Vísperas – Lunes IV de Pascua

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: CANTARÁN, LLORARÁN RAZAS Y HOMBRES

Cantarán, llorarán razas y hombres,
buscarán la esperanza en el dolor,
el secreto de vida es ya presente:
resucitó el Señor.

Dejarán de llorar los que lloraban,
brillará en su mirar la luz del sol,
ya la causa del hombre está ganada:
resucitó el Señor.

Volverán entre cánticos alegres
los que fueron llorando a su labor,
traerán en sus brazos la cosecha:
resucitó el Señor.

Cantarán a Dios Padre eternamente
la alabanza de gracias por su don,
en Jesús ha brillado su Amor santo:
resucitó el Señor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El que está en Cristo es una nueva creación. Aleluya.

Salmo 135 I – HIMNO A DIOS POR LAS MARAVILLAS DE LA CREACIÓN Y DEL ÉXODO.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

El afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que está en Cristo es una nueva creación. Aleluya.

Ant 2. Amemos a Dios porque él nos ha amado antes. Aleluya.

Salmo 135 II

El hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel, su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Amemos a Dios porque él nos ha amado antes. Aleluya.

Ant 3. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Él es ministro del santuario y de la verdadera Tienda de Reunión, que fue fabricada por el Señor y no por hombre alguno. Todo sumo sacerdote es instituido para ofrecer oblaciones y sacrificios.

RESPONSORIO BREVE

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

V. Al ver al Señor.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor. Aleluya.

PRECES

Llenos de gozo, oremos a Cristo, el Señor, que con su resurrección ha iluminado al mundo entero, y digámosle:

Cristo, vida nuestra, escúchanos.

Señor Jesús, que te hiciste compañero de camino de los discípulos que dudaban de ti,
acompaña también a tu Iglesia peregrina entre las dificultades e incertidumbres de esta vida.

No permitas que tus fieles sean tardos y necios para creer,
y aumenta su fe para que te proclamen vencedor de la muerte.

Mira, Señor, con bondad a cuantos no te reconocieron en su camino,
y manifiéstate a ellos para que te confiesen como salvador suyo.

Tú que por la cruz reconciliaste a todos los hombres, uniéndolos, en tu cuerpo,
concede la paz y la unidad a las naciones.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres el juez de vivos y muertos,
otorga a los difuntos que creyeron en ti la remisión de todas sus culpas.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, conserva a tus fieles en continua alegría y concede los gozos del cielo a quienes has librado de la esclavitud del pecado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 23 de abril

Lectio: Lunes, 23 Abril, 2018
Tiempo de Pascua

1) Oración inicial
Te pedimos, Señor todopoderoso, que la celebración de las fiestas de Cristo resucitado aumente en nosotros la alegría de sabernos salvados. Por Jesucristo nuestro Señor.

 
2) Lectura
Del santo Evangelio según Juan 10,1-10

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.
Entonces Jesús les dijo de nuevo:
«En verdad, en verdad os digo:
yo soy la puerta de las ovejas.
Todos los que han venido antes de mí
son ladrones y salteadores;
pero las ovejas no les escucharon.
Yo soy la puerta;
si uno entra por mí, estará a salvo;
entrará y saldrá
y encontrará pasto.
El ladrón no viene
más que a robar, matar y destruir.
Yo he venido
para que tengan vida
y la tengan en abundancia.
 
3) Reflexión
• En Jesús tenemos el modelo del verdadero pastor; en él llega a su cumplimiento la espera del pastor bueno prometido por Dios: el “gran pastor”, más grande que Moisés (Hb 13, 20).

• Juan 10,1-6: La puerta del aprisco. En Jn 10,1-10 se dice que Jesús es la “puerta” por la que se accede hasta las ovejas y por la que éstas sean conducidas a los pastos (10,7.9-10).
El tema de las ovejas también se trata en Jn 2,15 y de manera particular en 5,2 donde se indica una puerta de las Ovejas con cinco pórticos a lo largo de los cuales se tendían los enfermos para ser curados. En este contexto, las ovejas vienen a indicar al pueblo oprimido por sus dirigentes. En Jn 10,1 Jesús conecta el tema de las ovejas con el atrio del templo, institución judía gestionada por hombres poderosos que conculcan el derecho y la justicia y explotan al pueblo. Estos tales son identificados por Jesús como “ladrones y bandidos”.
Jesús inicia su largo discurso de enfrentamiento con los Fariseos, obstinados en su incredulidad y autosuficiencia (9,40-41), con una afirmación genérica: el modo más seguro para entrar en contacto con las ovejas es acceder por la puerta del recinto en el que ellos se encuentran. El que accede de otro modo no lo hace movido por el amor a las ovejas, sino para explotarlas en beneficio propio. El pecado de los guías del pueblo era éste: apropiarse de lo que era propiedad de todos. Jesús califica esta conducta con el término “ladrón”. Esta fue la acusación que Jesús hizo a los dirigentes del pueblo en su primera visita al templo (2,13ss) Otro término con el que Jesús califica a los que quitan al pueblo lo que es suyo es “bandido”. Esta calificación señala a los que además usan la violencia. Por tanto, los dirigentes del templo obligan al pueblo a someterse a la violencia de su sistema (7,13; 9,22). El efecto que esto produce es un estado de muerte (5,3.21.25)
El pastor entra por la puerta para cuidarse de las ovejas, no para vejarlas. De hecho, las ovejas reconocen su autoridad (su voz) y lo siguen. Para ellas, la voz de Jesús contiene un mensaje de liberación, propio del mesías. Su voz, además, no se dirige a un grupo anónimo de personas, sino que las identifica personalmente. Para Jesús no existe una multitud anónima de gente, sino que cada uno tiene un rostro, un nombre, una dignidad.
El templo (recinto de las ovejas) ha pasado a ser un lugar de tinieblas, marcado sólo por intereses económicos; el dinero ha sustituido la atención exclusiva a Dios: el templo ha pasado a ser la casa del comercio (Jn 2,16). Jesús conduce al pueblo para sacarlo fuera de las tinieblas. No lo hace de manera ficticia sino real, porque esta es la tarea que el Padre le ha confiado. Los pasos fundamentales de esta misión son: entrar y llamar. Los que responden a la llamada a la libertad llegan a ser una nueva comunidad: “los suyos”.
• Juan 10,7-10: Jesús es la nueva puerta. Jesús usa de nuevo el simbolismo de la puerta en los VV. 7-8, aplicándolo a sí mismo. Él es la nueva puerta, no sólo en relación con el viejo recinto de Israel representado por los dirigentes del pueblo, sino también respecto a los que lo siguen. A los primeros les recuerda su legitimidad de ser él el único acceso a las ovejas, pues es el mesías dispuesto a dar la vida por las ovejas. Para mantener relación con el rebaño no se accede a través del dominio y de la prevaricación, sino adoptando la actitud del que da la vida. Sus palabras son una clara invitación a cambiar de modo de pensar y de relacionarse. Entrar a través de Jesús supone poner el bien del hombre como tarea prioritaria y usar todas las energías para conseguirlo. El que no entra en esta lógica nueva es un opresor. El lector, ciertamente, encontrará duras y fuertes las palabras que Jesús dirige a sus contemporáneos, en modo particular a los dirigentes del pueblo que han usado el dominio y la violencia para explotarlo. Jesús es la nueva puerta con relación a todo hombre. Pero ¿qué quiere decir para el hombre de hoy entrar por la puerta que es Jesús? Esto comporta “acercarse a él”, “fiarse de él” (Jn 6, 35), seguirlo y dejarse guiar por su mensaje (8,31.51); comporta, en definitiva, participar de la entrega de Jesús para que se realice la verdadera felicidad del hombre.
 
