Vísperas – Jueves II de Pascua

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ES LA PASCUA REAL, NO YA LA SOMBRA.

Es la Pascua real, no ya la sombra,
la verdadera pascua del Señor;
la sangre del pasado es solo un signo,
la mera imagen de la gran unción.

En verdad, tú, Jesús, nos protegiste
con tus sangrientas manos paternales;
envolviendo en tus alas nuestras almas,
la verdadera alianza tú sellaste.

Y, en tu triunfo, llevaste a nuestra carne
reconciliada con tu Padre eterno;
y, desde arriba, vienes a llevarnos
a la danza festiva de tu cielo.

Oh gozo universal, Dios se hizo hombre
para unir a los hombres con su Dios;
se rompen las cadenas del infierno,
y en los labios renace la canción.

Cristo, Rey eterno, te pedimos
que guardes con tus manos a tu Iglesia,
que protejas y ayudes a tu pueblo
y que venzas con él a las tinieblas. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Cristo está constituido por Dios juez de vivos y muertos. Aleluya.

Salmo 71 I – PODER REAL DEL MESÍAS

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre
y quebrante al explotador.

Que dure tanto como el sol,
como la luna, de edad en edad;
que baje como lluvia sobre el césped,
como llovizna que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna.

Que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Que en su presencia se inclinen sus rivales;
que sus enemigos muerdan el polvo;
que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.

Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo está constituido por Dios juez de vivos y muertos. Aleluya.

Ant 2. Él será la bendición de todos los pueblos. Aleluya.

Salmo 71 II

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres;

él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.

Que viva y que le traigan el oro de Saba;
él intercederá por el pobre
y lo bendecirá.

Que haya trigo abundante en los campos,
y ondee en lo alto de los montes,
den fruto como el Líbano,
y broten las espigas como hierba del campo.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas;
bendito por siempre su nombre glorioso,
que su gloria llene la tierra.
¡Amén, amén!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Él será la bendición de todos los pueblos. Aleluya.

Ant 3. Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre. Aleluya.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Pe 3, 18. 21b-22

Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Lo que actualmente os salva no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

V. Al ver al Señor.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que tiene fe en el Hijo tiene la vida eterna. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que tiene fe en el Hijo tiene la vida eterna. Aleluya.

PRECES

Alabemos y glorifiquemos a Cristo, a quien Dios Padre constituyó fundamento de nuestra esperanza y primicia de la humanidad resucitada, y aclamémoslo, suplicantes:

Rey de la gloria, escúchanos.

Señor Jesús, tú que, por tu propia sangre y por tu resurrección, penetraste en el santuario de Dios,
llévanos contigo al reino del Padre.

Tú que, por tu resurrección, robusteciste la fe de tus discípulos y los enviaste a anunciar el Evangelio al mundo,
haz que los obispos y presbíteros sean fieles heraldos de tu Evangelio.

Tú que, por tu resurrección, eres nuestra reconciliación y nuestra paz,
haz que todos los bautizados vivan en la unidad de una sola fe y de un solo amor.

Tú que, por tu resurrección, diste la salud, al tullido del templo,
mira con bondad a los enfermos y manifiesta en ellos tu gloria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por tu resurrección, fuiste constituido primogénito de los muertos que resucitan,
haz que los difuntos que en ti creyeron y esperaron participen de tu gloria.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 12 de abril

Lectio: Jueves, 12 Abril, 2018

1) ORACIÓN INICIAL

Te pedimos Señor, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del Evangelio según Juan 3,31-36

El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que resiste al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.»

3) REFLEXIÓN

• En el mes de enero hemos meditado el texto de Juan 3,22-30, que nos habla del último testimonio de Juan Bautista respecto a Jesús. Era la respuesta que Jesús da a sus discípulos, y en el cual vuelve a afirmar que él, Juan, no es el Mesías sino solamente el precursor (Jn 3,28). En aquella ocasión, Juan dijo aquella frase tan bonita que resume su testimonio: “¡Es necesario que él crezca y que yo disminuya!” Esta frase es el programa de todos los que quieren seguir a Jesús.

