Viernes III de Pascua

Hoy es 20 de abril, viernes de la III semana de Pascua.

La alegría de los que seguimos el evangelio se traduce en una vida transformada. El misterio de la Pascua cambio a los primeros amigos y amigas de Jesús. Y hoy nos cambia a nosotros. Con este deseo de transformación personal, me acerco al Señor en estos minutos, con el único sentido de que él sea el centro de mi oración. Dedico unos momentos a hacer presente a Jesús mientras me dispongo a escuchar su palabra.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 52-59):

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Los primeros cristianos vivirán la presencia íntima del maestro, de Jesús resucitado, especialmente al repetir el gesto que él mismo les había mandado repetir. El camino de la felicidad plena, pasa por Jesús. Ahora retomo la oración de los primeros cristianos, que seamos aquello que comamos.

Porque no puedo superar las dificultades en el camino de la vida sino es con su ayuda, porque sé que yo no lo puedo todo y porque quiero abrirme a los regalos que la naturaleza, la existencia y la vida de Dios me da. Deseo recibir el alimento de Dios.

Es un buen momento para preguntarme hasta qué punto, yo soy alimento para los demás. Dios me da fuerzas no para ser invencible, sino para poner mi vida al servicio de los demás y que se transforme en eucaristía, en acción de gracias viva y real.

Con el deseo que Dios transforme mi vida a la luz de su palabra, me dispongo a volver a leer la lectura, dejando que mi corazón se vea tocado por su amor.

No hay prueba mayor de amor que aquel que da la vida por los que quiere. Dios quiere a la humanidad y nos sigue bendiciendo con su presencia. Esta relación se construye a base de diálogo. Comento con el Señor el deseo que tengo de ser pan de vida para los demás. Así como él lo ha sido para conmigo. Me dejo transformar por este amor inmerecido pero radical. Y le respondo con la máxima radicalidad de la que soy capaz.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Liturgia 20 de abril

VIERNES DE LA III SEMANA DE PASCUA, feria

Misa de la feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias, Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 9, 1-20. Ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los pueblos.
  • Salmo 116. Id al mundo entero y proclamad el evangelio.
  • Jn 6, 52-59. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

Antífona de entrada           Ap 5, 12
Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. Aleluya.

Oración colecta
DIOS todopoderoso,

concédenos, a los que hemos conocido ya
la gracia de la resurrección del Señor,
resucitar a la vida nueva
por el amor del Espíritu.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
TE pedimos, Señor,

que, en tu bondad, santifiques estos dones,
aceptes la ofrenda de este sacrificio espiritual
y nos transformes en oblación perenne.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión
El Crucificado resucitó de entre los muertos y nos redimió. Aleluya.

Oración después de la comunión
SEÑOR, después de recibir el don sagrado del sacramento,

te pedimos humildemente
que nos haga crecer en el amor
lo que tu Hijo nos mandó realizar
en memoria suya.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Santa Inés de Montepulciano

SANTA INÉS DE MONTEPULCIANO

(† 1317)

 

La santidad nunca es, en la Iglesia, un fenómeno aislado. Su vitalidad es regida por la ley de una ósmosis misteriosa, pero infaliblemente cierta.

 Los santos nunca aparecen como hechos solitarios en el curso de la Historia. Otra santidad, otras santidades anteriores, habrán contribuido en tensar su voluntad y en sobrenaturalizar su vida. Y a la vez será inevitable su influencia elevadora para otras almas que les seguirán.

 Debe ser necesariamente así, habida cuenta de la constitución íntima del organismo sobrenatural de la Iglesia. Es un «cuerpo» social con una vida. Y la vida tiene manifestaciones múltiples, variadísimas en sus miembros, según su misión personal y la coyuntura histórica en que debe desarrollarse. Hay una influencia interna, oculta: la de la vitalidad interior de todos los cristianos entre sí, en la unidad del Cristo místico, trascendiendo las fronteras del espacio y del tiempo.

 Mas hay también una influencia más palpable. Por afinidad de vocación, de talante espiritual, por cercanía, aun accidental en apariencia, la santidad concreta de un alma puede tener un influjo evidente en la santidad bien concreta de otras almas contemporáneas o posteriores. Es la clave de la floración de las familias religiosas cuando viven en el fervor de la observancia.

 Los santos, se ha dicho, aparecen en la historia de la Iglesia en racimo. Junto a un santo puede buscarse, sin miedo a la decepción, a otro u otros santos. En el firmamento de la santidad no hay astros errantes; hay constelaciones de santos.