4) Para la reflexión personal
• Jesús es el buen pastor porque te conoce siempre, pero ¿lo reconoces tú a él? Es el pastor que viene a tu vida como puerta por donde salir y entrar: ¿te dejas conducir por él cuando te relacionas con los demás?

• ¿Eres tú también, en tu comunidad y en tu familia, una puerta, no para encerrarte, sino para permanecer abierto a la comunicación fraterna y dejar pasar el amor y la confianza?
5) Oración final
Envía tu luz y tu verdad,

ellas me guiarán,
me llevarán a tu monte santo,
hasta entrar en tu Morada. (Sal 43,3)

Por la Resurrección

Te damos gracias, Padre santo,
por Jesús, tu Hijo amado,
nuestro Cordero pascual.

El, plenitud de paz, de alegría y de amor,
vino a traer la paz a los hombres.

El entregó su sangre para renovar tu Alianza
y hacer brotar la fuente
que se dilata en vida eterna.

En él te conocemos a ti
y por él hasta ti somos guiados
para habitar en tu presencia.

Por eso,
con todos los hermanos nuestros
que han sido santificados en su sangre
y renovados por el Espíritu,
¡te bendecimos, Dios y vida nuestra!

La ley de la Resurrección

La resurrección es el mundo al revés, aunque habría que decir que es el mundo al derecho si no tuviéramos necesidad de efectuar un continuo cambio de nuestras perspectivas. Cristo va delante y nos precede en el camino, conduciendo la historia de los hombres hasta la tierra de Dios. Nadie tiene acceso al Padre si no pasa por la Puerta del Reino que su Palabra construye. Los que le siguen han de aprender a reorientar su vida. Si la resurrección canta nuestra victoria, también expresa la nueva Ley de nuestra existencia.

Y es que no tenemos que hacer ni más ni menos que imitar al Pastor que nos guía. San Pablo resume todo el dinamismo de la resurrección cuando escribe a las primeras comunidades: «Sois hijos de la luz; convertíos en hijos de la luz».

La «moral» de la resurrección es, antes que nada, afirmación de la salvación: pertenecéis a Cristo, y nadie puede arrancar de sus manos a aquellos que el Padre le ha entregado. La Luz vino al mundo para que quien crea en ella no siga en las tinieblas: la Ley nueva es iluminación y gracia.

Pero es también aprendizaje en la escuela de aquel que no reivindicó para sí el rango que le hacía igual a Dios. No hay más que un cristiano: Cristo. Sólo él vivió la exigencia del amor hasta el extremo, porque él es el amor. Sólo él puede pretender ser el Camino, porque él trazó, en la sangre y en la confianza, el camino que, a través del Gólgota, asciende hasta el jardín de la Pascua.

«Seréis como dioses», había susurrado la serpiente en el jardín del Edén. Y el hombre, presa del vértigo, creyó semejante mentira y se vio arrastrado al polvo. El que, en la paciencia y en la oración, trate de conformar su vida de acuerdo con la Palabra de Dios, el que trate de imitar los rasgos del divino Rostro, ése oirá cómo se le dice: «Hace mucho tiempo que yo estoy contigo; desde siempre eres como Dios». He ahí el cambio total del mundo y la nueva Ley.

Marcel Bastin

Ecclesia in Medio Oriente – Benedicto XVI

32. Los Pastores de las Iglesias orientales católicas sui iuris constatan con preocupación y pena que el número de sus fieles se reduce en sus territorios tradicionalmente patriarcales y, desde hace algún tiempo, se ven obligados a desarrollar una pastoral de la emigración[25]. Estoy seguro de que hacen todo lo posible para exhortar a sus fieles a la esperanza, a permanecer en su país y a no vender sus bienes[26]. Les animo a seguir rodeando de afecto a sus sacerdotes y fieles de la diáspora, invitándolos a mantenerse en estrecho contacto con sus familias y sus Iglesias y, sobre todo, a perseverar fielmente en su fe en Dios, por su identidad religiosa edificada sobre venerables tradiciones espirituales[27]. Al conservar esta pertenencia a Dios y a sus respectivas Iglesias, y cultivando un amor profundo por sus hermanos y hermanas latinos, serán un gran beneficio para el conjunto de la Iglesia católica. Por otra parte, exhorto a los pastores de las circunscripciones eclesiásticas que acogen a los católicos orientales a recibirlos con caridad y estima, como hermanos, así como a favorecer los lazos de comunión entre los emigrantes y sus Iglesias de procedencia, y a darles la oportunidad de celebrar según sus propias tradiciones y desarrollar actividades pastorales y parroquiales allí donde sea posible[28].