• Los versículos del evangelio de hoy son, de nuevo, un comentario del evangelista para ayudar las comunidades a comprender mejor todo el alcance de las cosas que Jesús hizo y enseñó. Aquí tenemos otra muestra de aquellos tres hilos de los que hablamos ayer.

• Juan 3,31-33: Un refrán que vuelve siempre. A lo largo del evangelio de Juan, muchas veces aparece el conflicto entre Jesús y los judíos que contestan las palabras de Jesús. Jesús habla a partir de lo que oye del Padre. Es transparencia total. Sus adversarios, por no abrirse a Dios y por agarrarse a sus propias ideas aquí sobre la tierra, no son capaces de entender el significado profundo de las cosas que Jesús vive, dice y hace. Al final, este malentendido llevará a los judíos a detener y condenar a Jesús.

• Juan 3,34: Jesús nos da el Espíritu sin medida. El evangelio de Juan usa muchas imágenes y símbolos para significar la acción del Espíritu. Como en la creación (Gen 1,1), así el Espíritu baja sobre Jesús “como una paloma, venida del cielo” (Jn 1,32). ¡Es el inicio de la nueva creación! Jesús dice las palabras de Dios y nos comunica el Espíritu sin medida (Jn 3,34). Sus palabras son Espíritu y vida (Jn 6,63). Cuando Jesús se despide, dice que enviará a otro consolador, a otro defensor, para que se quede con nosotros. Es el Espíritu Santo (Jn 14,16-17). A través da su pasión, muerte y resurrección, Jesús conquistó el don del Espíritu para nosotros. A través del bautismo todos nosotros recibimos este mismo Espíritu de Jesús (Jn 1,33). Cuando apareció a los apóstoles, sopló sobre ellos y dijo: “¡Recibid el Espíritu!” (Jn 20,22). El Espíritu es como el agua que brota de dentro de las personas que creen en Jesús (Jn 7,37-39; 4,14). El primer efecto de la acción del Espíritu en nosotros es la reconciliación: “A quienes perdonan los pecados, quedarán perdonados; a quienes no perdonaréis sus pecados, quedarán atados” (Jn 20,23). Es Espíritu nos es dado para que podamos recordar y entender el significado de las palabras de Jesús (Jn 14,26; 16,12-13). Animados por el Espíritu de Jesús podemos adorar a Dios en cualquier lugar (Jn 4,23-24). Aquí se realiza la libertad del Espíritu de la que habla San Pablo: “Donde está el Espíritu allí hay libertad” (2Cor 3,17).

• Juan 3,35-36: El Padre ama al hijo. Reafirma la identidad entre el Padre y Jesús. El Padre ama al hijo y entrega todo en sus manos. San Pablo dirá que en Jesús habita la plenitud de la divinidad (Col 1,19; 2,9). Por esto, quien acepta a Jesús y cree en Jesús ya tiene la vida eterna, porque Dios es vida. Quien no cree en Jesús se pone a sí mismo fuera.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Jesús nos comunica el Espíritu, sin medida. ¿Has tenido alguna experiencia de esta acción del Espíritu en tu vida?

• Quien cree en Jesús tiene vida eterna. ¿Cómo acontece esto en la vida de las familias y de las comunidades?

5) ORACIÓN FINAL

Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza;
Gustad y ved lo bueno que es Yahvé,
dichoso el hombre que se acoge a él. (Sal 34,2.9)

Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica

18. Este Catecismo está concebido como una exposición orgánica de toda la fe católica. Es preciso, por tanto, leerlo como una unidad. Numerosas referencias en el interior del texto y el índice analítico al final del volumen permiten ver cada tema en su vinculación con el conjunto de la fe.”

Desde el punto 18 hasta el 22 se dan algunas indicaciones prácticas para el uso del Catecismo, que son muy sencillas y las leeremos brevemente.

El Catecismo está pensado como una exposición orgánica, es decir, lo ideal es que uno lo lea como una unidad, lo que no quiere decir que no podamos acercarnos a él para consultar algo concreto, pero el desarrollo de todos los aspectos conlleva uno al otro, y uno se va construyendo sobre el anterior. Por ejemplo, si alguien va a consultar lo referente al tema de la resurrección de los muertos, pues lo entendería mejor si lo leyese en todo el contexto.

