuesta generadora de vida, a pesar de que pasa por el aparente fracaso de la cruz. Es de una vida vivida en la donación, en la entrega, en el amor total a Dios y a los hermanos, a ejemplo de Jesús, de donde brota la vida eterna y verdadera para nosotros y para aquellos que caminan a nuestro lado.

La llamada al arrepentimiento y a la conversión que aparece en el discurso de Pedro, nos recuerda esa necesidad continua de reorganizar nuestras opciones, de dejar los caminos del egoísmo, del orgullo, de la comodidad, de la autosuficiencia en los que a veces se desarrolla nuestra existencia. Es necesario que, en cada instante de nuestra vida, nos convirtamos a Jesús y a sus valores, en disponibilidad total para acoger los desafíos de Dios y su propuesta de salvación.

Comentario al evangelio – 9 de abril

El Señor está con nosotros

Desplazada a esta fecha por la coincidencia del 25 de marzo con el Domingo de Ramos, celebramos hoy la solemnidad de la Anunciación. Contemplamos en esta fiesta la actitud permanente de Dios hacia la humanidad, y la actitud que el ser humano debería tener hacia Dios. Porque las palabras del Ángel a María expresan con transparencia cómo Dios nos mira y cómo se dirige a nosotros. Mientras que la reacción de María ante el anuncio del Ángel contrasta con fuerza con el modo en que los seres humanos nos relacionamos con Dios: ella nos enseña cómo debemos reaccionar, y en qué debemos cambiar de actitud.

Muchas son las imágenes falsas de Dios, incluso dentro de nuestra tradición cristiana, que inspiran temor, que nos hablan de un Dios juez, amenazador, castigador. En el encuentro de Gabriel con María descubrimos que nada de eso es así. No hay ni reproches, ni amenazas de castigos, sólo piropos, bendiciones, halagos, en sobreabundancia: “alégrate”, “agraciada” (“hermosa”), “el Señor está contigo”. Y si aún quedara algún resquicio para el temor, el Ángel insiste para disiparlo del todo: “no temas”, “la vida florece en ti, y con esa vida la salvación para muchos”… Sólo buenas noticias, sólo motivos para la alegría. Podría pensarse que esto es así porque Dios, por medio del Ángel, se dirige precisamente a María, un ser especial, distinto de todos nosotros. Pero en ella, en realidad, está representada la humanidad entera. Este encuentro lleno de luz es el culmen y la cima de un largo camino, en el que Dios ha buscado al hombre, ha preparado este momento. En María Dios pide permiso a la humanidad para entrar en nuestra historia y habitar entre nosotros. Ha sido un camino largo y tortuoso, precisamente porque el ser humano ha sido tantas veces incapaz de acoger la llamada de Dios, lo ha rehuido, se ha escondido, o ha pretendido, de múltiples formas, dominar y manipular a Dios.

Y aquí viene el contraste entre esas reacciones nuestras tan frecuentes y la actitud de María (prefigurada, eso sí, por la respuesta de fe de tantos patriarcas, profetas y justos). Ella, es, en primer lugar, la que vive en un lugar abierto, la que no se esconde. Es verdad que las palabras del Ángel la turban, y que no lo entiende todo de entrada, pero ella es la que acoge y confía. Por fin, María es la que, en vez de exigir o pedir, se ofrece y colabora. María, Inmaculada y llena de gracia, representa ese núcleo del ser humano no contaminado por el pecado, su capacidad para abrirse a la llamada de Dios, para acoger su palabra y ponerse a su disposición. Por eso, no vemos en ella un ser extraño y lejano: María de Nazaret es un ser humano, es de nuestra carne, de nuestro pueblo, habla en nuestro dialecto. De ahí que, en una profunda intuición del pueblo de Dios, casi cada lugar, región y nación cristiana la reclame como suya en esa multiplicación de advocaciones de la única María de Nazaret. Ella dijo sí por todos nosotros, para que el Señor pueda estar también con nosotros. Y nosotros, contemplándola hoy en esta escena, cumbre de la historia de la humanidad convertida en historia de salvación, podemos adoptar sus mismos actitudes, salir al lugar abierto, despejar el temor y la desconfianza, acoger la Palabra, llena de bendiciones y promesas, hacernos disponibles para que esa Palabra que salva pueda seguir encarnándose hoy en nuestro mundo.

José M. Vegas cmf