[25] Cf. Propositio 11.

[26] Cf. Propositiones 6; 10.

[27] Cf. Propositio 12.

[28] Cf. Propositio 15.

Homilía – Domingo V de Pascua

PERTENENCIA A LA COMUNIDAD

Estamos en esta época, en una situación parecida a la que reflejan los Hechos: «La Iglesia se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo» (Hech 9, 31). En la situación de reforma emprendida entre nosotros, el fin promordial lo tenemos puesto en el reencuentro del misterio de la Iglesia, que en tantas ocasiones se nos había evaporado. En este empeño de hacer surgir la Iglesia, en nuestra generación, uno de los problemas fundamentales es el de saber cómo se pertenece a ella y cómo podemos llegar a a reconocer que este hombre, en concreto, es creyente cristiano.

1.- Un recelo natural ante los desconocidos.

Hasta ahora todo el que entraba por la puerta de un templo, tenía pleno derecho a hacerlo. Nadie se hubiera atrevido a preguntarle por su pertenencia a la comunidad. Se suponía que todo miembro de la sociedad, por el hecho de serlo, era miembro de la Iglesia, mientras no se probara lo contrario.

En el nuevo modo de comprender y de realizar el misterio de la Iglesia esta forma de pensar ya no vale. Las comunidades nuevas tienen necesidad, y no sólo por recelo, de saber quiénes son sus miembros. De lo contrario sería imposible una verdadera comunicación fraternal y no se llegaría a formar la conciencia de la comunión eclesial.

Por otro lado, la experiencia nos dice que no es posible fiarse de buenas a primeras de todo el mundo. Hay personas que no tienen ningún interés de ser miembros de la Iglesia y es necesario estar alerta ante «los chivatos», que se introducen por todo; la confidencia nacida por impulso de la comunión puede ser causa de grandes perjuicios.

El recelo justo, no hipersensible, es normal. Ello indica una buena salud en la conciencia de la comunidad y un interés por tener conocimiento de los demás. Esta es la situación que refleja la lectura de los Hechos: «En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos. Porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo» (9, 26).

 

2.- La identificación ante la comunidad.

No se entra a formar parte de una comunidad de cualquier manera. Es preciso identificarse ante ella. Esta identificación ha de tener dos características:

— Hay que dar testimonio personal de la fe y de la actitud ante la vida. Es lo que hizo Pablo: «les contó cómo había visto al Señor en el camino» (Hech 9, 27). El mismo Señor que habían visto los Apóstoles, ha sido encontrado también por Pablo. Y, además, da testimonio de cómo en Damasco, la comunidad que le había formado en la fe, «había predicado públicamente el Nombre de Jesús» (v. 27).

— Pero no es suficiente con esto. Uno puede engañar a los de- más. Se necesita el testimonio de otro, que avale la propia confesión. Esto ha sido ley en la Iglesia. Los convertidos tenían a los padrinos que garantizaban la verdad de la conversión en la vida antes del bautismo. Cuando un miembro de la Iglesia pasaba de una comunidad a otra, siempre llevaba una carta de recomendación de su obispo En el caso de Pablo, es Bernalé quien aboga en su favor. «Entonces Bernabé se lo presentó a los Apóstoles» (Hech 9, 27). Estoes tener conciencia de la Iglesia y tomarla en serio.

 

3.- El criterio fundamental de la pertenencia.

No es el testimonio oral, sino la prueba de la propia vida. «Saulo se quedó entre ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el Nombre del Señor» (Hech 9, 28).

No deberíamos ser tan indulgentes a la hora de exigirnos para entrar a formar parte de la comunidad. Sin ser puritanos, hemos de tener conciencia de que la Iglesia ha de ser en el mundo luz que ilumine y sacramento de salvación. Ello exige el mínimum suficiente de garantías.

El que aspire a ser miembro de la Iglesia ha de probar que está íntimamente unido a Cristo, por medio de la fe, como el sarmiento está unido a la vid (Jn 15, 5). La fe auténtica, que nos hace vivir a todos la misma savia, es el elemento fundamental que nos hace miembros de la comunidad cristiana (v. 4). «Haber visto al Señor» (Hech 9, 27), al único Señor, nos unifica a todos en la comunión (1Cor 12, 4 ss.).

Hay que dar a la vez pruebas de que esta unión con Cristo da frutos (Jn 15, 4-5). La señal de la fe es «la conversión, con frutos dignos de penitencia» (Lc 3, 8). El fruto de la fe, respecto a lá Iglesia, es sentirse miembros de una misma vida, cepas de una misma viña, plantío de Dios en el mundo. Sentirse perteneciente a la vid, responsable del fruto, miembro activo, nos capacita para formar el núcleo de una comunión más fuerte que el cuerpo humano.

Identifiquémonos todos hoy alrededor de esta mesa fraternal. Bebamos el cáliz lleno de savia de la Santa Vid, por la cual todos los que bebemos de la copa formamos un solo cuerpo (1Cor 10, 16).

Jn 15, 1-8 (Evangelio Domingo V de Pascua)

El Evangelio del 5º Domingo de Pascua nos sitúa en Jerusalén, en la noche de del jueves, el día antes de la fiesta de Pascua del año 30. Jesús está reunido con sus discípulos alrededor de una mesa, en una cena de despedida. Él es consciente de que los dirigentes judíos decidirán darle muerte y que la cruz está en su horizonte próximo.

