Hech 3, 13-15. 17-19 (1ª lectura Domingo III de Pascua)

La primera lectura del 3º Domingo de Pascua nos sitúa en Jerusalén, en la entrada del Templo. Pedro y Juan (este “dúo” aparece, frecuentemente asociado en la primera parte del Libro de los Hechos de los Apóstoles, cf. Hch 4, 7-8.13.19) habían subido al Templo para la oración de la “hora nona” (las tres de la tarde).

Un hombre, cojo de nacimiento, que estaba a la entrada del Templo mendigando (junto a la puerta “llamada Hermosa”), se dirigió a los dos apóstoles pidiéndoles limosna. Pedro le dijo que no tenía “ni oro ni plata” para darle, pero, “en nombre de Jesucristo el Nazareno”, lo curó. “Llena de asombro y estupefacta”, la multitud se reunió “bajo el pórtico de Salomón” para oír de boca de Pedro la explicación del extraño hecho (cf. Hch 3, 1-11).

El “asombro” y la “estupefacción” traduce el estado de aquellos que testimonian la acción de Dios manifestada a través de los apóstoles; es la misma reacción con la que las multitudes acogían los gestos liberadores realizados por Jesús. La acción de los apóstoles aparece, así, en continuidad con la acción de Jesús. Nuestro texto forma parte del discurso que, según Lucas, Pedro hizo ante la multitud (cf. Hch 3, 12-26).

En las figuras de Pedro y Juan, Lucas nos presenta el testimonio de la primitiva comunidad de Jerusalén, empeñada en continuar la misión de Jesús y en presentar a los hombres el proyecto salvador de Dios.

Lucas está convencido de que ese testimonio se concreta, no sólo a través de la oración, sino también de la acción de los discípulos. Las palabras y los gestos de los “testigos” de Jesús muestran cómo el mundo cambia cuando la salvación llega y cómo el hombre esclavo pasa a ser un hombre libre.

El “testimonio” de los discípulos provocará, naturalmente, la oposición de aquellos que, instalados en los viejos esquemas, rechazan los desafíos de Dios. Por eso los discípulos de Jesús, heraldos de ese mundo nuevo, conocerán la persecución (cf. Hch 4, 1- 22).

Pedro, dirigiéndose a los israelitas, les da a entender que el gesto libertador que benefició al hombre cojo, fue realizado en nombre de Jesús. Muestra que el proyecto de Jesús continúa realizándose y demuestra que Jesús está vivo. Mientras recorrió los caminos de Palestina, Jesús manifestó, en gestos concretos, la presencia de la salvación de Dios entre los hombres… Si esa salvación continúa derramándose sobre los hombres enfermos y privados de vida y de libertad, es porque Jesús continúa estando presente, ofreciendo a los hombres la vida nueva y definitiva. Los discípulos son los agentes a través de los cuales Jesús continúa su obra liberadora y salvadora en el mundo.

En su “testimonio”, Pedro comienza refiriendo los dramáticos acontecimientos que culminarán con la muerte de Jesús, explicándolos como el resultado del rechazo de la propuesta salvadora de Dios por parte de los israelitas… Dios les ofrece la vida y ellos escogieron la muerte; prefirieron salvar la vida del que trajo muerte y condenar a muerte a quien ofrecía la vida (“Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida…”, vv. 14-15a). Dios, sin embargo, resucitó a Jesús, demostrando que  la propuesta que Jesús presentó, era una propuesta generadora de vida. La resurrección de Jesús es la prueba de que el proyecto de Dios, proyecto presentado por Jesús y que los israelitas rechazarán, es una propuesta generadora de vida, una vida que la muerte no puede vencer (v. 15b).

¿Estará todo terminado para Israel? ¿El Pueblo no tendrá ya más oportunidades de corregir su mala elección y de hacer una nueva opción, una opción por la vida? ¿La oferta de Dios habrá caducado ya, por la intransigencia de los jefes de Israel para reconocer los dones de Dios?