Resucitado por Dios

RESUCITADO POR DIOS

En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:

– Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí: ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Mirad, os lo he anunciado.

Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto Jesús les salió al encuentro y les dijo:

– Alegraos.

Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo:

– No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán

(Mateo 28, 1-10)

 

CRISTO ESTÁ VIVO

La Pascua no es la celebración de un acontecimiento del pasado que, cada año que transcurre, queda un poco más lejos de nosotros. Los creyentes celebramos hoy al resucitado que vive ahora llenando de vida la historia de los hombres.

Creer en Cristo resucitado no es solamente creer en algo que le sucedió al muerto Jesús. Es saber escuchar hoy desde lo más hondo de nuestro ser estas palabras: «No tengas miedo, soy yo, el que vive. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 1, 17-18).

Cristo resucitado vive ahora infundiendo en nosotros su energía vital. De manera oculta, pero real, va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. El es «la ley secreta» que dirige la marcha de todo hacia la Vida. Él es «el corazón del mundo», según la bella expresión de Karl Rahner.

Por eso, celebrar la Pascua es entender la vida de manera diferente. Intuir con gozo que el Resucitado está ahí, en medio de nuestras pobres cosas, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito, y que, sin embargo, se disuelve y muere sin haber llegado a su plenitud.

El está en nuestras lágrimas y penas como consuelo permanente y misterioso. Él está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. Está en nuestras depresiones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza.

Él está en nuestros pecados como misericordia que nos soporta con paciencia infinita, y nos comprende y acoge hasta el fin. Está incluso en nuestra muerte como vida que triunfa cuando parece extinguirse.

Ningún ser humano está solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en el vacío. Ningún grito deja de ser escuchado. El Resucitado está con nosotros y en nosotros para siempre.

Por eso, Pascua es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos. La fiesta de los que se avergüenzan de su mezquindad y su pecado. La fiesta de los que se sienten muertos por dentro. La fiesta de los que gimen agobiados por el peso de la vida y la mediocridad de su corazón. La fiesta de todos los que nos sabemos mortales, pero hemos descubierto en Cristo resucitado la esperanza de una vida eterna.

Felices los que dejan penetrar en su corazón las palabras de Cristo: «Tened paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33).

RECUPERAR AL RESUCITADO

Para no pocos cristianos, la resurrección de Jesús es solo un hecho del pasado. Algo que le sucedió al muerto Jesús después de ser ejecutado en las afueras de Jerusalén hace aproximadamente dos mil años. Un acontecimiento, por tanto, que con el paso del tiempo se aleja cada vez más de nosotros, perdiendo fuerza para influir en el presente.

Para otros, la resurrección de Cristo es, ante todo, un dogma que hay que creer y confesar. Una verdad que está en el credo como otras verdades de fe, pero cuya eficacia real no se sabe muy bien en qué pueda consistir. Son cristianos que tienen fe, pero no conocen «la fuerza de la fe»; no saben por experiencia lo que es vivir arraigando la vida en el Resucitado.

Las consecuencias pueden ser graves. Si pierden el contacto vivo con el Resucitado, los cristianos se quedan sin aquel que es su «Espíritu vivificador». La Iglesia puede entrar entonces en un proceso de envejecimiento, rutina y decadencia. Puede crecer sociológica- mente, pero debilitarse al mismo tiempo por dentro; su cuerpo puede ser grande y poderoso, pero su fuerza transformadora pequeña y débil.

Si no hay contacto vital con Cristo como alguien que está vivo y da vida, Jesús se queda en un personaje del pasado al que se puede admirar, pero que no hace arder los corazones; su evangelio se re- duce a «letra muerta», sabida y desgastada, que ya no hace vivir. Entonces el vacío que deja Cristo resucitado comienza a ser llenado con la doctrina, la teología, los ritos o la actividad pastoral. Pero nada de eso da vida si en su raíz falta el Resucitado.