Los gestos y las palabras de Jesús, en este contexto, representan sus últimas indicaciones, y su “testamento”. Los discípulos reciben, aquí, las orientaciones para poder continuar en el mundo la misión de Jesús. Nace, así, la comunidad de la Nueva Alianza, fundada en el servicio (cf. Jn 13,1-17) y en el amor (cf. Jn 13,33-35), que practica las obras de Jesús animada por el Espíritu Santo (cf. Jn 14,15-26). El “discurso de despedida” de Jesús, va del 13,1 al 17,26.

El texto que la liturgia de este Domingo nos propone nos presenta una instrucción de Jesús sobre la identidad y la situación de la comunidad de los discípulos en medio del mundo.

3.2. Mensaje

Para definir la situación de los discípulos frente a Jesús y frente al mundo, Jesús utiliza la sugerente metáfora de la vid, de los sarmientos y de los frutos. Es una imagen con profundas connotaciones veterotestamentarias y con un significado especial en el universo religioso judío.

En el Antiguo Testamento (y de forma especial en el mensaje profético), la “viña” y la “vid” eran símbolos del Pueblo de Dios. Israel era presentado como una “vid” que Yahvé arrancó de Egipto, que transplantó a la Tierra Prometida y de la que cuidó siempre con amor (cfr. Sal 80,9.15); era también, presentado como la “viña”, que Dios plantó con cepas escogidas, que cuidó y de la que esperaba frutos abundantes, pero que solo produjo frutos amargos e impropios (cf. Is 5,1.7; Jer 2,21; Ez 17,5-10; 19,10-12; Os 10,1). La antigua “vid” o “viña” de Yahvé se reveló como una verdadera desilusión. Israel nunca produjo los frutos que Dios esperaba.

Ahora, Jesús se presenta como la verdadera “vid” plantada por Dios (v. 1) Jesús es el que va a producir los frutos que Dios espera. Y, de Jesús, la verdadera “vid”, nacerá un nuevo Pueblo de Dios. Hoy, como ayer, Dios continúa siendo el labrador que elige las cepas, que las planta y que cuida de su viña.

¿Cuál es el lugar y el papel de los discípulos de Jesús en este contexto? Los discípulos son los “sarmientos” que están unidos a la “vid” (Jesús) y que de ella reciben vida. Estos “sarmientos”, sin embargo, no tienen vida propia y no pueden producir frutos por sí mismos; necesitan de la savia que les comunica Jesús. Por eso, son invitados a permanecer en Jesús (v. 4). El verbo permanecer (“meno”) es la palabra clave de nuestro texto (del v. 4 al v. 8, aparece siete veces). Expresa la confirmación o renovación de una actitud ya anteriormente asumida. Supone que el discípulo ya se había adherido anteriormente a Jesús y que esa adhesión adquiere, ahora, estatuto de solidez, de estabilidad, de constancia, de continuidad. Es una invitación a que el discípulo mantenga su adhesión a Jesús, su identificación con él, su comunión con él. Si el discípulo mantiene su adhesión, Jesús, a su vez, permanece en el discípulo, esto es, continuará fielmente ofreciendo al discípulo su vida.

¿Qué significa, para el discípulo, estar unido a Jesús? En Jn 6,56 Jesús dice: Quien realmente come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi y yo en él”. La “carne” de Jesús, es su vida; la “sangre” de Jesús es su entrega por amor hasta la muerte; así, “comer la carne y beber la sangre” de Jesús, es asimilar la existencia de Jesús, hecha servicio y entrega por amor, hasta la donación total de uno mismo. Está unido a Jesús y permanece en él quien acoge en el corazón esa propuesta de vida y se compromete con una existencia hecha entrega a Dios y a los hermanos, hasta la entrega completa de la vida por amor. La unión con Jesús no es, sin embargo, algo automático, que de forma automática toca al hombre y que es adquirida de una vez para siempre; sino que es algo que depende de la decisión libre y consciente del discípulo, una decisión que tiene que ser, además, continuamente renovada (v. 4).

Para los discípulos (“los sarmientos”), interrumpir la relación con Jesús, significa cortar la relación con la fuente de la vida y condenarse a la esterilidad. Quien se niega a acoger esa vida que Jesús propone y prefiere dirigir su existencia por caminos de egoísmo, de autosuficiencia, de cerrazón, es un sarmiento seco que no responde a la vida que recibe de la “vid”. No produce frutos de amor, sino frutos de muerte.

Ahora bien, la comunidad de Jesús (“los sarmientos”) no pueden condenarse a la esterilidad. Su misión es dar frutos. Por eso, el “labrador” (Dios) actúa para que el “sarmiento” (el discípulo) se identifique cada vez más con la “vid” (Jesucristo) y produzca frutos de amor, de entrega, de servicio, de liberación de los hermanos. La acción de Dios va en el sentido de “podar” el “sarmiento” para que de más fruto. “Podar”, significa invitarle a un proceso de conversión continua que le lleva a rechazar los caminos de egoísmo y de cerrazón, para abrirse al amor. Dicho de otra forma: la poda de los “sarmientos” se realiza a través de una adhesión cada vez más fiel a Jesús y a sus propuestas de amor (v. 2b). Los discípulos de Jesús están “podados” (v. 3), pues están unidos a Jesús, acogen su propuesta de vida y responden positivamente al reto que les realiza.

