Creer en el triunfo de Cristo

HAY QUE RECTIFICAR. – «Israelitas, ¿de qué os admiráis?» (Hch 3, 12). Había un motivo más que suficiente para llenarnos de admiración ante el prodigio que narra esta perícopa. Aquel hombre llevaba años y años inválido, como pobre mendigo que pedía en una de las entradas del Templo, postrado en la puerta Hermosa. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable para todos. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él, por su propio poder, el que ha curado a aquel enfermo. Quiere dejar constancia de que en realidad el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo que ellos habían entregado a Pilato y le habían acusado hasta conseguir la pena de crucifixión para él.

San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. «Matasteis al autor de la vida, -les dice-, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos». Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostraba con la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo hombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres.

La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa, a favor de los judíos, de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de él y le crucificaban. De esa forma Dios cumplió las profecías de los antiguos profetas, que habían predicho la pasión y muerte de Jesucristo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre.

Después de esta justificación para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados.

2.- RENACER A LA ESPERANZA. – Los acontecimientos post-pascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza. Tan inaudito y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente. «Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros». Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Lo habían visto colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella mirada luminosa y penetrante que acariciada y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha.

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. «Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo». Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no terminaban de convencerse, «no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos». Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño… El Señor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: «¿Tenéis algo que comer? -les pregunta-. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos». Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén». A partir de entonces la luz de la Pascua comenzó, en efecto, a extenderse hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza.

Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna.

Antonio García-Moreno