Pocas cosas pueden desvirtuar más el ser y el quehacer de los cristianos que pretender sustituir con la institución, la teología o la organización lo que solo puede brotar de la fuerza vivificadora del Resucitado. Por eso es urgente recuperar la experiencia fundante que se vivió en los inicios. Los primeros discípulos experimentan la fuerza secreta de la resurrección de Cristo, viven «algo» que transforma sus vidas. Como dice san Pablo, conocen «el poder de la resurrección» (Filipenses 3, 10). El exegeta suizo R. Pesch afirma que la experiencia primera consistió en que «los discípulos se dejan atrapar, fascinar y transformar por el Resucitado».

 

CREER EN EL RESUCITADO

Los cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Mucho más incluso que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.

Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en la destrucción de la muerte.

Creer en el Resucitado es creer que Jesús se hace presente en me- dio de los creyentes. Es tomar parte activa en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que, cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está él poniendo esperanza en nuestras vidas.

Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración a Cristo no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra in- vocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.

Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es saber descubrirlo vivo en el último y más pequeño de los hermanos, llamándonos a la compasión y la solidaridad.

Creer en el Resucitado es creer que él es «el primogénito de entre los muertos», en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abre ya la posibilidad de vivir eternamente.

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el cáncer, ni el infarto, ni la metralleta, ni el pecado, ni la muerte tienen la última palabra. Solo el Resucitado es Señor de la vida y de la muerte.

 

DIOS TIENE LA ÚLTIMA PALABRA

La resurrección de Jesús no es solo una celebración litúrgica. Es, antes que nada, la manifestación del amor poderoso de Dios, que nos salva de la muerte y del pecado. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora?

Lo primero es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio acogedor que Jesús llama «Padre». En el mundo hay tal «exceso» de sufrimiento que la vida nos puede parecer algo caótico y absurdo. No es así. Aunque a veces no sea fácil experimentarlo, nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios hacia una plenitud final.

Esto lo hemos de empezar a vivir desde nuestro propio ser: yo soy amado por Dios; a mí me espera una plenitud sin fin. Hay tantas frustraciones en nuestra vida, nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que ahogamos en nosotros la alegría de vivir. Dios resucitador puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo.

No es la muerte la que tiene la última palabra, sino Dios. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podríamos hundirnos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. El nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido.

Celebrar la resurrección de Jesús es abrirnos a la energía vivificadora de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento, sino la tristeza. Nos falta pasión por la vida y compasión por los que sufren. Y nos sobra apatía y hedonismo barato que nos hacen vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia: el amor. La resurrección puede ser fuente y estímulo de vida nueva.

 

¿PARA QUÉ SIRVE CREER EN EL RESUCITADO?

En cierta ocasión, después de una conferencia sobre la resurrección de Cristo, una persona pidió la palabra para decirme más o menos lo siguiente: «Después de la resurrección de Cristo, la historia de los hombres ha proseguido como siempre. Nada ha cambiado. ¿Para qué sirve entonces creer que Cristo ha resucitado? ¿En qué puede cambiar mi vida de hoy?».

Yo sé que no es fácil transmitir a otro la propia experiencia de fe. ¿Cómo se le explica con palabras la luz interior, la esperanza, la dinámica que genera el vivir apoyado radicalmente en Cristo resucitado? Pero es bueno que los creyentes expongamos desde dónde vivimos la vida.

Lo primero es experimentar una gran confianza ante la existencia. No estamos solos. No caminamos perdidos y sin meta. A pesar de nuestro pecado y mezquindad, los hombres somos aceptados por Dios. Nunca meditaremos lo suficiente el saludo que Jesús resucitado repite una y otra vez: «Paz a vosotros». Aun crucificado por los hombres, Dios nos sigue ofreciendo su amistad.

Podemos vivir además con libertad, sin dejamos esclavizar por el deseo de posesión y de placer. No necesitamos «devorar» el tiempo, como si ya no hubiera nada más. No hay por qué atraparlo todo y vivir «estrujando» la vida antes de que se termine. Se puede vivir de manera más sensata. La Vida es mucho más que esta vida. No hemos hecho más que «empezar» a vivir.