Si, a pesar del esfuerzo de Dios y de su continua llamada a la conversión, el “sarmiento” se obstina en no producir frutos que correspondan con la vida que se le comunica, quedará al margen de la comunidad de Jesús, de la comunidad de la salvación. Es un “sarmiento” que no pertenece a esa “vid” (v. 2a) Jesús es la “verdadera vid”, de donde brotan los frutos de la justicia, del amor, de la verdad y de la paz; y en él y en sus propuestas es donde los hombres pueden encontrar la vida verdadera. Muchas veces los hombres, siguiendo lógicas humanas, buscan la verdadera vida en otros “árboles”; pero, con frecuencia, esos “árboles” solo producen insatisfacción, frustración, egoísmo y muerte. Juan nos asegura: en nuestra búsqueda de una vida con sentido, es en dirección a Cristo hacia donde tenemos que mirar.

¿Tenemos conciencia de que es en Cristo donde podemos encontrar una propuesta de vida auténtica?

¿Es él, para nosotros, el verdadero “árbol de la vida”, o preferimos andar por caminos de autosuficiencia y ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza en otros “árboles”?

Hoy Jesús, “la verdadera vid”, continua ofreciendo al mundo y a los hombres sus frutos; y lo hace a través de sus discípulos. La misión de la comunidad de Jesús, que hoy camina por la historia, es producir esos mismos frutos de justicia, de amor, de verdad y de paz que Jesús produce. Se trata de una tremenda responsabilidad que nos es confiada, a nosotros, los seguidores de Jesús. Jesús no creó un gueto cerrado donde sus discípulos puedan vivir tranquilamente sin ser “incomodados” por los demás hombres; sino que crea una comunidad viva y dinámica, que tiene como misión dar testimonio con gestos concretos el amor y la salvación de Dios. Si nuestros gestos no derraman amor sobre los hermanos que caminan a nuestro lado, si no luchamos por la justicia, por los derechos y por la dignidad de los demás seres humanos, si no construimos la paz y no somos heraldos de reconciliación, si no defendemos la verdad, estamos traicionando a Jesús y la misión que nos encomendó. La vida de Jesús tiene que transparentarse a través de nuestros gestos y, a partir de nosotros, alcanzar a todos los hombres.

No obstante, el discípulo solo puede producir buenos frutos si permanece unido a Jesús. El día de nuestro Bautismo optamos por Jesús y asumimos el compromiso de seguir el camino del amor y de la entrega; cuando celebramos la Eucaristía, acogemos y hacemos nuestra la vida de Jesús, vida compartida con los hombres, hecha entrega y donación total por amor, hasta la muerte.

El cristiano tiene en Jesús su referencia, se identifica con él, vive en comunión con él, le sigue en todo momento en el amor a Dios y en la entrega por los hermanos. El cristiano vive de Cristo, vive con Cristo y vive para Cristo.

¿Qué es lo que puede interrumpir nuestra unión con Cristo y convertirnos en sarmientos secos y estériles? Todo aquello que nos impide responder positivamente al desafía que Jesús nos realiza en el sentido de seguirle, provoca en nosotros esterilidad y privación de vida. Cuando dirigimos nuestra vida por caminos de egoísmo, de odio, de injusticia, estamos diciendo no a Jesús y renunciando a esa vida verdadera que él nos ofrece; cuando nos cerramos en esquemas de autosuficiencia, de comodidad y de instalación, estamos rechazando la invitación de Jesús y cortando nuestra relación con la vida plena que él nos ofrece; cuando para nosotros el dinero, el éxito, la moda, el poder, los aplausos, el orgullo, el amor propio, son más importantes que los valores de Jesús, estamos secando esa corriente de vida eterna que debería correr entre Jesús y nosotros. Para que no nos convirtamos en “sarmientos” secos, es necesario que renovemos cada día nuestro “sí” a Jesús y a sus propuestas.

La comunidad cristiana es el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo, “la verdadera vid” de la cual somos los “sarmientos”. Es en el ámbito de la comunidad donde celebramos y experimentamos, en el Bautismo, en la Eucaristía, en la Reconciliación, la vida nueva que brota de Cristo. La comunidad cristiana es el Cuerpo de Cristo; y un miembro amputado del Cuerpo es un miembro condenado a la muerte. A veces la comunidad cristiana, con sus miserias, fragilidades e incomprensiones, nos decepciona y aflige; a veces sentimos que la comunidad sigue caminos por donde no nos encontramos. Sentimos, entonces, la tentación de apartarnos y de vivir nuestra relación con Cristo al margen de la comunidad. Sin embargo, no es posible continuar unido a Cristo y recibir la vida de Cristo rompiendo con nuestros hermanos en la fe.

¿Quienes son los “sarmientos secos”? Son, evidentemente, aquellos discípulos que un día se comprometieron con Cristo, pero después dejaron de seguirle. Pero los “sarmientos secos” pueden también ser aquellas pequeñas miserias y fragilidades que existen en la vida de cada uno de nosotros. Atención: es necesario “podar” esos pequeños obstáculos que impiden que la vida de Cristo circule abundantemente en nosotros. A eso se llama “conversión”.

¿Como podemos “podar” los “sarmientos secos”? Fundamentalmente confrontando nuestra vida con Jesús y con su Palabra. Necesitamos escuchar la Palabra de Jesús, meditarla, confrontar nuestra vida con ella. Entonces, por contraste, se manifestarán con claridad nuestras opciones equivocadas, los falsos valores y esas mil y una pequeñas infidelidades que nos impiden tener acceso pleno a la vida que Jesús nos ofrece.

1Jn 3, 18-24 (2ª lectura Domingo V de Pascua)

Ya vimos, en los domingos anteriores, que la primera Carta de Juan es un escrito polémico surgido en las Iglesias joánicas de Asia Menor, destinado a intervenir en la controversia levantada por ciertas sectas heréticas pregnósticas a propósito de aspectos fundamentales de la teología cristiana (normalmente a propósito de la encarnación de Cristo y de algunos elementos esenciales de la moral cristiana). En ese contexto, el autor de la carta procura proveer a los cristianos (algo confusos ante las proposiciones heréticas) de una especie de síntesis de la vida cristiana auténtica.

