Lunes IV de Pascua

Hoy es 23 de abril, lunes de la IV semana de Pascua.

Al inicio de esta semana, con todos sus trabajos, alegrías y penas por delante, busco un momento de tranquilidad, para oiír de nuevo tu voz. Contando las mismas palabras con las que querías llegar al corazón de la gente en los caminos de Israel. A ellos les hablabas en un idioma que pudieran entender. Aquí estoy, Señor, quiero escucharte, háblame.

La lectura de hoy es del evagelio de Juan (Jn 10, 1-10):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido, pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por su nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos: pero las ovejas no los escuchaorn. Yo soy la puerta: quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»

Aunque te busco, no siempre soy capaz de encontrarte. Aunque te oigo, no siempre te escucho. Y aunque te escucho, no siempre te entiendo. Me pregunto ahora si hay ocasiones en que necesito que me hables una y otra vez.

Las ovejas reconocen la voz del pastor y le siguen. Me pregunto si yo reconozco tu voz. O si eres  para mí un extraño. Si tus palabras, de verdad, me son tan familiares que confío en ti. Si soy capaz de ponerme en camino tras tus huellas, en busca de la vida que prometes y regalas.

Siento como si toda mi vida hubiese estado esperándote, sin darme cuenta de que siempre has estado a mi lado. Quiero escuchar tu voz y entender tu mensaje. Quiero que tú seas la puerta por la que yo pueda entrar y salir. Quiero estar junto a ti, quiero reconocer tu voz y seguirte. Quiero tener vida y quiero tenerla en abundancia.

Para finalizar este momento, te pido que me concedas la gracia de escucharte y entenderte, de comprender que tú eres la puerta por la que saldré al mundo y encontraré vida en abundancia. Quiero dejar tus palabras de vida resuenen en mi corazón y me inunden.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.