También podemos vivir con generosidad, comprometiéndonos a fondo en favor de los demás. Vivir amando con desinterés no es perder la vida, es ganarla para siempre. Desde la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Vivir haciendo el bien es la forma más acertada de adentrarnos en el misterio del mas allá.

Por otra parte, disfrutamos de todo lo hermoso y bueno que hay en la vida, acogiendo con gozo las experiencias de paz, de comunión amorosa o de solidaridad. Aunque fragmentarias, son experiencias donde se nos manifiesta ya la salvación de Dios.

Un día, todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, lo que ha sido arruinado por la enfermedad, el fracaso o el desamor, encontrará en Dios su plenitud.

Sabemos que un día nos llegará la hora de morir. Hay muchas formas de acercarse a este acontecimiento decisivo. El creyente no muere hacia la oscuridad, el vacío, la nada. Con fe humilde se entrega al misterio de la muerte, confiándose al amor insondable de Dios.

«La fe en la resurrección -ha escrito Manuel Fraijó- es una fe difícil de compartir. En cambio, no es difícil de admirar. Representa un noble esfuerzo por seguir afirmando la vida incluso allí donde esta sucumbe derrotada por la muerte». Esta es la fe que nos sostiene a quienes seguimos a Jesús.

José Antonio Pagola

Ecclesia in Medio Oriente

21. Conviene que los cristianos sean más conscientes de la profundidad del misterio de la encarnación, para amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza (cf. Dt 6,5). Cristo, el Hijo de Dios, se hizo carne en un pueblo, en una tradición de fe y en una cultura, cuyo conocimiento no puede sino enriquecer la comprensión de la fe cristiana. Los cristianos han acrecentado este conocimiento por la aportación específica dada por Cristo mismo con su muerte y resurrección (cf. Lc 24,26). Pero han de ser siempre conscientes y estar agradecidos de sus raíces. Pues, para que el injerto en el árbol antiguo pueda prosperar (cf. Rm 11,17-18), necesita la savia que viene de las raíces.

Creer en el triunfo de Cristo

HAY QUE RECTIFICAR. – “Israelitas, ¿de qué os admiráis?” (Hch 3, 12). Había un motivo más que suficiente para llenarnos de admiración ante el prodigio que narra esta perícopa. Aquel hombre llevaba años y años inválido, como pobre mendigo que pedía en una de las entradas del Templo, postrado en la puerta Hermosa. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable para todos. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él, por su propio poder, el que ha curado a aquel enfermo. Quiere dejar constancia de que en realidad el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo que ellos habían entregado a Pilato y le habían acusado hasta conseguir la pena de crucifixión para él.

San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. “Matasteis al autor de la vida, -les dice-, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos”. Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostraba con la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo hombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres.

La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa, a favor de los judíos, de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de él y le crucificaban. De esa forma Dios cumplió las profecías de los antiguos profetas, que habían predicho la pasión y muerte de Jesucristo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre.

Después de esta justificación para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados.

2.- RENACER A LA ESPERANZA. – Los acontecimientos post-pascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza. Tan inaudito y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente. “Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros”. Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Lo habían visto colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella mirada luminosa y penetrante que acariciada y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha.

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. “Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no terminaban de convencerse, “no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos”. Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño… El Señor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: “¿Tenéis algo que comer? -les pregunta-. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”. Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. A partir de entonces la luz de la Pascua comenzó, en efecto, a extenderse hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza.

Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna.

Antonio García-Moreno

Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día

En la tarde de aquel día, el primero de la semana, y estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: «¡La paz esté con vosotros!». Y les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Él repitió: «¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros». Después sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos». Tomás, uno de los doce, a quien llamaban «el Mellizo», no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor». Él les dijo: «Si no veo en sus manos la señal de los los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creo».

Ocho días después, estaban nuevamente allí dentro los discípulos, y Tomás con ellos. Jesús llegó, estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: «¡La paz esté con vosotros!». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás contestó: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús dijo: «Has creído porque has visto. Dichosos los que creen sin haber visto».

