Homilía – Domingo V de Pascua

PERTENENCIA A LA COMUNIDAD

Estamos en esta época, en una situación parecida a la que reflejan los Hechos: «La Iglesia se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo» (Hech 9, 31). En la situación de reforma emprendida entre nosotros, el fin promordial lo tenemos puesto en el reencuentro del misterio de la Iglesia, que en tantas ocasiones se nos había evaporado. En este empeño de hacer surgir la Iglesia, en nuestra generación, uno de los problemas fundamentales es el de saber cómo se pertenece a ella y cómo podemos llegar a a reconocer que este hombre, en concreto, es creyente cristiano.

1.- Un recelo natural ante los desconocidos.

Hasta ahora todo el que entraba por la puerta de un templo, tenía pleno derecho a hacerlo. Nadie se hubiera atrevido a preguntarle por su pertenencia a la comunidad. Se suponía que todo miembro de la sociedad, por el hecho de serlo, era miembro de la Iglesia, mientras no se probara lo contrario.

En el nuevo modo de comprender y de realizar el misterio de la Iglesia esta forma de pensar ya no vale. Las comunidades nuevas tienen necesidad, y no sólo por recelo, de saber quiénes son sus miembros. De lo contrario sería imposible una verdadera comunicación fraternal y no se llegaría a formar la conciencia de la comunión eclesial.

Por otro lado, la experiencia nos dice que no es posible fiarse de buenas a primeras de todo el mundo. Hay personas que no tienen ningún interés de ser miembros de la Iglesia y es necesario estar alerta ante «los chivatos», que se introducen por todo; la confidencia nacida por impulso de la comunión puede ser causa de grandes perjuicios.

El recelo justo, no hipersensible, es normal. Ello indica una buena salud en la conciencia de la comunidad y un interés por tener conocimiento de los demás. Esta es la situación que refleja la lectura de los Hechos: «En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos. Porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo» (9, 26).

 

2.- La identificación ante la comunidad.

No se entra a formar parte de una comunidad de cualquier manera. Es preciso identificarse ante ella. Esta identificación ha de tener dos características:

— Hay que dar testimonio personal de la fe y de la actitud ante la vida. Es lo que hizo Pablo: «les contó cómo había visto al Señor en el camino» (Hech 9, 27). El mismo Señor que habían visto los Apóstoles, ha sido encontrado también por Pablo. Y, además, da testimonio de cómo en Damasco, la comunidad que le había formado en la fe, «había predicado públicamente el Nombre de Jesús» (v. 27).

— Pero no es suficiente con esto. Uno puede engañar a los de- más. Se necesita el testimonio de otro, que avale la propia confesión. Esto ha sido ley en la Iglesia. Los convertidos tenían a los padrinos que garantizaban la verdad de la conversión en la vida antes del bautismo. Cuando un miembro de la Iglesia pasaba de una comunidad a otra, siempre llevaba una carta de recomendación de su obispo En el caso de Pablo, es Bernalé quien aboga en su favor. «Entonces Bernabé se lo presentó a los Apóstoles» (Hech 9, 27). Estoes tener conciencia de la Iglesia y tomarla en serio.

 

3.- El criterio fundamental de la pertenencia.

No es el testimonio oral, sino la prueba de la propia vida. «Saulo se quedó entre ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el Nombre del Señor» (Hech 9, 28).

No deberíamos ser tan indulgentes a la hora de exigirnos para entrar a formar parte de la comunidad. Sin ser puritanos, hemos de tener conciencia de que la Iglesia ha de ser en el mundo luz que ilumine y sacramento de salvación. Ello exige el mínimum suficiente de garantías.

El que aspire a ser miembro de la Iglesia ha de probar que está íntimamente unido a Cristo, por medio de la fe, como el sarmiento está unido a la vid (Jn 15, 5). La fe auténtica, que nos hace vivir a todos la misma savia, es el elemento fundamental que nos hace miembros de la comunidad cristiana (v. 4). «Haber visto al Señor» (Hech 9, 27), al único Señor, nos unifica a todos en la comunión (1Cor 12, 4 ss.).

Hay que dar a la vez pruebas de que esta unión con Cristo da frutos (Jn 15, 4-5). La señal de la fe es «la conversión, con frutos dignos de penitencia» (Lc 3, 8). El fruto de la fe, respecto a lá Iglesia, es sentirse miembros de una misma vida, cepas de una misma viña, plantío de Dios en el mundo. Sentirse perteneciente a la vid, responsable del fruto, miembro activo, nos capacita para formar el núcleo de una comunión más fuerte que el cuerpo humano.

Identifiquémonos todos hoy alrededor de esta mesa fraternal. Bebamos el cáliz lleno de savia de la Santa Vid, por la cual todos los que bebemos de la copa formamos un solo cuerpo (1Cor 10, 16).