Hch 9, 26-31 (1ª lectura Domingo V de Pascua)

La sección de Hch. 9,1-31 está dedicada a un acontecimiento muy importante en la historia del cristianismo: la vocación/conversión de Pablo. Tal hecho es el punto de partida del camino que el cristianismo va a recorrer, desde los límites geográficos del mundo judío, hasta el corazón del mundo greco-romano.

La primera parte de la sección (cf. Hch 9,1-9), presenta los acontecimientos del “camino de Damasco” y el decisivo encuentro de Pablo con Jesús resucitado; la segunda (cf. Hch 9,10-19a), describe el encuentro de Pablo con la comunidad cristiana de Damasco; la tercera (cf. Hch 9,19b-25), habla de la actividad apostólica de Pablo en Damasco; y, finalmente, la cuarta (cf. Hch 9,26-30) muestra la forma como Pablo, después de dejar Damasco, fue recibido por los cristianos de Jerusalén.

La mayor parte de los autores piensan que la conversión de Pablo sucedió alrededor del año 36. Después de su conversión, pablo estuvo tres años en Damasco, colaborando con la comunidad cristiana de esa ciudad. Después de ese tiempo, la oposición de los judíos forzó a Pablo a abandonar la ciudad. Una vez que las puertas de la ciudad estaban cerradas, los cristianos bajaron a Pablo desde la murallas, dentro de un cesto (cf. Hch 9,23-25). Después, Pablo se dirigió a Jerusalén. La llegada de Pablo a Jerusalén, debió suceder alrededor del año 39 (cf. Gal 1,18).

El texto que se nos propone, es la cuarta parte de esta sección dedicada a Pablo y se refiere a la estancia de Pablo en Jerusalén, después de habar abandonado Damasco (incluye además de eso, en un versículo final, un breve sumario de la vida de la comunidad: es uno de tantos sumarios típicos de Lucas, mediante los cuales realiza un balance de la situación y prepara los temas que va a tratar en las secciones siguientes).

La narración de Lucas mezcla elementos de carácter histórico, con otros elementos de carácter teológico. Para simplificar la presentación, vamos a señalar los aspectos principales de la catequesis presentada por Lucas en varios puntos:

1. La desconfianza de la comunidad cristiana de Jerusalén en relación con Pablo (“no se fiaban de que fuera realmente discípulo”, v. 26), es un dato verosímil y que es, muy probablemente, histórico. Nos muestra la escena de una comunidad cristiana que tiene alguna dificultad para arriesgarse, que prefiere la prudencia, aunque pierda oportunidades, más que aceptar los riesgos que Dios le presenta. Sin embargo, como muestra el ejemplo de Pablo, la capacidad para arriesgarse y para acoger la novedad de Dios es, muchas veces, una fuente de enriquecimiento para la comunidad.

2. El esfuerzo de Pablo por integrarse (“llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos”, v. 26) muestra la importancia que él daba al vivir en comunidad, al compartir la fe con los hermanos. El cristianismo no es, únicamente, un encuentro personal con Jesucristo, sino que es, también, una experiencia de compartir la fe y el amor con los hermanos que se han adherido al mismo proyecto y que son miembros de la gran familia de Jesús. Solo en el diálogo y en el compartir comunitarios tiene sentido la experiencia de la fe.

3. El papel de Bernabé en la integración de Pablo es muy significativo: él no sólo cree en Pablo, sino que consigue que el resto de la comunidad cristiana lo acepte (v. 27a). Nos muestra el papel que cada cristiano puede tener en la integración comunitaria de los hermanos; y muestra, sobre todo, que la tarea de cada creyente es la de cuestionar a su comunidad y ayudarla a descubrir los desafíos de Dios.

4. Otro elemento subrayado por Lucas, es el entusiasmo con el que Pablo da testimonio de Jesús y el coraje con el que se enfrenta a las dificultades y oposiciones (vv. 27b-28). Se trata, además, de una actitud que va a caracterizar toda la vida apostólica de Pablo. El apóstol es conciente de que fue llamado por Jesús, que recibió de Jesús la misión de anunciar la salvación a todos los hombres; por eso, nada ni nadie será capaz de apagar su celo en el anuncio del Evangelio.

