Lc 24, 35-38 (Evangelio Domingo III de Pascua)

El episodio que Lucas nos relata en el Evangelio de este Domingo nos sitúa en Jerusalén, poco después de la resurrección. Los once discípulos están reunidos y ya conocen una aparición de Jesús a Pedro (cf. Lc 24, 34) así como el relato del encuentro de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 35).

A pesar de todo, el ambiente es de miedo, de perturbación y de duda. La comunidad, cercada por un ambiente hostil, se siente desamparada e insegura. El miedo y la inseguridad proceden del hecho de que los discípulos no han hecho todavía la experiencia del encuentro con Cristo resucitado.

En esta última sección de su Evangelio, Lucas intenta mostrar cómo los discípulos descubren, progresivamente, a Jesús vivo y resucitado.

Al evangelista no le interesa tanto hacer una descripción periodística y fotográfica de las apariciones de Jesús a los discípulos; le interesa, sobre todo, mostrar a los cristianos de todas las épocas que Cristo sigue vivo y presente, acompañando a su Iglesia, y que los discípulos, reunidos en comunidad, pueden hacer una experiencia de encuentro verdadero con Jesús resucitado.

Para su catequesis, Lucas va a utilizar diversas imágenes que no deben ser tomadas al pie de la letra ni deben ser absolutizadas. Son, solamente, el envoltorio que presenta al mensaje. Lo que debemos ver, en este texto, es algo que está más allá de los detalles, por muy reales que parezcan: es la catequesis de la comunidad cristiana sobre su experiencia de encuentro con Jesús vivo y resucitado.

¿La resurrección de Jesús habrá sido una invención de la Iglesia primitiva, o un piadoso deseo de los discípulos, esperanzados en que la maravillosa aventura que vivieron con Jesús no termine en el fracaso de la cruz y en un sepulcro excavado en la roca en Jerusalén?

Es, fundamentalmente, a esta cuestión a la que Lucas quiere responder. En su catequesis, Lucas procura dejar claro que la resurrección de Jesús fue un hecho real, incontestable que, con todo, los discípulos descubrirán y experimentarán solamente después de una largo camino, difícil, penoso, cargado de dudas y de incertidumbres.

Todos los relatos de las apariciones de Jesús resucitado, hablan de las dificultades que los discípulos tuvieron para creer y reconocer a Jesús resucitado (cf. Mt 28, 17; Mc 16, 11.14; Lc 24, 11.13-32.37-38.41; Jo 20, 11-18.24-29; 21, 1-8).

Esa dificultad debió ser histórica y significa que la resurrección de Jesús no fue un acontecimiento científicamente comprobado, material, captable por el objetivo de los fotógrafos o por las cámaras de televisión. En los relatos de las apariciones de Cristo resucitado, los discípulos nunca son presentados como un grupo crédulo, idealista e ingenuo, prontos a aceptar cualquier ilusión, sino que son presentados como un grupo desconfiado, crítico, exigente, que sólo acabó reconociendo a Jesús vivo y resucitado después de un camino más o menos largo, más o menos difícil.

El camino de la fe no es un camino de evidencias materiales, de pruebas palpables, de demostraciones científicas, sino que es un camino que se recorre con el corazón abierto a la revelación de Dios, presto para acoger la experiencia de Dios y de la vida nueva que él quiere ofrecer. Fue ese el camino que los discípulos recorrieron. Al final de ese camino (que, como camino personal, para unos se alargó más y para otros menos), ellos experimentaron, sin margen de error, que Jesús estaba vivo, que caminaba con ellos por los caminos de la historia y que continuaba ofreciéndoles la vida de Dios. Ellos comenzaron a recorrer ese camino con dudas e inseguridades; pero hicieron la experiencia de encontrarse con Cristo vivo y llegaron a la certeza de la resurrección. Esa es la certeza que los relatos de la resurrección, en su propio lenguaje, quieren transmitirnos.

En la catequesis de Lucas hay elementos que importa poner de relieve:

1. A lo largo de su camino de fe, los discípulos descubrirán la presencia de Jesús, vivo y resucitado, en medio de su comunidad. Percibirán que él sigue siendo el centro alrededor del cual la comunidad se construye y se articula. Entenderán que Jesús derrama sobre su comunidad, en marcha por la historia, la paz (el “shalom” hebreo, en el sentido de armonía, serenidad, tranquilidad, confianza, vida plena, v. 36).

2. Ese Jesús, vivo y resucitado, es el Hijo de Dios que, después de caminar con los hombres, retornó al mundo de Dios. El “espanto” y el “miedo” con el que los discípulos acogen a Jesús es, en el contexto bíblico, la reacción normal y habitual del hombre ante la divinidad (v. 37). Jesús no es un hombre reanimado a la vida que llevaba antes, sino el Dios que regresó definitivamente en la esfera divina.

3. Las dudas de los discípulos dan cuenta de esa dificultad que ellos sintieron al recorrer el camino de la fe, hasta el encuentro personal con el Señor resucitado. La resurrección no fue, para los discípulos, un hecho inmediatamente evidente, sino un camino de maduración de la propia fe, hasta llegar a la experiencia del Señor resucitado (v. 38).