 Santa Inés de Montepulciano aparece también en una constelación. Entre las monjas del «saco», primero, luego en su vocación a la Orden dominicana, que lleva el sello de lo sobrenatural. La Orden de Santo Domingo fue el árbol en el que su injerto prendió fecunda, esplendorosamente. Y en torno a ella, sobre el fondo de fervor y de fama de virtud del monasterio de Montepulciano, fulguran Santa Catalina de Siena y el Beato Raimundo de Capua, biógrafo de ambas, y buena parte de la escuela de caterinati.Sus vidas llenan de luz casi todo el siglo XIV, tan pródigo, por otra parte, en claroscuros morales.

 Por la influencia en los demás nos es dado medir, con criterio de hombres, la santidad de personas no conocidas personalmente por nosotros. Fijamos más atentamente nuestros ojos en Santa Catalina de Siena cuando oímos decir a nuestra Santa Teresa que, «después de Dios, debía a la Santa Catalina muy singularmente la dirección y progreso de su alma en el camino del cielo», o al Padre Granada afirmar que «puedo confesar que, después del inefable misterio de la Encarnación, nada he leído que me haya ofrecido prueba mayor de la bondad y caridad divinas como los hechos de esta virgen y los singulares privilegios que Dios le concedió».

 A la vez, volvemos la mirada a Santa Inés de Montepulciano, la considerarnos con mayor atención y cariño cuando descubrimos la parte importantísima que ocupa en la vida y en la santidad personal de la gran Santa de Siena y la devota admiración que por ella manifiesta el ponderado y prudente director de la misma, el Beato Raimundo de Capua.

 ¡Biógrafos excepcionales los de la dominica Santa Inés! Excepcionales testigos del ambiente de santidad y del halo divino que en la historia de la Iglesia en el siglo XIV y siglos posteriores circunda la figura humanamente sencilla de esta hija de los Segni, acomodados propietarios de Graciano en el término de Montepulciano.

 Nació, según los cálculos más probables, en 1274.

 La trama de los acontecimientos exteriores de sus cuarenta y tres años terrenos es simplicísima. Sobre ella se urde el doble prodigio de su virtud heroica y de los asombrosos dones extraordinarios de Dios. Santa Catalina habla principalmente del primero. Raimundo de Capua pone especialmente de relieve el segundo.

 A los nueve años Inés consigue de los suyos el permiso para vestir el escapulario de «saco» de las monjas de un convento de Montepulciano, llamadas justamente «del saco». Seis años más tarde, con su maestra en la vida conventual, llamada Margarita, fundan un monasterio en Proceno, junto a Orvieto, a 22 millas de Montepulciano, Al poco de la fundación la madurez de sus quince años mueven al obispo del que dependía el monasterio a ponerla en él como abadesa. Sabemos de un viaje de la Santa a Roma, durante los dieciséis años que gobernó el monasterio de Proceno, para poner, por medio de los privilegios de la Sede Apostólica, a salvo de ambiciones y de usurpaciones el monasterio que acababan de fundar, y de otro, brevísimo por motivos de caridad, que Dios bendijo con un milagro en Acquapendente.

 Los familiares y amigos de Montepulciano apremian en el ánimo de Inés para que funde un monasterio que irradie en la comarca de Montepulciano la transformación espiritual en los jóvenes y en el pueblo, que ha promovido el de Proceno. Se lanzó a ello cuando se hubo convencido de que aquélla era la voluntad de Dios.

 Hacía sus treinta y un años y, buscando una regla de santidad para el monasterio que iba a suplantar en la cumbre del Poliziano (de aquí el nombre de Montepulciano de la ciudad) a las casas de mal vivir que la poblaban, viene la llamada divina, a seguir las huellas y el magisterio de Santo Domingo.

 «La sierva de Jesucristo —cuenta el Beato Raimundo— veía durante la oración, a sus pies, un ancho mar, y en él se le ofrecían tres grandes y hermosas naves, gobernadas por tres patronos, columnas de la Iglesia: San Agustín, Santo Domingo y San Francisco. Los tres la invitaban a subir en su propia nave, singularmente el último, por ser el hábito casi idéntico a las hermanas de su Orden. Santo Domingo, por fin; resolvió la piadosa contienda, extendiendo la mano y trayéndola a la nave que gobernaba, mientras decía a los otros dos: Subirá a mi nave, pues así lo ha dispuesto Dios».