Una cuestión esencial abordada en la primera Carta de Juan, es la cuestión del amor al prójimo. Los herejes pregnósticos cuyas doctrinas este escrito denuncia, afirmaban que lo esencial de la fe residía en la vida de la comunión con Dios; pero, ocupados en mirar hacia el cielo, flojeaban en el amor al prójimo (cf. 1 Jn 2,9). Su experiencia religiosa era una experiencia vuelta hacia el cielo y separada de las realidades del mundo. Pero, de acuerdo con el autor del la primera Carta de Juan, el amor al prójimo es una exigencia central de la experiencia cristiana. La esencia de Dios es amor y nadie puede decir que está en comunión con él si no se deja contagiar y embeber por el amor. Jesús demostró eso mismo al amar a los hombres hasta el extremo de dar la vida por ellos en la cruz; y exigió que sus discípulos lo siguiesen por el camino del amor y de la donación de la vida a los hermanos (1 Jn 3,16). En última instancia, es el amor a los hermanos el que decide el acceso a la vida: solo quien ama alcanza la vida verdadera y eterna (1 Jn 3,13-15). La realización plena del hombre depende de su capacidad para amar a los hermanos.

En el versículo que antecede al texto que se nos propone como segunda lectura (un versículo que la liturgia de este Domingo no ofrece), el autor de la Carta propone a los creyentes una cuestión muy concreta: “si alguien posee bienes de este mundo y, viendo a su hermano con necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo va a permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17). Y, enseguida, nuestro “catequista” concluye (y es aquí donde comienza nuestro texto): el amor a los hermanos no es algo que se manifiesta en declaraciones solemnes de buenas intenciones, sino en gestos concretos de compartir y de servicio. Es con actitudes concretas en favor de los hermanos como se revela la autenticidad de la vivencia cristiana y se da testimonio del plan salvador de Dios (v. 18).

Cuando, efectivamente, dejamos que el amor dirija nuestra vida, podemos estar seguros de qu estamos en el camino de la verdad; cuando tenemos el corazón abierto al amor, al servicio y al compartir, podemos estar tranquilos porque estamos en comunión con Dios. En verdad, nuestra conciencia puede acusarnos de los errores pasado, y reprobar algunas de nuestras opciones, pero, si amamos, sabemos que estamos junto a Dios, pues Dios es amor (v. 19). El amor auténtico nos libera de todas las dudas e inquietudes, pues nos da la certeza de que estamos en el camino de Dios; y si “Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (v. 20), nada tenemos que temer. Vivir en el amor es vivir en Dios y estar acompañados por la bondad y la misericordia de Dios.

Con la conciencia en paz, y sabiendo que Dios nos acepta y nos ama (porque nosotros aceptamos el amor y vivimos en el amor), podemos dirigirle nuestra oración con la certeza de que él nos escucha. Dios atiende la oración de aquel que cumple con sus mandamientos (vv. 21-22).

Los dos versículos finales únicamente recapitulan y resumen todo lo que se ha dicho antes. La exigencia fundamental del camino cristiano es “creer en Jesucristo” y amar a los hermanos (v. 23). “Creer” debe ser entendido aquí en el sentido de adherirse a su propuesta y seguirle; seguir a Jesús es hacer de la vida una entrega total de amor a los hermanos. “Creer en Jesucristo” y cumplir el mandamiento del amor son la misma y única cuestión.

Quien guarda los mandamientos (especialmente el mandamiento del amor, que todo lo resume), vive en comunión con Dios y ya posee algo de la naturaleza divina (el Espíritu). Es el Espíritu de Dios el que da al creyente la posibilidad de realizar obras de amor (v. 24).

En la perspectiva del autor del texto que se nos propone hoy como segunda lectura, ser cristiano es “creer en Jesucristo” y “amarnos unos a otros como él nos amó”. Jesús “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hch 10,38), testimoniando el amor de Dios a los pobres y excluidos, fue al encuentro de los pecadores y se sentó a la mesa con ellos (cf. Lc 5,26-30; 19,5-7), lavó los pies a los discípulos (cf. Jn 13,1-17), aseguró a todos que “el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida” (Mt 20,28), permitió que le mataran para mostrarnos el amor total, murió en la cruz pidiendo al Padre perdón para los que le mataban (cf. Lc 23,34).

Quien se adhiere a Jesús no puede escoger otro camino; el camino del cristiano sólo puede ser el camino del amor total, de la entrega de la propia vida, del servicio sencillo y humilde a los hermanos a ejemplo de Jesús. El amor a los hermanos es el distintivo de los seguidores de Jesús.

El autor de la carta señala, además, que el amor no se vive con “buenas palabras” sino con acciones concretas en favor de los hermanos. No llega a condenar la guerra, pero es preciso ser constructor de paz; no llega a hacer discursos sobre la justicia social, pero es preciso realizar gestos auténticos de solidaridad; no llega a firmar manifiestos para defender los derechos de los explotados, pero es preciso luchar objetivamente contra las leyes y sistemas que generan explotación; no llega a realizar discursos contra las leyes que restringen la emigración, pero es preciso acoger a los hermanos extranjeros que vienen a nuestro encuentro en busca de una vida mejor; no llega a hablar mal de las personas que trabajan en nuestra parroquia, pero es necesario tener un compromiso serio en la construcción de una comunidad cristiana que de cada vez más testimonio del amor de Jesús.

A veces nos sentimos frágiles y pecadores y, a pesar de nuestros esfuerzos y de nuestra voluntad para acertar, nos sentimos indignos y lejos de Dios.

¿Cómo podemos saber que estamos en el camino cierto?

¿Cuál es el criterio que nos da seguridad sobre nuestra relación y proximidad con Dios?

La vida de un árbol se ve por los frutos. Si realizamos obras de amor, si nuestros gestos de bondad y de solidaridad transmiten alegría y esperanza, si nuestra acción hace de nuestro mundo un poco mejor, es porque estamos en comunión con Dios y la vida de Dios circula por nosotros. Si la vida de Dios está en nosotros, se manifiesta, inevitablemente, en nuestros gestos.