4. En la catequesis/descripción de Lucas, ciertos elementos más “sensibles” y materiales (la insistencia en el “tocar” a Jesús para ver que no era un fantasma, vv. 39-40; la indicación de que Jesús comió “un trozo de pez asado”, vv. 41-43) son, antes de nada, una forma de enseñar que la experiencia del encuentro de los discípulos con Jesús resucitado no fue una ilusión o un producto de la imaginación, sino una experiencia muy fuerte y que deja huella, casi palpable. Son, entonces, una forma de decir que ese Jesús que los discípulos encontraron, aunque diferente e irreconocible, es el mismo que había andado con ellos por los caminos de Palestina, anunciándoles y proponiéndoles la salvación de Dios. Finalmente Lucas enseña también, con estos elementos, que Jesús resucitado no está ausente y distante, lejos del mundo en el que los discípulos tienen que seguir caminando, sino que continúa sentándose a la mesa con los discípulos, estableciendo lazos de familiaridad y de comunión con ellos, compartiendo sus sueños, sus luchas, sus esperanzas, sus dificultades, sus sufrimientos.

5. Jesús resucitado desvela a los discípulos el sentido profundo de las Escrituras. La Escritura no sólo encuentra en Jesús su cumplimiento, sino también a su intérprete. La comunidad de Jesús que camina por la vida debe reunirse continuamente alrededor de Jesús resucitado para escuchar al Palabra que alimenta y que da sentido a su caminara por la historia (vv. 44-46).

6. Los discípulos, alimentados por esa Palabra, reciben de Jesús la misión de dar testimonia ante “todas las naciones, comenzando por Jerusalén”. El anuncio de los discípulos tendrá como tema central la muerte y resurrección de Jesús, el libertador anunciado por Dios desde siempre. La finalidad de la misión de la Iglesia de Jesús (los discípulos) es predicar el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todos los hombres, proponiéndoles la opción por la vida nueva de Dios, por la salvación, por la vida eterna (vv. 47-48). Lucas presenta aquí una breve síntesis de la misión de la Iglesia, tema que desarrollará ampliamente en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

¿Jesús resucitó verdaderamente o la resurrección es fruto de la imaginación de los discípulos?
¿Cómo es posible tener certeza de la resurrección?
¿Cómo podemos encontrar a Jesús resucitado?

A estas y a otras preguntas parecidas intenta responder el Evangelio de este Domingo.

Con su catequesis, Lucas nos dice que nosotros, como los primeros discípulos tenemos que recorrer el no siempre claro camino de la fe hasta que lleguemos a la certeza de la resurrección.

No se llega allí a través de deducciones lógicas o a través de construcciones de carácter intelectual, sino que se llega al encuentro con el Señor resucitado insertándonos en ese contexto en el que Jesús se revela, en el encuentro comunitario, en el diálogo con los hermanos que comparten nuestra misma fe, en la escucha comunitaria de la Palabra de Dios, en el amor compartido en gestos de fraternidad y de servicio.

En ese “camino” vamos encontrando a Cristo vivo, actuante, presente en nuestra vida y en la vida del mundo.

Cristo continúa presente en medio de su comunidad en marcha por la historia. Cuando la comunidad se reúne para escuchar la Palabra, él está presente y explica a sus discípulos el sentido de las Escrituras.

¿Sentimos la presencia de Cristo indicándonos caminos de vida nueva y llenando nuestros corazones de esperanza cuando leemos y meditamos la Palabra de Dios?

¿Sentimos el corazón lleno de paz, la paz que Jesús resucitado ofrece a los suyos, cuando escuchamos y acogemos las propuestas de Dios, cuando intentamos conducir nuestra vida de acuerdo con el plan de Dios?

Jesús resucitado volvió al mundo de Dios; pero no desapareció de nuestra vida y no se alejó de la vida de su comunidad. A través de la imagen del “comer con ellos” (que para el Pueblo bíblico, significa establecer lazos estrechos, lazos de comunión, de familiaridad, de fraternidad), Lucas nos garantiza que el Resucitado continúa “sentándose a la mesa” con sus discípulos, estableciendo con ellos lazos, compartiendo sus inquietudes, anhelos, dificultades y esperanzas, siempre solidario con su comunidad.

Podemos descubrir a este Jesús resucitado que se sienta a la mesa con los hombres siempre que la comunidad se reúne a la mesa de la eucaristía, para compartir ese pan que Jesús dejó y que nos hace tomar conciencia de nuestra comunión con él y con los hermanos.

Jesús recuerda a los discípulos: “vosotros sois los testigos de esto”. ¿Esto significa, solamente, que los cristianos deben dirigirse a los hombres con bonitas palabras, con razonamientos lógicos diciendo que Jesús resucitó y que está vivo?

El testimonio que Cristo nos pide pasa, más que por nuestras palabras, por nuestros gestos. Jesús viene, hoy, al encuentro de los hombres y les ofrece la salvación a través de nuestros gestos de acogida, de compartir, de servicio, de amor sin límites. Son esos gestos los que testimonian, ante nuestros hermanos, que Cristo está vivo y que continúa su obra de liberación de todos los hombres del mundo.

En la catequesis que Lucas presenta Jesús resucitado confía a los discípulos la misión de anunciar “en su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.
Continuando la obra de Jesús, la misión de los discípulos es eliminar de la vida de los hombres todo aquello que es “pecado” (el egoísmo, el orgullo, el odio, la violencia.) y proponer a los hombres una dinámica de vida nueva.