Jn 2, 1-5 (2ª lectura Domingo III de Pascua)

La liturgia del tercer Domingo de Pascua continúa proponiendo a nuestra consideración la primera carta de Juan.

Ya vimos, el pasado Domingo, que este escrito de tono polémico, destinado probablemente a las comunidades cristianas de la parte occidental de Asia Menor, quiere combatir doctrinas heréticas pregnósticas y quiere presentar a los cristianos al camino de la auténtica vida cristiana.

Los adeptos de las herejías en cuestión, pretendían “conocer a Dios” (1 Jn 2, 4), “ver a Dios” (1 Jn 3, 6), vivir en comunión con Dios (1 Jn 2, 3) y, no obstante, presentaban una doctrina y una conducta en flagrante contradicción con la revelación cristiana. Se negaban a ver en Jesús al Mesías (cf. 1 Jn 2, 22), al Hijo de Dios (cf. 1 Jn 2, 3) y rechazaban la encarnación (cf. 1 Jn 4, 2). Para estos herejes, el Cristo celeste se había apropiado del hombre Jesús de Nazaret en el momento del bautismo (cf. 1 Jn 1, 32-33), lo utilizaba para llevar a cabo la revelación y lo había abandonado antes de la pasión, porque el Cristo celeste no podía padecer. Las doctrinas de estos herejes ponían en tela de juicio la teología de la encarnación y la cristología cristiana.

El comportamiento moral de estos herejes no era menos reprensible: pretendían no tener pecados (cf. 1 Jn 1, 8.10) y no guardaban los mandamientos (cf. 1 Jn 2, 4), en particular el mandamiento de amor fraterno (cf. 1 Jn 2, 9).

Son estas pretensiones las que el texto que hoy se nos propone denuncia. Quien dice que no comete pecado, es mentiroso; y, al mismo tiempo, hace a Dios mentiroso. Qué necesidad tenía Dios de enviar al mundo a su Hijo con una propuesta de salvación, si el pecado no fuese una realidad universal (cf. 1 Jn 1, 8-10).

En la primera parte de nuestro texto (v. 1-2), el autor critica veladamente a esos herejes que decían no tener pecados y sugiere a los cristianos la actitud correcta que Dios espera de cada creyente, a propósito de esta cuestión.

El cristiano es llamado a la santidad y a vivir una vida de renuncia al pecado. Dios le llama a rechazar el egoísmo, la autosuficiencia, la injusticia, la opresión (tinieblas) y a elegir la luz. Sin embargo el pecado es una realidad incontestable, fruto de la fragilidad y de la debilidad del hombre. El cristiano debe tener conciencia de esta realidad y reconocer su pecado. No hacer esto es cerrarse en la autosuficiencia y rechazar la salvación que Dios ofrece, (quien siente que no tiene pecado, tampoco siente la necesidad de ser salvado), y es, por tanto, “pecar”.

El cristiano es aquel que reconoce su fragilidad, pero no desespera. Sabe que Dios le ofrece su salvación y que Jesucristo es el “abogado” (literalmente, “parakletós”, que podemos traducir por “defensor”) que lo defiende. El vino al mundo para eliminar el pecado, el pecado de todos los hombres.

En la segunda parte de nuestro texto (vv. 3-5a), el autor de la carta se refiere a la pretensión de los herejes de conocer a Dios, pero sin preocuparse de guardar sus mandamientos. En el lenguaje bíblico, “conocer a Dios” no es tener de Dios un conocimiento teórico y abstracto, sino vivir en comunión íntima con Dios, una relación personal de proximidad, de familiaridad, de amor sin límites. Ahora, quien diga que mantiene una relación de proximidad y de comunión personal con Dios, pero no quiere saber nada de sus propuestas e indicaciones, miente. No se puede amar y no tener en cuenta las propuestas de la persona que se ama. El “conocer a Dios” exige actitudes concretas que pasan por escuchar, acoger y vivir las propuestas de salvación que Dios hace, a través de Jesús.

La cuestión fundamental que nuestro texto expone es la de la coherencia de vida. El cristiano es una persona que acepta la invitación de Dios a elegir la luz y que vive, día a día, de forma coherente con el compromiso que ha asumido… No puede comprometerse con Dios y conducir su vida por caminos de orgullo, de autosuficiencia, de indiferencia hacia Dios y sus propuestas. La vida del creyente no puede ser una vida de “medias tintas”, de comodidad, de opciones volubles, de oportunismo, sino que tiene que ser una vida consecuente, comprometida, exigente. ¿En mi vida procuro vivir con coherencia y honestidad mis compromisos con Dios y con mis hermanos o me dejo llevar, a favor de la corriente, por las situaciones, por las oportunidades?

Esa coherencia de vida debe manifestarse en el reconocimiento de la debilidad y de la fragilidad que forman parte de la realidad humana. El pecado no es algo “normal” para el creyente (el pecado es siempre un “no” a Dios y a sus propuestas y eso debe ser visto por los creyentes como una “anormalidad”); pero es una realidad que el creyente reconoce y que sabe que está siempre presente a lo largo de su caminar por el mundo. Hoy se habla mucho de la falta de conciencia de pecado… La falta de conciencia de pecado crea hombres insensibles, orgullosos y autosuficientes que creen no necesitar de Dios ni de su oferta de salvación. El autor de carta de Juan nos invita a tomar conciencia de nuestra realidad de pecadores, a acoger la salvación que Dios nos ofrece, a confiar en Jesús el “abogado” que nos entiende (porque vino a nuestro encuentro, compartió nuestra naturaleza, experimentó nuestra fragilidad) y que nos defiende. Reconocer nuestra realidad pecadora no puede llevarnos a la desesperación; tiene que llevarnos a abrir el corazón a los dones de Dios, a acoger humildemente su salvación y a caminar con esperanza al encuentro del Dios de la bondad y de la misericordia, que nos ama y que nos ofrece, sin condiciones, la vida eterna.

La coherencia que el autor de la primera carta de Juan nos pide debe manifestarse, también, en la identificación entre la fe y la vida. Nuestra religión no es una bella teoría, separable de nuestra vida concreta. Es una mentira decir que se ama a Dios y, en la vida concreta, despreciar sus propuestas y conducir la vida de acuerdo con valores que contradicen de forma absoluta la lógica de Dios. Un creyente que dice amar a Dios y, en el día a día, crea a su alrededor injusticia, conflicto, opresión, sufrimiento, vive en la mentira; un creyente que dice “conocer a Dios” y fomenta una lógica de guerra, de odio, de intransigencia, de intolerancia, está muy lejos de Dios; un creyente que dice tener “fe” y rechaza el amor, el compartir, el servicio, la comunidad, está muy lejos de los caminos donde se revela la vida y la salvación de Dios… ¿Mi vida concreta, mis actitudes para con los hermanos que me rodean, los sentimientos que llenan mi corazón, los valores que condicionan mis acciones, son coherentes con mi fe?

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