 Levanta, con el apoyo de sus conciudadanos y familiares, el monasterio, que pone bajo la tutela espiritual de los padres dominicos.

 Con el propósito de fortalecer la quebrantada salud de Inés, sus hijas la fuerzan a acudir a unos baños termales de la cercanía. No mucho después retorna al monasterio para entregar su alma a Dios, en el año de 1317.

 Raimundo de Capua nos habla, como de paso, de la humildad de Inés, desde que a los nueve años entró en el convento de Montepulciano, de su dulzura, de su obediencia y de su espíritu de oración. Al referir prolijamente los portentos con que Dios la favorecía y a través de ella favorecía a las demás, cree ponderar suficientemente la santidad de una vida a la que el cielo pone el aval inconfundible del milagro.

 Santa Catalina, nacida treinta años después de la muerte de Santa Inés, nos ofrece una visión más entrañable de su vida santa. Desde su infancia, en el ánimo de la Santa de Siena había ejercido una saludable influencia y había tenido una irresistible seducción la santidad de la abadesa de Montepulciano. La conocía bien a través de los dominicos de Siena, sus confesores, y especialmente del Beato Raimundo, que durante los años de su estancia en Montepulciano, para la atención espiritual del monasterio, había tratado con religiosas, compañeras durante muchos años de Santa Inés, y había escrito su vida con los recuerdos de éstas y el testimonio de otras muchas personas fidedignas.

 Catalina deseó durante mucho tiempo venerar el cuerpo incorrupto y taumatúrgico de Inés. Realizó sus deseos por primera vez en el otoño, de 1374. Los prodigios se sucedieron en esta y en las siguientes visitas, que a veces se prolongaron bastante tiempo.

 En Montepulciano se desvanece todo rastro de recelo en el ánimo de Raimundo acerca de la santidad de su dirigida Catalina.

Esta, en el Diálogo, pondera la verdadera humildad, la firme esperanza con que sirvió a Dios desde niña. «Con fe viva —dice—, y por mandato de María, ella, pobre y sin ningún bien temporal, se dispuso a levantar el monasterio…» Tenía fe en la Providencia, y la Providencia cuidó de ella por medios verdaderamente extraordinarios en muchas ocasiones,

Puede ser feliz coincidencia; es lícito, sin embargo, pensar en una influencia directa de la visión de las tres naves arriba mencionada, en las ideas y lenguaje del Diálogo. en el libro último sobre la obediencia. Las diversas Ordenes religiosas son otras tantas naves cuyo Patrón, el Espíritu Santo, se sirve de los fundadores para disponerlas con orden perfecto… Santo Domingo y San Francisco, columnas de la Santa Iglesia… Los religiosos que entran en sus naves encuentran en ellas cuanto necesitan para su salvación y santificación.

En una de sus visiones Dios da a entender a Catalina que en el cielo tiene un trono reservado junto a la Santa de Montepulciano.

Disponemos de una carta de Catalina a sor Cristófora, priora de aquel monasterio. En su brevedad, en lo palpitante y cálido de su lenguaje, en lo persuasivo de sus apremios, es una semblanza acabada de la Santa Fundadora, cuyo espíritu se siente aletear todavía. Es el espíritu que embelesa de devota admiración y afecto entrañable el alma de Catalina, el espíritu que ésta quiere ver prolongado en todas sus hijas de Montepulciano.

«Carísima hija en Cristo, dulce Jesús. Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, te escribo en su preciosa Sangre; con deseo de verte a ti y a las demás seguir las huellas de nuestra gloriosa madre Inés. A este propósito os suplico y quiero que sigáis su doctrina e imitéis su vida. Sabed que siempre os dio doctrina y ejemplo de verdadera humildad, ésta fue en ella la principal virtud. No me maravillo de esto, pues tuvo lo que debe tener la esposa que quiere seguir la humildad de su esposo. Tuvo ella aquella caridad increada que ardía constantemente en su corazón y lo consumía. Hambreaba almas y se daba a ellas. Sin interrupción vigilaba y oraba. De otra suerte no habría poseído la humildad, ya que no existe ésta sin la caridad: una alimenta a la otra.

