1Jn 3, 18-24 (2ª lectura Domingo V de Pascua)

Ya vimos, en los domingos anteriores, que la primera Carta de Juan es un escrito polémico surgido en las Iglesias joánicas de Asia Menor, destinado a intervenir en la controversia levantada por ciertas sectas heréticas pregnósticas a propósito de aspectos fundamentales de la teología cristiana (normalmente a propósito de la encarnación de Cristo y de algunos elementos esenciales de la moral cristiana). En ese contexto, el autor de la carta procura proveer a los cristianos (algo confusos ante las proposiciones heréticas) de una especie de síntesis de la vida cristiana auténtica.

Una cuestión esencial abordada en la primera Carta de Juan, es la cuestión del amor al prójimo. Los herejes pregnósticos cuyas doctrinas este escrito denuncia, afirmaban que lo esencial de la fe residía en la vida de la comunión con Dios; pero, ocupados en mirar hacia el cielo, flojeaban en el amor al prójimo (cf. 1 Jn 2,9). Su experiencia religiosa era una experiencia vuelta hacia el cielo y separada de las realidades del mundo. Pero, de acuerdo con el autor del la primera Carta de Juan, el amor al prójimo es una exigencia central de la experiencia cristiana. La esencia de Dios es amor y nadie puede decir que está en comunión con él si no se deja contagiar y embeber por el amor. Jesús demostró eso mismo al amar a los hombres hasta el extremo de dar la vida por ellos en la cruz; y exigió que sus discípulos lo siguiesen por el camino del amor y de la donación de la vida a los hermanos (1 Jn 3,16). En última instancia, es el amor a los hermanos el que decide el acceso a la vida: solo quien ama alcanza la vida verdadera y eterna (1 Jn 3,13-15). La realización plena del hombre depende de su capacidad para amar a los hermanos.

En el versículo que antecede al texto que se nos propone como segunda lectura (un versículo que la liturgia de este Domingo no ofrece), el autor de la Carta propone a los creyentes una cuestión muy concreta: “si alguien posee bienes de este mundo y, viendo a su hermano con necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo va a permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17). Y, enseguida, nuestro “catequista” concluye (y es aquí donde comienza nuestro texto): el amor a los hermanos no es algo que se manifiesta en declaraciones solemnes de buenas intenciones, sino en gestos concretos de compartir y de servicio. Es con actitudes concretas en favor de los hermanos como se revela la autenticidad de la vivencia cristiana y se da testimonio del plan salvador de Dios (v. 18).

Cuando, efectivamente, dejamos que el amor dirija nuestra vida, podemos estar seguros de qu estamos en el camino de la verdad; cuando tenemos el corazón abierto al amor, al servicio y al compartir, podemos estar tranquilos porque estamos en comunión con Dios. En verdad, nuestra conciencia puede acusarnos de los errores pasado, y reprobar algunas de nuestras opciones, pero, si amamos, sabemos que estamos junto a Dios, pues Dios es amor (v. 19). El amor auténtico nos libera de todas las dudas e inquietudes, pues nos da la certeza de que estamos en el camino de Dios; y si “Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (v. 20), nada tenemos que temer. Vivir en el amor es vivir en Dios y estar acompañados por la bondad y la misericordia de Dios.

Con la conciencia en paz, y sabiendo que Dios nos acepta y nos ama (porque nosotros aceptamos el amor y vivimos en el amor), podemos dirigirle nuestra oración con la certeza de que él nos escucha. Dios atiende la oración de aquel que cumple con sus mandamientos (vv. 21-22).

Los dos versículos finales únicamente recapitulan y resumen todo lo que se ha dicho antes. La exigencia fundamental del camino cristiano es “creer en Jesucristo” y amar a los hermanos (v. 23). “Creer” debe ser entendido aquí en el sentido de adherirse a su propuesta y seguirle; seguir a Jesús es hacer de la vida una entrega total de amor a los hermanos. “Creer en Jesucristo” y cumplir el mandamiento del amor son la misma y única cuestión.

Quien guarda los mandamientos (especialmente el mandamiento del amor, que todo lo resume), vive en comunión con Dios y ya posee algo de la naturaleza divina (el Espíritu). Es el Espíritu de Dios el que da al creyente la posibilidad de realizar obras de amor (v. 24).

En la perspectiva del autor del texto que se nos propone hoy como segunda lectura, ser cristiano es “creer en Jesucristo” y “amarnos unos a otros como él nos amó”. Jesús “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hch 10,38), testimoniando el amor de Dios a los pobres y excluidos, fue al encuentro de los pecadores y se sentó a la mesa con ellos (cf. Lc 5,26-30; 19,5-7), lavó los pies a los discípulos (cf. Jn 13,1-17), aseguró a todos que “el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida” (Mt 20,28), permitió que le mataran para mostrarnos el amor total, murió en la cruz pidiendo al Padre perdón para los que le mataban (cf. Lc 23,34).

Quien se adhiere a Jesús no puede escoger otro camino; el camino del cristiano sólo puede ser el camino del amor total, de la entrega de la propia vida, del servicio sencillo y humilde a los hermanos a ejemplo de Jesús. El amor a los hermanos es el distintivo de los seguidores de Jesús.

El autor de la carta señala, además, que el amor no se vive con “buenas palabras” sino con acciones concretas en favor de los hermanos. No llega a condenar la guerra, pero es preciso ser constructor de paz; no llega a hacer discursos sobre la justicia social, pero es preciso realizar gestos auténticos de solidaridad; no llega a firmar manifiestos para defender los derechos de los explotados, pero es preciso luchar objetivamente contra las leyes y sistemas que generan explotación; no llega a realizar discursos contra las leyes que restringen la emigración, pero es preciso acoger a los hermanos extranjeros que vienen a nuestro encuentro en busca de una vida mejor; no llega a hablar mal de las personas que trabajan en nuestra parroquia, pero es necesario tener un compromiso serio en la construcción de una comunidad cristiana que de cada vez más testimonio del amor de Jesús.

A veces nos sentimos frágiles y pecadores y, a pesar de nuestros esfuerzos y de nuestra voluntad para acertar, nos sentimos indignos y lejos de Dios.

¿Cómo podemos saber que estamos en el camino cierto?

¿Cuál es el criterio que nos da seguridad sobre nuestra relación y proximidad con Dios?

La vida de un árbol se ve por los frutos. Si realizamos obras de amor, si nuestros gestos de bondad y de solidaridad transmiten alegría y esperanza, si nuestra acción hace de nuestro mundo un poco mejor, es porque estamos en comunión con Dios y la vida de Dios circula por nosotros. Si la vida de Dios está en nosotros, se manifiesta, inevitablemente, en nuestros gestos.

Muchas veces somos testigos de admirables gestos proféticos realizados por personas que realizaron opciones religiosas diferentes a las nuestras o hasta por parte de personas que asumen una aparente actitud de indiferencia frente a Dios. Sin embargo, no tenemos dudas: donde hay amor, allí está Dios. El Espíritu de Dios está presente también fuera de las fronteras de la Iglesia y actúa en el corazón de todos los hombres de buena voluntad. Por otra parte, ciertos testimonios de amor y de solidaridad que vemos surgir en los más variados ambientes constituyen una poderosa interpelación a los creyentes, invitándoles a una mayor fidelidad a Jesús y a su proyecto.