Muchas veces somos testigos de admirables gestos proféticos realizados por personas que realizaron opciones religiosas diferentes a las nuestras o hasta por parte de personas que asumen una aparente actitud de indiferencia frente a Dios. Sin embargo, no tenemos dudas: donde hay amor, allí está Dios. El Espíritu de Dios está presente también fuera de las fronteras de la Iglesia y actúa en el corazón de todos los hombres de buena voluntad. Por otra parte, ciertos testimonios de amor y de solidaridad que vemos surgir en los más variados ambientes constituyen una poderosa interpelación a los creyentes, invitándoles a una mayor fidelidad a Jesús y a su proyecto.

Hch 9, 26-31 (1ª lectura Domingo V de Pascua)

La sección de Hch. 9,1-31 está dedicada a un acontecimiento muy importante en la historia del cristianismo: la vocación/conversión de Pablo. Tal hecho es el punto de partida del camino que el cristianismo va a recorrer, desde los límites geográficos del mundo judío, hasta el corazón del mundo greco-romano.

La primera parte de la sección (cf. Hch 9,1-9), presenta los acontecimientos del “camino de Damasco” y el decisivo encuentro de Pablo con Jesús resucitado; la segunda (cf. Hch 9,10-19a), describe el encuentro de Pablo con la comunidad cristiana de Damasco; la tercera (cf. Hch 9,19b-25), habla de la actividad apostólica de Pablo en Damasco; y, finalmente, la cuarta (cf. Hch 9,26-30) muestra la forma como Pablo, después de dejar Damasco, fue recibido por los cristianos de Jerusalén.

La mayor parte de los autores piensan que la conversión de Pablo sucedió alrededor del año 36. Después de su conversión, pablo estuvo tres años en Damasco, colaborando con la comunidad cristiana de esa ciudad. Después de ese tiempo, la oposición de los judíos forzó a Pablo a abandonar la ciudad. Una vez que las puertas de la ciudad estaban cerradas, los cristianos bajaron a Pablo desde la murallas, dentro de un cesto (cf. Hch 9,23-25). Después, Pablo se dirigió a Jerusalén. La llegada de Pablo a Jerusalén, debió suceder alrededor del año 39 (cf. Gal 1,18).

El texto que se nos propone, es la cuarta parte de esta sección dedicada a Pablo y se refiere a la estancia de Pablo en Jerusalén, después de habar abandonado Damasco (incluye además de eso, en un versículo final, un breve sumario de la vida de la comunidad: es uno de tantos sumarios típicos de Lucas, mediante los cuales realiza un balance de la situación y prepara los temas que va a tratar en las secciones siguientes).

La narración de Lucas mezcla elementos de carácter histórico, con otros elementos de carácter teológico. Para simplificar la presentación, vamos a señalar los aspectos principales de la catequesis presentada por Lucas en varios puntos:

1. La desconfianza de la comunidad cristiana de Jerusalén en relación con Pablo (“no se fiaban de que fuera realmente discípulo”, v. 26), es un dato verosímil y que es, muy probablemente, histórico. Nos muestra la escena de una comunidad cristiana que tiene alguna dificultad para arriesgarse, que prefiere la prudencia, aunque pierda oportunidades, más que aceptar los riesgos que Dios le presenta. Sin embargo, como muestra el ejemplo de Pablo, la capacidad para arriesgarse y para acoger la novedad de Dios es, muchas veces, una fuente de enriquecimiento para la comunidad.

2. El esfuerzo de Pablo por integrarse (“llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos”, v. 26) muestra la importancia que él daba al vivir en comunidad, al compartir la fe con los hermanos. El cristianismo no es, únicamente, un encuentro personal con Jesucristo, sino que es, también, una experiencia de compartir la fe y el amor con los hermanos que se han adherido al mismo proyecto y que son miembros de la gran familia de Jesús. Solo en el diálogo y en el compartir comunitarios tiene sentido la experiencia de la fe.

3. El papel de Bernabé en la integración de Pablo es muy significativo: él no sólo cree en Pablo, sino que consigue que el resto de la comunidad cristiana lo acepte (v. 27a). Nos muestra el papel que cada cristiano puede tener en la integración comunitaria de los hermanos; y muestra, sobre todo, que la tarea de cada creyente es la de cuestionar a su comunidad y ayudarla a descubrir los desafíos de Dios.

4. Otro elemento subrayado por Lucas, es el entusiasmo con el que Pablo da testimonio de Jesús y el coraje con el que se enfrenta a las dificultades y oposiciones (vv. 27b-28). Se trata, además, de una actitud que va a caracterizar toda la vida apostólica de Pablo. El apóstol es conciente de que fue llamado por Jesús, que recibió de Jesús la misión de anunciar la salvación a todos los hombres; por eso, nada ni nadie será capaz de apagar su celo en el anuncio del Evangelio.

5. La predicación cristiana suscita, naturalmente, el conflicto con los poderes de la muerte y de la opresión, muy interesados en perpetuar los mecanismos de esclavitud. La fidelidad al Evangelio y a Jesús provoca siempre la oposición del mundo (v. 29). El camino del discípulo de Jesús, es siempre un camino marcado por la cruz (no es, sin embargo, un camino de muerte, sino de vida).

6. El sumario final (v. 31) recuerda un elemento que está siempre presente en el horizonte de la catequesis de Lucas: es el Espíritu Santo que conduce a la Iglesia en su marcha por la historia. Es el Espíritu el que le da estabilidad (“como un edificio”), que le alimenta el dinamismo (“progresaba en la fidelidad al Señor”) y que le hace crecer (“se multiplicaba”). La certeza de la presencia y de la asistencia del Espíritu Santo, debe fundamentar nuestra esperanza.

