Domingo IV de Pascua

Palabra

La Pascua está constituida por el paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz.

El paso lo realiza Dios al resucitar a Jesús de entre los muertos, haciendo de Jesús la piedra angular del nuevo Pueblo de Dios. El desechado y despreciado es el Salvador (primera lectura).

Experimentamos el paso nosotros mismos, al recibir el Espíritu Santo, que nos libera del temor y nos hace entrar en el conocimiento íntimo de Dios, que nos permite llamar Padre a Dios y sentirnos hijos, que infunde en nosotros la certeza indefectible del amor de Dios y la esperanza de verle un día cara a cara (segunda lectura).

El paso lo ha vivido Jesús como vocación y destino de amor eterno. Vino a entregar su vida, y a entregarla libremente. Quiso amarnos hasta la muerte. Es su amor el que también a nosotros nos hace pasar de la muerte a la vida (Evangelio).

Reflexión

La Eucaristía, en cuanto acto social y religioso del Pueblo de Dios, refleja la realidad ambivalente de la Iglesia respecto a la autoridad y sus funciones. Por un lado, todo se concreta en los varones célibes, los clérigos, con una concepción patriarcal y jerárquica, que no manifiesta precisamente el espíritu de servicio, minoridad y fraternidad que Jesús inculcó a los suyos. Por otra parte, a la luz de la fe y de lo que se dice verbalmente, el centro de la celebración es Jesús, el Señor, única autoridad.

En la Eucaristía se realiza cumplidamente cómo Jesús ejerce su autoridad en la Iglesia: como Buen Pastor que entrega su vida por sus ovejas. No se afirma en poder; se da en alimento y bebida. No se distancia para proteger su autoridad, como hacemos los clérigos (sacralizamos nuestra autoridad reforzando nuestro rol de salvadores y mediadores, disponiendo de poderes espirituales exclusivos, teniendo la última palabra sobre las conciencias…), sino que nos da su espíritu, estableciendo una relación íntima de amor: «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15).

La madurez de la fe no está en hacer de la autoridad en la Iglesia algo intocable, justificado por el poder específico que tienen los. sacerdotes en la Eucaristía, sino en actualizar, unos y otros, las actitudes de Jesús, «que no se apropió su dignidad divina; por el contrario, se rebajó» (cf. Flp 2).

Vida

Cuaresma y Pascua nos enseñan el axioma cristiano: sólo da vida el que la entrega libremente.

Porque hay entregas que sólo son necesidades ocultas de posesión del otro, o una trampa para evitar conflictos, o expresión de un voluntarismo perfeccionista, que confunde el amor con la ascética del autosacrificio.

Pero hay libertades, igualmente, que se constituyen en barreras para no entregarse, cuando se confunde la libertad con la autoafirmación, o con el miedo inconsciente a perder el yo, o con la reserva, queriendo nadar y guardar la ropa, simultáneamente.

No pienses en un acto especial de entrega sino en la dinámica de lo cotidiano. Aprende a no calcular el amor, a no quedarte en tus derechos, a no comparar lo que tú haces y los demás dejan de hacer, a olvidar tus necesidades para salir al paso de las ajenas, a dejar que otros te desbaraten tus planes, a improvisar cada mañana el amor, aunque te levantes cansado…

Está claro que la vida surge de esa autodonación. Pero no pienses mucho en los frutos de tu entrega. ¿Te parece poco poder amar al estilo de Jesús?

Javier Garrido