Jn 15, 1-8 (Evangelio Domingo V de Pascua)

El Evangelio del 5º Domingo de Pascua nos sitúa en Jerusalén, en la noche de del jueves, el día antes de la fiesta de Pascua del año 30. Jesús está reunido con sus discípulos alrededor de una mesa, en una cena de despedida. Él es consciente de que los dirigentes judíos decidirán darle muerte y que la cruz está en su horizonte próximo.

Los gestos y las palabras de Jesús, en este contexto, representan sus últimas indicaciones, y su “testamento”. Los discípulos reciben, aquí, las orientaciones para poder continuar en el mundo la misión de Jesús. Nace, así, la comunidad de la Nueva Alianza, fundada en el servicio (cf. Jn 13,1-17) y en el amor (cf. Jn 13,33-35), que practica las obras de Jesús animada por el Espíritu Santo (cf. Jn 14,15-26). El “discurso de despedida” de Jesús, va del 13,1 al 17,26.

El texto que la liturgia de este Domingo nos propone nos presenta una instrucción de Jesús sobre la identidad y la situación de la comunidad de los discípulos en medio del mundo.

3.2. Mensaje

Para definir la situación de los discípulos frente a Jesús y frente al mundo, Jesús utiliza la sugerente metáfora de la vid, de los sarmientos y de los frutos. Es una imagen con profundas connotaciones veterotestamentarias y con un significado especial en el universo religioso judío.

En el Antiguo Testamento (y de forma especial en el mensaje profético), la “viña” y la “vid” eran símbolos del Pueblo de Dios. Israel era presentado como una “vid” que Yahvé arrancó de Egipto, que transplantó a la Tierra Prometida y de la que cuidó siempre con amor (cfr. Sal 80,9.15); era también, presentado como la “viña”, que Dios plantó con cepas escogidas, que cuidó y de la que esperaba frutos abundantes, pero que solo produjo frutos amargos e impropios (cf. Is 5,1.7; Jer 2,21; Ez 17,5-10; 19,10-12; Os 10,1). La antigua “vid” o “viña” de Yahvé se reveló como una verdadera desilusión. Israel nunca produjo los frutos que Dios esperaba.

Ahora, Jesús se presenta como la verdadera “vid” plantada por Dios (v. 1) Jesús es el que va a producir los frutos que Dios espera. Y, de Jesús, la verdadera “vid”, nacerá un nuevo Pueblo de Dios. Hoy, como ayer, Dios continúa siendo el labrador que elige las cepas, que las planta y que cuida de su viña.

¿Cuál es el lugar y el papel de los discípulos de Jesús en este contexto? Los discípulos son los “sarmientos” que están unidos a la “vid” (Jesús) y que de ella reciben vida. Estos “sarmientos”, sin embargo, no tienen vida propia y no pueden producir frutos por sí mismos; necesitan de la savia que les comunica Jesús. Por eso, son invitados a permanecer en Jesús (v. 4). El verbo permanecer (“meno”) es la palabra clave de nuestro texto (del v. 4 al v. 8, aparece siete veces). Expresa la confirmación o renovación de una actitud ya anteriormente asumida. Supone que el discípulo ya se había adherido anteriormente a Jesús y que esa adhesión adquiere, ahora, estatuto de solidez, de estabilidad, de constancia, de continuidad. Es una invitación a que el discípulo mantenga su adhesión a Jesús, su identificación con él, su comunión con él. Si el discípulo mantiene su adhesión, Jesús, a su vez, permanece en el discípulo, esto es, continuará fielmente ofreciendo al discípulo su vida.

¿Qué significa, para el discípulo, estar unido a Jesús? En Jn 6,56 Jesús dice: Quien realmente come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi y yo en él”. La “carne” de Jesús, es su vida; la “sangre” de Jesús es su entrega por amor hasta la muerte; así, “comer la carne y beber la sangre” de Jesús, es asimilar la existencia de Jesús, hecha servicio y entrega por amor, hasta la donación total de uno mismo. Está unido a Jesús y permanece en él quien acoge en el corazón esa propuesta de vida y se compromete con una existencia hecha entrega a Dios y a los hermanos, hasta la entrega completa de la vida por amor. La unión con Jesús no es, sin embargo, algo automático, que de forma automática toca al hombre y que es adquirida de una vez para siempre; sino que es algo que depende de la decisión libre y consciente del discípulo, una decisión que tiene que ser, además, continuamente renovada (v. 4).

Para los discípulos (“los sarmientos”), interrumpir la relación con Jesús, significa cortar la relación con la fuente de la vida y condenarse a la esterilidad. Quien se niega a acoger esa vida que Jesús propone y prefiere dirigir su existencia por caminos de egoísmo, de autosuficiencia, de cerrazón, es un sarmiento seco que no responde a la vida que recibe de la “vid”. No produce frutos de amor, sino frutos de muerte.

Ahora bien, la comunidad de Jesús (“los sarmientos”) no pueden condenarse a la esterilidad. Su misión es dar frutos. Por eso, el “labrador” (Dios) actúa para que el “sarmiento” (el discípulo) se identifique cada vez más con la “vid” (Jesucristo) y produzca frutos de amor, de entrega, de servicio, de liberación de los hermanos. La acción de Dios va en el sentido de “podar” el “sarmiento” para que de más fruto. “Podar”, significa invitarle a un proceso de conversión continua que le lleva a rechazar los caminos de egoísmo y de cerrazón, para abrirse al amor. Dicho de otra forma: la poda de los “sarmientos” se realiza a través de una adhesión cada vez más fiel a Jesús y a sus propuestas de amor (v. 2b). Los discípulos de Jesús están “podados” (v. 3), pues están unidos a Jesús, acogen su propuesta de vida y responden positivamente al reto que les realiza.

