Jesús, un hombre libre

El evangelio de este domingo ha dejado una impronta indeleble en la imaginación de la comunidad cristiana. La representación de Jesús como el buen pastor es una de las más antiguas del arte cristiano.

Un conocimiento mutuo

Como siempre Jesús en esta parábola parte de la vida cotidiana. Sus oyentes tienen familiaridad con el mundo rural, conocen por experiencia cercana el lazo que une al pastor con sus ovejas. El pastor conoce a sus ovejas, las llama incluso por su nombre. Conocer en la Biblia significa amar. El pastor ama a sus ovejas y éstas lo aman a él. La expresión usada en Jn 10, 14 es casi la de la alianza: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». Un amor mutuo une al Señor con su pueblo; amor, no temor. El modelo de esta unión es la relación que como Hijo tiene con el Padre, la profundidad de ese lazo hace que el Señor entregue su vida por los que ama.

Muy distinta es la conducta del asalariado. Está con las ovejas por interés, no por una motivación de amor. Por ello ante el peligro huye, «no le importan las ovejas» (v. 13). El salario puede ser dinero, honores, sentirse el centró de un pequeño mundo. Hay quienes sólo fingiéndose pastores pueden alcanzar sin esfuerzo una consideración social que les costaría mucho obtener por otros medios. Pero esas razones no crean lazos firmes, son pastores de ellos mismos, no de las ovejas; cuidan sus intereses y prestigio y no al pueblo a cuyo servicio dicen estar. El Señor es duro con ellos: «no le (s) importan las ovejas», v. 13, y con todo lo que en cada uno de nosotros haya de complicidad con esa actitud. Nos invita por eso a imitarlo en la solidaridad sin fronteras con sus hermanos, en particular con los más explotados y débiles. Sólo así nos podremos llamar «hijos de Dios», personas que conocen, aman, a Jesús (1 Jn 3, 1).

Dar la vida

Esa solidaridad puede ir hasta la entrega de la propia vida (cf. v. 15). Ofrenda hecha voluntariamente, con plena libertad. Compromiso por amor gratuito, no por obligación formal. Nadie le quita la vida al Señor. El la da. Su muerte, su ejecución en la cruz, no es el resultado de una fatalidad, sino de una decisión libre (cf. v. 18). Día a día optó por anunciar el Reino de amor, paz y justicia; lo hizo privilegiando a los últimos, a los oprimidos y despreciados. Por eso lo mataron. Vino a cumplir la voluntad del Padre (cf. v. 18), pero aquellos que no querían perder sus prerrogativas lo rechazaron.

En eso consiste la imitación de Jesús. Ser pastor no es una profesión, es una opción de vida. Todos somos pastores de nuestros hermanos, tenemos una responsabilidad frente a ellos que debemos asumir libremente. Comprometernos con los pobres del país, con sus sufrimientos y esperanzas, sus límites y combates, implica una decisión diaria y un riesgo permanente de incomprensión y de hostilidad. No podemos, sin embargo, si no somos asalariados, «dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hech 4, 20).

Gustavo Gutiérrez