Otros muchos milagros hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el mesías, el hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Lucas 24, 35-48

Comentario del Evangelio

Después de la Resurrección, Jesús se aparece muchas veces a los apóstoles. Esto les hace recobrar la fuerza y la esperanza que habían perdido: les hace tener fe, que es lo más importante para ser cristiano.

Y siempre les dice que la paz esté con ellos; para Jesús es muy importante la paz. Cuando vamos a la Iglesia a misa, siempre nos damos la paz, porque vivir en paz con los demás es imprescindible para los que somos seguidores de Jesús.

Para hacer vida el Evangelio

• Piensa si no estás en paz con alguna persona y escribe aquí su nombre y el problema que tienes.

• ¿Por qué nos damos la paz en la Iglesia en las misas? ¿Qué significa la paz para los cristianos?

• Escribe un compromiso que te ayude a reconciliarte con esa persona con la que tienes algún problema.

Oración

Abre nuestro entendimiento, Señor,
para comprender lo que la vida
nos vaya trayendo,
para entender al hermano,
para buscar soluciones justas para todos,
para que inventemos una tierra nueva,
para que sigamos tus caminos.

Abre nuestro entendimiento
al quejido del hermano,
al reparto injusto de los bienes,
a las diferencias que dejamos que nos alejen,
a las coincidencias que nos unan y potencien,
al dolor y soledad de tanta gente

que vive a nuestro lado y no oímos.
Abre nuestro entendimiento a tu Palabra,
para que sea el alimento de nuestro corazón,
para que nos contagie tu manera de amar,
para que nos purifique de teorías y normas,
para que llene de contenido nuestros ritos

y para que sigamos tu Camino
de Verdad y de Vida.

Les abriste el entendimiento

Abre nuestro entendimiento, Señor,
para comprender lo que la vida

nos vaya trayendo,
para entender al hermano,
para buscar soluciones justas para todos,
para que inventemos una tierra nueva,
para que sigamos tus caminos.

Abre nuestro entendimiento
al quejido del hermano,
al reparto injusto de los bienes,
a las diferencias que dejamos que nos alejen,
a las coincidencias que nos unan y potencien,
al dolor y soledad de tanta gente

que vive a nuestro lado y no oímos.

Abre nuestro entendimiento a la misericordia,
que es la solución a nuestros desencuentros,
que puede ayudarnos a perdonar y perdonarnos,
que nos ablandará el corazón de piedra,
que nos sintonizará con los que sufren,
que nos llenará de paz, sosiego y armonía.

Abre nuestro entendimiento al diferente,
al que políticamente es opuesto a nosotros,
al que sigue otra religión y te pone otro nombre,
al que tiene otras costumbres y otra cultura,
al que viene de otra tierra y otra forma de vida,
al que tenemos al lado y no comprendemos ni aceptamos.

Abre nuestro entendimiento a tu Palabra,
para que sea el alimento de nuestro corazón,
para que nos contagie tu manera de amar,
para que nos purifique de teorías y normas,
para que llene de contenido nuestros ritos
y para que sigamos tu Camino

de Verdad y de Vida

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio del Domingo III de Pascua

• Jesús Resucitado se ha dado a conocer “cuando partía el pan” (35), según explican los dos discípulos de Emaús, que acaban de volver de aquella experiencia (Lc 24,13-35). En las comunidades más primitivas, la expresión lucana “la fracción del pan” (cf. Hch 2,42; 20,7), juntamente con la de “la cena del Señor”, usada por Pablo (1 Cor 11,20), es una de las más antiguas para designar la celebración de la Eucaristía. Esta última palabra, rescatada con éxito por el Concilio Vaticano II, sólo aparece, como expresión técnica, en las cartas de Ignacio de Antioquía, ya avanzado el siglo II.

• Ahora lo vemos dándose a conocer “en medio de ellos” (36), cuando los discípulos están reunidos en su nombre (36) – cómo veíamos también el pasado domingo (Jn 20,19.26)–.