¿Sabéis qué fue lo que la hizo llegar a la perfección de una virtud verdadera? El haberse depojado libre y voluntariamente, renunciando a sí misma y al mundo, sin querer poseer de él nada. Bien se percató aquella gloriosa virgen que el poseer bienes terrenos lleva al hombre a la soberbia; por su causa pierde la virtud escondida de la verdadera humildad, cae en el amor propio, desfallece el afecto de su caridad; pierde la vigilia y la oración. Porque el corazón y el afecto llenos de cosas terrenas y del amor propio de sí mismo, no pueden llenarse de Cristo crucificado ni gustar de la dulzura de verdadera oración. Por lo cual precavida la dulce Inés, se despoja de sí misma y se viste de Cristo crucificado. No sólo ella, sino que esto mismo nos llega a nosotros, a ello os obliga y vosotras debéis cumplirlo.

Tened en cuenta que vosotras, esposas consagradas a Cristo, nada debéis retener de vuestro padre terreno, pues lo abandonasteis para ir con vuestro Esposo, sino sólo tener y poseer los bienes del Esposo eterno. Lo que pertenece a vuestro padre es la propia sensualidad que debemos abandonar, llegado el tiempo de la discreción y de seguir al Esposo y poseer su tesoro. ¿Cuál fue el tesoro de Jesucristo crucificado? La cruz, oprobio, pena, tormento, heridas, escarnios e improperios, pobreza voluntaria, hambre de la honra del Padre y de nuestra salvación. Digo que, si vosotras poseéis este tesoro con la fuerza de la razón, movida por el fuego de la caridad, llegaréis a las virtudes que hemos dicho.

Seréis verdaderas hijas de la madre, y esposas solícitas y no negligentes; mereceréis ser recibidas por Cristo crucificado: por su gracia os abrirá la puerta de vida imperecedera.

No os digo más. Anegaos en la Sangre de Cristo crucificado. Levantad vuestro espíritu con solicitud verdadera y unión entre vosotras. Si permanecéis unidas, y no divididas, no habrá ni demonio ni criatura alguna que pueda dañaros ni impedir vuestra perfección. Permaneced en el santo y dulce amor de Dios. Jesús dulce, Jesús amor.»

Los diez capítulos de la Legenda del Beato Raimundo añaden a esta visión que de una Santa da otra Santa el aspecto realmente asombroso de los prodigios externos que acompañaron y siguieron la vida terrena de Santa Inés. A la santidad íntima de su alma se une la aureola de milagros innumerables y de gracias sobrenaturales. Algunas de ellas, la del maná que solía cubrir su manto al salir de la oración, que cubrió el interior de la catedral el día de su profesión religiosa y la parte de los baños termales después de usarlos la Santa y cayó sobre Santa Catalina cuando estaba orando junto a su cuerpo incorrupto, ha merecido un puesto de honor entre los favores sobrenaturales en la historia de la mística.

En el prólogo de su Legenda, confiesa el Beato Raimundo que se ve obligado a escribirla, sobrecogido por la luz radiante que aun después de medio siglo de la muerte de la Santa Fundadora le ha deslumbrado en Montepulciano. Ante la magnitud de las gracias y favores extraordinarios de la vida que se dispone a escribir previene la posible duda en el ánimo del lector. «Todo lo que voy a escribir lo he recogido de labios de los que lo vieron u oyeron, perfecto y fielmente referido, o lo he encontrado escrito por manos de los notarios imperiales o de religiosos observantes, comprobado con la firma de testigos. De entre los que oyeron o vieron estos admirables hechos me los refirieron principalmente cuatro religiosas que viven todavía, que trataron con ella desde los principios de su juventud y recibieron sus enseñanzas en la vida religiosa».

Con razón puede considerársela, junto a Santa Catalina de Siena, como una de las místicas más portentosas de su Orden y de su época.

La vida escrita por Raimundo de Capua extendió su fama de santidad y popularizó su culto de un modo extraordinario.

Clemente VII, en 1532, permite su culto solemne y público en la iglesia del monasterio de Montepulciano, y en 1601 Clemente VIII extiende el oficio de la Santa a toda la Orden dominicana. Conocida en todas partes, llegó el culto de Santa Inés de Montepulciano hasta el nuevo mundo: en Cuzco, Los Angeles, Santa Fe, se erigieron monumentos que llevaron su nombre.

ANGEL MORTA FIGULS

Laudes – Viernes III de Pascua

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Himno: TU CUERPO ES LAZO DE AMORES

Tu cuerpo es lazo de amores,
de Dios y el hombre atadura;
amor que a tu cuerpo acude
como tu cuerpo perdura.

Tu cuerpo, surco de penas,
hoy es de luz y rocío;
que lo vean los que lloran
con ojos enrojecidos.

Tu cuerpo espiritual
es la Iglesia congregada;
tan fuerte como tu cruz,
tan bella como tu Pascua.