5. La predicación cristiana suscita, naturalmente, el conflicto con los poderes de la muerte y de la opresión, muy interesados en perpetuar los mecanismos de esclavitud. La fidelidad al Evangelio y a Jesús provoca siempre la oposición del mundo (v. 29). El camino del discípulo de Jesús, es siempre un camino marcado por la cruz (no es, sin embargo, un camino de muerte, sino de vida).

6. El sumario final (v. 31) recuerda un elemento que está siempre presente en el horizonte de la catequesis de Lucas: es el Espíritu Santo que conduce a la Iglesia en su marcha por la historia. Es el Espíritu el que le da estabilidad (“como un edificio”), que le alimenta el dinamismo (“progresaba en la fidelidad al Señor”) y que le hace crecer (“se multiplicaba”). La certeza de la presencia y de la asistencia del Espíritu Santo, debe fundamentar nuestra esperanza.

El cristiano no es un ser aislado, sino una persona que es miembro de un cuerpo, el cuerpo de Cristo. Su vocación es seguir a Cristo, formando una familia de hermanos que comparten la misma fe, recorriendo juntos el camino del amor. Por eso, la vivencia de la fe es siempre una experiencia comunitaria. Es en el diálogo y en el compartir con los hermanos como nuestra fe nace, crece y madura y es en la comunidad, unida por lazos de amor y de fraternidad, como nuestra vocación se realiza plenamente. La comunidad con todo, está constituida por personas, viviendo en una situación de fragilidad y de debilidad. Por eso, la experiencia de caminar en comunidad puede estar marcada por tensiones, por conflictos, por divergencias; pero esa experiencia no puede servir de pretexto para abandonar la comunidad y para pasar a actuar en soledad.

La dificultada de la comunidad de Jerusalén para acoger a Pablo (cosa comprensible, desde el punto de vista humano), pude hacernos pensar en esos esquemas de cerrazón, de prejuicios, de instalación, que a veces caracterizan la vida de nuestras comunidades cristianas y que les impiden acoger los desafíos de Dios. Una comunidad cerrada, con miedo a arriesgar, es una comunidad instalada en la comodidad y en la mediocridad, con dificultad para responder a los retos proféticos y para descubrir los caminos por los cuales Dios se revela. Hay, en este texto, una invitación a abrir permanentemente nuestro corazón y nuestra mente a la novedad de Dios.

¿Cómo es nuestra comunidad? ¿Es una comunidad cerrada, instalada, llena de prejuicios, creadora de exclusión, o es una comunidad abierta, fraterna, solidaria, dispuesta a acoger?

Bernabé es el hombre que cuestiona los prejuicios y cerrazones de la comunidad, invitándola a ser más fraterna, más acogedora, más “cristiana”. Nos hace pensar en el papel que Dios reserva a cada uno de nosotros, en el sentido de que ayudemos a nuestra comunidad a crecer, a salir de sí misma, a vivir con más coherencia su compromiso con Jesucristo y con el Evangelio. Ningún miembro de la comunidad es detentador de verdades absolutas, pero todos los miembros de la comunidad deben sentirse responsables para que la comunidad, en medio del mundo, de un verdadero testimonio de Jesús y de su proyecto de salvación.

El encuentro con Jesús resucitado en el “camino de Damasco” constituyó, para Pablo, un momento decisivo en su vida. A partir de ese encuentro, Pablo se convirtió en un heraldo entusiasta e imparable del plan liberador de Jesús. La persecución de los judíos, la oposición de las autoridades, la indiferencia de los no creyentes, la incomprensión de los hermanos en la fe, los peligros de los caminos, las incomodidades de los viajes, no consiguieron desanimarle y desertar de su testimonio. El ejemplo de Pablo nos recuerda que ser cristiano es dar testimonio de Jesús y del Evangelio. La experiencia que hacemos de Jesús y de su proyecto liberador no puede ser callada o guardada solamente para nosotros, sino que tiene que convertirse en un anuncio liberador que, a través de nosotros, llega a todos nuestros hermanos.

La Iglesia es una comunidad formada por hombres y mujeres y, por tanto, marcada por la debilidad y la fragilidad; pero es, sobre todo, una comunidad que marcha por la historia asistida, animada y conducida por el Espíritu Santo. El “camino” que recorremos como Iglesia puede tener avances y retrocesos, infidelidades y vicisitudes varias, pero es un camino que conduce hasta Dios, a la realización plena del hombre, a la vida definitiva. La presencia del Espíritu dirigiendo el camino, nos da esa garantía.