• Lucas se esfuerza por responder a la mentalidad que considera Jesús resucitado como un puro “espíritu” (37), un fantasma (véase también Mt 14,26; Mc 6,49). Por esto subraya con fuerza la experiencia que tuvieron los Apóstoles: quien se les presenta, el Resucitado, es el mismo de antes, el Crucificado (38- 43). Por hacer este subrayado, utiliza todo lo que tiene a mano, a su alcance: “miradme”, “palpadme” (39), “comió” (43). Por lo tanto, Lucas no quiere explicar cómo es el cuerpo de Cristo Resucitado, sino destacar que el Resucitado es el mismo que el Crucificado.

• Lucas destaca mucho que las Escrituras ya hablaban de Jesús, de su pasión, muerte y resurrección (Lc 24,27.32.45-46). Con esta insistencia quiere transmitir que lo que le ha pasado a Jesús (46) no es un accidente ni un fracaso. En la Pascua de Jesús se manifiesta la opción de Dios, que ha querido hacerse hombre por vivir el que vivimos. Y esta opción, esta voluntad, la ha llevado a término con todas las consecuencias.

• Comprender todo esto no es posible sino desde la fe, que es un don del Resucitado: “les abre el corazón…” (45). La fe en la resurrección de Jesús hace luz “para comprender las Escrituras” (45), el conjunto de la Biblia. Y, especialmente, la fe que da el Resucitado ilumina para comprender las palabras y hechos de Jesús hasta su muerte en cruz (46).

• Jerusalén (47) es el lugar de la muerte, resurrección y glorificación de Jesús. El Antiguo Testamento lo había convertido en el punto de partida de la revelación de Dios a toda la humanidad (Is 2,2-5). Lc destaca que en Jesucristo esto se ha cumplido: “se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén” (47).

• La misión de los discípulos, pues, empieza en Jerusalén (47). Por el don de la fe recibido son constituidos “testigos” (48) de las palabras y acción de Jesús –ahora los han entendido (Lc 24,31 -32; 24,45)–. Y, con su misión a “todos los pueblos”, se pondrán en continuidad con lo que las Escrituras anunciaban, actualizarán una y otra vez que Dios, en Jesucristo, ha dado “el perdón de los pecados” (47).

• Jesús resucitado, como siempre había hecho antes, infunde “la paz” (36) y la “alegría” (41) a quienes le acogen.

Comentario al evangelio – 12 de abril

Nos da el Espíritu sin medida

El ambiente luminoso y alegre de la Pascua no puede ocultar las sombras que, pese a todo, siguen existiendo en nuestro mundo. Lo vemos con claridad en el texto de los Hechos, en el que el valiente testimonio de los Apóstoles encuentra la fuerte oposición y las amenazas de muerte por parte de los poderosos de turno. Ya lo había predicho Jesús: “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20). La experiencia de la Pascua incluye en sí la experiencia de la Pasión del Señor. Pero hay un diferencia. Ahora el valor del testimonio sustituye al temor anterior. Las palabras de Jesús, repetidas tras la Resurrección, “no temáis” han surtido efecto (es la acción del Espíritu), y el valor engendra la libertad frente a los poderes que tratan de acallar la Palabra y el testimonio: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

El valor y la libertad son signos y expresión de la nueva vida del Resucitado que opera en los creyentes. También hoy, de formas a veces brutales, a veces sutiles, se trata de acallar la Palabra y el testimonio (por ejemplo, tratando de recluir la fe al ámbito de lo privado y subjetivo, sin posibilidad de expresión pública). Ahí podemos preguntarnos por la calidad de nuestra fe, por nuestro valor para testimoniar que Cristo ha resucitado, para decir que debemos obedecer a Dios (a su Palabra, a su Evangelio) antes que a los hombres (las modas, las ideologías, lo políticamente correcto).

El Dios que tanto amó al mundo derrama con generosidad, sin medida, el Espíritu Santo, que no es sino al amor del Padre al Hijo. Y lo derrama con abundancia para que en esta tierra (símbolo aquí de una existencia cerrada al amor, alejada de Dios) se haga presente el cielo (= Dios Padre), el que viene del cielo (= el Hijo), para que los que lo acogen con fe puedan ya, desde ahora, disfrutar de esa vida eterna en que consiste el Amor del Padre al Hijo, la vida del Espíritu.

José M. Vegas cmf