Tu cuerpo sacramental
es de tu carne y tu sangre,
y la Iglesia, que es tu Esposa,
se acerca para abrazarte. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado. Aleluya.

Salmo 50 – CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado. Aleluya.

Ant 2. Cristo, cargado con nuestros pecados, subió al leño. Aleluya.

Cántico: LAMENTACIÓN DEL PUEBLO EN TIEMPO DE HAMBRE Y DE GUERRA – Jr 14,17-21

Mis ojos se deshacen en lágrimas,
día y noche no cesan:
por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.

Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿tiene asco tu garganta de Sión?
¿Por que nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.

Señor, reconocemos nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.

No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo, cargado con nuestros pecados, subió al leño. Aleluya.

Ant 3. Entrad en la presencia del Señor con aclamaciones. Aleluya.

Salmo 99 – ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Entrad en la presencia del Señor con aclamaciones. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hch 5, 30-32

El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión, el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.
R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.

V. El que por nosotros colgó del madero.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre,y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Aleluya.

PRECES

Dirijamos nuestra oración a Dios Padre, que por la resurrección de Jesucristo nos ha dado vida nueva, y digámosle:

Ilumínanos, Señor, con la claridad de Jesucristo.

Señor, Padre clementísimo, tú que nos has revelado tu plan de salvación, proyectado desde antes de la creación del mundo y eres fiel en todas tus promesas,
escucha con amor nuestras plegarias.

Purifícanos con tu verdad y encamina nuestros pasos por las sendas de la santidad,
para que hagamos siempre el bien según tu agrado.

Haz resplandecer tu rostro sobre nosotros,
para que, libres de todo mal, nos saciemos con los bienes de tu casa.

Tú que por Cristo nos reconciliaste contigo,
danos la paz a nosotros y a todos los hombres del mundo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Porque deseamos que la luz de Cristo ilumine a todos los hombres, pidamos al Padre que su reino llegue a nosotros:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, ya que nos has dado a conocer los dones que nos trae la resurrección de tu Hijo, concédenos también que el Espíritu Santo, el Amor increado, nos haga resucitar a una nueva vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – Viernes III de Pascua

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ¿QUÉ HAS VISTO DE CAMINO?

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37 I – LAMENTACIÓN Y PLEGARIA DE UN FIEL DESOLADO

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;
cuando me visto de saco, se ríen de mí;
sentados a la puerta murmuran,
mientras beben vino me cantan burlas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Ant 2. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Salmo 68, 2-22. 30-37 II

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,
por tu gran compasión vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Ant 3. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Aleluya.

Salmo 68, 2-22. 30-37 III

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Aleluya.

V. En tu resurrección, oh Cristo. Aleluya.
R. El cielo y la tierra se alegran. Aleluya.

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los apóstoles 10, 34-11, 4. 18

VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE CORNELIO

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Ahora veo con toda claridad que Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y obra rectamente, sea de la nación que sea. Dios envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo: Jesús es el Señor de todos. Vosotros sabéis lo acaecido en toda Judea: cómo Jesús de Nazaret empezó su actividad por Galilea después del bautismo predicado por Juan; cómo Dios lo ungió con poder del Espíritu Santo; cómo pasó haciendo el bien y devolviendo la salud a todos los que estaban esclavizados por el demonio, porque Dios estaba con él.

Y nosotros somos testigos de cuanto llevó a cabo en la tierra de los judíos y en Jerusalén, y de cómo le dieron muerte colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese no a todo el pueblo, sino a nosotros, que somos los testigos elegidos de antemano por Dios. Nosotros hemos comido y bebido con él, después que Dios lo resucitó de entre los muertos. Y él nos mandó predicar al pueblo y atestiguar que ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos. De él hablan todos los profetas y aseguran que cuantos tengan fe en él recibirán por su nombre el perdón de sus pecados.»

Todavía estaba Pedro hablando estas cosas, cuando descendió el Espíritu Santo sobre todos cuantos estaban escuchando su discurso. Los discípulos de origen judío que habían venido con Pedro no salían de su asombro, al ver que el don del Espíritu Santo se derramaba también sobre los paganos, pues les oían hablar en varias lenguas, glorificando a Dios. Tomó entonces Pedro la palabra y dijo:

«¿Se puede negar el agua del bautismo a estos hombres, una vez que han recibido el Espíritu Santo lo mismo que nosotros?»

Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Luego le rogaron que se quedase allí por algunos días.

