Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 3, 11-12

11Y los espíritus inmundos, cuando lo veían, caían ante él y gritaban diciendo: “Tú eres el Hijo de Dios”. 12Y les abroncaba mucho para que no lo hiciesen manifiesto».

 

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p style=»text-align:justify;»>Reacción de los demonios. Las reacciones de los sufrientes humanos ante Jesús tienen un paralelo inmediato en la reacción de los demonios; esta semejanza refuerza la conexión marcana entre enfermedad física y exorcismo. Los espíritus impuros reconocen el estatus de Jesús como Hijo de Dios; por otro lado, la forma en que Jesús impone silencio sobre este reconocimiento refleja también una preocupación básica de Marcos, que muestra ahora aquello que Jesús había prohibido decir a los demonios cuando les ordenaba que no divulgaran su identidad (cf. 1, 34), es decir, que era Hijo de Dios. Este es el título más importante y más adecuado para Jesús en el evangelio, y su uso aquí representa el clímax del pasaje; algo que paradójicamente queda resaltado por el hecho de que Jesús impone silencio sobre ello. Este es el segundo uso del título (el primero fue la voz del cielo en 1, 11), y esos dos usos permiten trazar una comparación y un contraste significativo. 


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p style=»text-align:justify;»>1, 11: Tú eres mi Hijo querido, en ti me he complacido


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p style=»text-align:justify;»>3, 11: Tú eres el Hijo de Dios 


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p style=»text-align:justify;»>Lógicamente, los demonios ni se muestran contentos con Jesús ni lo aman. El contraste evoca ya las fuerzas llenas de odio que en su momento desembocarán en la muerte de Jesús. En este contexto, la confesión de los demonios muestra también la mentira de la calumnia posterior de los escribas, cuando dicen que Jesús los expulsa con la fuerza de Beelzebul (3, 22), porque aquí los espíritus reconocen que, lejos de haber establecido un pacto con ellos, Jesús está comenzando a destruirlos con el poder de Dios. Resulta significativo el hecho de que la filiación divina de Jesús aparezca relacionada con su oposición efectiva al poder de Satán. Según eso, conforme a la visión de Marcos, «Hijo de Dios» no es simplemente un título que Jesús tiene como Mesías humano -y ciertamente no parece haber existido en el judaísmo 
una esperanza extendida en el Mesías como exorcista-, sino una designación por la que se sugiere que Jesús comparte la soberanía de Dios sobre los poderes sobrenaturales perversos (cf. Flp 2, 9-11).


Jesús no permite que el reconocimiento de los demonios continúe extendiéndose sin más, sino que les prohíbe que le descubran. Esta prohibición no tiene mucho sentido en un nivel narrativo, por la gran cantidad de gente que acompaña a Jesús. La prohibición refleja más bien el motivo del secreto mesiánico de Marcos, según el cual la filiación divina de Jesús queda humanamente escondida hasta que la crucifixión y la resurrección puedan mostrar el modo exacto en que deben entenderse. Más aún, no son los demonios, ni siquiera un ángel del cielo, los que deben proclamar el mensaje de la filiación divina de Jesús y lo que esta significa para el mundo. Esa tarea de honor está reservada para unos seres humanos; y así, en el siguiente pasaje un grupo selecto de hombres serán escogidos para ello.

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