El cristiano no es un ser aislado, sino una persona que es miembro de un cuerpo, el cuerpo de Cristo. Su vocación es seguir a Cristo, formando una familia de hermanos que comparten la misma fe, recorriendo juntos el camino del amor. Por eso, la vivencia de la fe es siempre una experiencia comunitaria. Es en el diálogo y en el compartir con los hermanos como nuestra fe nace, crece y madura y es en la comunidad, unida por lazos de amor y de fraternidad, como nuestra vocación se realiza plenamente. La comunidad con todo, está constituida por personas, viviendo en una situación de fragilidad y de debilidad. Por eso, la experiencia de caminar en comunidad puede estar marcada por tensiones, por conflictos, por divergencias; pero esa experiencia no puede servir de pretexto para abandonar la comunidad y para pasar a actuar en soledad.

La dificultada de la comunidad de Jerusalén para acoger a Pablo (cosa comprensible, desde el punto de vista humano), pude hacernos pensar en esos esquemas de cerrazón, de prejuicios, de instalación, que a veces caracterizan la vida de nuestras comunidades cristianas y que les impiden acoger los desafíos de Dios. Una comunidad cerrada, con miedo a arriesgar, es una comunidad instalada en la comodidad y en la mediocridad, con dificultad para responder a los retos proféticos y para descubrir los caminos por los cuales Dios se revela. Hay, en este texto, una invitación a abrir permanentemente nuestro corazón y nuestra mente a la novedad de Dios.

¿Cómo es nuestra comunidad? ¿Es una comunidad cerrada, instalada, llena de prejuicios, creadora de exclusión, o es una comunidad abierta, fraterna, solidaria, dispuesta a acoger?

Bernabé es el hombre que cuestiona los prejuicios y cerrazones de la comunidad, invitándola a ser más fraterna, más acogedora, más “cristiana”. Nos hace pensar en el papel que Dios reserva a cada uno de nosotros, en el sentido de que ayudemos a nuestra comunidad a crecer, a salir de sí misma, a vivir con más coherencia su compromiso con Jesucristo y con el Evangelio. Ningún miembro de la comunidad es detentador de verdades absolutas, pero todos los miembros de la comunidad deben sentirse responsables para que la comunidad, en medio del mundo, de un verdadero testimonio de Jesús y de su proyecto de salvación.

El encuentro con Jesús resucitado en el “camino de Damasco” constituyó, para Pablo, un momento decisivo en su vida. A partir de ese encuentro, Pablo se convirtió en un heraldo entusiasta e imparable del plan liberador de Jesús. La persecución de los judíos, la oposición de las autoridades, la indiferencia de los no creyentes, la incomprensión de los hermanos en la fe, los peligros de los caminos, las incomodidades de los viajes, no consiguieron desanimarle y desertar de su testimonio. El ejemplo de Pablo nos recuerda que ser cristiano es dar testimonio de Jesús y del Evangelio. La experiencia que hacemos de Jesús y de su proyecto liberador no puede ser callada o guardada solamente para nosotros, sino que tiene que convertirse en un anuncio liberador que, a través de nosotros, llega a todos nuestros hermanos.

La Iglesia es una comunidad formada por hombres y mujeres y, por tanto, marcada por la debilidad y la fragilidad; pero es, sobre todo, una comunidad que marcha por la historia asistida, animada y conducida por el Espíritu Santo. El “camino” que recorremos como Iglesia puede tener avances y retrocesos, infidelidades y vicisitudes varias, pero es un camino que conduce hasta Dios, a la realización plena del hombre, a la vida definitiva. La presencia del Espíritu dirigiendo el camino, nos da esa garantía.

Comentario al evangelio – 23 abril

Las lecturas que la liturgia nos propone hoy dejan resonando dos preguntas que, en el fondo, son una sola: ¿Cuál es la puerta por la que entramos a la fe? ¿Cuál es la puerta por la que salimos a la Vida?

Del lado del hombre, siempre han existido los caminos, pero en nuestros días se han multiplicado hasta el infinito. Dice el refrán castellano que todos llevan a Roma; la realidad revela, sin embargo, que muchas sendas acaban cansando y frustrando al caminante, alejándolo de la meta a la que se supone que lo conducían. Por esta razón, el hombre que busca Dios -y también el que cree no necesitarlo-, aun cuando ensaye múltiples caminos para adherirse a la verdad, alberga la íntima convicción de que solo uno le abrirá las puertas de la vida verdadera. Más allá de lo aparentemente anecdótico de la escena, los reproches lanzados contra Pedro en Hch 11 y la discusión a que dan lugar constituyen un reflejo de esta tensión humana: que todas las vías están ahí, frente a nosotros, prometiéndonos la meta deseada, pero no todas –quizá solo una- nos permitirá llegar «hasta tu monte santo, hasta tu morada» (Sal 41). Una tensión que amenazó con dividir a las comunidades cristianas de los orígenes según la procedencia de su fe –judíos, gentiles-, partiendo la Iglesia primitiva en dos. Una tensión que, de hecho, pone en crisis al mundo y que, en muchos momentos de la existencia, puede quebrarnos por dentro.

Del lado de Dios, que busca al hombre, el trazado es uno solo: Él ofrece a su Hijo como Camino, Verdad y Vida. En Él convergen las muchas sendas posibles que elevan al ser humano, pero, al mismo tiempo, Él es el único Camino firme y fiable: quien no pasa por Él -como se pasa por la puerta del aprisco-, aún no conoce la Verdad plena, la Vida en abundancia. Al lado del Buen Pastor, todos los demás maestros –incluso los que tienen mejor voluntad- acaban mostrando su fragilidad, cuando no su torcido interés. De un modo misterioso, Cristo es «origen, camino y término del universo» (Rm 11,36). Si por Él entramos a la fe, ¿por qué tratar de salir sin Él hacia la Vida?

Adrián de Prado, cmf.