Homilía – Domingo III de Pascua

EN EL NOMBRE DE JESÚS

En el Nombre de Jesús.

Para los creyentes de la comunidad primitiva el Nombre de Jesús era una enseña que resumía todas las cosas. El «nombre» en la Biblia designa la personalidad del que lo lleva. Hacer algo en el Nombre de Jesús suponía una confesión de fe en el poder de Dios, que en El se había manifestado (Hech 3, 6; 16, 18) y la convicción de que Jesús estaba presente en cada creyente (Le 24, 34-48), para asistirle con su virtud salvadora. En el Nombre de Jesús se predica el Evangelio, se concede la salvación (Hech 4, 8-12), surge la Iglesia, se realiza la misión. El Nombre de Jesús ha llenado de acciones maravillosas, poderosas, la historia del mundo, siempre que ha habido creyentes que lo han invocado.

¿Podemos decir hoy la Iglesia ante el mundo: «por qué os admiráis»? (Hech 3, 12). ¿Hacemos obras poderosas en su Nombre? «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo, te doy: en Nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar» (Hech 3, 6-16). ¿Acaso comienza a «andar algo en el mundo por nuestro esfuerzo? Se le acusa a la iglesia de conservadora, de mirar con recelo a todo lo nuevo, de frenar a veces impulsos muy nobles de la humanidad, de caminar al margen de la historia, de perder siempre el tren, aunque reconocen, a la vez, el maravilloso espectáculo que ha dado y da en sus mártires, en la atención a los marginados, en la proclamación constante de los derechos humanos. ¿Qué aportación hacemos hoy la Iglesia, en el Nombre de Cristo, a un mundo en profundos cambios? ¿No estamos muchas veces entre las superestructuras que oprimen, que mantienen situaciones de injusticia establecida? Estamos más con lo seguro, que con la aventura; caemos en la tentación de guardar lo adquirido, contentándonos con ello y dando muy pocas pruebas de esperanza; nuestro grupo parece un paralítico, refugiado en el templo. ¿Cómo vamos nosotros a hacer andar a los demás?

La Iglesia recuperará su puesto de servicio al mundo cuando pueda decir sin retóricas: «¿por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud? Dios… ha glorificado a su siervo Jesús» (Hech 3, 12-13).

  1. Tenemos necesidad de ser captados por el poder del Nombre de Jesús (Mt 8, 10).

Antes de llamar a la conversión a nadie, hemos de convertirnos nosotros; antes de levantar del polvo a los paralíticos, tenemos que recuperar nosotros el movimiento. La reforma de la Iglesia que hoy está planteada no consiste en un mero cambio de reformas externas. En la Iglesia tenemos que enfrentarnos ante el Evangelio, creer en él y dejarnos poseer por la fuerza del Nombre de Jesús. Sólo cuando tengamos confianza en su nombre podremos cumplir la misión: «En tu Palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5).

Creer en el Nombre de Jesús no es solamente invocarle. El Nombre de Jesús no es una fórmula mágica (Hech 19, 13-17) con la que damos culto a Dios y tratamos de conminar las fuerzas del Universo. «Quien dice «yo le conozco» y no guarda los mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él (Jn 2, 5). Conocer el Nombre es igual a vivir según el plan de Dios, que el Nombre de Jesús nos revela. El «reconocimiento de Jesús» (Lc 24, 25) supone comenzar a vivir según la resurrección, «convertíos para que se borren vuestros pecados» (Hech 3, 19).

  1. Los signos del Nombre de Jesús.

Una vez que nos hemos llenado de energía por el poder del Nombre, tenemos que vivir según él; lo cual, exige que realicemos en medio de los demás signos del Nombre de Jesús. Digamos de entrada que los signos que se nos piden no son espectaculares. «Generación malvada y adúltera. Una señal reclama y no se le dará otra señal que la del profeta Jonás» (Mt 12, 38 ss.). No hay más signo que el de la vida en obediencia a la Palabra de Dios y la realización del misterio Pascual.

El signo fundamental es el de la misión. Una misión realizada con arrojo, sin miedo, dando testimonio de que tenemos confianza en el poder del Nombre que nos asiste. La misión consiste en «contar lo que les había acontecido en el camino» (Lc 24, 45); en interpretar ante los demás el significado de los acontecimientos (Hech 3, 13-15); el anunciar con valentía el mal que se ha hecho aunque cueste la cárcel, el sufrimiento, la tortura o el martirio: «vosotros y vuestras autoridades, por ignorancia, rechazasteis el Santo y matasteis al Señor de la vida» (Hech 3, 14.17).

Todo esto para poder predicar la conversión, «por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados» (Hech 3, 19). Este es el gran milagro que opera el Nombre de Jesús: levantar de la postración a los paralizados por el pecado, provocar la liberación real e integral del hombre.

Cuando se empista a un hombre en este camino todo se transfigura, comienza a sospechar que la «Paz» (Lc 24, 36) no es una palabra sin contenido y experimenta la alegría pascual, por la confianza en el Nombre de Jesús, que con su presencia nos arrebata el miedo y la zozobra (Lc 24, 38.41).

La Eucaristía la hacemos por la invocación del poder del Nombre ,de Jesús. Ello indica la convicción de que el Resucitado está presente en medio de nosotros. ¿«Seremos capaces de reconocer a Jesús en el partir el pan»? (Lc 24, 35).

Jesús Burgaleta