Si, a pesar del esfuerzo de Dios y de su continua llamada a la conversión, el “sarmiento” se obstina en no producir frutos que correspondan con la vida que se le comunica, quedará al margen de la comunidad de Jesús, de la comunidad de la salvación. Es un “sarmiento” que no pertenece a esa “vid” (v. 2a) Jesús es la “verdadera vid”, de donde brotan los frutos de la justicia, del amor, de la verdad y de la paz; y en él y en sus propuestas es donde los hombres pueden encontrar la vida verdadera. Muchas veces los hombres, siguiendo lógicas humanas, buscan la verdadera vida en otros “árboles”; pero, con frecuencia, esos “árboles” solo producen insatisfacción, frustración, egoísmo y muerte. Juan nos asegura: en nuestra búsqueda de una vida con sentido, es en dirección a Cristo hacia donde tenemos que mirar.

¿Tenemos conciencia de que es en Cristo donde podemos encontrar una propuesta de vida auténtica?

¿Es él, para nosotros, el verdadero “árbol de la vida”, o preferimos andar por caminos de autosuficiencia y ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza en otros “árboles”?

Hoy Jesús, “la verdadera vid”, continua ofreciendo al mundo y a los hombres sus frutos; y lo hace a través de sus discípulos. La misión de la comunidad de Jesús, que hoy camina por la historia, es producir esos mismos frutos de justicia, de amor, de verdad y de paz que Jesús produce. Se trata de una tremenda responsabilidad que nos es confiada, a nosotros, los seguidores de Jesús. Jesús no creó un gueto cerrado donde sus discípulos puedan vivir tranquilamente sin ser “incomodados” por los demás hombres; sino que crea una comunidad viva y dinámica, que tiene como misión dar testimonio con gestos concretos el amor y la salvación de Dios. Si nuestros gestos no derraman amor sobre los hermanos que caminan a nuestro lado, si no luchamos por la justicia, por los derechos y por la dignidad de los demás seres humanos, si no construimos la paz y no somos heraldos de reconciliación, si no defendemos la verdad, estamos traicionando a Jesús y la misión que nos encomendó. La vida de Jesús tiene que transparentarse a través de nuestros gestos y, a partir de nosotros, alcanzar a todos los hombres.

No obstante, el discípulo solo puede producir buenos frutos si permanece unido a Jesús. El día de nuestro Bautismo optamos por Jesús y asumimos el compromiso de seguir el camino del amor y de la entrega; cuando celebramos la Eucaristía, acogemos y hacemos nuestra la vida de Jesús, vida compartida con los hombres, hecha entrega y donación total por amor, hasta la muerte.

El cristiano tiene en Jesús su referencia, se identifica con él, vive en comunión con él, le sigue en todo momento en el amor a Dios y en la entrega por los hermanos. El cristiano vive de Cristo, vive con Cristo y vive para Cristo.

¿Qué es lo que puede interrumpir nuestra unión con Cristo y convertirnos en sarmientos secos y estériles? Todo aquello que nos impide responder positivamente al desafía que Jesús nos realiza en el sentido de seguirle, provoca en nosotros esterilidad y privación de vida. Cuando dirigimos nuestra vida por caminos de egoísmo, de odio, de injusticia, estamos diciendo no a Jesús y renunciando a esa vida verdadera que él nos ofrece; cuando nos cerramos en esquemas de autosuficiencia, de comodidad y de instalación, estamos rechazando la invitación de Jesús y cortando nuestra relación con la vida plena que él nos ofrece; cuando para nosotros el dinero, el éxito, la moda, el poder, los aplausos, el orgullo, el amor propio, son más importantes que los valores de Jesús, estamos secando esa corriente de vida eterna que debería correr entre Jesús y nosotros. Para que no nos convirtamos en “sarmientos” secos, es necesario que renovemos cada día nuestro “sí” a Jesús y a sus propuestas.

La comunidad cristiana es el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo, “la verdadera vid” de la cual somos los “sarmientos”. Es en el ámbito de la comunidad donde celebramos y experimentamos, en el Bautismo, en la Eucaristía, en la Reconciliación, la vida nueva que brota de Cristo. La comunidad cristiana es el Cuerpo de Cristo; y un miembro amputado del Cuerpo es un miembro condenado a la muerte. A veces la comunidad cristiana, con sus miserias, fragilidades e incomprensiones, nos decepciona y aflige; a veces sentimos que la comunidad sigue caminos por donde no nos encontramos. Sentimos, entonces, la tentación de apartarnos y de vivir nuestra relación con Cristo al margen de la comunidad. Sin embargo, no es posible continuar unido a Cristo y recibir la vida de Cristo rompiendo con nuestros hermanos en la fe.

¿Quienes son los “sarmientos secos”? Son, evidentemente, aquellos discípulos que un día se comprometieron con Cristo, pero después dejaron de seguirle. Pero los “sarmientos secos” pueden también ser aquellas pequeñas miserias y fragilidades que existen en la vida de cada uno de nosotros. Atención: es necesario “podar” esos pequeños obstáculos que impiden que la vida de Cristo circule abundantemente en nosotros. A eso se llama “conversión”.

¿Como podemos “podar” los “sarmientos secos”? Fundamentalmente confrontando nuestra vida con Jesús y con su Palabra. Necesitamos escuchar la Palabra de Jesús, meditarla, confrontar nuestra vida con ella. Entonces, por contraste, se manifestarán con claridad nuestras opciones equivocadas, los falsos valores y esas mil y una pequeñas infidelidades que nos impiden tener acceso pleno a la vida que Jesús nos ofrece.