No. Pedro “sabe” (y si Pedro “sabe” es porque Dios también lo conoce) que el Pueblo obró por ignorancia. El comportamiento del Pueblo, en general, y de los líderes judíos, en particular, frente a Jesús, tiene atenuantes. En la legislación religiosa de Israel, las faltas “involuntarias” tenían un tratamiento especial y diferente al de las faltas “voluntarias” (cf. Lv 4). Así Dios, en su inmensa bondad, continúa ofreciendo a su Pueblo la posibilidad de corregir sus opciones equivocadas y de escoger la vida, adhiriéndose a Jesús y al proyecto por él presentado. La prueba de eso es que el hombre cojo recibió de Dios el don de la vida.

¿Qué es necesario hacer para que esa oferta de salvación que Dios continúa ofreciendo se haga efectiva? Es necesario “arrepentirse” y “convertirse”. Estos dos verbos definen el movimiento de reorientar la vida hacia Dios, de forma que Dios pase a estar en el centro de la vida del hombre y el hombre pase a “prestar oídos” a las propuestas de Dios y a vivir de acuerdo con los proyectos de Dios. Entonces, una vez que queda claro que Cristo es la manifestación de Dios, “arrepentirse” y “convertirse” significa adherirse a la persona de Cristo, creer en él, acoger el proyecto que él trae, entrar en el Reino que él anuncia y propone. Los israelitas pueden, por tanto “subirse al carro” de la salvación, abandonar su autosuficiencia, sus prejuicios, su comodidad (que les llevaron a rechazar las propuestas de Dios) y adherirse a Jesús y a esa vida que les sigue proponiendo (a través del testimonio de los discípulos).

Para los cristianos, Jesús no es una figura del pasado, que la muerte venció y que quedó sepultado en el museo de la historia; sino que es alguien que continúa vivo, siempre presente en los caminos del mundo, ofreciendo a los hombres una propuesta de vida verdadera, plena, eterna.

¿Cómo podrán, nuestros hermanos, que caminan a nuestro lado, descubrir que Jesús está vivo y hacer una experiencia de encuentro con Cristo resucitado? ¿A través de documentos históricos que demuestren científicamente la realidad de la resurrección?

Para Lucas, el factor decisivo para que los hombres descubran que Cristo está vivo, es el testimonio de los discípulos.

Jesús está vivo y se presenta a los hombres de nuestro tiempo en los gestos de amor, de compartir, de solidaridad, de perdón, de acogida que los cristianos son capaces de hacer; Jesús está vivo y actúa hoy en el mundo, cuando los cristianos se comprometen en la lucha por la paz, por la justicia, por la libertad, por el nacimiento de un mundo más humano, más fraterno, más solidario;

Jesús está vivo y continúa realizando aquí y ahora el proyecto de salvación de Dios, cuando los cristianos ofrecen a los cojos la posibilidad de avanzar en dirección a un futuro de esperanza, ofrecen a los que viven en las tinieblas la capacidad de encontrar la luz y la verdad, ofrecen a los prisioneros la posibilidad de tener voz y de decidir libremente sobre su futuro.

¿Mis gestos anuncian a los hermanos, con quienes me cruzo en los caminos de este mundo, que Cristo está vivo?

La existencia humana es una búsqueda incesante de vida, de vida eterna, plena, verdadera. Esa búsqueda, con todo, no siempre se desarrolla por caminos fáciles y rectos. A veces se desarrolla por un camino donde el hombre tropieza con errores, fallos, opciones equivocadas. Aquello que parece ser garantía de vida, genera muerte; y aquello que parece ser fracaso y frustración es, al final, el verdadero camino para la vida. Lucas nos garantiza, en este texto, que la propuesta que Jesús vino a presentar, es una propuesta generadora de vida, a pesar de que pasa por el aparente fracaso de la cruz. Es de una vida vivida en la donación, en la entrega, en el amor total a Dios y a los hermanos, a ejemplo de Jesús, de donde brota la vida eterna y verdadera para nosotros y para aquellos que caminan a nuestro lado.

La llamada al arrepentimiento y a la conversión que aparece en el discurso de Pedro, nos recuerda esa necesidad continua de reorganizar nuestras opciones, de dejar los caminos del egoísmo, del orgullo, de la comodidad, de la autosuficiencia en los que a veces se desarrolla nuestra existencia. Es necesario que, en cada instante de nuestra vida, nos convirtamos a Jesús y a sus valores, en disponibilidad total para acoger los desafíos de Dios y su propuesta de salvación.