Pan partido para un mundo nuevo

«Yo soy el pan de vida… Quien como mi carne y bebe mi sangre…». El discurso de Jesús que sigue al relato de la multiplicación de los panes, en Juan 6, remite inevitablemente a la última cena y a la eucaristía, aun cuando la exégesis señale diferentes momentos más o menos marcados por esta referencia.

«Les dio un pan venido del cielo». Este versículo del salmo 89 está en el centro mismo del discurso. Nos hallamos en el desierto, y la reflexión se remite espontáneamente al maná y al Éxodo. Jesús ha multiplicado el pan para la muchedumbre, y algunos se equivocan en torno al sentido de este signo; hay que elevar el tono del debate. Jesús no es un hacedor de milagros; no da el pan a los hombres sin que éstos tengan que «colaborar en las obras de Dios». La fe es el lugar del encuentro. Pero ¿quién es exactamente este Jesús? ¿El profeta? ¿El Rey? Toda interpretación excesivamente fácil es peligrosa; es preciso superar laboriosamente las etapas de la fe. Jesús, que se revela en la noche contra viento y marea, llama al hombre a comprometerse en su seguimiento. Por otra parte, el acontecimiento se sitúa poco antes de la Pascua, con lo cual se nos remite a la gran Pascua, donde la realeza del Hijo del Hombre será revelada a través del don que hará de sí mismo hasta la muerte.

¡La muerte y la vida! «Vuestros padres comieron del maná en el desierto y murieron». ¿De qué serviría multiplicar el pan si no fuera pan de vida eterna? ¿Cómo vamos a tener siempre al alcance de la mano a un hombre que nos dé el alimento de la inmortalidad? ¡Pues lo tenemos! Pero el encontrarnos con él supone la fe y el sacramento.

Primero la fe. Jesús es el pan de vida. «Quien permanece en mí, permanece en Dios». Se trata de permanecer en él, no de frecuentarlo cuando la necesidad se hace sentir. Permanecer como los primeros discípulos, es decir, creer en él y seguir sus pasos en los suyos. La vida está en movimiento, en éxodo, en camino: siempre hay que ir más lejos, y hay que atravesar la muerte para alcanzar las orillas de la vida. ¿Arriesgar? Es verdad que el riesgo es grande: aparentemente, ¡Jesús no es más que el hijo de José! ¿Cómo podría conocer el camino?

Pero la fe transfigura las apariencias. Jesús reivindica su condición de Hijo del Padre, mayor que el propio Moisés. No sólo da un pan mejor que el maná, sino que él es ese Pan venido del cielo, el don del Padre. ¿Y cómo lo prueba? Ahí reside la tragedia del cuarto evangelio… ¡No hay más prueba sino que «nadie viene al Hijo si el Padre no le atrae!». La fe es remitida a su verdadero lugar: el corazón. Permanecer es acceder a un tipo de vida distinto que permite descubrir lo que estaba oculto, el misterio. Claro está que Jesús propone signos, comenzando por el de la multiplicación de los panes, pero ¿qué es un signo si falta la convivencia de quien tiene que descifrarlo? El discurso sobre el Pan de vida es, ante todo, una exposición casi exorbitante de la originalidad de la fe.

El alimento de vida eterna supone, pues, la fe. Pero la fe se expresa en el sacramento. ¡Hay que «comer» —en el sentido más radical— «la carne del Hijo del Hombre» y beber su sangre! «El pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo»: las palabras de la última cena resuenan aquí como un eco. Pero ¿en qué consiste ese sacramento inaugurado en la última comida de Cristo?

¡Qué lejos estamos de la distribución gratuita de un alimento de inmortalidad! ¡No basta, verdaderamente, con tender la mano —o la lengua— para ser salvado! Jesús ha entregado su carne y su sangre, se ha entregado todo él… Comerlo, como lo hace la fe, es seguirle hasta ahí: hacerse uno con su carne entregada y su sangre derramada. Acceder a la resurrección es aceptar el mismo camino que el de la Pascua. Si a los judíos les costó tanto creer que hay que «comer la carne de ese hombre», no es porque les repugnase un acto tan extraño, sino, más bien, porque percibían implícitamente que esta invitación pone a Cristo en el centro de todo: ¿con qué derecho pretende él ser el Camino y la Vida, siendo así que al poco tiempo va a ser crucificado? Por lo demás, algunos discípulos van a comenzar a murmurar contra él por el mismo motivo: «¡Duras palabras son ésas! ¿Quién puede hacerle caso?». Sí, la palabra sacramental es dura ¡tan dura como el camino de la cruz! Pero no hay otra que pueda salvar al hombre y «resucitarlo»… ¿A quién iremos, Señor?

En la tradición evangélica, el relato de la multiplicación de los panes se inserta en un conjunto que culmina en el reconocimiento de Cristo por Pedro y por la Iglesia. También aquí va el apóstol a proclamar su fe: «Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Pero la fe nunca será reposo absoluto. ¡Tampoco lo es en el sacramento! No se puede comer la carne del Hijo del Hombre sin sentarse con él a la mesa de la Cena y de la Pasión. De lo contrario, la vida no podrá surgir de la muerte, como tampoco fue posible la resurrección más que a través de la prueba del calvario. Por eso la misa es un «sacrificio». El pan partido para un mundo nuevo supera absolutamente todos los esfuerzos humanos por compartir mejor el pan: es el sacramento de la muerte necesaria para que florezca la vida. Y, en el Evangelio, el relato de la multiplicación de los panes es algo completamente distinto de una llamada a la generosidad, que siempre resulta decepcionante si no se inserta en la fe en Jesús, Pan de vida para quienes le siguen hasta el final.