Los apóstoles y los hermanos que había en Judea se enteraron de que también los paganos habían recibido la palabra de Dios. Y, cuando Pedro subió a Jerusalén, los convertidos del judaismo discutían con él y le reprochaban el que hubiese entrado en casa de hombres incircuncisos y hubiese comido con ellos. Pedro, entonces, comenzó a exponerles punto por punto lo sucedido. Ante estas palabras se tranquilizaron y glorificaron a Dios, diciendo:

«Así, pues, Dios ha concedido también a los demás pueblos la conversión que conduce a la vida.»

RESPONSORIO    Cf. Hch 10, 44. 45; 15, 8

R. Descendió el Espíritu Santo sobre todos cuantos estaban escuchando el discurso. * El don del Espíritu Santo se derramó también sobre los paganos. Aleluya.
V. Dios, que conoce los corazones, se ha declarado en favor de ellos, al darles el Espíritu Santo.
R. El don del Espíritu Santo se derramó también sobre los paganos. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Efrén, diácono
(Sermón sobre nuestro Señor, 3-4. 9: Opera, edición Lamy, 1, 152-158. 166-168)

LA CRUZ DE CRISTO, SALVACIÓN DEL GÉNERO HUMANO

Nuestro Señor, pisoteado por la muerte, la holló luego en desquite, como quien pisa con sus pies el polvo del camino. Se sometió a la muerte y la aceptó voluntariamente, para vencer así la resistencia de la muerte. Salió nuestro Señor llevando la cruz, sometiéndose a las exigencias de la muerte; pero luego clamó en la cruz y sacó a los muertos de la región de las sombras, contra la voluntad de la muerte.

La muerte sometió al Señor a través del cuerpo humano que él tenía; pero él, valiéndose de esta misma arma, venció a su vez a la muerte. La divinidad, oculta tras el velo de la humanidad, pudo acercarse a la muerte, la cual, al matar, fue muerta ella misma. La muerte destruyó la vida natural, pero fue luego destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.

Como la muerte no podía devorar al Señor si éste no hubiese tenido un cuerpo, ni la región de los muertos hubiese podido tragarlo si no hubiese tenido carne humana, por eso vino al seno de la Virgen, para tomar ahí el vehículo que había de transportarlo a la región de los muertos. Allí penetró con el cuerpo que había asumido, arrebató sus riquezas y se apoderó de sus tesoros.

Llegóse a Eva, la madre de todos los vivientes. Ella es la viña cuya cerca había abierto la muerte, valiéndose de las propias manos de Eva, para gustar sus frutos; desde entonces Eva, la madre de todos los vivientes, se convirtió en causa de muerte para todos los vivientes.

Floreció luego María, nueva viña en sustitución de la antigua, y en ella habitó Cristo, la nueva vida, para que al acercarse confiadamente la muerte, en su continua costumbre de devorar, encontrara escondida allí, en un fruto mortal, a la vida, destructora de la muerte. Y la muerte, habiendo engullido dicho fruto sin ningún temor, liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.

El eximio hijo del carpintero, al levantar su cruz sobre las moradas de la muerte, que todo lo engullían, trasladó al género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, alcanzó la mansión de la vida por otro árbol, el de la cruz. Y, así, en el mismo árbol que contenía el fruto amargo fue aplicado un injerto dulce, para que reconozcamos el poder de aquel a quien ninguna creatura puede resistir.

A ti sea la gloria, que colocaste tu cruz como un puente sobre la muerte, para que, a través de él pasasen las almas desde la región de los muertos a la región de la vida.

A ti sea la gloria, que te revestiste de un cuerpo humano y mortal, y lo convertiste en fuente de vida para todos los mortales.

Tú vives, ciertamente; pues los que te dieron muerte hicieron con tu vida como los agricultores, esto es, la sembraron bajo tierra como el trigo, para que luego volviera a surgir de ella acompañada de otros muchos.

Venid, ofrezcamos el sacrificio grande y universal de nuestro amor, tributemos cánticos y oraciones sin medida al que ofreció su cruz como sacrificio a Dios, para enriquecernos con ella a todos nosotros.

RESPONSORIO    1Co 15, 55-56. 57; 2Co 4, 13. 14

R. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado. * ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Aleluya.
V. Impulsados por el poder de la fe, creemos que aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús.
R. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Aleluya.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor, ya que nos has dado a conocer los dones que nos trae la resurrección de tu Hijo, concédenos también que el Espíritu Santo, el Amor increado, nos haga resucitar a una nueva vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.